El día estaba siendo tranquilo. Tal y como a ella le gustaba. Por eso, tal vez, aquella nimia perturbación le molestó más de lo que debería haberle hecho.
Pero Tapu Fini no era de las que se paraba a preguntarse cuánto deberían o no afectarle los sucesos. Los sentía y actuaba en consecuencia.
Se acercó a la zona de la niebla donde percibía una presencia humana. Otra. Otra más en busca de poder, de milagros,de… La idea de tener que lidiar con los de esa especie le aborrecía tremendamente, pero más lo hacía notar a alguien en sus dominios.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para vislumbrar al intruso, le sorprendió enormemente verlo sentado.
—¿Qué haces aquí?
—Vengo a morir.
—¿Cómo?
—He escuchado que rara vez alguien consigue salir de la niebla —dijo mientras cerraba los ojos. La brisa removió sus cabello—. Así que pensé que era el sitio perfecto para venir a descansar.
—Pero, ¿qué te has creído? Esto sí que no me lo esperaba. ¡Vienes a usar un lugar sagrado para cumplir tu deseo egoísta!
—Puede.
La humana no le rebatió. Eso le sorprendió todavía más.
—Seguramente esto esté mal, pero ¿sabes? Mentiría si dijera que me importa. Solo quiero cerrar los ojos… y no volver a abrirlos nunca más. No creo que esté pidiendo mucho, ¿no?
—Cómo osas…
Tapu Fini no se había dado cuenta, pero había empezado a temblar de la rabia. Ver a una humana tan tranquila en sus dominios la sacaba de su quicio y lo peor era que no podía desquitarse con ella, porque era justo lo que buscaba. La humana no dijo nada más, así que la deidad abandonó el lugar, indignada, pero determinada a encontrar una solución como fuera.
El malestar no desapareció; se diluyó, como una gota de témpera negra en el océano. Aunque Tapu Fini seguía enfadada, ya no quería deshacerse de la humana. La encontró en el mismo sitio de la otra vez, tumbada y con los ojos cerrados. Seguía igual. Se preguntó si, tal vez, estaba durmiendo.
—Oye, despierta.
—No estaba durmiendo.
—Lo parecía.
No hubo respuesta.
—¿Cuándo tienes pensado irte?
—Te lo he dicho. No quiero irme. Quiero morirme.
—Esa es una palabra muy fuerte.
—No parecías pensar lo mismo las veces que le arrebataste la vida a los miles que han venido antes que yo.
Tapu Fini no sabía si sentirse ofendida o no por tal comentario. Y lo peor era que la humana no parecía haberlo dicho con la intención de hacer daño. No, lo peor era que, por primera vez en mucho, tenía que pensar cómo se sentía respecto a algo.
—Eso es distinto —dijo apresuradamente en un intento de defenderse.
—¿En qué sentido?
—Ellos merecían morir. Profanaron un lugar sagrado.
—Yo también lo he hecho.
—No con sus intenciones.
Al fin, la humana abrió los ojos. Se sentó y miró a la deidad directamente a los ojos de una forma que hizo que la deidad temblara. No de miedo. Sino de la convicción que desprendía.
—¿Y qué es lo que hace que una muerte esté más justificada que otra? ¿Por qué te pareció bien matar a quienes no querían perder la vida y te resistes a hacer lo mismo conmigo, que sí quiero?
La respuesta era incómoda de aceptar, más aún de decir en voz alta. Porque me gusta llevar la contraria. Porque os odio y solo quiero haceros sufrir. Porque jugar con vuestras vidas es un capricho que me permito de vez en cuando. Esas eran las justificaciones que se había dado en su momento, pero ahora se obligaba a pensar detenidamente sobre el tema. Otra vez.
—Supongo… que debe tener que ver con la intención.
—¿Supones?
—Ellos vinieron de malas formas a un lugar sagrado pidiendo poderes y riquezas para destruir poblaciones vecinas. Querían que pusiera mi bendición al servicio de sus egos así que terminaron pagando por su desfachatez. Yo no les maté directamente, la niebla vio la oscuridad de sus corazones y se encargó de que se encontraran con el final de su destino.
—¿Y yo?
—Tú… Me generas curiosidad. Tu alma está manchada, pero no detecto malas intenciones.
La humana sonrió.
—Así que solo me mantienes viva porque soy un problema que quieres resolver.
—Claro. Aunque he de decir que tu presencia me incomoda profundamente.
—Pues ya sabes lo que tienes que hacer.
—¿Por qué?
De nuevo, la humana se tumbó, y en el proceso perdió la sonrisa. Una mueca de dolor encogió su rostro.
—Por mi culpa… murió alguien a quien quería mucho. Fue hace meses, hubo un accidente en una embarcación de recreo y…
La humana dejó de hablar. Tapu Fini sintió la tristeza abrirse paso en su pecho como una gran ola. No eran sus emociones, claro. Eran las de la humana reverberando en su interior. Pero ella las sentía como si fueran suyas.
—Mi brionne. Lali. Se aseguró de que aguantara a flote hasta que llegaran los equipos de rescate. Entonces una corriente se la llevó. Pensé que estaría bien porque es un pokémon de tipo agua y tiene sentido que sobreviva en el mar, ¿no? Pero entonces me llamaron a los días y… y…
No pudo continuar, pero no hizo falta. Tapu Fini miró a otro lado mientras la humana lloraba desconsoladamente. Por un instante, efímero, sintió lástima por ella.
No se había acostumbrado a su presencia, porque definitivamente no era eso, pero ya no le molestaba. La humana solía pasar la mayor parte del tiempo durmiendo y Tapu Fini sentía cómo su energía vital se iba apagando con el paso del tiempo. En aquella especie de limbo no podía morir por falta de comida o agua, pero la niebla no permitía que nadie se quedara sin dar algo a cambio.
Un día, Tapu Fini se sentó a su lado. Parecía que estaba dormida, pero la deidad ya sabía cuándo detectar que sí lo estaba o simplemente tenía los ojos cerrados.
—¿Por qué dices que fue culpa tuya?
La humana no respondió. Tapu Fini entendía que no quería hablar, pero ella prosiguió.
—Es que no lo entiendo. Te culpas sin motivo. No la empujaste a la corriente. No creaste el accidente. No hiciste nada activamente que terminara como terminó. Entonces, ¿por qué eres tan dura contigo misma?
—Realmente es cierto lo que dicen.
—¿El qué?
—Que hay cosas peores que la muerte. Como que una deidad milenaria te dé la lata.
—Pero serás… Qué suerte tienes de querer morirte, porque sino ya estarías muerta.
—¿Gracias?
El silencio se instauró entre ellas de nuevo. Solo se apreciaba el lejano sonido de las olas. Entonces la humana se movió ligeramente, pero mantuvo los ojos cerrados.
—Tienes razón. No hice nada que la empujara a su muerte.
Su voz se volvió carente de emoción y eso hizo que la guardiana escuchara con más atención.
—Pero también es cierto que no hice nada por evitarlo. Se resbaló de mi mano. La tendría que haber cogido con más fuerza. O haber intentado nadar en vez de ser un lastre. O haberme puesto a buscarla como una loca en el mar en vez de dejar a los profesionales hacer su trabajo.
—Me parece que actuaste de forma muy lógica.
—Me parece que por culpa de la lógica mi pokémon ya no está conmigo.
De nuevo, silencio. Tapu Fini empezaba a creer que nunca entendería a la humana pero, sorprendentemente, en vez de frustración solo sentía una creciente curiosidad.
—Eso no es todo lo malo, ¿sabes?
—¿Mmm?
—Que si solo fuera eso… Ja, solo, como si fuera algo pequeño… Que lo que lo ha hecho insoportable es que siento que nadie me entiende.
La humana le dio la espalda y se llevó las rodillas al pecho.
—Todos me han dado el pésame, pero también me dicen que debo ser fuerte. Que estoy dejando que una tontería me afecte. Que me haga con otro brionne… ¡Con otro! Como si los pokémon fueran… ¡Como si no fueran seres sintientes!
La tristeza estaba dando paso a la ira, una ira que la deidad conocía muy bien, porque era la misma que llevaba siglos sintiendo por ver a la humanidad tratar con crueldad la flora y fauna con la que convive.
—No tengo una buena relación con mis padres. No soy nadie especial. Me encontré a una popplio perdida y asustada en la playa hace ya diez años. Quiero pensar que la rescaté por altruismo, pero la verdad es que actué porque me recordaba a mí y quería sentirme útil por una vez. Le prometí que a partir de entonces estaría a salvo y me encargaría de cuidarla para siempre. Que creceríamos y viajaríamos por el mundo, que estaríamos siempre juntas y nunca volveríamos a sentir que algo estaba mal con nosotras.
La voz se le iba apagando conforme hablaba. Y cuando por fin calló y la deidad pensó que no diría nada más, añadió:
—Soy una mentirosa.
Tapu Fini no necesitaba dormir siempre, pero sentía que desde aquella conversación no podía relajarse en condiciones. Repetía las palabras en su mente una y otra vez, les daba la vuelta y trataba de integrarlas. Había llegado un punto en que la situación le intrigaba tanto que no se enfadaba por pensar en ella.
Se reunió de nuevo con la humana. Cada vez respiraba más lentamente y su cuerpo no tenía la misma tensión del primer día. Algo se le revolvió al darse cuenta.
—Te estás apagando.
—Lo sé.
Normalmente, cuando un humano se daba cuenta de que iba a morir allí, la arrogancia con la que había llegado se esfumaba. Se tiraba de rodillas, empezaba a llorar, pedía clemencia… pero ella no. Ella parecía más tranquila, relajada, como si finalmente estuviera llegando a donde quería estar.
—Creo… que te entiendo un poco.
La humana abrió los ojos y la miró. Hacía días que no lo hacía. La deidad no supo si era una buena o mala señal, pero no le importó, así que prosiguió.
—Estaba tan enfadada y molesta al principio que no era capaz de comprenderlo. Sigo sin entender por qué quieres morir, pero… Yo también he visto perecer a pokémon, flores y árboles queridos de forma imprevista. He visto también la indiferencia humana y cómo, muchas veces, terminaban muriendo justo por esa indiferencia.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de la humana. La temperatura bajó un par de grados, aunque estaba tan pendiente de las palabras de la guardiana que no se dio cuenta de eso.
—Los humanos son seres crueles y egoístas casi por naturaleza. Eso ya lo sabía, pero ahora veo que no son capaces ni de cuidar a los de su especie, y eso me enciende todavía más. Lali claramente no era un mero pokémon para ti. Se puede decir que era tu ancla, lo que le daba sentido a tu vida. Decir que deberías superar su muerte o buscar a otro brionne muestra la poca empatía y el completo desconocimiento del tema que tienen.
Por primera vez en varios días, la humana sonrió. No era un gesto alegre, pero tampoco triste. Eran muchas emociones que estaba sintiendo a la vez y no sabía cómo expresar.
—Gracias. Eres la primera que me entiende.
—Pues tampoco es tan complicado. Qué lástima que no tengas a nadie fuera.
La humana apoyó la cabeza en sus rodillas. Su mirada se perdió antes de que sus párpados volvieran a cerrarse por el cansancio. Si no salía pronto de la niebla, era cuestión de tiempo que terminara por encontrar el destino que tanto buscaba. Tapu Fini sintió entonces la urgencia de actuar.
—Por cierto. Quería decirte que he llegado a una conclusión.
—¿Mmm?
—Voy a darte mi bendición.
—¡¿Qué?!
En otras circunstancias, a la deidad le habría encantado explayarse. Contar que estaba claro que era una humana de buen corazón, de esas que pensaba que no quedaban, y que su historia le había conmovido. Que sentía que no era justo que su alma tuviera que cargar con la culpa y pesadez de un acto que no cometió. Que entendía el dolor, de verdad que sí, pero que no por ello tenía que dejar de vivir. No por capricho suyo. Sino porque sentía que no era justo. Pero el tiempo apremiaba y no quería escuchar las excusas que sabía que le iba a dar, así que se dio prisa en actuar.
Tapu Fini alzó las manos y la humana se vio envuelta en una luz morada. Tras unos segundos, cuando esta desapareció, la humana se quedó de pie. Ella se miró las manos, confundida, y luego miró a la deidad.
—¿Cómo te sientes?
No lo sabía. Tuvo que esperar un rato para acomodarse al cambio repentino.
—... No me pesa el cuerpo. La niebla de mi mente se está desvaneciendo.
—Bien. Entonces ha funcionado.
Tapu Fini alzó la cabeza, orgullosa de sí misma. El alma de la humana ya no cargaba la culpa de antes y se había fortalecido; estaba claro que la había curado.
—Con mi bendición deberías dejar de sentir cualquier mal. Espero que así puedas disfrutar del regalo de la vida.
La deidad chasqueó los dedos y parte de la niebla desapareció. La humana miró el campo que se abría ante ella y luego miró de nuevo a la deidad. Entendió rápidamente lo que había pasado y lo que Tapu Fini esperaba de ella. Así que sonrió, hizo una leve reverencia y se fue por su propio pie sin decir nada.
Ocurrió a las pocas horas de su marcha. De madrugada.
Empezó con algo simple. Un par de wingull revoloteando más agitados de lo normal. Luego un banco de wishiwashi adentrándose rápidamente al mar. El mar estaba inquieto. No mucho, pero sí lo suficiente como para hacer que Tapu Fini fuera a investigar.
En un primer momento, no vio nada fuera de lo normal. El cielo estaba despejado, la luz de la luna bañaba la superficie del agua… y fue entonces cuando vio algo brillar. Se acercó a inspeccionarlo. Desearía no haberlo hecho.
El brillo procedía de una botella, pero no fue eso lo que le horrorizó. La botella y una poké ball vacía estaban atadas al cuello de una humana que le resultaba muy familiar. Sus ojos estaban cerrados y no estaba dormida ni fingiendo estarlo. No, la humana que tantos días había compartido con ella estaba…
…
Sonriendo. Eso era lo que más le descolocaba. Que parecía que estaba donde quería estar, con el mar meciéndola como una madre consolando a su niña. Su expresión irradiaba una tranquilidad tan profunda que le hizo replantearse todo lo que sabía sobre los humanos hasta la fecha.
Cuando la sorpresa inicial disminuyó, Tapu Fini se acercó con cuidado y reverencia a su cuerpo. Le quitó el tapón a la botella y sacó el trozo de papel que había dentro. Se trataba de una carta manuscrita. La leyó atentamente.
…
…
…
El rumor del mar no hizo nada por calmarla. Tapu Fini alzó la mirada hacia la lejana costa, hacia donde estaba la localidad de la humana.
—Vosotros… Vosotros…
La deidad desató la botella de la cuerda. Dejó que la humana, a quien echó un último vistazo, se quedara con la poké ball. Le dedicó una última bendición, una que sabía que no solucionaría nada, y se dirigió con presteza a la costa.
—Vosotros… Sois capaces de dominarlo todo. Construís medios de transporte para desplazaros por tierra, mar y aire. Sois capaces de crear grandes civilizaciones a partir de escombros.
Conforme se iba acercando, el mar se iba revolviendo. Un viento enfurecido empezó a seguirla y las nubes, que hasta entonces parecía que no había, se cernieron sobre la localidad.
—Levantáis monumentos para honrar a vuestros héroes. Investigais los secretos de la naturaleza para mejorar vuestra calidad de vida. Sois una especie con una gran creatividad que os ha permitido avanzar como ninguna otra.
Tapu Fini se detuvo justo antes de sobrevolar la arena de la playa. El viento se quedó quieto tras ella y, durante un segundo, se hizo un silencio absoluto.
—¡¿Y sois incapaces de cuidar a los vuestros?! ¡SOIS ESCORIA!
Su grito despertó la ira de la naturaleza. Olas enormes arremetieron contra el paseo marítimo; vientos huracanados se llevaron por delante coches, farolas y todo lo que estuviera a su paso; una lluvia incesante empezó a caer sobre las casas. Sintió que las mejillas se le humedecían y bien sabía que no era por la lluvia.
La culpa, como siempre, era de ellos.
Al principio se sintió bien. Sentía que estaba impartiendo justicia. Poniéndolos en su lugar. Pero entonces la botella se le resbaló de las manos y cayó. Apenas hizo ruido, pero fue suficiente para llamar su atención.
Ahí estaban las letras de la humana. Su última carta. Aquella en la que había explicado lo que le pasaba.
…
Y Tapu Fini no se vio capaz de continuar con la tormenta.
Alzó los brazos sin hacer ruido y el temporal se detuvo.
El viento fue perdiendo fuerza hasta convertirse en una simple brisa. Las olas descendieron poco a poco, resignadas a volver al mar del que habían surgido. La lluvia continuó cayendo unos instantes más, cada vez más tenue, hasta desaparecer también.
El silencio que quedó tras la tormenta le resultó insoportable. Contrastaba con el revuelo que había en su interior. Pero sabía que lo que estaba haciendo no servía de nada. Había querido castigar a los humanos por no haber cuidado a una de los suyos, pero arrasar aquella localidad no haría que la escucharan ahora.
No llegó a tiempo. Esa era la realidad. Y debía aprender a vivir con ella.
Tapu Fini cerró los ojos. De sus labios escapó una nota, tan baja que se confundió con el rumor de las olas. Luego otra. Y otra. Y sin darse cuenta, había empezado a entonar un canto lastimero que solo conocía el mar. Las olas empezaron a hacer el coro, los wingull se acercaron a la playa y los wishiwashi volvieron a su lugar de siempre. El viento calló respetuosamente. Y, por unos minutos, la naturaleza se unió en memoria de una brionne y una humana que se querían tanto que no concebían sus vidas la una sin la otra.
Y es que destruir una ciudad en un ataque de ira no solucionaría nada. Sin embargo, si el mar conservaba aquella canción, tal vez el mundo no olvidaría nunca que hubo una humana cuyo mayor deseo no era morir, sino ser comprendida.
A quien encuentre esta carta:
No sé si habrá alguien a quien le interese, pero me siento en la obligación de dejar por escrito lo que va a pasar para que nadie caiga en la tentación de rellenar los huecos de mi historia con su ávida imaginación. Aunque, sinceramente, llegada a este punto poco me importa.
Todos sabéis lo que sucedió hace meses con Lali, así que no lo repetiré. Han sido unos meses muy duros, llenos de soledad y de culpa. Solo quería dormir y no despertar, o despertar porque alguien me decía que estaba viva, aunque encontraron su cuerpo y sé, me lo habéis repetido muchas veces, que no va a volver.
Llevo tiempo pensando qué hacer con este dolor que me supera. No le deseo ni a quien peor me cae que de un día para otro, la razón por la que te levantas de la cama desaparece frente a ti y no hay forma de recuperarla. He intentado seguir con mi rutina, he intentado ser fuerte por ella… pero es una situación que me ha desbordado por completo.
No quiero que nadie se sienta culpable de mi suicidio. Es una decisión que he meditado durante mucho tiempo y la voy a tomar de forma consciente. Puede que haya otras formas de escapar de estas emociones tan desagradables que me aprisionan como telarañas, pero es la única solución que veo. Todo el mundo sigue adelante y yo me he quedado sola y estancada. Por más vueltas que le dé, no veo otra salida.
A mí la ayuda me llegó tarde. Tapu Fini, te estoy inmensamente agradecida por lo que hiciste por mí y tomarte el tiempo de escucharme. Sentir que me comprendían por primera vez fue muchísimo más sanador que recibir tu bendición. Pero ya tenía la decisión tomada. Estaba en el punto de no retorno mucho antes de entrar en la niebla. Así que, por favor, no te culpes. De verdad. Quédate con que hiciste que mis últimas horas fueran las menos angustiosas que he tenido desde que perdí a Lali.
Hay otra razón por la que escribo esto y es que no quiero que nadie se lamente por mi ausencia, si es que habrá alguien que lo haga. En lugar de eso, prestad atención a la gente de vuestro entorno. Aseguraros de que están bien. No minimicéis nunca su dolor. Escuchad, de verdad, escuchad. Escuchad y esforzaros por comprender qué pasa en la cabeza y en el corazón del otro. Que esto sirva como una especie de aviso. No quiero decir que todos los que se sienten mal se vayan a quitar la vida. Simplemente, que nunca está de más ser humano y estar realmente ahí para los demás.
Mi querida Lali, mis últimas palabras van para ti. No sé cómo funciona esto. No sé si nos volveremos a ver o quedaremos las dos sumidas en un sueño eterno. Pero ya sé que no tengo que hacer frente a tu ausencia y esa idea es lo único que me alivia ahora mismo. Espero que, estés donde estés, seas el pokémon risueño y resiliente en el que te terminaste convirtiendo. Te lo dije muchas veces, pero no las suficientes. Te quiero y estoy muy orgullosa de ti.
Del mar viniste y al mar voy. Deseo que, de alguna forma, nuestros caminos se vuelvan a cruzar.
Con cariño.

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