Capítulo 14
Habían pasado ya tres años desde el arresto y posterior condena a prisión de por vida de Gouzaburou. Aunque Sakaki había temido que aquello pudiese afectar sus operaciones, Umbra lo convenció de que la evidencia disponible sólo indicaba un contacto ocasional con el equipo Rocket.
Aquella situación también había reafirmado su posición como el comandante más temido de la organización, tanto por su eficacia como por su falta de piedad. Dentro de su división, Aki y Takaya se habían convertido en capitanes de sus respectivos equipos, y este último en particular se había granjeado la reputación de tener la sangre más fría que un Pokémon de hielo.
—¿Así que tú eres el dichoso capitán Obsidian? Bah, no pareces la gran cosa —se burló el capitán más nuevo bajo el mando de Umbra.
Takaya le dedicó una mirada severa antes de marcharse junto a Houndoom, quien no le quitó la vista de encima al gorila que había intentado amedrentar a su humano.
—¡Esto no se va a quedar así! ¿Me oyes, alfeñique? —continuó con su bravata, sin obtener respuesta alguna.
Quienes observaban empezaron a reírse de él, tildándolo de cobarde y charlatán. Herido en su orgullo, no se lo pensó dos veces y liberó a su Golem.
—¡Cárgate a ese cabrón con Doble Filo! —ordenó furiosamente al señalar a Takaya.
Su Pokémon no dudó en rodar amenazantemente hacia él… sólo para encontrarse de lleno con la Cola Férrea de Houndoom.
—Retira a tu Pokémon —advirtió Obsidian al girarse apenas.
Pero el imbécil ordenó a su Pokémon continuar. Houndoom respondió lanzándolo a un lado con un segundo coletazo que cercenó el brazo izquierdo de Golem, antes de abalanzarse sobre el gorila para reducirlo.
—¡No, por favor, no! —rogó al ver aparecer flamas entre las fauces del sabueso.
Houndoom hizo oídos sordos a sus sollozos mientras mordía su antebrazo. No iba a inutilizarlo, pero sí a dejarle un recuerdo permanente de que se había metido con quien más le importaba. Obsidian observó la escena de reojo antes de marcharse en silencio, seguido por su fiel Pokémon. Apretó los puños, sabiendo que había condenado a Golem a ser descartado y a su amo a una degradación inmediata.
—¿Sabes? Antes de ponerme el uniforme, nunca había imaginado lo fácil que era lastimar así a alguien, o peor —admitió Takaya ante Aki, mientras ambos compartían el lecho.
Aki le dirigió una mirada seria pero comprensiva. Lo entendía demasiado bien, aun si nunca se hubiese manchado directamente las manos con la sangre de nadie. Gouzaburou Narumiya podía dar fe de ello.
—Muchas veces temo haber cruzado una línea que me convierta en un monstruo como Umbra —continuó sincerándose, prefiriendo obviar a quien Aki ya no consideraba como su padre.
El agarre de ella sobre su piel desnuda se hizo más fuerte. Sabía muy bien cuánto estaba sufriendo Takaya: lo había visto vomitar en el baño antes de entregarse a la intimidad con ella. Aquellos sentimientos de culpa volvían a acecharla.
—¿Te arrepientes del camino que hemos tomado? —preguntó al tomarlo del rostro con delicadeza, intentando recordar aquellas sonrisas tan hermosas que hacía tanto no veía.
Takaya no respondió de inmediato, pero tampoco apartó la mirada. Aki agradeció aquello; no quería una respuesta inmediata ni tranquilizadora, sólo la verdad.
—Hay muchas cosas de las que me arrepiento o que creo que podría haber hecho mejor, pero permanecer a tu lado no es una de ellas —respondió Takaya al esbozar una sonrisa sincera, por más que fuese una versión más apagada que las de antaño.
Aki suavizó su expresión por apenas un momento, algo que sólo Takaya conocía. Luego recobró su seriedad.
—Ambos hemos hecho cosas horribles, Takaya. Pero no hemos destruido a quienes nos amaban por nuestro propio beneficio, ni nos recreamos en una crueldad enfermiza —dijo con severidad.
Takaya iba a replicar, pero Aki le puso el índice en los labios.
—No somos perfectos, pero creo que tenemos el valor para decirnos el uno al otro si hemos llegado demasiado lejos —continuó, procurando sonar altiva y segura, como en público, pero era evidente que todo aquello también la superaba más veces de las que dejaba entrever.
«Yo también quiero salir de este infierno», fue lo que entendió Takaya al ver sus ojos humedecidos. Sin pensarlo mucho más, la besó antes de que ambos se volviesen a dejar llevar por la pasión que compartían. Aquel ya no era momento para hundirse en reflexiones.

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