One-shots sobre Lance y Lira (Trickyshipping)

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    [Colección] One-shots sobre Lance y Lira (Trickyshipping)

    Los que no saben amar

    Porque a los de Ciudad Endrino solo se les enseña a liderar.


    A Lira le encantaba mirar a Lance.
    No porque fuera atractivo, que a sus ojos lo era, a veces demasiado para su corazón. Le encantaba mirarle cuando él pensaba que estaba solo, cuando no había fans, ni líderes de gimnasio, ni políticos, ni gente que esperaba de él un comportamiento perfecto, alguien en quien siempre delegar y que descendiera de los cielos en su dragonite capa ondeando al viento como un héroe salido de las leyendas de Johto listo para salvar el día.

    Lira no se fijaba en eso, ni en su título de campeón, ni en el de maestro dragón, ni siquiera en el de heredero del clan Endrino. Solo se fijaba en Lance.

    Por eso, cuando llegó un poco tarde al recoveco de la ruta 45 en el que habían quedado y vio que él estaba jugando con Dragonite se dio el lujo de observarle durante unos minutos antes de hacerse presente. Allí, Dragonite ascendía unos metros y volvía a bajar a la velocidad de la luz, tanto que pensaba que estaban entrenando (era típico de él aprovechar el tiempo así), pero al fijarse un poco vio que Lance le estaba lanzando algo para que lo atrapara. Era diminuto, podía ser una pequeña pelota o una baya, y Dragonite lo seguía como si su vida le fuera en ello. Podía tratarse de un entrenamiento de velocidad, pero lo que le dio a entender que estaban jugando era la forma en la que Lance lanzaba aquel objeto. No lo hacía con la espalda recta y la cara seria, pensando cual sería la mejor forma de hacerlo y empleando toda su fuerza. No, esa vez sus hombros estaban relajados y se daba la libertad de echarse demasiado hacia atrás cuando lanzaba aquello, a veces apoyado en un solo pie, como si la técnica fuera lo de menos. De vez en cuando hacía una finta y escondía el objeto tras su capa, lo que hacía que Dragonite ascendiera, confuso, y bajara a darle un ligero empujón con su morro a su entrenador en el abdomen al darse cuenta de que le estaba tomando el pelo. Las primeras veces que eso pasó Lance solo sonrió, pero a la quinta se rio de una forma que Lira nunca había escuchado antes. Era una risa libre, genuina, juvenil; una de esas que no se pueden contener y solo se comparten con aquellos que se ganan un lugar en tu corazón.

    Era lo más bonito que ella había escuchado nunca.

    —Feeer…

    Lira se sonrojó en cuanto escuchó el susurro de su feraligatr. Maldijo en voz baja en cuanto se dio cuenta de que su inicial había salido de su poké ball para juzgarle como siempre lo hacía cuando le parecía que se había quedado embobada mirando al domadragones. Le miraba fastidiado, como si quisiera decir “sí, te gusta, ya lo sabemos, ¿podemos seguir con lo nuestro?”. Así que la entrenadora se vio obligada a salir de su escondite.

    —Sí, ya lo sé. Ya voy.

    No le quedó más remedio que avanzar a su encuentro. Su corazón latía más rápido con cada paso que daba y es que, esa vez, había sido el propio Lance quien le había pedido quedar. “Hay un sendero por el que te quiero llevar el viernes por la tarde si no tienes nada que hacer. Solo los de Endrino lo conocemos, ¿te apetecería ir?”. Lira se preguntaba si había algo que no le apetecería hacer con él.

    De todas formas, no era esa invitación especial la que la tenía tan nerviosa, que también, sino la sonrisa con la que se la había propuesto. Solo con recordarla sentía un familiar calor en las mejillas que esperaba que la bufanda le cubriera, porque no quería quedar en evidencia delante de él.

    Al acercarse más, Dragonite se dio cuenta de la presencia de Lira y le miró. Lance se dio la vuelta para ver qué era lo que había llamado la atención de su pokémon y Lira vio cómo sus hombros se tensaban y la alegría desaparecía de su rostro. Sin embargo, en cuanto vio que se trataba de ella volvió a relajarse y una sonrisa, más tímida pero no por ello menos cálida, volvió a aparecer en sus labios.

    —Hola, Lira.

    La forma en que dijo su nombre, tan tierna, especial y alegre de que hubiera venido le hizo sonreír de una forma que obligó a Feraligatr a rodar los ojos. Su inicial, que hasta entonces se había mantenido atrás, decidió acercarse a Dragonite para no sofocarse con la vergüenza de su entrenadora.

    —Hola.

    Lira se detuvo a poca distancia de Lance, no tan poca como para que pudieran tocarse, pero la suficiente para que pudieran sentir la presencia del otro. Lance no dijo nada, simplemente señaló hacia un pequeño bosque. Dragonite se sabía el camino, por lo que se adelantó junto a Feraligatr, quien daba saltos para intentar atrapar al dragón que subía y bajaba para jugar con él.

    Durante la primera parte del trayecto no hablaron mucho. Lira por los nervios pero, además, por la tensión que notaba en el aire cada vez que ella veía a Lance mirándole de reojo. Sus manos se rozaban cada poco, pero ninguno de ellos se apartaba cuando eso sucedía, de hecho a la entrenadora le daba la sensación de que cada vez se iban acercando más. Lance le guió por un camino que sabría hacer con los ojos cerrados y tras un rato largo llegaron a la entrada de una pequeña cueva hundida en una de las tantas paredes rocosas que había cerca de Endrino. Dragonite aterrizó para meterse dentro, seguido de Feraligatr y los dos entrenadores.

    —Está llena de cristales brillantes. Es uno de nuestros secretos mejores guardados.

    Él tenía razón, la cueva brillaba, tanto que no les hizo falta usar ningún movimiento pokémon para iluminarla. Lira se quedó fascinada por aquella vista, tanto que se iba deteniendo cada poco para tocar y admirar los cristales. Lance la seguía lenta y pacientemente, mirándola con una sonrisa que no le pasó desapercibida a ella, como si fuera mucho más interesante que el espectáculo lumínico. En un momento sus manos volvieron a rozarse, pero esa vez Lance tomó la de Lira con delicadeza. Ella no se apartó y, aun cuando salieron de la cueva, sus dedos seguían entrelazados.

    A Lira le pareció notar que la temperatura descendió un poco cuando volvieron al exterior y no tardó en darse cuenta de que estaban ascendiendo. No estaban subiendo una montaña, pero tampoco era un trayecto llano, y parecía que el sendero les estaba llevando a un mirador. Siguieron a Dragonite durante unos minutos y cuando el dragón se detuvo en la cima de aquella elevación del terreno a Lira se le escapó una exclamación de sorpresa porque podía ver, a sus pies, a toda ciudad Endrino en su silenciosa gloria. Desde las casitas que había a la entrada de la ruta helada, pasando por el centro pokémon y el gimnasio hasta llegar a la guarida dragón. El sol se estaba escondiendo y de todas las chimeneas salía humo. Podía ver a algunas personas fuera, pero aun así notaba, incluso desde esa distancia, la paz y la calma que se respiraba en aquella ciudad. Se quedó maravillada por esa belleza, pero parte de esa emoción se fue en cuanto notó que Lance se soltó de su mano. Al girar la cara para verle el rostro le sorprendió ver lo serio que estaba, pues hacía escasos minutos parecía feliz. Su mirada estaba fija en su ciudad, en la guarida dragón, y era evidente que algo le atormentaba.

    —A los de ciudad Endrino… no se nos enseña a amar.

    Aquello le pilló por sorpresa a Lira. Ella abrió la boca, sorprendida por la vulnerabilidad y honestidad de ese susurro, pero la cerró porque sentía que no podía decir nada y porque parecía que Lance iba a seguir hablando.

    —A los de ciudad Endrino no se nos enseña a amar —repitió con un tono de voz más alto y seguro mientras extendía la palma de la mano derecha, la que estaba más cerca de ella, aquella en la que tenía una de las tantas cicatriceces que llevaba en su cuerpo—. Se nos enseña a sufrir, a aguantar, a tener disciplina y liderar. Se nos enseña a conseguir que los demás nos respeten, a ser los más fuertes, a entrar en una habitación y hacer que solo tu presencia sea suficiente para intimidar a los demás y que obedezcan órdenes sin rechistar.

    En aquel momento Lance le miró y Lira vio la contradicción en su mirada, cómo su ceño estaba fruncido y quería dar un paso hacia adelante, pero durante toda su vida le habían enseñado a mantenerse al margen y en ese momento no sabía qué hacer.

    —Yo… a mí esto no se me da bien —confesó mientras giraba su cuerpo hacia ella lentamente y se llevaba una mano al cuello. Desvió la mirada hacia Dragonite, quien volaba perezosamente en círculos sobre la ciudad, y después volvió a mirar a Lira—. No sé cómo se quiere a alguien, no sé cómo abrir mi corazón. Las personas a las que dejé entrar al principio me traicionaron, se enamoraron de lo que les podía conseguir, no de mí, y desde entonces me ha resultado muy difícil volver a confiar en alguien.

    Él intentó esconderlo, como siempre lo hacía con las emociones difíciles, pero Lira pudo ver el dolor y la pena en su mirada. Dio un paso hacia ella, acercándose de forma que se viera obligada a levantar un poco la cabeza si quería seguir mirándole a los ojos, y movió los brazos lentamente hacia adelante.

    —Me he pasado la vida escondiéndome tras títulos y murallas que he creado delicadamente. He pensado durante mucho tiempo que esto no es para mí, que no lo merezco, que las personas como yo estamos al servicio de los demás y nuestro destino es trabajar y vivir en soledad. Para eso nacemos, para servir, proteger, liderar e inspirar, siempre desde la distancia, siempre desde nuestras sombras.

    Sus manos se quedaron a escasos centímetros de las de Lira. Miró hacia abajo y dudó, durante unos segundos vaciló, pero finalmente las envolvió con las suyas y se las acercó a su pecho. Lira le miró con la boca ligeramente abierta, como si no pudiera creerse lo que estaba pasando, y se aferró a su ropa para asegurarse de que eso era real y no estaba soñando.

    —Pero tú… Tú haces que quiera tener todo lo que llevo negándome una vida. Entreno más duro para sorprenderte, escucho tus canciones favoritas para poder cantarlas y bailarlas contigo, me aprendo chistes para hacerte reír —Eso le hizo reír a Lira, lo que a su vez hizo que Lance alzara una ceja antes de sonreír—. ¿Qué? Es verdad.

    —Es que te estoy imaginando en tu despacho leyendo un libro de chistes malos con tu cara seria de campeón y no puedo.

    —Pues no me imagines como un campeón —pidió en un susurro mientras rodeaba con un brazo su cintura para acercársela; la otra mano la seguía usando para mantener las manos de Lira en su pecho—. Imagíname como un hombre normal completamente enamorado.

    Aquello hizo que a ella le recorriera un escalofrío de arriba abajo. Lira vio cómo su mirada se enternecía, cómo su rostro le hacía una súplica que ella ya llevaba tiempo cumpliendo y su cuerpo se relajaba mostrándole una verdad que hacía tiempo que latía entre ambos. Ninguno se había atrevido a nombrarla hasta ese entonces y ahora que él se había abierto, ahora que se estaba mostrando entero con todo lo que le había costado, Lira sentía que por muchos nervios que tuviera no podía quedarse callada.

    —No hace falta que te imagine como un hombre normal porque ya te veo como un hombre normal —dijo ella mientras daba un paso hacia adelante y cerraba del todo la distancia entre ellos, con dedos temblorosos y una voz que temía que fuera a fallarle de un momento a otro—. Sí, veo al campeón de Johto al que todos admiran, al maestro dragón al que nadie se atreve a llevarle la contraria y al heredero del clan Endrino al que todo el mundo respeta. Veo lo que todo el mundo ve, pero también veo cómo les cantas canciones de cuna a los dragones recién nacidos de la guarida para ayudarles a dormir, veo cómo prestas atención a los entrenadores menos experimentados para que no se sientan solos ni desamparados en su viaje y cómo juegas con tus dragones cuando crees que nadie te mira. Veo cómo eres cuando nadie espera que lo tengas todo bajo control y eso es lo que más me gusta de ti, cuando simplemente eres.

    El silencio que siguió a sus palabras no fue raro, ni siquiera incómodo, fue uno que permitió a ambos asimilar esas palabras y los sentimientos tan fuertes y puros que implicaban. Dragonite hizo un giro brusco que provocó que se levantara algo de viento, Feraligatr bostezó mientras se acurrucaba bajo un árbol y por un instante pareció que todos respiraban al mismo ritmo de la naturaleza.

    —Te he traído hasta aquí porque no quiero estropear esto —confesó él al fin en un susurro mientras apoyaba su frente en la de ella. Lira sonrió mientras cerraba los ojos y se permitía disfrutar del contacto de su piel con la suya—. Aquí puedo ser yo y eso me ayuda a expresar lo que siento. Todavía no sé ponerle nombre a lo que tenemos, pero sé que es real y no quiero que mi incapacidad te haga sufrir o dudar de lo que siento.

    —No eres incapaz de nada, Lance, y no vas a estropear nada. He visto cómo quieres a tus pokémon, cómo tratas a las gemelas de la guarida, cómo te preocupas por Débora cuando ella se estresa. Eres más que capaz de amar, siempre lo has sido, me sabe fatal que haya gente que se haya aprovechado de tu buen corazón… —en ese momento Lira abrió los ojos y vio el cariño con el que él le estaba mirando, como si ella le estuviera diciendo todo lo que él quería y necesitaba escuchar— por eso entiendo que te cueste entregarlo. Yo no te quiero presionar a nada, pero tampoco puedo negar lo obvio.

    —¿Y qué es lo obvio?

    Aquella pregunta se quedó en el aire durante un instante. Él sabía la respuesta, ambos la sabían, pero él necesitaba escucharla con palabras. El corazón de Lira empezó a latir de forma que, por unos segundos, solo podía escuchar su latido en su cabeza. El mundo empezó a emborronarse, para ellos en aquel momento no existía nadie más. Lira sabía que una vez que lo dijera no había vuelta atrás, que iba a cruzar una línea que él había cruzado hace un par de minutos, y por fin sentía que estaba más que preparada para encontrarle a mitad de camino.

    —Que estoy enamorada de ti.

    Dragonite aterrizó, Feraligatr se durmió, y toda la tensión que se había establecido entre ellos se esfumó. Lance le sonrió, le sonrió cómo solo lo hacía cuando estaba con su equipo, le sonrió como ella llevaba tiempo deseando que le sonriera. La mano que hasta entonces estaba usando para retener las manos de Lira en su pecho se movió para descansar en la nuca de la entrenadora. Lira le acarició la mejilla y, con lo cerca que ya estaban, solo bastó que él se agachara un poco y ella se pusiera de puntillas para que se besaran.

    Fue un beso lento, inseguro, uno que todavía parecía más una pregunta que una respuesta, pero conforme la mano de Lance se asentaba con más firmeza en la cintura de Lira y ella acariciaba su pelo con una ternura que nadie le había mostrado antes este se volvió más seguro, más tangible, más de ellos. No se querían separar, pero hubo un momento en el que tuvieron que hacerlo para respirar y el amor con el que se miraron expresó todo lo que se habían callado durante ese tiempo.

    —Pues para que no te hayan enseñado nada me estás dejando sin aliento, campeón.

    Lira bromeó con una sonrisa tonta que ya no le quería esconder y Lance rio. Su risa llenó todo el espacio y sus mejillas se tiñeron de un sonrojo que ella le vio por primera vez.

    —Supongo que el instinto se me activa con la persona indicada.

    Después de eso sus labios volvieron a encontrarse, pero aquella vez lo hicieron con decisión, sellando el inicio de una promesa con la que el hombre de ciudad Endrino estaba aprendiendo a amar.
    Editado por última vez por Sakura; 16/08/2025, 20:53:20.

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    #2
    Koi no yokan

    La sensación que tienes cuando conoces a alguien y sientes que te vas a enamorar de esa persona.

    —Koi no yokan.

    —¿Eh?

    Lira dejó de acariciar al marill de Eco para mirar a su amigo con una expresión confundida. Estaban en el cuarto del joven estudiando —bueno, él lo estaba haciendo, ella estaba sentada en el suelo jugando con su pokémon— y el joven se había mantenido callado hasta que se le escapó ese susurro. No lo dijo para dirigirse a ella, fue más bien algo que se dijo a sí mismo porque le sorprendió, pero ya que había captado la atención de su amiga decidió hablarle.

    —Koi no yokan —repitió mientras giraba su silla para alzar la vista del libro y mirarla a los ojos—. Es parte del vocabulario que sale en nuestro próximo examen. Uno para el que estaría bien que estudiaras, que en teoría hemos quedado para eso.

    —Vale, sí, vale.

    Lira se levantó con un suspiro exasperado y se dirigió a la cama de Eco, donde había dejado olvidado su libro. Se sentó con la postura de flor de loto y lo abrió por una página cualquiera.

    —¿Qué significa eso? Ni siquiera me suena —preguntó mientras intentaba encontrar la expresión.

    —¿Has leído siquiera alguna de las páginas?

    —...

    —Eres increíble. La ciento nueve.

    Ahí se detuvo Lira, aunque antes de que pudiera leer la expresión, Eco se la explicó.

    —Koi no yokan. Premonición del amor. La sensación que tienes cuando conoces a alguien y sientes que te vas a enamorar de esa persona.

    Lira imitó el sonido de una ahorcada mientras Eco intentaba esconder una sonrisa. La joven dejó el libro en la cama, repugnada, y miró incrédula a su amigo.

    —Arceus… ¿Estamos estudiando japonés o el vocabulario de las telenovelas que ven nuestras madres por la tarde?

    —Ya sabes que nuestro profesor es un romántico. Me apuesto lo que quieras que esta sí cae.

    —Pues vaya. Pensaba que estábamos aprendiendo japonés útil para usarlo en el día a día.

    —Li…

    —¿Qué?

    —La gente también se enamora en la vida real.

    Lira se rio.

    Eso sonaba estúpido.

    Ella no creía en el amor.


    Aprobó el examen, pasaron los años y por fin pudo embarcarse en su aventura pokémon.

    Koi no yokan.

    Había tratado de olvidar esa expresión desde el momento en el que la había vomitado en el examen de japonés. Eco tenía razón, salió en el test, y fue gracias a que él le explicó el significado que aprobó por los pelos. Tal vez por eso su cerebro se había negado a desprenderse de su significado, pero eso no quería decir que dejara de parecerle repulsivamente cursi.

    Koi no yokan.

    Premonición del amor.

    ¿Qué demonios significaba eso?

    —Mamá, me voy.

    Su madre le dio un beso en la frente para despedirla el día que se fue de viaje, tratando de contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse por los ojos. Lira siguió sintiendo el contacto de sus labios en su piel incluso cuando llegó a ciudad Cerezo.

    Ese sí era un amor en el que podía creer. Amor de madre, siempre presente cuando la necesitaba. También podía creer en el amor de la amistad, incluso en el de los vecinos, pero todo lo que tuviera que ver con el amor romántico le parecía sacado de un cuento de hadas. Tal vez se debía a que ella no había tenido un buen ejemplo, el profesor Elm estaba felizmente casado, pero hacía más caso a sus estudios que a su mujer; la madre de Eco estaba casi siempre en otras regiones porque su trabajo se lo requería y en cuanto a sus propios padres… bueno, nunca conoció a su padre, así que ahí estaba su espejo del amor perfecto.


    A veces se daba cuenta de que volvía a pensar en esa expresión.

    La mayor parte de las veces se detenía antes de que sus pensamientos fueran a más. Como cuando estaba en el salón de un centro pokémon mientras esperaba a que sus pequeños se recuperaran, cuando iba paseando por las rutas y hacía tiempo que no se había cruzado con ningún entrenador, cuando le limpiaba los colmillos a su totodile después de que hubiera intentado morder cualquier cosa que se hubiera cruzado en su camino.

    Pero había otras en las que su mente divagaba.

    Cuando se cruzaba con parejas que no se soltaban de la mano, cuando veía a ancianos sentados en un banco o a unos padres mirando alegres a sus hijos jugando en el parque. Se preguntó qué fue lo que hizo que esas personas se juntaran y, no solo eso, que perduraran. En un momento dado vio su reflejo en una ventana y se quedó mirándolo.

    Ojos grandes y marrones, un sombrero más grande que su cabeza, dos coletas castañas y una nariz y mejillas llenas de pecas. ¿En serio alguien la miraría alguna vez y pensaría “sí, esta es la chica con la que quiero estar el resto de mi vida”?



    —Pero qué tonterías estoy pensando.

    Lira sacudió la cabeza para librarse de esos pensamientos y siguió caminando hasta que se dio cuenta de que su totodile estaba intentando morder las nuevas zapatillas de un entrenador veterano y tuvo que ir corriendo a por él.

    La premonición del amor.

    No era capaz de entenderlo.


    —¿Habéis visto a Pegaso en el combate entre líderes? ¡Menuda forma de combatir con el tipo volador!

    —¿Y qué me decís de Morti? Tan misterioso, tan guapo…

    —A mí me sonrió cuando fui a animarle. Fue casi imperceptible, pero yo vi cómo sus labios se movieron un poco en cuanto cruzamos miradas. ¡Yo lo vi!

    Lira miró la máquina encargada de sanar a su equipo por enésima vez en un intento de hacer que funcionara más rápido porque como tuviera que seguir escuchando a esas chicas suspirar por entrenadores fuertes iba a quemar el edificio y parte de la ciudad.

    —¿Lira? Tus pokémon ya han recuperado toda su salud.

    —¡Por fin!

    Ni se ajustó las pokéballs al cinturón en cuanto la enfermera Joy le llamó, se limitó a cogerlas como buenamente pudo y salió escopetada. No habría podido aguantar cinco segundos más ahí dentro.

    Esa era otra cuestión. Estaba la gente que confundía amor con atracción. Esas chicas no estaban enamoradas de los líderes de gimnasio, estos les parecerían fuertes y guapos, pero ya, y aun así darían lo que fuera por estar con ellos porque según ellas les habían robado el corazón. ¿No sería eso a lo que intentaba referirse quien fuera que se inventara esa maldita expresión? ¿No estaría confundiendo los dos términos? De ser así, a Lira le pareció incluso más estúpida. Solo tenía que echar un vistazo a las parejas de su edad, esas que juraban y perjuraban que eran almas gemelas para terminar rompiendo a los pocos meses de empezar a salir y ponerse a hablar pestes el uno del otro. ¿Por qué querría enamorarse si eso casi siempre salía mal?

    A ella Cupido no le iba a pillar desprevenida.

    Eso lo tenía más claro que el agua.


    —¡Vamos, Ampharos! ¡Ya casi lo tienes!

    El rugido que le devolvió el gyarados salvaje hizo que se le pusieran los pelos de punta. Feraligatr intentó no caer cuando la serpiente marina le dio tal coletazo al agua que creó unas olas grandes que le desestabilizaron, aunque lo suyo le costó. Lira, por su parte, se aferró a la espalda de su inicial como si su vida le fuera en ello y es que en parte lo hacía.

    —¡Ya está, pequeña! ¡Un golpe más!

    Era la tercera vez que lo decía y esperaba que la última. Ese gyarados era muy fuerte, sabía que los de su especie lo solían ser, pero eso era algo insólito. Ni teniendo la ventaja de tipos parecía que las tenía todas consigo.

    Ampharos estaba ya al borde del colapso, aun así lo dio todo en un último ataque que por fin, por fin, tumbó al pokémon salvaje. Lira soltó el suspiro más largo de su vida, devolvió a su pequeña a su pokéball y lanzó otra para capturar al gyarados debilitado sin problema. Después de eso le pidió a Feraligatr que les devolviera a la orilla donde se tumbó en la hierba, importándole muy poco que se ensuciara de barro.

    Lo había dado todo.

    Y estaba agotada.

    —Eso… ha sido…

    Sin embargo, no pudo descansar mucho porque una voz le hizo alzar la cabeza en alerta. ¿Team Rocket? No sería la primera ni la segunda vez que se encontraba con esa organización. Su mano fue instintivamente hacia su cinturón mientras evaluaba a la persona que había hablado.

    Y tal como levantó la mano, la volvió a bajar.

    Aquella voz pertenecía a un hombre pelirrojo situado a escasos metros de ella. Estaba empapado a más no poder, de brazos cruzados y con su capa (¿capa?) ondeando al viento. Aun así, con un imponente dragón naranja al lado y una mirada capaz de doblegar al gyarados al que había derrotado, parecía intocable. Estaba mirando el lago, pero en una fracción de segundo sus ojos terminaron en ella y Lira contuvo la respiración. Los iris del hombre, marrones, color común a más no poder, tenían una intensidad que le hizo saber, por si su actitud no lo había hecho, que no se trataba de un entrenador cualquiera. Él debió darse cuenta, porque sus facciones se suavizaron en cuanto la vio.

    Al tratarse de alguien así Lira suponía que no le habría gustado nada que se hubiera enfrentado sola a ese gyarados estando él por la zona. Ya estaba preparada para escuchar lo que todo el mundo le decía: que si había sido imprudente, que si tenía que dejar que los ranger hicieran su trabajo, que si no tenía cerebro en esa cabeza tan bonita... Se levantó poco a poco mientras se quitaba el barro del cuerpo, manteniendo la mirada baja para prepararse para el sermón.

    —¿Estás bien?

    Pero eso nunca llegó.

    Lira alzó la mirada, confundida, y vio que el hombre se había acercado un poco. Su dragón lo había hecho más, estaba a poco centímetros de ella mirándola con curiosidad. Ahora que lo tenía cerca le pareció adorable y no pudo contener una sonrisa mientras le acariciaba el hocico. El dragón emitió un sonido contento y se dejó tocar.

    —S-sí. Estoy bien.

    La voz le salió débil y temblorosa por el cansancio. Ella se mordió el labio inferior, no le gustaba dar esa impresión. El hombre buscó algo en la gran riñonera que llevaba en la lumbar y le lanzó a Lira, con cuidado, una botella de agua.

    —Lo que has hecho ha sido impresionante.

    Ella la cogió al vuelo aunque casi se le cayó al suelo. Fue porque estaba agotada, no porque le hubiera sorprendido el cumplido.

    —Gracias, pero solo he hecho lo que tenía que hacer.

    Ella bebió mirando hacia el lago, tratando de esconder su sonrisa orgullosa. Por fin alguien le admiraba por su valentía en vez de reñirla.

    —Me preguntaba si querrías ayudarme.

    Eso llamó su atención. Lira volvió a centrar sus ojos en él, curiosa.

    —Ese gyarados… Esta especie es agresiva, pero no suele serlo tanto. Además, la población de magikarp de este lago está controlada y no había ninguno variocolor, por lo tanto, que uno haya mutado al evolucionar…

    El hombre volvió a cruzarse de brazos y miró hacia atrás, hacia donde estaba pueblo Caoba.

    —Creo que tengo una idea de lo que está pasando y tal vez pueda acabar con esto, pero me gustaría ir acompañado —explicó mientras volvía a mirar a Lira—. Bien acompañando. Por alguien fuerte que no le teme al peligro.

    Esa vez ella no pudo esconder su sonrisa.

    —¡Entonces has dado con la persona indicada! —exclamó guiñándole el ojo mientras se señalaba a sí misma con el pulgar— Estaré encantada de ayudar. Además, no tengo nada que hacer ahora. Ya le he cepillado los dientes a Feraligatr esta mañana.

    Feraligatr sonrió, mostrando su impecable dentadura. El hombre imitó el gesto, encontrando al pokémon agradable y divertido.

    —Muy bien. Te espero en la tienda de regalos.

    Dio un silbido, corto y bajo, y su dragonite se irguió y volvió a su lado en un santiamén.

    —Ah, se me olvidaba.

    Estuvo a punto de subirse al lomo de su pokémon, pero recordó algo que le hizo parar. Se volvió hacia Lira y le dedicó una sonrisa, pequeña pero honesta.

    —Me llamo Lance.

    Lira parpadeó en cuanto escuchó su nombre. Era verdad, no se habían presentado, y aun así había tenido la sensación de estar hablando con un conocido.

    —Yo, Lira.

    Él asintió, repitió su nombre en voz baja para memorizarlo y desapareció en su dragonite. Ella se quedó mirando el cielo hasta que Feraligatr le dio un pequeño empujón.

    —Qué guay, Fera.

    La adrenalina volvió a recorrer su cuerpo ante el pensamiento de adentrarse en una nueva aventura. Ella le dedicó una mirada cómplice a su inicial y echaron a correr.

    Estaba deseando ver qué le deparaba aquel pueblo.


    La tiendecita de los regalos no resultó ser tan inocente como intentaba aparentar. ¿Quién se esperaría que actuaría como tapadera para un escondite Rocket?

    —¡Qué chulo!

    Lira no, lo que resultó ser una más que agradable sorpresa. Iba caminando por los pasillos dando pequeños botes de emoción, parando cada poco para asegurarse de que nadie les estaba siguiendo, aunque el dragonite de Lance hacía un buen trabajo a la hora de detectar y asustar a los reclutas que intentaban tenderles alguna trampa.

    —No parece que tengas miedo —comentó él tras unos minutos de silencio.

    —¿Bromeas? —preguntó ella en un susurro antes de girarse para mirarle. Lance estaba serio, pero era evidente que le observaba con cierta curiosidad— Esto es lo mejor que me ha pasado en mi viaje. Infiltrarme en una base secreta con un hombre misterioso que seguramente tenga un pasado trágico.

    Lance intentó esconder su sonrisa. Falló.

    —No tengo un pasado normal, pero está lejos de ser trágico.

    —Ah, ¿sí? Vaya, qué lástima, yo que ya te tenía por un justiciero en busca de venganza para honrar el honor de su familia o algo así. Ahora solo eres un entrenador del montón que se cree guay por llevar una capa.

    Antes de que él pudiera decir algo llegaron a una bifurcación en el camino. Lance dio un paso hacia adelante e inspeccionó ambos pasillos con la mirada. Lira se cruzó de brazos con una sonrisa juguetona.

    —¿Es aquí donde yo sugiero que nos separemos y tú dices que es muy peligroso y nos pasamos cinco minutos discutiendo qué hacer?

    Lance no respondió, no inmediatamente. Miró a Feraligatr, quien no se había separado de su entrenadora desde que habían entrado en aquel lugar, y luego la miró a ella. No con enfado, no con molestia, sino como si estuviera estudiándola con detenimiento.

    —De hecho, creo que separarnos sería una buena idea. Exploraríamos más terreno en menos tiempo y está claro que tú y tu equipo os podéis defender por vuestra cuenta.

    La sonrisa se le borró parcialmente de la cara.

    No se había esperado ese reconocimiento.

    Lira miró a Feraligatr, quien le enseñó sus relucientes colmillos. Luego miró a Lance, quien esperaba su respuesta.

    —No eres nada divertido, ¿sabes? —suspiró mientras fingía indignarse— A mí me apetecía discutir.

    —Podemos discutir después. A ver quién eligió el mejor pasillo.

    —¡Vale! Pues… ¡me pido el de la derecha!

    Y como una exhalación ella echó a correr con su inicial siguiéndole de cerca. Cuando llegó al final de este algo le empujó a darse la vuelta, solo para ver qué había hecho Lance. Él estaba caminando por el de la izquierda, tranquilamente y con Dragonite volando a escasos centímetros detrás de él.

    No se giró para ver si ella estaba bien.

    Y eso le llegó más que si lo hubiera hecho.


    —¡Alto ahí!

    —Ah. ¡Mecachis!

    Lira se dio la vuelta con fastidio al escuchar una voz autoritaria. Había estado a punto de averiguar el secreto de esa guarida, ¡a nada! Se había encontrado con un murkrow travieso después de derrotar a un miembro importante del Team Rocket y el pequeño pokémon no había parado de repetir lo que parecían ser las contraseñas que necesitaba para avanzar, por lo que había decidido seguirle. Debió suponer que se trataba de una trampa porque todo estaba siendo demasiado fácil, pero quería ser quien frustrara sus planes…

    Ahora se veía obligada a tener un combate doble sin ayuda.

    —¿No tenéis rattata que robar? ¿Niños a los que quitarles caramelos?

    Los rockets rieron ante su ridículo intento de quitárselos de encima, aunque su felicidad se vio algo mermada en cuanto sintieron una ráfaga de aire en el pasillo. Ese fue el momento de Lira para sonreír.

    —Pensé que me habías abandonado.

    Dragonite apareció antes que él. Los pasos de su entrenador le siguieron de cerca, tranquilos y firmes, como si tuviera todo el tiempo del mundo para actuar.

    —Estaba esperando el momento indicado para reaparecer.

    —¿Para salvar a la dama en apuros y llevarte toda la fama?

    —Para demostrarle a la señorita quién se fue por el pasillo ganador.

    —Pues parece ser que esa persona soy yo —susurró ella mientras le dirigía una sonrisa picaresca—. He encontrado una sala que parece muy importante y a uno de los peces gordos de la organización. ¿Qué has hecho tú, chico dragón?

    Lance se acercó a ella, pero no la miró porque tenía la vista fija al frente. Puso una mano en su hombro delicadamente, casi sin llegar a tocarlo, pero Lira sintió el contacto por todo su cuerpo. Él se agachó un poco para susurrarle algo al oído y la entrenadora notó su aliento en su cuello.

    —¿Quién crees que le ha enseñado las contraseñas a ese murkrow travieso para que las repita imitando la voz de Giovanni?

    Lira abrió la boca para responder. La cerró. La volvió a abrir. Se dio cuenta de que él había hecho su parte del trabajo y no podía negarlo.

    —Pff. Eso podría haberlo hecho si hubiera tenido cinco minutos más.

    Él se apartó sin mirarla, pero a Lira no se le pasó por alto la pequeña sonrisa que apareció en sus labios. Lance se ajustó los guantes con una calma y precisión naturales de quien lleva haciéndolo toda una vida y su atención cayó en los reclutas como una sentencia.

    —Muy típico del Team Rocket jugar sucio. ¿Dos contra uno? Permitidme que me una al combate.

    —¿Y si no queremos?

    Por alguna ilógica razón la temperatura pareció descender en aquel pasillo. A Lira le recorrió un escalofrío por la espalda y los reclutas, normalmente altaneros y ajenos a lo que se estaban enfrentando, fueron plenamente conscientes de la forma en la que los ojos de Lance se oscurecieron.

    —No me queréis ver enfadado. Aceptad mi petición cordial si no queréis más problemas.

    Los rockets no abrieron la boca y a Lira tampoco le apeteció tomarle el pelo. Lance asintió y Dragonite se situó delante de él, al lado de Feraligatr.

    —Muy bien. Demostrémosles qué pasa cuando piensan que pueden herir a los pokémon e irse de rositas.

    —Pues está claro. ¡Que las rosas muestran sus espinas! Feraligatr, ¡dales un buen mordisco!

    Al principio Lira dudó que ellos dos fueran a hacer un buen equipo porque ella era enérgica y directa y Lance, por lo poco que lo conocía, parecía más analítico y tranquilo. Sin embargo, se entendieron muy bien sin necesidad de hablar, porque cada vez que Feraligatr se lanzaba a propiciar algún mordisco Dragonite se encargaba de bloquear los ataques que iban hacia él. De igual forma, cada vez que el dragón atacaba Feraligatr se apartaba para darle el espacio necesario sin que tuviera que preocuparse por si le daba. No parecía que estuvieran combatiendo, más bien parecía un baile en el que ambos pokémon se sincronizaban a la perfección. A la oriunda de pueblo Primavera le pareció hasta bonito de ver.

    Con esa complicidad, fue cuestión de tiempo que derrotaran a los rockets. Estos huyeron corriendo, gritando alguna que otra maldición que solo hizo que a Lira se le escapará una risa.

    —Patéticos hasta para perder.

    Lance no dijo nada, simplemente se adentró en la sala que la entrenadora no había tenido tiempo de explorar. Ella le siguió de cerca y se sorprendió al ver una gran máquina en el centro alimentada por la electricidad que generaba un grupo de electrode.

    —Así que… ¿esto es lo que hizo que aquel gyarados actuara así? —preguntó ella tras unos segundos de silencio. Lance asintió.

    —Así es. Desde esta sala se emiten unas ondas capaces de fortalecer a los pokémon, llegando a hacerlos evolucionar antes de tiempo. Sin embargo, dado que el proceso es antinatural, ellos sufren bastante y pueden llegar a tener modificaciones genéticas como el gyarados variocolor que has capturado.

    —¿Y cómo sabías que esto estaría aquí? ¿O dónde mirar? ¿O lo que estaba pasando en general?

    —Bueno, como te he dicho es bastante raro que un pokémon pase a ser variocolor cuando evoluciona, así que me puse a investigar sobre el tema. Estaba claro que había sido algo provocado por la acción humana y en cuanto hablé un poco con los pescadores de la zona me contaron que los pokémon del lago estaban bastante agitados en general.

    Lance empezó a usar términos algo más técnicos en sus razonamientos, aunque no fueron esos los que se quedaron en la mente de Lira, sino la impecable lógica que usó para llegar hasta la raíz del asunto. Se notaba mucho que se preocupaba por los pokémon y que había dedicado días, puede que incluso semanas, a estudiar qué estaba sucediendo ahí. Sintió una agradable calidez en el pecho al ver a alguien que los quería tanto como ella y se sintió incluso más orgullosa de que él le hubiera pedido ayuda para asaltar esa base. A lo mejor Lance había percibido su buena voluntad y su habilidad como entrenadora desde el principio.

    Con las explicaciones dadas solo quedaba una cosa por hacer: derrotar a los pobres electrode. A Lira le dio algo de pena porque ellos no tenían la culpa de nada, para su alivio Lance los revivió a todos cuando terminaron y ellos abandonaron la guarida tan contentos. Lira también se quedó contenta, pero por desgracia, cuando el último electrode desapareció ella empezó a marearse. El enfrentamiento contra ese gyarados y el asalto al escondite rocket había resultado ser demasiada emoción para su cuerpo, por eso sus rodillas fallaron y cayó al suelo antes de que pudiera apoyarse en algo.

    —¡Lira!

    Lance se arrodilló a su lado al instante y, esa vez sí, su mano tocó del todo su hombro. Ella alzó la mirada y al ver la preocupación en su rostro intentó sonreír.

    —Estoy bien… pero no sé si seré capaz de subir todas esas escaleras. En serio, ¿qué les costaba poner un ascensor en un sitio así? No, prefirieron gastarse el presupuesto en estatuas de vigilancia que hasta un niño sería capaz de desconectar. Se merecen todo lo malo que les ocurra.

    Para su sorpresa, eso le hizo reír a Lance. No fue una gran carcajada, fue un sonido corto, pero honesto, y por alguna razón ese se le quedó a Lira grabado en la cabeza. Tal vez porque no se había esperado una reacción así de alguien tan tranquilo.

    —¿Tu habilidad oculta es hacer bromas en cualquier situación?

    Ahora fue el turno de ella para reír. Él le ayudó a levantarse y le dijo a Dragonite que se agachara para que la entrenadora pudiera subirse a su lomo.

    —Vamos. Te has ganado un buen descanso.

    En circunstancias normales ella habría respondido con un comentario sarcástico, pero en ese momento no tenía las ganas ni la energía. Dejó que el pokémon de Lance la guiara a la superficie y una vez allí la llevaron al centro pokémon.

    —Estoy bien, de verdad. Puedes dejarme aquí.

    —Nada de eso. Voy a asegurarme de que descanses como mereces.

    Y así fue, Lance no se separó de su lado hasta que la vio entrar en la habitación que había alquilado para la noche y tumbarse en su cama. Ella se cruzó de brazos fingiendo enfado.

    —¿Me vas a leer un cuento también hasta que me duerma?

    —Si tuviera tiempo, me encantaría, pero me temo que tendrá que ser para la próxima vez.

    Los dedos de Lance se quedaron unos segundos de más acariciando el marco de la puerta, como si sospechara que ella fuera a levantarse en cuanto se diera la vuelta, pero al final dejó que cayeran a su lado y asintió.

    —Nos volveremos a ver, Lira. Cuídate.

    Y a los segundos ella lo vio alejarse por la ventana, subido en Dragonite, como un héroe de las leyendas que él se empeñaba en negar que era. Lira se quedó mirando el cielo un instante más de lo necesario, con una curiosa sensación de que, de algún modo, aquella promesa estaba destinada a cumplirse.


    Tardó un poco, pero sucedió.

    A los meses del asalto al escondite rocket consiguió reunir las ocho medallas, recorrió la calle Victoria y se enfrentó al alto mando. Por un lado, le sorprendió ver que él era el campeón de la Liga, por el otro, le hizo todo el sentido del mundo porque entonces entendió de dónde salía esa aura fuerte y confiada, que no arrogante. Creyó que podría ganarle, pero perdió por los pelos, así que él le sugirió hacer el recorrido de las medallas de Kanto para entrenarse más y volver a retarle. A ella le gustó la idea, por lo que no tardó en ponerse manos a la obra.

    Pensó que tendría que enfrentarse a todos los líderes para volver a verle, pero se fueron encontrando varias veces a lo largo de su viaje. A veces él solo tenía tiempo para dedicarle un saludo y poco más, otras, podían mantener conversaciones que duraban un par de horas.

    —¡Mira! He cogido este libro de la biblioteca. A ti te gustan mucho las leyendas mitológicas, ¿a que sí?

    Lance alzó la mirada de su bebida cuando Lira se sentó a su lado en el sofá con un libro muy grueso. Estaban en una cafetería apartada de ciudad Azafrán, una de las que suele haber cerca de las estaciones de tren y que solo frecuentan personas que están de paso sin un destino fijo, así se aseguraban tener cierta intimidad y no ser interrumpidos por los fans.

    —¿Cómo lo sabes? —preguntó él con curiosidad.

    —Me lo dijiste una vez.

    —¿Cuándo? No me acuerdo.

    —Fue hace tiempo —respondió ella moviendo una mano en el aire como si quisiera restarle importancia a eso—. Es muy interesante. Personalmente me encanta este capítulo, está lleno de historias sobre las constelaciones. A veces cuando acampo en una ruta rural de noche me gusta comparar las estrellas con las imágenes del libro, pero me hago un lío que no veas.

    —¿Sí? A ver, déjame, creo que te puedo ayudar a orientarte la próxima vez.

    Ella le acercó el libro y él se inclinó para ir dándole indicaciones a tener en cuenta para su siguiente avistamiento. Sus hombros se rozaron, pero ninguno de ellos se apartó. Lira señaló una pequeña ilustración que le llamó la atención y Lance tocó sus dedos cuando la trazó. Ella se quejó de lo difícil que era leer con un pokémon aficionado a dar mordiscos a diestro y siniestro, él río como si hubiera sido el mejor chiste que hubiera escuchado esa semana. Cuando le llamaron de la Liga para pedirle que volviera a Johto y tuvieron que levantarse, Lira sintió el frío de la ausencia en su costado. No se había dado cuenta, pero en algún momento de la tarde se había apoyado en él y él no se había alejado.

    —El siguiente tren pasa en cinco minutos. Será mejor que me vaya ya.

    —Sí, claro.

    Él le despidió con una sonrisa y se dio la vuelta. Lira le vio alejarse con un ligero tirón en el pecho. Sabía que se volverían a encontrar, de alguna forma parecía que sus caminos estaban destinados a cruzarse, pero no saber cuándo eso sucedería estaba empezando a inquietarla.



    —¡Espera!

    El grito le salió más alto de lo esperado, pero logró el efecto deseado y es que él se dio la vuelta al instante. Lance le miró confuso, casi preocupado, y ladeó la cabeza ligeramente.

    —¿Pasa algo?

    Ella negó con la cabeza mientras se acercaba con su pokégear en la mano.

    —Nada importante. Es solo que siempre esperamos a encontrarnos por sorpresa y eso está muy bien, pero me preguntaba sí…

    De repente fue como si su mente se hubiera quedado sin palabras a las que recurrir. No sabía cómo expresar lo que quería decir, no sin que sonara como una chica desesperada, así que se limitó a ofrecerle su móvil. Él lo cogió con gusto.

    —Por supuesto.

    Introdujo su número y ella fue a ofrecerle el suyo, pero entonces sonó el último aviso para que los pasajeros subieran al magnetotrén.

    —¡Me tengo que ir! ¡Llámame cuando quieras, Lira!

    Por razones que no entendía, le costaría un poco hacerlo.


    Habían pasado varias semanas desde su último encuentro con Lance y Lira no se había animado a llamarle.

    Una parte de ella deseaba que se volvieran a encontrar en persona por casualidad. A veces se daba la vuelta cuando veía una capa por el rabillo del ojo, cuando escuchaba a alguien ponerse un par de guantes o llegaba a sus oídos el sonido de una risa grave y corta, pero en ninguna de esas ocasiones vio ni rastro del domadragones. Eso estaba empezando a molestarle porque parecía que el destino se estaba riendo en su cara, así que una tarde en la que vio un hombre alto y pelirrojo cotilleando el escaparate de la tienda de bicis de ciudad Celeste decidió que ya había pasado mucho tiempo y le llamó desde el puente Pepita.

    Apenas tardó unos instantes en responder.

    —Cuartel general de la Liga Pokémon. ¿En qué podemos ayudarle?

    Lira tuvo que morderse el labio para evitar reír.

    —Buenas tardes. Me gustaría preguntar si han considerado vender chupetes para iniciales de tipo agua con tendencia a morder todo lo que se mueve. Creo que cierta entrenadora adorable estaría interesada en ellos.

    Hubo unos segundos de silencio y entonces volvió a sonar la voz de Lance. Lira intentó no fijarse en cómo cambió su tono, cómo pasó de uno serio y autoritario a uno cálido en el que pudo adivinar una sonrisa.

    Falló estrepitosamente.

    —Lira. Qué sorpresa. Perdona por ese recibimiento, estoy tan acostumbrado a que me llamen del trabajo que no me había fijado en que este era mi teléfono personal.

    —¿Me has dado tu número personal?

    —Sí. No se te ocurra ir vendiéndolo por ahí.

    La entrenadora se quedó en silencio durante unos segundos, ignorando la forma en la que su pulso se aceleró brevemente. No se había esperado un gesto tan cercano, podía responder de muchas formas a eso, pero al final se decantó por sacar su lado bromista.

    —Nah. Tampoco te creas que eres muy codiciado.

    —¿No? ¿Y eso? ¿Hay algún entrenador a quien le quede mejor la capa que a mí?

    —Eso es imposible. Solo tú eres capaz de darle ese toque dramático sin que resulte ridículo.

    Él rio y ella sonrió sin darse cuenta.

    —Ha pasado mucho tiempo. Pensaba que con las prisas te había dado mal el número o que a lo mejor te habías cansado de escucharme hablar sobre los ronquidos de Dragonite.

    —No, qué va. Es solo que… bueno, tú eres el campeón, estarás ocupado con cosas importantes. No voy a llamarte para decirte cómo casi termino en el juzgado porque no hay forma de que Feraligatr deje de morder los objetos de valor de gente rica.

    —Conozco a buenos abogados por si alguna vez te hacen falta.

    —Lo tendré en cuenta.

    Un breve silencio se instauró entre ellos, aunque no fue incómodo, todo lo contrario. Lira escuchaba cómo él estaba escribiendo algo en un papel y le enterneció que, a pesar de estar ocupado, estuviera dispuesto a hacerle hueco en su apretada agenda.

    —Cuéntame cómo te ha ido el día —le pidió ella mientras se apoyaba en la barandilla del puente.

    —¿Seguro? Ha sido aburrido. Con un montón de tareas burocráticas y administrativas.

    —No me importa. Quiero saber qué has hecho. Si no es confidencial, claro.

    Lance vaciló unos segundos antes de empezar a hablar. Lo hizo lentamente, como si temiera que Lira fuera a cortarle de un momento a otro, pero al ver que ella no le interrumpió siguió hablando cada vez con más ánimo.

    No le podía ver, pero Lira ya se estaba imaginando todos sus gestos. Cómo sus ojos se agrandaban cada vez que hablaba sobre su equipo, cómo la luz del atardecer estaría acentuando la cicatriz de su mejilla o cómo su flequillo se movía cada vez que negaba la cabeza cuando algo le indignaba. Si bien a ella le gustaba hablar por los codos, podía pasarse horas escuchándole sin decir ninguna palabra, por eso cuando llegó el momento en el que tuvo que despedirse notó de nuevo esa sensación desagradable en el pecho que crecía cada vez que se tenían que decir adiós.

    —¿Por dónde estás? —preguntó él antes de colgar.

    —En ciudad Celeste.

    —¿Vas a estar ahí unos días?

    —Sí. Tengo que enfrentarme a Misty y me gustaría prepararme un poco antes del combate, así que lo más seguro es que no me vaya de aquí hasta la semana que viene.

    —Intentaré pasarme mañana o pasado. Estate atenta al móvil, ¿vale?

    Lance colgó, pero Lira se quedó sujetando el pokégear unos segundos más tratando de reprimir una sonrisa cuyo brillo rivalizaría con el del mismo Sol.

    Siguieron quedando y tras cada encuentro Lira se quedaba con ganas de saber más de él.

    —¿Me puedes explicar otra vez cómo harías frente a un entrenador de tipo hada solo con tus dragones?

    Él la miró con el afecto que ella se estaba acostumbrando a recibir. Lance extendió su brazo y le acarició el cabello con ternura.

    —Sería la tercera vez. ¿Estás tomando notas para derrotarme?

    —No. Es que tus estrategias de combate me parecen muy interesantes.

    No le dijo que se lo preguntaba porque le gustaba escuchar sus razonamientos y su voz. Tampoco le dijo que leía enciclopedias por la noche (¡enciclopedias! Si Eco la viera…) para poder tener temas más profundos de conversación con él, ni le dijo que cada despedida le dolía más que la anterior. Solo se quedaba a su lado, contenta de poder aprender más, de seguir acumulando experiencias con él y preguntándose qué sería esa sensación tan rara que crecía en su pecho cada vez que se juntaban sus caminos.

    Hasta que llegó ese momento.

    Lira consiguió las ocho medallas, volvió a enfrentarse al alto mando y entró por segunda vez en la sala del campeón donde sabía que él le estaba esperando. No se sorprendió, como lo hizo la primera vez que fue y se enteró de que era él, pero mentiría si dijera que su corazón no latió más rápido al verle acudir a su encuentro con su capa ondeando tras él.

    —Te estaba esperando, Lira.

    Y ella también llevaba tiempo esperando ese momento. Uno en el que poder enseñarle lo que había aprendido durante su viaje y demostrarle, una vez más, su habilidad como entrenadora.

    El combate fue tal y como se lo había imaginado. Difícil, largo y agotador. Gritó órdenes hasta que la garganta le empezó a doler, se escudó de movimientos que le pasaron rozaron y su cuerpo ardió de adrenalina hasta que llegó a la ronda final, hasta que Feraligatr y Dragonite se enfrentaron y solo una silueta quedó en pie. Cuando el humo se disipó y este reveló que el color del pokémon victorioso era azul y no naranja soltó un chillido que retumbó por toda la sala. Acudió al encuentro de su inicial y le dio un gran abrazo mientras reía llena de felicidad hasta que vio la luz que guardó a Dragonite en su pokéball. Ella alzó la mirada para enfrentarse a Lance, temiendo que le hubiera sentado mal la derrota.

    Nada más lejos de la realidad.

    —Lo que has hecho ha sido impresionante.

    Lo dijo con una calidez y un cariño tan genuino que fue ahí cuando la realización se asentó en el pecho de Lira.

    No en forma de fuegos artificiales, tampoco de una flecha disparada por un ser caprichoso a quien le divertía emparejar a gente. No, lo que Lira sintió no fue algo pasional que tantas veces había visto en las telenovelas románticas por las que su madre suspiraba, más bien fue como darse cuenta de algo que se había estado gestando desde que se conocieron.

    Esa fue la misma oración que él le dijo cuando se encontraron por primera vez en el Lago de la Furia después de haber hecho lo que muchos habrían considerado un acto imprudente, pero Lance nunca la había visto como una joven alocada. Había valorado su valentía, fortaleza y autonomía desde el principio. Eso ya le había diferenciado de los demás, pero es que encima le escuchaba hablar sobre sus aventuras sin interrumpirla, era capaz de devolverle las bromas y tenía una forma de razonar que siempre le dejaba impresionada. Por si eso fuera poco, a veces era el único capaz de hacer entrar en razón a Feraligatr cuando quería zamparse las zapatillas de un entrenador, y tal vez fue la suma de todas esas acciones la que fue alimentando un sentimiento que ya no se podía negar a sí misma.

    —¿No estás molesto?

    Él negó con la cabeza y Lira vio en sus ojos que lo decía en serio. Estaba genuinamente feliz por ella, por su progreso y lo mucho que había mejorado a lo largo de los años.

    Esa fue la gota que colmó el vaso.

    La que le hizo acercarse a él de forma lenta y decidida.

    La que hizo que se detuviera a escasos centímetros y esperara unos segundos antes de ponerse de puntillas para darle tiempo a apartarse si él no quería que lo hiciera. Lance no se apartó, es más, esperó a que ella rozara sus labios con los suyos para devolverle el beso en un gesto que la derritió.

    Porque sí, Lira no era de las que creía en el amor, al menos no en el romántico que te vuelve loco a primera vista, pero con Lance este se sintió como una caída lenta e inevitable. Como una sucesión de eventos que estaban destinados a tener lugar desde que sus caminos se cruzaron y, al echar la vista atrás, sintió que de alguna forma sabía que eso iba a acabar sucediendo.

    Casi como si se hubiera tratado de una premonición.

    Cuando Lira se separó vio cómo Lance se acariciaba la nuca, tal y como hacía cada vez que se ponía nervioso, pero a pesar de eso él no apartó la mirada de sus ojos.

    —Si me vas a besar cada vez que me ganes, creo que voy a empezar a perder a propósito.

    Ella rio antes de apoyar su cabeza en su pecho y Lance la envolvió en un tierno abrazo al instante. Estaba segura de que en cuanto le contara a Eco lo que había pasado él se pasaría todo el día tomándole el pelo, pero en ese momento poco le importó, porque por fin había encontrado la respuesta al enigma que tanto tiempo llevaba atormentándola.

    Koi no yokan.

    Tal vez no era una expresión tan estúpida después de todo.
    Editado por última vez por Sakura; 16/08/2025, 21:18:59.

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