Minna no Tabi: Through Thorns

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    [Fanfic] Minna no Tabi: Through Thorns

    Incluso en el infierno existe una salida. Sin embargo, ¿tendrás la fortaleza para alcanzarla sin perderte a ti mismo en el proceso?

    [Disclaimer: Banner hecho con IA, como todas las demás imágenes de este hilo]





    Índice


    Capítulo 01
    Capítulo 02

    Capítulo 03
    Capítulo 04
    Capítulo 05
    Capítulo 06
    Capítulo 07
    Capítulo 08
    Capítulo 09
    Capítulo 10

    Capítulo 11
    Capítulo 12

    Capítulo 13
    Capítulo 14
    Capítulo 15
    Capítulo 16
    Capítulo 17
    Capítulo 18
    Capítulo 19
    Capítulo 20
    Editado por última vez por Souji Fujimura; Hace 2 horas.
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    #2
    Notas de Autor
    (en construcción)





    ¿Qué puedo decir? Llevaba tiempo apeteciéndome mucho escribir de estos dos. Igual, dado que son episodios cortos, tampoco quiero hacer esta sección más larga que la historia en sí.

    Editado por última vez por Souji Fujimura; Hace 2 horas.

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      #3
      Capítulo 01


      Isla Guren

      Como cada mañana, Katsura abrió de par en par las puertas correderas del salón principal del modesto alojamiento que regentaba cuando no estaba ocupado con sus labores como líder de gimnasio.

      —Esto me da la vida —murmuró aliviado, dejando que la brisa cálida se llevase el pertinaz olor a moho que llevaba años siendo su enemigo más acérrimo.

      Aunque al principio había sido un firme opositor de la gran afluencia turística que había invadido Guren desde hacía casi una década, no podía negar que los beneficios habían resultado mayores que los perjuicios para sus habitantes.

      No podía decirse lo mismo de los pobres infelices que tenían la mala pata de venir a retarlo en plena temporada alta. Con el centro Pokémon local obligado a ofrecer su cafetería y recibidor como improvisados dormitorios, “El Acertijo” se había convertido en la única salvación de aquellas desdichadas almas. Quienes eran capaces de ver más allá de su fachada tan terriblemente descuidada podían gozar de la tranquilidad y del descanso necesarios antes de intentar hacerse con su preciada medalla.

      —¡Maestro, ya tengo todo lo que necesitaba! —Una voz joven y enérgica que conocía muy bien le sacó de sus reflexiones.

      Katsura se giró para ver llegar por el camino a Takaya, su primer y único aprendiz en el gimnasio. Él había sido el otro motivo de su decisión: había conocido a sus padres antes del accidente que cobró sus vidas; desde entonces, se había encargado de que no le faltase nada, como si fuese su propio hijo. Esbozó una leve sonrisa, seguro de que ellos estarían orgullosos del joven diligente y dedicado en el que se había convertido.

      —Entonces abramos ya el gimnasio —propuso con renovados ánimos, a pesar de dudar que fuesen a tener retadores ese día.

      Era natural: la temporada de gimnasios acababa de empezar y la gran mayoría de novatos apenas estarían reuniendo sus primeras medallas en la isla principal.

      Takaya asintió, sin dejar que esto le molestase. A fin de cuentas, podía aprovechar ese supuesto tiempo muerto para practicar combates con su maestro.


      Ciudad Yamabuki

      Aki apretó su Pokégear mientras entornaba los ojos.

      —¿¡Cómo se ha atrevido!? ¡Cómo! —masculló mientras se levantaba para vestirse.

      Su madre se había esforzado mucho para conseguir que la ilustre Kikuko le diese lecciones sobre batallas Pokémon, quizá lo único que disfrutaba entre la gran cantidad de materias que había debido estudiar, pero su padre había decidido cancelarlas sin previo aviso.

      —Mamá... —Apretó los puños antes de enjugarse una lágrima que deseaba no haber dejado escapar.

      Aún no acababa de procesar su pérdida. Y que su padre se hubiese vuelto cada vez más controlador no le había ayudado en lo absoluto. Quería pensar que era su forma de protegerla tras lo ocurrido, pero haberlos oído discutir acaloradamente días antes del asesinato la hacía dudar de sus supuestas buenas intenciones.

      Bajó las escaleras con pies de plomo, lista para cantarle unas cuantas verdades, solamente para encontrárselo delante de su estudio junto a un hombre de expresión severa vestido de negro. No era el primer visitante desconocido que había visto allí, pero aquel tenía una presencia imponente que la habría echado atrás si Aki no hubiese heredado el carácter de su madre.

      —Buenas tardes, padre, señor —los saludó educadamente, con un gesto tan natural que ocultó su estado de alerta, tal y como le había enseñado su madre.

      Su invitado correspondió el saludo al quitarse la fedora y dedicarle una leve reverencia.

      —Aki, hija, justamente quería presentarte a uno de mis socios más importantes, el señor Sakaki; como debes saber, no sólo es el líder de gimnasio de Tokiwa, sino también un empresario de éxito y un reconocido filántropo —expuso, como si todos esos méritos fuesen suyos también.

      Aki asintió con una sonrisa impostada. Para bien o para mal, sus airados reclamos tendrían que esperar.


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        #4
        Capítulo 02

        Isla Guren

        —Papá, mamá, me voy ya. Deséenme suerte —Takaya se despidió de la foto que Katsura mantenía en el pequeño altar del albergue.

        Su maestro y compañeros de entrenamiento le acompañaron al puerto. Aunque no había podido pasar mucho tiempo con ellos, sabía que estaban en las mejores manos posibles.

        —Sabes que no estás obligado a tomar este camino, así que si descubres que no es lo tuyo, no te sientas en absoluto culpable —dijo Katsura al poner una mano en su hombro, más que orgulloso de que el muchacho estuviese dando los primeros pasos hacia la vida que construiría por sí mismo.

        Takaya negó con la cabeza, agradecido por su consideración pero resuelto a lograr lo que se había propuesto al terminar la secundaria. Abrazó a su maestro mientras contenía las lágrimas… no quería hacer de ello un drama porque tenía la intención de volverlos a ver pronto.

        Incluso a bordo del ferri, nada de ello parecía real. Recién cuando oyó la sirena del barco y vio cómo el puerto se iba haciendo cada vez más pequeño, entendió por fin que estaba alejándose de todo lo que había conocido en su vida. Bueno, casi todo.

        —Houndour, tranquilo, no pasa nada —trató de sosegarlo Takaya al acariciarle el lomo, pues no dejaba de gruñirle a las olas que golpeaban el casco de la embarcación.

        No podía culparlo; él también estaba nervioso, pues era la primera vez que ambos viajaban por mar. Pensó por un momento en guardarlo, pero se sentía más tranquilo con él cerca, así que decidió buscar una banca libre para ambos.

        —¿Puedes creerlo, Houndour? Es nuestra primera gran aventura juntos… —dijo al apuntar hacia donde creía que estaba Kanto, sintiendo un escalofrío agradable de sólo pensar en ello.

        Houndour ladró afirmativamente, disfrutando también de su compañía. La que poco a poco había ayudado a Takaya a sobreponerse a su pérdida y que, con el tiempo, los había llevado a convertirse en un dúo tan prometedor en los combates Pokémon, en palabras de Katsura.

        —Y será especial porque estarás conmigo —aseguró Takaya al acariciarle la cabeza con suavidad; su Pokémon le lamió cariñosamente la mano.

        Takaya no pudo evitar reírse por las cosquillas. Suspiró satisfecho al reclinarse para mirar al vasto cielo, antes de sonreír algo avergonzado al recordar su insistencia en convertirse en el sucesor de su maestro.

        —Agradezco tu intención, Takaya, pero quiero que veas el mundo antes de tomar una decisión tan importante —había insistido Katsura en su infinita sabiduría.

        Por eso había decidido realizar la ruta de las medallas de Kanto.

        —No sé qué retos nos aguardan, pero sé que juntos podremos superarlos —dijo con una sonrisa radiante y sincera.

        Houndour gruñó suavemente antes de frotar su hocico contra la mano del chico. Él era su mundo e iba a asegurarse de protegerlo, costase lo que costase.







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          #5
          Capítulo 03

          Ciudad Kuchiba

          —¿¡Cómo pude ser tan idiota!? ¡Maldita sea! —se recriminó Aki mientras corría hacia el puerto; orgullosa como era, necesitaba un lugar apartado para dar rienda suelta a toda su rabia.

          Había pasado casi un año desde que aceptó a regañadientes la cancelación de sus lecciones con Kikuko, a cambio de acceder a un supuesto seminario exclusivo para entrenadores destacados. Ahí no sólo había pulido sus habilidades como entrenadora, sino que también había aprendido combate cuerpo a cuerpo y técnicas de espionaje. La novedad y el reto de todo ello la habían cegado ante el verdadero propósito de toda aquella preparación.

          —¡HIJOS DE PUTA! —soltó al llegar por fin a una zona apartada del puerto.

          Gritó una y otra vez, frustrada por haber caído redonda en ese engaño. ¿Cómo no iba a estarlo? Se había graduado con honores de la puta academia Rocket… la organización vinculada a su padre y a la que la policía había responsabilizado del asesinato de su madre. Cuando escuchó ese nombre en la ceremonia de graduación, todo aquello hizo clic en su cabeza, y lo siguiente que supo fue que había huido del lugar a toda prisa.

          —¿¡Cómo pude ser tan estúpida!? —gritó sin importarle lastimarse las manos al aferrarse al áspero muro de contención.

          Apretó los dientes mientras observaba el mar embravecido debajo de ella, quedándose mirándolo un segundo más de la cuenta. Las dulces palabras y el cálido abrazo de su madre eran lo que más deseaba en ese instante… pero no podía permitirse tal reunión antes de hacer pagar a los responsables de su muerte.

          ¿Pero cómo demonios iba a hacerlo? ¿De qué le servía conocer por fin la verdad si carecía de los medios para vengarse? Ascender dentro del equipo Rocket parecía la opción obvia, pero eso sólo haría que su padre tuviese todavía más control sobre ella. Suspiró con exasperación mientras daba la espalda al mar, decidida a no caer en otro momento de debilidad. Necesitaba algo que la ayudase a enfocarse, cualquier cosa. Fue entonces que los vio, en la zona de desembarco: un chico de cabello negro junto a su Houndour.

          —¡Ustedes dos! ¡Los reto a un combate, aquí y ahora! —exclamó al acercarse, con una Poké Ball en mano.

          ¿Por qué se miraban entre sí, como embobados? ¿Por qué no habían respondido de inmediato a su desafío? Aki, frustrada, supuso que ignoraban los peligros que podían cernirse sobre ellos. Esa aparente despreocupación sólo era propia de alguien a quien la vida no le había arrebatado nada importante.

          Takaya y Houndour se miraron extrañados por el súbito desafío, pero acabaron aceptando a pesar de la brusquedad de Aki. Complacida al ver que al menos no se habían echado a correr, ésta liberó a su más confiable compañera, una Arbok que les dedicó un siseo nada amigable.

          —Es enorme… —comentó Takaya al alzar la vista, pues los Pokémon más grandes que había visto en Guren eran los de su maestro.

          En cambio, Houndour sintió un incómodo temblor en las patas. Conocía demasiado bien esa sensación, por lo que gruñó para demostrar que no iba a echarse atrás.

          —No quiero humillarte demasiado, así que lucharemos uno contra uno —propuso Aki al apartarse un mechón del rostro.
          —Me parece bien… ¡Lanzallamas! —ordenó Takaya, tomando la iniciativa.

          Aki esperaba tomarlos por sorpresa, pero los había subestimado. Aun así, se mantuvo tranquila mientras Arbok eludía el primer ataque antes de lanzarse con las fauces abiertas sobre su oponente.

          Takaya no tardó en descubrir que el tamaño no era lo único impresionante de aquella Arbok. Su flexibilidad le permitía enroscarse o estirarse para evitar los ataques ígneos de Houndour, reptando de un lado a otro sin dejarles adivinar desde dónde atacaría.

          —¡Mordisco! —ordenó Takaya cuando la arremetida de Arbok parecía inminente.

          Houndour saltó hacia un lado para esquivarla, antes de lanzarse hacia su rival. Sin embargo, al morder, se encontró con unas escamas frías y resbaladizas que le impidieron hundir los colmillos; esto le dio a Arbok la oportunidad de enroscarse en torno a él y constreñirlo.

          —¡Insiste con Mordisco! —lo alentó Takaya, confiando en que su compañero les daría la oportunidad que necesitaban.
          —¡Colmillo Veneno! —ordenó Aki, teniéndolos donde quería.

          A pesar del dolor, Houndour forcejeó y mordió una y otra vez hasta que pudo sentir sus colmillos hundiéndose entre las escamas de su rival. Ésta, enfurecida por su osadía, respondió propinándole una dentellada en el costado derecho e inyectándole una potente toxina en el proceso. El can gimoteó, mas se negó a defraudar la confianza de su entrenador.

          —¡Giro Fuego! —ordenó por fin Takaya.

          Aki palideció ante semejante orden. A pesar de ser un ataque que no destacaba precisamente por su potencia, haría mucho daño a quemarropa; lo preocupante era que dificultaría la movilidad de Arbok y la desgastaría poco a poco.

          —¡Aléjate! —indicó de inmediato al ver cómo ambos quedaban envueltos por el vórtice ígneo.

          Sintiendo que los músculos le ardían, la cobra soltó a Houndour y se alejó como buenamente pudo; aun así, no pudo deshacerse de la espiral de fuego que todavía le rodeaba. Aki iba a hacer un comentario mordaz, pero calló de golpe al ver al can rodeado de una intensa aura ígnea; ni siquiera sus patas temblorosas ni la áspera tos lograron minar la imponente presencia que proyectaba en ese momento.

          —¡Lanzallamas! —lo apremió Takaya.

          Houndour tosió antes de liberar una serie de torrentes ígneos más potentes que al inicio del combate, pero Arbok demostró el excelente entrenamiento que Aki le había dado al esquivarlos a pesar de su limitada movilidad. Por primera vez desde que descubrió la verdad, la muchacha agradeció lo aprendido en la academia, pero no tardó en negar con la cabeza. No quería que los Rockets le arrebatasen también los frutos de su propio esfuerzo. Iba a ordenar un ataque cuando vio a Houndour flaquear y después caer de bruces.

          —¡Nos rendimos! —exclamó Takaya al situarse entre el can y la cobra.

          Houndour gruñó débilmente a modo de protesta e intentó levantarse. El muchacho le dedicó una súplica silenciosa, firme en su decisión. Incapaz de llevarle la contraria, se dejó caer al suelo, extenuado y adolorido. Takaya acarició con suavidad su costado antes de guardarlo en su Poké Ball.

          Aki se quedó sin palabras. Tuvo que admitir que ella sí habría intentado llevar a su Pokémon mucho más lejos, sin considerar su bienestar… su propia rabia le había hecho actuar precisamente como aquellos a quienes detestaba con toda su alma.

          —Vamos, los llevaré al centro Pokémon —ofreció al acercarse, procurando sonar menos impositiva.
          —Gracias… y buen combate —la felicitó sinceramente Takaya.

          Este cumplido descolocó por completo a Aki. Hacía mucho tiempo que no recibía uno así de sincero, y mucho menos tras haberse comportado de semejante manera.

          —Debo admitir que no lo hicieron tan mal —contestó tras recomponerse un poco, sin bajar del todo la guardia.

          Takaya asintió levemente, preguntándose cómo responder sin herir su orgullo.

          —Puedes llamarme Aki —dijo al no obtener respuesta; en parte era su culpa por lo abrupto de su desafío.
          —Takaya, encantado —correspondió con expresión decidida al estrechar la mano que ella le ofrecía.

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            #6
            Capítulo 04

            Ciudad Yamabuki

            La ruta de las medallas había sido más dura de lo que Takaya había creído en un principio. El gimnasio de Kuchiba, usualmente el tercero en el recorrido recomendado, había sido un escollo para un retador novato como él. Dada la especialización de su equipo, los gimnasios de Nibi y Hanada fueron muros que sólo consiguió derribar con tiempo, paciencia y un planeamiento exhaustivo. Quizá por esto el de Tamamushi le resultó algo decepcionante, mientras que el de Sekichiku fue un reto diferente pero manejable gracias a la experiencia acumulada en sus combates contra Aki.

            Porque sí, desde aquel primer accidentado encuentro, ambos volvieron a toparse una y otra vez a lo largo de Kanto. Lo que empezó como algo fortuito se convirtió en reuniones que ambos esperaban con ganas. Aunque Takaya se había acostumbrado ya al resto de Kanto, le resultaba tranquilizador tener a alguien que se moviese con tanta soltura por ahí; para ella, era refrescante poder pasar un rato agradable con alguien que la trataba como una igual, si bien aún temía que su actitud cambiase si revelaba mucho sobre su posición social o sus circunstancias familiares. Esa reserva le carcomía por dentro, sobre todo porque su amigo le había confiado con total naturalidad lo ocurrido con sus padres y su relación con Katsura.

            Cuando Takaya y un recién evolucionado Houndoom pisaron Yamabuki por primera vez, no pudieron evitar maravillarse ante la opulencia de la capital kantoense.

            —Cuidado o acabarán con las mandíbulas por el suelo —bromeó Aki al verlos; siendo justos, ella estaba demasiado acostumbrada a su ciudad natal.

            Decidieron ir a la terraza de un café cercano, dado que Takaya y sus Pokémon se habían saltado el desayuno para llegar ahí lo antes posible y necesitaban espacio para todos ellos.

            —Así que todos tus Pokémon han evolucionado ya —lo felicitó Aki al contemplar de cerca a Houndoom y, junto a él, un Rapidash, Ninetales, Arcanine y Flareon.
            —Me habría gustado atrapar uno más antes de llegar aquí, pero ninguno de los que vi por el camino era de tipo fuego —admitió mientras acariciaba el lomo de su Arcanine.
            —Un especialista hasta la médula —apuntó irónicamente antes de dar otro sorbo a su bebida.

            Takaya sólo pudo reír ante el comentario, antes de dedicar una mirada de aprecio a su equipo.

            —No me malentiendas, tus Pokémon son fuertes, y justamente por eso no quiero que se confíen; Takenori es muy dado a emplear la fuerza bruta, pero si caen en su ritmo, les va a costar mucho recuperar el control —dijo Aki con preocupación visible, en particular ante la debilidad de Houndoom frente a los Pokémon de tipo lucha.

            Takaya se dio unos segundos para contestar, considerando todo ello.

            —Creo que aun así no perderemos nada por intentarlo hoy; si perdemos, eso sólo significará que tendremos que quedarnos más tiempo aquí —respondió risueño.

            Aki sólo atinó a desviar la mirada para que él no notase su repentino sonrojo.



            Takaya sudaba frío, apretando los puños y respirando lentamente, sin atreverse a parpadear. Houndoom arremetió contra el Hitmonlee del líder y esquivó por los pelos una patada de su pierna extendida, propinándole justo después un certero cabezazo en el flanco derecho. Esto hizo retroceder al luchador, dejándolo vulnerable al Lanzallamas que siguió.

            —¡Ganamos, Houndoom, ganamos!

            Takaya no dudó en lanzarse a abrazar a su cansado Pokémon mientras liberaba de golpe toda la tensión acumulada. En cambio, Takenori guardó a su Pokémon y recibió el mejor consuelo posible: la expresión encandilada de su pequeña hija ante otro combate memorable de su héroe.

            Con su nueva medalla en mano, Takaya salió del gimnasio con una sonrisa de oreja a oreja. Lo primero que pensó fue en llamar a Aki para presumir sólo un poco de haber ganado al primer intento, pero, distraído con la idea, casi chocó con alguien.

            —Lo siento, debí fijarme más —se disculpó casi por reflejo.

            Pronto se dio cuenta de que casi se había llevado por delante a una pobre niña. Se puso a su altura, preguntándose si en realidad se trataba de una muñeca: vestido y sombrero blancos impecables, cabello azabache muy liso y unos profundos ojos lila que le resultaban preciosos a la vez que inquietantes.

            —Lo siento por lo de antes —insistió, preguntándose si acaso se había perdido en esa enorme ciudad.

            La niña respondió con una expresión difícil de descifrar, pero no exenta de cierta calidez.

            —No vayas a Tokiwa o lo lamentarás —soltó de pronto, sin inflexión alguna.

            Takaya casi cayó de culo al escucharla.

            —El joyero no comparte sus tesoros, sólo los vende —añadió antes de darse la vuelta y desaparecer entre el gentío que abarrotaba la acera.



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