Minna no Tabi: Global Conquest

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    [Fanfic] Minna no Tabi: Global Conquest

    Y aquí está el otro fic que había publicado en paralelo a AT. Es un proyecto que me gustaría poder acabar este año, pues me lo planteé como algo corto, originado del trasfondo de ciertos personajes que tendrían que aparecer mucho después en la línea principal de la historia. Aun así, ha sido desafiante darle la forma que más me agradaría, sobre todo al tener un enfoque algo distinto a la otra historia que estoy publicando ahora mismo.

    También lo tengo disponible en el Docs, si a alguien le interesa adelantarse un poco.


    Índice de capítulos




    Capítulo 001 — Ambición
    Capítulo 002 — Antagonismo

    Capítulo 003 — Anatema
    Capítulo 004 — Admiración
    Capítulo 005 — Bestia

    Capítulo 006 —
    Capítulo 007 —
    Capítulo 008 —
    Capítulo 009 —
    Capítulo 010 — ​
    Editado por última vez por Souji Fujimura; Hace 15 horas.
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    #2
    Fichas de personajes [Próximamente]

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      #3
      Nociones generales de Gerdasch [Próximamente]​

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        #4
        Capítulo 01 — Ambición


        Derdalle, mediados de mayo, Año 91 AW

        Edelweiss sólo podía maravillarse cada vez que visitaba Derdalle, una joya arquitectónica cuyos acueductos y fuentes databan de épocas de emperadores ya olvidados. De no haber sido por el amor que sentía por su natal Düsselbarr, la habría considerado la ciudad más hermosa de todo Gerdasch.

        Incluso con la abierta antipatía que le mostró cada transeúnte que se cruzó en su camino.

        Habría preferido que fuese de otro modo, pero era inevitable: para toda esa gente, ella era la villana que había arrebatado a su querida campeona regional la oportunidad de hacerse con el título nacional.

        Intentó disfrutar igualmente del paseo, hasta que llegó a su destino: el último piso de un lujoso edificio de departamentos. Apenas salió del elevador, percibió el aroma de las galletas y pasteles que Lise debía estar horneando mientras esperaba su llegada. ¡Iban a darse todo un festín!

        —¡Por fin llegas, Edel! —exclamó su amiga al entornar sus sagaces ojos azules, sabiendo de sobra la razón de su retraso—. Deberías haber venido con tu Talonflame —añadió mientras la dejaba pasar.
        —Lo siento, Lise. Sabes que me encanta recorrer la ciudad a pie —se excusó al dejar su abrigo en el perchero.
        —Sólo para ver si la gente cambia mágicamente de opinión sobre ti —rezongó antes de suspirar con cansancio. Para ser la entrenadora más calculadora que conocía, su amiga parecía tener demasiada fe en la buena voluntad de los demás.
        —Hablando de magia… ¿hoy no llevas el disfraz de bruja? —preguntó con expresión pícara al pellizcar sus mejillas.
        —¡Sabes que sólo lo llevo para los combates! —contestó indignada, no por la pregunta, sino porque la estaba tratando como a una niña. Una de las cosas que más detestaba en el mundo.

        Sin embargo, el Espeon y el Umbreon apoltronados en el sofá no fueron tan indulgentes y dedicaron miradas de desaprobación a la que consideraban una intrusa. Ésta sencillamente les dirigió una sonrisa confiada, a la que contestaron con bufidos. Sólo cuando Lise se acercó para acariciarlos volvieron a mostrarse mansos.

        —No puedo evitar preguntarme cuánto tiempo seguirán molestos por aquello —comentó Edelweiss mientras se disponía a preparar algo de té. Aunque le pesase, los humanos no eran los únicos capaces de albergar un resentimiento tan arraigado.
        —Que no te extrañe. Ambos estaban muy orgullosos de su poderío hasta que conocieron a tus Pokémon —respondió Lise sin dejar de acariciarlos. Esperaba que, con el tiempo, aquello les sirviese como motivación para alcanzar nuevas alturas.

        Edelweiss asintió. No necesitaba más para saber exactamente qué estaba pensando Lise.

        El relajante aroma y el sabor levemente amargo del té acompañaron perfectamente los dulces preparados por Lise. Era un pequeño ritual que repetían en todos sus encuentros desde que se conocieron en Düsselbarr, en la víspera del más reciente Torneo de Campeones de Gerdasch. Aquel en el que Edelweiss se había alzado como la campeona nacional.

        —Delicioso como siempre —comentó Edelweiss al llevarse una mano a la mejilla tras probar un trozo de pastel con la esponjosidad y dulzura justas.
        —Eso dices siempre. A veces temo que lo digas por compromiso —respondió Lise con una falsa expresión de indignación antes de echarse a reír.

        «Si tan sólo toda esa gente pudiera ver esto», pensó Lise con un suspiro. No podía culpar a la gente fuera de Westnalia de tener tanta ojeriza a su amiga. No temían a la chica de apenas dieciséis años, sino al linaje que la precedía.

        El apellido Dietrich todavía causaba resquemor en muchos de los habitantes de Gerdasch, incluso tras la abdicación de su último emperador, Heinrich von Dietrich. Casi cien años de república poco podían hacer para borrar de la memoria colectiva varios siglos de conquistas y guerras con otros imperios de antaño, como los de Paldea o Kalos. Y la ambición de Edelweiss no ayudaba demasiado a calmar tales temores.

        —Entonces, ¿qué era eso tan importante de lo que querías hablarme? —preguntó Lise al servir más té para ambas.

        Sabía que debía tratarse de algo serio. De otro modo, Edelweiss no habría insistido en ir a verla a pesar de las apretadas agendas de ambas, entre obligaciones con sus respectivas federaciones y, en el caso de Lise, su último año de secundaria.

        —Directa al grano, como siempre. ¿Recuerdas el libro que me recomendaste hace un mes, el de regulaciones de la Federación Internacional? Hallé algo muy interesante ahí, así que he decidido iniciar la ruta de las medallas de Sanhalt y Holswig dentro de dos semanas —anunció con la naturalidad de quien va a dar una vuelta al parque, a pesar de saber sobradamente lo que implicaban sus palabras.

        Lise estuvo a punto de soltar la taza de la que estaba bebiendo, sin poder evitar quemarse un poco la lengua con el té.

        —¿¡Quieres unificar los altos mandos de las tres regiones!? ¡Sabes el revuelo que vas a causar con esa locura, Edelweiss! —la regañó sin contenerse ni importarle si los vecinos oían aquello.

        Otros ya lo habían intentado, sin éxito. Pero ninguno de ellos cargaba con el legado de los Dietrich. Y la sonrisa de Edelweiss ante la reacción de Lise sólo confirmó los peores temores de esta última.

        Lise respiró hondo, intentando recobrar su compostura.

        —Edel, te lo digo porque te aprecio como a nadie en el mundo… estás corriendo un riesgo enorme con esto —dijo, con las manos temblando todavía—. El solo hecho de pasearte por Derdalle ya es una provocación para muchos —añadió al recordar la primera vez que se habían reunido allí, en un café. Desde entonces, había preferido recibirla en su propio piso.

        Edelweiss lo vio claramente en su mirada. Su amiga no temía en absoluto perder su título, pues aquello era una consecuencia inevitable de la vida que habían elegido. Nunca se había sentido tan dichosa por tener a Lise en su vida como en ese instante, pero tuvo que contener las ganas de darle un buen abrazo. No con la respuesta que estaba a punto de darle.

        —Lise, sabes que siento lo mismo por ti. Aun así, voy a hacerlo, cueste lo que cueste —sentenció. Sus ojos violeta dejaron claro que nada la haría cambiar de parecer.

        Por primera vez desde que dejó su hogar de la infancia, Lise no tenía una respuesta ingeniosa preparada.

        —¿Por qué? —se limitó a preguntar con voz queda.

        Edelweiss apretó los puños al verla así, pero tuvo que hacer de tripas corazón para seguir. Su objetivo también importaba, aunque perseguirlo pudiese tener un costo personal enorme.

        —Gerdasch ha pasado demasiado tiempo fragmentado, y si sigue así, seremos incapaces de enfrentar como es debido los nuevos retos del mundo —explicó ceñuda, dejando que todo aquello calase en su amiga.
        —¿¡Pero de qué retos estás ha…!?

        Lise calló de golpe al recordar el comunicado confidencial que su federación regional había recibido hacía poco más de un mes, sobre la organización del primer Campeonato Mundial en Unova dentro de cuatro años.

        —Nos preciamos de nuestra disciplina y poderío como entrenadores, pero el mundo es un lugar muy grande, y muy pocos de nuestros compatriotas han tenido el valor de salir a buscar esos desafíos —explicó Edelweiss con severidad, harta de semejante displicencia.

        Lise tan sólo asintió. Era una verdad incómoda que no podía negar.

        —Hilda von Weiss lo sabía: vivimos en una burbuja. Ella enfrentó los retos del mundo y triunfó allá donde fue. No dudo de que incluso le habrá dado una buena tunda a la parca que nos la arrebató —añadió con cariz nostálgico.

        El deseo imposible de Edelweiss era poder enfrentarse a su gran ídolo. Su inspiración. La entrenadora más fuerte que conocía.

        —Quiero que todos sepan que Gerdasch tiene a los mejores entrenadores del mundo, y sé que no puedo lograr esto sola. Pero antes de siquiera soñar con ese título, debo derribar los muros que nos separan como nación, al menos en cuanto a las batallas Pokémon —concluyó.

        Edelweiss se dejó caer de espaldas en la butaca, hundiéndose en ella mientras se ponía colorada de la vergüenza. Sabía que había sonado tan grandilocuente como sus antepasados y no podía evitar desear que la tierra se la tragase.

        Lise se habría reído de aquello, de no ser porque había quedado totalmente encandilada por semejante discurso. Su amiga solía mostrarse fría como el hielo en batalla, pero dentro de ella ardía una pasión como nunca había visto en su limitada experiencia. Y seguramente había muchos otros como ella en el mundo que se abría para ambas.

        Y por primera vez en mucho tiempo, se sintió avergonzada de sí misma. Adoraba combatir y descubrir nuevas formas de hacerse más fuerte junto a sus Pokémon, pero había dejado de cuestionarse hasta dónde quería llegar con ello. Se había contentado con ser la campeona de Sanhalt, pero su amiga deseaba más, muchísimo más.

        —Digamos que estoy de acuerdo con este loco plan tuyo —concedió con una sonrisa sagaz, la misma que mostraba cuando se enfrentaba a un reto intelectual—. ¿Qué rol quieres que cumpla en todo esto? —inquirió, sospechando ya su respuesta.
        —Que seas mi piedra de afilar, Lise, y yo la tuya. Tú y todos quienes formen parte del alto mando nacional con el que afrontaremos el Campeonato Mundial —declaró con convicción.

        Lise sólo pudo sonreír ante aquella invitación. Por primera vez, esa ambición sin límites no le resultó incómoda.

        —Pero para eso, primero tendrás que vencer a mis padres, y después, a mí. Por más que seas la campeona nacional, no creas que será sencillo —replicó, desafiante. Todo aquello le resultaba extrañamente emocionante.
        —¡Esto era precisamente lo que quería oír! —respondió Edelweiss, sin dejarse amedrentar.

        Tras aquella conversación, por fin podría emprender su conquista de Gerdasch. Y después, del mundo.

        Editado por última vez por Souji Fujimura; Hace 1 Día.

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          #5
          Capítulo 002—Antagonismo

          Düsselbarr, inicios de junio, Año 91 AW

          Mochila, lista. Las seis Poké Balls en su cinturón, aseguradas. Ropa de viaje, idónea para el tiempo que hacía. En cierto modo, Edelweiss volvió a sentirse como aquel día en que partió de su hogar para realizar la ruta de las medallas de Westnalia.

          Se despidió de sus padres y cruzó la puerta con paso firme y una sonrisa radiante… que se borró enseguida al ver quién la esperaba en la otra acera, con el ceño fruncido.

          —Siegfried… —dijo entre dientes antes de suspirar con hastío.

          Sabía de sobra por qué estaba ahí. Por eso mismo decidió ignorarlo y caminar a toda prisa hacia la plaza más cercana. Como temía, aquel fornido muchacho pelirrojo no dudó en seguirla por la acera de enfrente, sin perderla de vista.

          Semejante escena llamó la atención de muchos de los transeúntes, pero al reconocerlos, no hicieron más que poner los ojos en blanco. Ya estaban demasiado acostumbrados a verlos comportarse así entre ellos.

          Cuando Edelweiss por fin llegó al espacio abierto que necesitaba, liberó a un imponente Talonflame que clavó las garras en las hombreras de su abrigo, mientras ella se aferraba con fuerza a sus poderosas patas.

          —¡Vamos, Pfeil! —ordenó al halcón, queriendo alejarse antes de siquiera oír la molesta voz de su perseguidor a lo lejos. Bastante había hecho ya arruinando su plan de un tranquilo paseo hasta la siguiente ciudad.

          Así, ambos levantaron el vuelo para dirigirse a toda velocidad hacia el oeste.

          —Obcecada como siempre —se lamentó Siegfried al llegar a la plaza, antes de sacar a su propio Pokémon para alcanzarla.

          Aunque el sentimiento era mutuo, Edelweiss esperó a que, por algún milagro, ese sujeto se hubiese rendido, para luego admitir que estaba pidiendo demasiado. Tras un par de kilómetros de vuelo, se giró apenas para comprobar sus temores: ahí estaba, montado sobre un gallardo Dragonite que se mantenía a una distancia constante de Pfeil.

          Detestaba que fuese tan condescendiente con ella, intentando amedrentarla con su mera presencia, como si aquello fuese a bastar para disuadirla. Harta, hizo una señal a su Pokémon para que aterrizase en un claro cuando atravesaron el límite occidental de la ciudad. Como esperaba, su perseguidor también descendió.

          —¡Edelweiss, por fin has entrado en razón! ¡Sabía que no tardarías en darte cuenta de lo necia que es la empresa que te habías propuesto! —dijo pomposamente cuando la vio guardar a Pfeil, por lo que decidió hacer lo mismo con su propio Pokémon.

          Aquello fue la gota que colmó el vaso.

          —¡No, Siegfried! ¡Estoy cansada de que te metas en mis asuntos! ¿¡Es que no tienes algún evento social al cual asistir en lugar de acecharme!? —le increpó, harta de que se empeñase en llevarle la contraria en todo lo que se proponía.
          —¡Asuntos que no sólo te afectan, Edelweiss! ¡Vas a poner a todo el país de cabeza por tu ambición y echar por tierra el esfuerzo, sudor y lágrimas de los miembros de los altos mandos regionales! —respondió airadamente, conociendo en carne propia el sacrificio necesario para llegar a esa posición.

          «Así que se trataba de eso», pensó, decepcionada.

          A pesar de desagradarle la grandilocuencia y pomposidad con las que Siegfried solía actuar, respetaba su poderío como entrenador. De todos los que había enfrentado en su consecución del título de Westnalia, era él quien más pelea le había dado. Que pareciese tan preocupado por su propio estatus era algo que podría haber esperado de otros, pero no de él.

          —Para lo mucho que presumes de la nobleza y fuerza de tus dragones, confías muy poco en ellos. ¿O acaso temes ser incapaz de hacer aflorar todo su poder? —le reprochó.

          Semejante acusación tomó a Siegfried por sorpresa, pues no se había incluido en el grupo al que intentaba defender. Aunque quizá para ella, todos eran lo mismo.

          Hacía mucho que había aceptado que Edelweiss era un muro de fuego infranqueable, un glaciar inamovible para casi todos los entrenadores aún vivos en Gerdasch. Incluso él mismo, el domador de dragones más reconocido de su generación en la familia Bergliez, había tenido que hincar la rodilla ante su aplastante superioridad. Sin embargo, ésta parecía haberla cegado ante el legado que llevaba a cuestas, uno que no debía tomarse a la ligera por el bien de su país.

          —Hoy me estás subestimando más que de costumbre, estimada Edelweiss. ¡Y la soberbia siempre precede a la caída! —replicó desafiante al coger una Ultra Ball.

          Edelweiss puso los ojos en blanco. Ya se imaginaba qué vendría a continuación.

          —¡Edelweiss von Dietrich! ¡Por mi honor como domador de dragones de la familia Bergliez, te reto a duelo! ¡Si gano, renunciarás a conquistar Sanhalt y Holswig! —bramó, sabiendo que era su obligación moral devolverla al camino correcto, como habían hecho sus antepasados en calidad de consejeros y ministros de los Dietrich durante siglos y siglos.

          Edelweiss sólo pudo llevarse la mano a la sien, incrédula de que Siegfried hubiese utilizado una costumbre prácticamente olvidada de los nobles de antaño para intentar detenerla. Por fin había tenido la oportunidad de sacar provecho de su afición por la historia antigua, algo que ella respetaba… y que también pensaba emplear a su favor.

          —¡Y si pierdes, dejarás de entrometerte en mi viaje! ¡A menos que todo ese honor del que tanto presumes sea mera fanfarria! —declaró con convicción al tomar también una Ultra Ball de su cinturón.

          Acto seguido, liberó a un enorme Abomasnow. Un bramido de aquella bestia precedió a la formación de una violenta borrasca que abarcó unos veinte o treinta metros a la redonda.

          Siegfried tragó saliva. Su rival no había dudado en escoger a uno de sus Pokémon más fuertes, por lo que él debía corresponder esa cortesía, a pesar de la enorme desventaja para su Pokémon. Acopió aplomo antes de liberar a su confiable Salamence.

          —¡Lanzallamas! —ordenó de inmediato para aprovechar la mayor velocidad del dragón.

          El torrente de fuego avanzó amenazadoramente hacia el Pokémon gélido, pero como había practicado tantas veces con su humana, éste dio fuertes azotes al aire con sus gruesos brazos cubiertos de un resplandor verde. La borrasca pareció someterse a su voluntad, bloqueando el ataque ígneo hasta disiparlo antes de que Abomasnow siquiera sintiese el calor.

          —¡Colmillo Ígneo! —pidió a continuación, comprendiendo que atacar a distancia sería infructuoso.

          A pesar de saberse en desventaja, el dragón no se amilanó y llenó sus fauces de fuego al abalanzarse sobre su oponente. Edelweiss se limitó a suspirar, sabiendo que esos dos no eran nada dados a las estratagemas ni a las sutilezas, sino que preferían luchar de frente, con total transparencia. Una cualidad admirable, pero fatal contra ella.

          —Hagel, ya sabes qué hacer —ordenó, lacónica.

          Su Abomasnow supo entonces que quería una victoria rápida y contundente. No tardó en exhalar un viento gélido que su oponente intentó eludir con hábiles giros, mas la borrasca a su alrededor se lo hacía imposible.

          «No te rindas. ¡Sé que puedes!», pensó Siegfried. No quería gritar y distraer a su Pokémon en un momento tan decisivo.

          Aun con su movilidad mermada por culpa de la escarcha adherida a sus alas, Salamence hizo un esfuerzo descomunal para cerrar la distancia entre ambos y asestarle una dentellada flamígera. Sin embargo, Hagel extendió sus brazos cubiertos de hielo para cogerlo de las aletas laterales de la cabeza y detenerlo en seco a apenas un par de palmos de su rostro.

          Soportando la desagradable cercanía de aquellas fauces llameantes, Hagel abrió la boca mientras sus ojos brillaban como el hielo. Así, expelió una potente onda de viento frígido que congeló al dragón en el acto antes de empujarlo varios metros hacia atrás. El violento choque contra el suelo hizo añicos su prisión helada y dejó ver que ya estaba fuera de combate.

          —Gran trabajo, Hagel —le agradeció Edelweiss antes de guardarlo en su Ultra Ball, con lo que la borrasca desapareció como por arte de magia.

          A pesar de sentir el peso de la derrota, Siegfried se negó a dejarse caer de rodillas. No de nuevo. Guardó a su Pokémon tras agradecer su esfuerzo y procuró mantener toda la dignidad posible mientras caminaba hacia Edelweiss, quien le dedicó una leve sonrisa triunfal.

          —¿Por qué has usado tu mejor baza tan pronto? —preguntó cuando estuvo ya a un metro de ella, todavía sobrecogido por la visión de aquel Frío Polar.
          —Contra oponentes tan persistentes, debía asegurarme de ganar antes de que hallaran una oportunidad de ponernos en aprietos —reconoció tras dar un largo suspiro. Con su objetivo en juego, le había resultado imperativo minimizar el riesgo.

          Siegfried quedó atónito por tales palabras. Era la primera vez que Edelweiss les hacía un cumplido. A pesar de haber perdido, sentía que había ganado algo de todo ello… incluso con el resquemor de tener que honrar su palabra y no interferir en su viaje.

          —Sigo pensando que lo que te propones es una idea pésima, pero voy a honrar mi palabra —dijo, resignado—. ¡Sin embargo, esto no ha acabado aún, Edelweiss! ¡Aunque derrotes a Raizam y Liselotte en sus propias regiones, tendrás que revalidar tu título aquí! ¡Será entonces cuando pondré fin a esta locura tuya! —añadió con ferviente determinación.
          —¡Valientes palabras, Siegfried! ¡Espero que tengas la fuerza para respaldarlas cuando nos enfrentemos de nuevo! —respondió con convicción.

          Y sin darle oportunidad de replicar, liberó a Pfeil para marcharse de ahí. No necesitaba oír su voz durante lo que quedaba del mes.

          Normalmente habría mirado atrás para asegurarse de que no la estaba siguiendo. Aquella vez no hizo falta. Aunque odiaba admitirlo, Siegfried había sido en realidad su primera piedra de afilar, el primer entrenador que se había empeñado en desafiarla a pesar de verse superado en cada ocasión. Quizá había algo en lo que nunca podría vencerlo: su actitud positiva y el tesón que ponía en su rivalidad. Quizá, sólo quizá, sin él no habría sido la campeona que era. Pero no era algo que pudiese decirle abiertamente, a riesgo de que se le subiesen los humos.

          Edelweiss se permitió una leve sonrisa mientras se dirigía hacia su primera parada en Sanhalt.


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