Vida y Picardías de Maquio, el Zorua

Colapsar
X
 
  • Tiempo
  • Mostrar
Limpiar Todo
nuevos mensajes
  • Donna
    Junior Member
    SUPAR PRUEBA
    • nov
    • 3

    [Fanfic] Vida y Picardías de Maquio, el Zorua


    Haga clic en la imagen para ver una versión más grande  Nombre:	1000211815.jpg Visitas:	0 Size:	72,9 KB ID:	666
    Capítulo I
    En el que Maquio cuenta quién es




    —Me llaman Maquio, señor —dije—. Nací en una Guardería Pokémon a las afueras de Ciudad Porcelana, en Teselia. Un lugar tan rebosante de amor que todos los Pokémon de la región acudían en masa para ser… bueno, atendidos. Aunque, a decir verdad, también era un sitio donde muchos entraban como santos y salían hechos unos pecadores. En fin, que hay guarderías para todo.

    ¿Mis padres? Nunca los conocí. Pero por lo que se dice, eran los ladrones más hábiles y arteros que haya visto esta región. Y no lo digo para alardear, señor: cualquiera que los haya tratado puede dar fe de cada palabra.
    En cuanto a mi madre, puedo decir que era como el sol mismo; aunque, pensándolo bien, más de amanecer que de ponerse. Era una Zoroark, y la mejor de su especie. Nunca se hacía rogar —quiero decir— para asumir el trabajo de criar a los más chicos, porque trataba a cada Pokémon del lugar como si fuera propio.

    Dio su vida para traerme al mundo, muriendo en el mismo acto de dar a luz. Y sospecho que tal vez también la haya entregado por una hermanica mía, a quien espero conocer algún día. Digo esto porque me solían decir que yo era el vivo retrato de la zorra de mi madre.

    En cuanto a mi padre, señor… me temo que no puedo decir gran cosa. Cada vez que le preguntaba al Stoutland de Antonia —Antonia era la mujer que llevaba el lugar—, él respondía con un gruñido: «¡Maldito!», cosa que yo siempre interpreté como una maldición lanzada al nombre de mi padre. Recién mucho después sospeché que quizá solo quería decir… mal Ditto.

    Ahora bien, dicho esto sobre la naturaleza y el oficio de mis padres, debo admitir que haber nacido entre tanto engaño y superchería, vine asimismo a ser la flor de la picardía y el espejo de sus maldades. De tanto en tanto daba claras señales de una cierta ligereza de patas que jamás aprendí de ellos, pero que, aun así, heredé. La principal: una vez que me enseñaron a manejar mi habilidad de Ilusión, solía cambiar de forma y adoptar la de un humano, no fuera cosa que intentaran capturarme… Porque, sé bien cómo merodean por estos bosques, buscando cualquier Pokémon que se cruce en su camino, solo para encerrarlo después dentro de esas putas esferas (¡séllelos Arceus en las bóvedas del infierno!).

    Así que, bien aleccionado en el arte de pasar entre humanos y habiendo ajustado mi apariencia para parecer uno de ellos, me acercaba confiado a algún grupo… solo para que se dispersaran presa del pánico en el mismo instante en que me veían, tirando sus cosas al suelo y huyendo en todas direcciones como Miltanks sorprendidos en plena siesta. No tardé en darme cuenta de que semejante terror se debía a un detalle menor —mínimo, diría yo—: como aún era un cachorro y no dominaba las sutilezas de la anatomía humana, había cambiado únicamente mi rostro… y no el resto del cuerpo. De modo que, en lugar de parecer un humano hecho y derecho, me asemejaba más bien a una maldita quimera.

    Aun así, poco me importaba cuán espantoso resultara mi aspecto, mientras pudiera hacerme con todo aquello que los humanos dejaban atrás en su estampida. Me llenaba los mofletes de comida y, lo que no podía comer, lo trocaba con los Pokémon del lugar, asegurándoles —con toda seriedad— que se trataba de artefactos invaluables, de gran poder y provecho. Y como brillaban raro y no se parecían a nada conocido, los Pokémon los codiciaban a troche y moche, bien a mi provecho.

    Verá, con mi astucia desmedida y una absoluta falta de vergüenza, me había convertido en un canalla rastrero, por no atañerme tan pronto el título de ladrón. Día tras día deambulaba muy de repapo por las colinas con una vieja mochila colgándome de la espalda, siempre en busca de algo que robar. (Porque había adoptado la costumbre de escabullirme de la Guardería de vez en cuando, para desesperación de Antonia, aunque siempre regresaba antes de que nadie notara mi ausencia.)

    Un día, sin embargo, divisé un nido de Unfezant encaramado en la rama de un olmo antiquísimo. Y le juro que me asaltó un antojo feroz de huevos. Sin otro poder que llevara mi nombre, me aferré al tronco con toda rapidez y trepé como pude, hasta quedar justo por encima del nido.

    Vale la pena aclarar —justo en ese instante de tan altas ambiciones— que de pronto me vi asaltado por una necesidad de lo más urgente, de esas que nadie más puede resolver por uno. Así que, mientras iba guardando los huevos en la mochila, también… me alivié ahí mismo, dentro del nido. Doble provecho, contémplelo usted. Algo que, me atrevo a decir, Mamá Unfezant no dejó de notar… ni de oler. Arceus es testigo: el hedor habría tumbado a un Skuntank a veinte pasos, considerando la variada y constante dieta que había estado llevando esos días.

    Me reí hasta enfermarme de la burla, devorando aquellos huevos como el más hambriento de los Arboks. Pero como ninguna fechoría queda sin castigo en este mundo —y menos aún bajo la atenta mirada de los cielos, que tan delicadamente lo acomodan todo—, pronto fui alcanzado por una calamidad tan cruel que aún hoy siento su peso.

    Sucedió que, junto con cierta amiga Mawile mía ideamos un pequeño plan de lo más ingenioso para darle algo de emoción a los asaltos. Yo usaría mi habilidad de Ilusión para adoptar la forma de un niño humano, mientras que Mawile se transformaría (con un poco de disfraz bien pensado y una actuación todavía mejor) en una madre desesperada, al borde del colapso.

    Luego nos apostábamos cerca del límite del bosque, por donde los humanos solían pasar con más frecuencia, y Mawile comenzaba a pedir auxilio a los gritos, lamentándose de que su pobre hijo había quedado atrapado con el pie bajo una enorme raíz y que, sin duda alguna, estaba muriendo.

    Y, como era de esperarse, no tardaba en aparecer algún pobre incauto corriendo en mi ayuda… solo para marcharse sin su bolsa, sin su dignidad y, más de una vez, sin sus zapatos.

    Ese día en particular, como tantas otras veces, nos dirigimos al escenario de nuestra pequeña obra maestra del engaño. Yo iba repasando mis parlamentos una y otra vez, decidido a no olvidarlos; después de todo, había pasado toda la mañana ensayando. En ese entonces no entendía ni podía pronunciar una sola palabra del idioma humano, pero Mawile… ah, Mawile era otra cosa. Una virtuosa. Tenía una manera de pedir limosna que parecía poesía en movimiento, con el ritmo justo y una musicalidad impecable. Le juro, hasta una bandada de Murkrow se habría quedado muda de admiración. Escucharla mendigar era, sinceramente, un espectáculo digno de verse.

    Pero, ay… para desgracia mía —y de ella también, me atrevo a decir—, Mawile eligió sin saberlo aquel mismo olmo en cuyo nido había parido mi hediondez. Pesia.
    Aún así, y en hora mala, confiado y ansioso por cumplir con el guion, metí la pata bajo una raíz descubierta, fingiendo estar atrapado, tal como habíamos planeado.
    Pero ¡oh, señor! En mi afán por resultar convincente (o quizás por pura torpeza), terminé quedando atrapado de verdad. Y no solo eso: irremediablemente atrapado. Algo que no advertí hasta que Mawile regresó acompañada de nuestra presa.

    Y así fue que, llegado el momento de accionar la trampa, me descubrí incapaz de moverme. Intenté zafar como pude, retorciéndome y pataleando como un Magikarp recién pescado, pero fue inútil. El humano —pobre alma cauta— no tardó en darse cuenta del engaño. Lo vi en sus ojos: ese instante exacto en que todo encaja, la sensación de traición, el ceño que se frunce despacio.

    Mi orgullo se resquebrajó como una pokebola vieja.

    Después de eso, el humano salió disparado tras Mawile —que ya había abandonado su disfraz y recuperado su forma—, huyendo presa del pánico más absoluto. Aunque no sin antes propinarme una coz más redonda que una pokebola. Con esto, y el estruendo del golpe, el nido, cuya rama en do descansaba estaba sobre mi cabeza, me cayó de lleno en todo el rostro, embarrándomelo de mi propia caca.

    Yo ya apestaba más que pollo del otro día, y cualquiera podía ver —con claridad meridiana e innegable, y perdone usted el lenguaje— lo espectacularmente cagado que estaba. Pero, sin duda, el error más grave que cometí ese día fue creer que nada podía empeorar.

    Porque apenas me encontré solo, en el peor momento posible y con el ánimo hecho trizas, Mamá Unfezant regresó… y, ay, volvió para terminar con la tarea que el humano con su patada había comenzado, y con esto me empezó a asestar de tantos picotazos, que quedé descalabrados los cascos, brumados los huesos y derrumbado el orgullo.

    Terminada, pues, la tanda y tunda picotesca, me arrastré de vuelta a la guardería con el cuerpo palpitando y el alma hecha un paspajo; llegué apenas vivo, en un estado que solo puede describirse como semilíquido. Y ahí sí: me las di contra todo. Al diablo, a la suerte, a mi vida y a la puta que me parió. Incluso maldije a la condenada Mawile, esa actriz de cuarta que me había convencido de ensayar mis parlamentos como si yo fuera uno de los de la carreta, solo para dejarme después embadurnado y acribillado a plumas, como ninot.

    Ahora, solo diré que, si es que aún no te ha quedado claro cuán mal me tuvo aquel suceso, te juro que de allí a los siguientes diez días no me atreví a robar migaja de cosa.
    Editado por última vez por Donna; 24/12/2025, 18:59:38.
Trabajando...