Resumen: Nora Jones, una joven periodista, es enviada a Hormigón para investigar la creciente tensión social que mantiene en vilo a sus vecinos desde hace meses. Sin embargo, lo que parecía una simple historia de pandilleros pronto se convierte en una pregunta mucho más incómoda: ¿qué ocurre cuando una sociedad decide olvidar a una parte de sí misma?
—Centro de Control de Hormigón, aquí el mercante Asteria. Solicitamos autorización para entrar a puerto.
—Asteria, autorización concedida. Diríjanse al muelle tres. El práctico les esperará en la bocana.
Era otro ajetreado día en el Centro de Control Portuario de Hormigón. Barcos entraban y salían del puerto, pedían permiso constantemente antes de moverse, y el encargado de asegurarse de que todo fluyera como era debido estaba sentado al frente de la sala. Desde ahí veía con claridad los monitores que le devolvían las imágenes que grababan innumerables cámaras de seguridad, así como mapas de ruta que le indicaban la posición de todas las embarcaciones en tiempo real. A sus espaldas, el equipo que tenía al mando le pedía permiso para aceptar o rechazar las peticiones de los buques mercantes más grandes. Normalmente le bastaba a Manuel con un simple gesto de la mano para comunicarse, pues bastante atención debía prestar como para perderla pronunciando palabras innecesarias.
—Centro de Control de Hormigón, aquí el Kanto Express. Solicitamos autorización para entrar a puerto.
—Un momento, Kanto Express. Por favor, espere a que le demos permiso para entrar.
Todo indicaba que iba a ser una jornada aburrida. Desde fuera, la cantidad de luces y sonidos de la sala le podría parecer abrumadora a cualquiera, pero para quienes llevaban tantos años trabajando ahí como Manuel, esto formaba parte de su normalidad. Su temple, seguridad y buen criterio conseguían que cualquiera que trabajara con él terminara confiando en sus órdenes sin atreverse a pensar en cuestionarlas.
—Centro de Control de Hormigón. Aquí el Orion. Solicitamos autorización para atracar en el muelle siete.
Aquella petición hizo que, durante un segundo, el sonido de los operarios tecleando informes en sus ordenadores se detuviera. Gabriela, su segunda al mando y una de las empleadas más capaces de la plantilla, se silenció el micrófono antes de bufar.
—¿De qué va este? Eligiendo el muelle del puerto como si fuera suyo. Di que sí, hombre, que esto es a la carta. ¡Como en los restaurantes! No te jode.
Un par de operarios rieron, pero no Manuel. El jefe de control portuario echó un breve vistazo al papel de su escritorio en el que ponía “El Orion. Conceder permiso para atracar donde quiera”. Lo escribió un par de días atrás, cuando el alcalde fue a visitarlo personalmente a casa. Su mujer le acogió, hizo la cena mientras los hombres tomaban vino en el salón y sus hijos jugaban con su persian. Estaba acostumbrado a recibir ese tipo de visitas.
—Necesito que me hagas un favor.
Y, últimamente, también a eso. A hacerle favores.
—¿Jefe? Hola. Autorización para entrar en la mente de Manuel.
Manuel volvió en sí cuando escuchó su nombre. Gabriela estaba sonriendo como hacía antes de denegar una entrada a un mercante que se pasaba de listo, a punto de volver a encender su micrófono y dar la negativa. Solo le faltaba la aprobación de su superior.
—¿Le envío a freír espárragos?
—No, Gabi. No.
Al escuchar eso, Gabriela dirigió su mirada a él lentamente. Se dijo que sería una broma. Seguramente Manuel diría que a freír espárragos no, que a plantarlos, porque se encargaría de que ese descarado perdiera su puesto de trabajo. Sin embargo, su jefe se limitó a asentir.
—Dale acceso.
—¿Seguro?
—Sí.
—Pero, ese muelle… Ni siquiera sabemos qué tipo de mercancía-
—Gabriela.
La mujer se quedó mirándole un rato más, al igual que varios operarios curiosos. Cuando vio que no iba a cambiar de parecer se encogió de hombros y fijó la mirada en su monitor.
—Muy bien. Usted manda.
Manuel vio la entrada a puerto del Orion después de que Gabriela le diera permiso. Parecía otro buque mercante más, uno de los centenares que había ahí. Dio un sorbo de agua mientras su mente le recordaba, casi inevitablemente, la sonrisa blanca del alcalde aquella tarde que compartieron días atrás.
—Dentro de unos días vendrá un buque mercante. Trae un montón de productos buenísimos para la ciudad, pero ya sabes cómo es la burocracia. A veces no da tiempo a declararlo todo, y es un fastidio, porque estamos privando a Hormigón de productos buenísimos para su economía por una tontería.
En ese momento un torbellino de pelos rubios atravesó corriendo el salón por el que un persian intentaba a duras penas huir de los niños. El alcalde sonrió afectuosamente al verlos.
—Qué niños más bonitos tenéis.
—Sí. Han heredado la belleza de mi mujer.
Los hombres rieron y el alcalde se recostó en el sillón. Desde ahí veía jugar a los niños, que habían salido al jardín a través de la cristalera que lo comunicaba con el salón.
—Estoy seguro de que también son muy listos. Lo veo en cómo se las ingenian para arrinconar a tu pokémon. Es una lástima que a veces la inteligencia por sí sola no baste. Por muy bella que sea una flor, necesita de un buen entorno para florecer. No sé si me estoy explicando.
—Me temo que no le sigo el hilo, señor.
—Es muy fácil. Estoy seguro de que tus hijos llegarán lejos en la vida, sin embargo, lo harían incluso más si tuvieran acceso a una educación de calidad.
En ese momento el alcalde se sacó, sin mirarlo, un sobre del bolsillo interno de su chaqueta y lo dejó en la mesita que separaba su sillón del sofá en el que Manuel estaba sentado. El jefe de control portuario sintió sudores fríos al verlo.
—Puedo encargarme personalmente de que a tus hijos no les falte de nada para llegar a lo más alto, pero para ello necesito que dejes pasar ese buque y que atraque en el muelle que elija. Sé reconocer el esfuerzo de las personas que ayudan a que Hormigón prospere y estoy seguro de que estoy sentado al lado de una de ellas.
Después de eso apareció su mujer anunciando que la cena estaba lista y Manuel cogió el sobre antes de que ella pudiera verlo. Desde entonces intentaba no pensar mucho en él, se decía que si el alcalde quería dejar pasar un mercante sería por una buena razón. Y parecía que todo estaba en orden, el buque se dirigía al muelle a una velocidad prudente y ya había personal esperando allí para ayudar con la descarga. Vislumbró entre ellos a Nicolás, su fiel amigo, y sonrió.
—Qué bonitos son. ¿Cuántos años tienen ya?
La voz de Gabriela, como no, le hizo volver de nuevo al presente. La mujer había dejado de prestar atención a su tarea para fijarse en la foto de sus hijos que tenía en el escritorio. Manuel no pudo evitar sonreír al verlos. Ambos compartían el mismo rostro redondo y el brillo azul en los ojos, no había duda de que eran gemelos. Lo único que los diferenciaba era el peinado: él lo llevaba corto y bien aseado; ella lo tenía recogido en dos voluminosas coletas. Ambos estaban sentados en el banco de su jardín y llevaban el uniforme de la escuela más prestigiosa de la ciudad. Se le infló el pecho de orgullo al verlos así, tan seguros y capaces a tan corta edad.
—Dentro de nada harán seis. No hacen más que pedirme un pokémon para jugar con él.
—Ja, ja, ja. ¿No les basta con tu viejo persian?
—El pobre no les sigue el ritmo.
—Normal. Si es que con esa sonrisa parecen unos angelitos, pero menudos bichos están hechos.
—No lo sabes tú bien. A lo mejor sí debería conseguirles otro, pero para que le dejen en paz de una vez.
Gabriela se echó a reír, pero esa risa se cortó en seco en cuanto la sala de control se llenó de luces rojas y una sirena ensordecedora. Enseguida volvió a su puesto y, con la precisión que le caracterizaba, la mujer proyectó en los paneles las imágenes del sitio desde donde les llegaba la alarma.
—¡Atención! ¡Alerta roja! ¡Ha habido un problema con la mercancía del buque atracado en el…! ¿En el muelle siete?
Manuel sintió que el estómago se le encogía al oír esa frase, al ver en las grandes pantallas como del Orion empezaba a salir un líquido negro y viscoso que al entrar en contacto con el mar generaba un humo de un color inquietante.
—¡Centro de Control! ¡Habla el muelle siete! ¡Una de las grúas ha golpeado uno de los contenedores del buque Orion y ha provocado una grieta por la que se está filtrando el material! Parecía que lo podíamos controlar, pero-
El sonido de una ligera explosión a las espaldas del operario que estaba llamando hizo que Manuel se levantara de la silla como un resorte. Gabriela le miró extrañada, pues le había visto responder ante emergencias similares y Manuel nunca, nunca abandonaba su puesto de trabajo. Así que ella también se levantó y le siguió, porque si él iba para allá el asunto debía ser muy grave.
Y razón no le faltaba. Las cámaras no eran capaces de transmitir la tensión que había metros antes de llegar al lugar del accidente. Muchos trabajadores corrían de un lado a otro dando órdenes a quienes todavía no estaban tan nerviosos como para no escuchar, pero estas eran contradictorias e inútiles. Otros intentaban crear un cordón de seguridad, pero se apartaban en cuanto veían que Manuel se acercaba a ellos. El jefe del Centro de Control vio, estupefacto, cómo las aguas alrededor del buque Orion estaban completamente negras. Del barco salía un humo que se mezclaba con la nube que generaba la reacción del líquido con el mar. Para el máximo responsable de la seguridad del puerto, aquello suponía el peor error que alguien con su puesto podía hacer. Pero tras el miedo inicial Manuel volvió a caminar hacia el buque, hasta que alguien le agarró decididamente el brazo.
—¡Manuel!
Al darse la vuelta vio que quien le había retenido era Gabriela. Su compañera le miraba entre enfurecida y temerosa a través de los mechones ondulados que le cubrían parte del rostro. Tal vez se debía al shock, pero a Manuel le pareció que tenían el mismo color que ese líquido viscoso.
—No hagas el imbécil, por favor te lo pido.
—Gabriela, tengo que entrar.
—¡¿Tú te estás escuchando?! —gritó mientras sus ojos se agrandaban tras escuchar sus intenciones— ¡Eres padre de familia, Manuel! No puedes dejar a los tuyos desatendidos tan fácilmente. ¿Has pensado en ellos? Tu mujer… no puedes dejarla sola con los chiquillos. ¿Es este el regalo de cumpleaños que les quieres dar? ¡¿Un padre muerto?!
Manuel no respondió. Miró al buque, que seguía liberando líquido al mar, y luego volvió a mirar a Gabriela. Cuando lo hizo la mujer aflojó un poco su agarre, pues le vio con la mirada perdida.
—Yo lo dejé pasar.
—Manuel.
—Yo di la autorización, Gabriela. Yo lo dejé pasar. Los dejé pasar —dijo mientras se soltaba de su agarre con una firmeza que le dejó bien claro que no debía intentar detenerle—. Ahora mismo hay trabajadores atrapados ahí dentro.
—Pero no es tu culpa. ¡No sabías que esto podía pasar!
Manuel sintió que esas palabras crearon en él el efecto contrario a la intención con la que fueron pronunciadas. Cierto, no sabía que eso podía pasar, pero había muchas cosas que podría haber hecho. Podría haber rechazado el sobre del alcalde, podría haberle negado el acceso al Orion en el último momento… Podría haber seguido su código de valores y las normas de su puesto de trabajo, pero decidió hacer la vista gorda ante una irregularidad y debía hacer frente al precio de su traición.
—No sé si es mi culpa o no, pero es mi responsabilidad.
—Pero tus hijos…
Él cerró los ojos y los vio. Vio a ambos recibirle corriendo al volver a casa, como siempre hacían. Los vio preocupados, preguntando si estaba bien, que en el cole habían dicho que un barco había explotado y él trabajaba con barcos y no sabían si se había hecho pupa o no. Se los imaginaba viéndolo como el héroe que no era, como el salvador que no se sentía en ese momento. Siempre volvía a casa con historias que contar sobre mercancía de contrabando incautada, pokémon rescatados, malos enviados a la cárcel… porque ese era el trabajo de papá: proteger a la gente y a los pokémon del puerto. Entonces, ¿con qué cara iba a enfrentarlos después de esto? ¿Podría mirarles a los ojos sabiendo lo que había permitido que sucediera?
—Pues por eso mismo, Gabi… Por ellos hago esto.
—¡Manuel! ¡Espera!
Sin pensárselo dos veces, Manuel dio media vuelta y entró en el buque. Lo único más inquietante que los cuerpos tendidos en el suelo eran los gritos de la tripulación que había quedado atrapada y no encontraba la manera de escapar de tanto humo. Manuel se tumbó y fue gateando entre los escombros hasta que vio toser a uno de los cuerpos inmóviles. A pesar de la poca visibilidad lo reconoció enseguida y por ello no dudó en acercarse.
—¡Nico!
—Ay… Qué dolor…
—No te preocupes, amigo. Te sacaré ahora mismo de aquí.
Con cuidado de no levantarse para no inhalar el humo tóxico, Manuel se echó a Nicolás al hombro y lo sacó gateando de allí. El operario volvió a toser cuando fue tendido en el suelo, lejos del buque, y cuando abrió los ojos estos estaban completamente rojos por el humo.
—¿M… Manuel? ¿Eres tú? No veo… No veo casi nada.
—Gracias al cielo. Quédate aquí. Ya estás a salvo.
Y sin más que añadir Manuel se dio la vuelta y volvió a entrar al buque. Nicolás intentó decirle que era un suicidio, que parte del cargamento era altamente inflamable y los que estaban dentro ya tenían su destino sellado, que no fuera tan ingenuo como él había sido al pensar que podría salvar a alguien. Pero antes de que pudiera alzar el brazo y llamarle Manuel entró y, a los segundos, una ensordecedora explosión envolvió al buque en unas llamas que no tardaron en engullirlo por completo.
PRÓLOGO
Hace veinte años
—Centro de Control de Hormigón, aquí el mercante Asteria. Solicitamos autorización para entrar a puerto.
—Asteria, autorización concedida. Diríjanse al muelle tres. El práctico les esperará en la bocana.
Era otro ajetreado día en el Centro de Control Portuario de Hormigón. Barcos entraban y salían del puerto, pedían permiso constantemente antes de moverse, y el encargado de asegurarse de que todo fluyera como era debido estaba sentado al frente de la sala. Desde ahí veía con claridad los monitores que le devolvían las imágenes que grababan innumerables cámaras de seguridad, así como mapas de ruta que le indicaban la posición de todas las embarcaciones en tiempo real. A sus espaldas, el equipo que tenía al mando le pedía permiso para aceptar o rechazar las peticiones de los buques mercantes más grandes. Normalmente le bastaba a Manuel con un simple gesto de la mano para comunicarse, pues bastante atención debía prestar como para perderla pronunciando palabras innecesarias.
—Centro de Control de Hormigón, aquí el Kanto Express. Solicitamos autorización para entrar a puerto.
—Un momento, Kanto Express. Por favor, espere a que le demos permiso para entrar.
Todo indicaba que iba a ser una jornada aburrida. Desde fuera, la cantidad de luces y sonidos de la sala le podría parecer abrumadora a cualquiera, pero para quienes llevaban tantos años trabajando ahí como Manuel, esto formaba parte de su normalidad. Su temple, seguridad y buen criterio conseguían que cualquiera que trabajara con él terminara confiando en sus órdenes sin atreverse a pensar en cuestionarlas.
—Centro de Control de Hormigón. Aquí el Orion. Solicitamos autorización para atracar en el muelle siete.
Aquella petición hizo que, durante un segundo, el sonido de los operarios tecleando informes en sus ordenadores se detuviera. Gabriela, su segunda al mando y una de las empleadas más capaces de la plantilla, se silenció el micrófono antes de bufar.
—¿De qué va este? Eligiendo el muelle del puerto como si fuera suyo. Di que sí, hombre, que esto es a la carta. ¡Como en los restaurantes! No te jode.
Un par de operarios rieron, pero no Manuel. El jefe de control portuario echó un breve vistazo al papel de su escritorio en el que ponía “El Orion. Conceder permiso para atracar donde quiera”. Lo escribió un par de días atrás, cuando el alcalde fue a visitarlo personalmente a casa. Su mujer le acogió, hizo la cena mientras los hombres tomaban vino en el salón y sus hijos jugaban con su persian. Estaba acostumbrado a recibir ese tipo de visitas.
—Necesito que me hagas un favor.
Y, últimamente, también a eso. A hacerle favores.
—¿Jefe? Hola. Autorización para entrar en la mente de Manuel.
Manuel volvió en sí cuando escuchó su nombre. Gabriela estaba sonriendo como hacía antes de denegar una entrada a un mercante que se pasaba de listo, a punto de volver a encender su micrófono y dar la negativa. Solo le faltaba la aprobación de su superior.
—¿Le envío a freír espárragos?
—No, Gabi. No.
Al escuchar eso, Gabriela dirigió su mirada a él lentamente. Se dijo que sería una broma. Seguramente Manuel diría que a freír espárragos no, que a plantarlos, porque se encargaría de que ese descarado perdiera su puesto de trabajo. Sin embargo, su jefe se limitó a asentir.
—Dale acceso.
—¿Seguro?
—Sí.
—Pero, ese muelle… Ni siquiera sabemos qué tipo de mercancía-
—Gabriela.
La mujer se quedó mirándole un rato más, al igual que varios operarios curiosos. Cuando vio que no iba a cambiar de parecer se encogió de hombros y fijó la mirada en su monitor.
—Muy bien. Usted manda.
Manuel vio la entrada a puerto del Orion después de que Gabriela le diera permiso. Parecía otro buque mercante más, uno de los centenares que había ahí. Dio un sorbo de agua mientras su mente le recordaba, casi inevitablemente, la sonrisa blanca del alcalde aquella tarde que compartieron días atrás.
—Dentro de unos días vendrá un buque mercante. Trae un montón de productos buenísimos para la ciudad, pero ya sabes cómo es la burocracia. A veces no da tiempo a declararlo todo, y es un fastidio, porque estamos privando a Hormigón de productos buenísimos para su economía por una tontería.
En ese momento un torbellino de pelos rubios atravesó corriendo el salón por el que un persian intentaba a duras penas huir de los niños. El alcalde sonrió afectuosamente al verlos.
—Qué niños más bonitos tenéis.
—Sí. Han heredado la belleza de mi mujer.
Los hombres rieron y el alcalde se recostó en el sillón. Desde ahí veía jugar a los niños, que habían salido al jardín a través de la cristalera que lo comunicaba con el salón.
—Estoy seguro de que también son muy listos. Lo veo en cómo se las ingenian para arrinconar a tu pokémon. Es una lástima que a veces la inteligencia por sí sola no baste. Por muy bella que sea una flor, necesita de un buen entorno para florecer. No sé si me estoy explicando.
—Me temo que no le sigo el hilo, señor.
—Es muy fácil. Estoy seguro de que tus hijos llegarán lejos en la vida, sin embargo, lo harían incluso más si tuvieran acceso a una educación de calidad.
En ese momento el alcalde se sacó, sin mirarlo, un sobre del bolsillo interno de su chaqueta y lo dejó en la mesita que separaba su sillón del sofá en el que Manuel estaba sentado. El jefe de control portuario sintió sudores fríos al verlo.
—Puedo encargarme personalmente de que a tus hijos no les falte de nada para llegar a lo más alto, pero para ello necesito que dejes pasar ese buque y que atraque en el muelle que elija. Sé reconocer el esfuerzo de las personas que ayudan a que Hormigón prospere y estoy seguro de que estoy sentado al lado de una de ellas.
Después de eso apareció su mujer anunciando que la cena estaba lista y Manuel cogió el sobre antes de que ella pudiera verlo. Desde entonces intentaba no pensar mucho en él, se decía que si el alcalde quería dejar pasar un mercante sería por una buena razón. Y parecía que todo estaba en orden, el buque se dirigía al muelle a una velocidad prudente y ya había personal esperando allí para ayudar con la descarga. Vislumbró entre ellos a Nicolás, su fiel amigo, y sonrió.
—Qué bonitos son. ¿Cuántos años tienen ya?
La voz de Gabriela, como no, le hizo volver de nuevo al presente. La mujer había dejado de prestar atención a su tarea para fijarse en la foto de sus hijos que tenía en el escritorio. Manuel no pudo evitar sonreír al verlos. Ambos compartían el mismo rostro redondo y el brillo azul en los ojos, no había duda de que eran gemelos. Lo único que los diferenciaba era el peinado: él lo llevaba corto y bien aseado; ella lo tenía recogido en dos voluminosas coletas. Ambos estaban sentados en el banco de su jardín y llevaban el uniforme de la escuela más prestigiosa de la ciudad. Se le infló el pecho de orgullo al verlos así, tan seguros y capaces a tan corta edad.
—Dentro de nada harán seis. No hacen más que pedirme un pokémon para jugar con él.
—Ja, ja, ja. ¿No les basta con tu viejo persian?
—El pobre no les sigue el ritmo.
—Normal. Si es que con esa sonrisa parecen unos angelitos, pero menudos bichos están hechos.
—No lo sabes tú bien. A lo mejor sí debería conseguirles otro, pero para que le dejen en paz de una vez.
Gabriela se echó a reír, pero esa risa se cortó en seco en cuanto la sala de control se llenó de luces rojas y una sirena ensordecedora. Enseguida volvió a su puesto y, con la precisión que le caracterizaba, la mujer proyectó en los paneles las imágenes del sitio desde donde les llegaba la alarma.
—¡Atención! ¡Alerta roja! ¡Ha habido un problema con la mercancía del buque atracado en el…! ¿En el muelle siete?
Manuel sintió que el estómago se le encogía al oír esa frase, al ver en las grandes pantallas como del Orion empezaba a salir un líquido negro y viscoso que al entrar en contacto con el mar generaba un humo de un color inquietante.
—¡Centro de Control! ¡Habla el muelle siete! ¡Una de las grúas ha golpeado uno de los contenedores del buque Orion y ha provocado una grieta por la que se está filtrando el material! Parecía que lo podíamos controlar, pero-
El sonido de una ligera explosión a las espaldas del operario que estaba llamando hizo que Manuel se levantara de la silla como un resorte. Gabriela le miró extrañada, pues le había visto responder ante emergencias similares y Manuel nunca, nunca abandonaba su puesto de trabajo. Así que ella también se levantó y le siguió, porque si él iba para allá el asunto debía ser muy grave.
Y razón no le faltaba. Las cámaras no eran capaces de transmitir la tensión que había metros antes de llegar al lugar del accidente. Muchos trabajadores corrían de un lado a otro dando órdenes a quienes todavía no estaban tan nerviosos como para no escuchar, pero estas eran contradictorias e inútiles. Otros intentaban crear un cordón de seguridad, pero se apartaban en cuanto veían que Manuel se acercaba a ellos. El jefe del Centro de Control vio, estupefacto, cómo las aguas alrededor del buque Orion estaban completamente negras. Del barco salía un humo que se mezclaba con la nube que generaba la reacción del líquido con el mar. Para el máximo responsable de la seguridad del puerto, aquello suponía el peor error que alguien con su puesto podía hacer. Pero tras el miedo inicial Manuel volvió a caminar hacia el buque, hasta que alguien le agarró decididamente el brazo.
—¡Manuel!
Al darse la vuelta vio que quien le había retenido era Gabriela. Su compañera le miraba entre enfurecida y temerosa a través de los mechones ondulados que le cubrían parte del rostro. Tal vez se debía al shock, pero a Manuel le pareció que tenían el mismo color que ese líquido viscoso.
—No hagas el imbécil, por favor te lo pido.
—Gabriela, tengo que entrar.
—¡¿Tú te estás escuchando?! —gritó mientras sus ojos se agrandaban tras escuchar sus intenciones— ¡Eres padre de familia, Manuel! No puedes dejar a los tuyos desatendidos tan fácilmente. ¿Has pensado en ellos? Tu mujer… no puedes dejarla sola con los chiquillos. ¿Es este el regalo de cumpleaños que les quieres dar? ¡¿Un padre muerto?!
Manuel no respondió. Miró al buque, que seguía liberando líquido al mar, y luego volvió a mirar a Gabriela. Cuando lo hizo la mujer aflojó un poco su agarre, pues le vio con la mirada perdida.
—Yo lo dejé pasar.
—Manuel.
—Yo di la autorización, Gabriela. Yo lo dejé pasar. Los dejé pasar —dijo mientras se soltaba de su agarre con una firmeza que le dejó bien claro que no debía intentar detenerle—. Ahora mismo hay trabajadores atrapados ahí dentro.
—Pero no es tu culpa. ¡No sabías que esto podía pasar!
Manuel sintió que esas palabras crearon en él el efecto contrario a la intención con la que fueron pronunciadas. Cierto, no sabía que eso podía pasar, pero había muchas cosas que podría haber hecho. Podría haber rechazado el sobre del alcalde, podría haberle negado el acceso al Orion en el último momento… Podría haber seguido su código de valores y las normas de su puesto de trabajo, pero decidió hacer la vista gorda ante una irregularidad y debía hacer frente al precio de su traición.
—No sé si es mi culpa o no, pero es mi responsabilidad.
—Pero tus hijos…
Él cerró los ojos y los vio. Vio a ambos recibirle corriendo al volver a casa, como siempre hacían. Los vio preocupados, preguntando si estaba bien, que en el cole habían dicho que un barco había explotado y él trabajaba con barcos y no sabían si se había hecho pupa o no. Se los imaginaba viéndolo como el héroe que no era, como el salvador que no se sentía en ese momento. Siempre volvía a casa con historias que contar sobre mercancía de contrabando incautada, pokémon rescatados, malos enviados a la cárcel… porque ese era el trabajo de papá: proteger a la gente y a los pokémon del puerto. Entonces, ¿con qué cara iba a enfrentarlos después de esto? ¿Podría mirarles a los ojos sabiendo lo que había permitido que sucediera?
—Pues por eso mismo, Gabi… Por ellos hago esto.
—¡Manuel! ¡Espera!
Sin pensárselo dos veces, Manuel dio media vuelta y entró en el buque. Lo único más inquietante que los cuerpos tendidos en el suelo eran los gritos de la tripulación que había quedado atrapada y no encontraba la manera de escapar de tanto humo. Manuel se tumbó y fue gateando entre los escombros hasta que vio toser a uno de los cuerpos inmóviles. A pesar de la poca visibilidad lo reconoció enseguida y por ello no dudó en acercarse.
—¡Nico!
—Ay… Qué dolor…
—No te preocupes, amigo. Te sacaré ahora mismo de aquí.
Con cuidado de no levantarse para no inhalar el humo tóxico, Manuel se echó a Nicolás al hombro y lo sacó gateando de allí. El operario volvió a toser cuando fue tendido en el suelo, lejos del buque, y cuando abrió los ojos estos estaban completamente rojos por el humo.
—¿M… Manuel? ¿Eres tú? No veo… No veo casi nada.
—Gracias al cielo. Quédate aquí. Ya estás a salvo.
Y sin más que añadir Manuel se dio la vuelta y volvió a entrar al buque. Nicolás intentó decirle que era un suicidio, que parte del cargamento era altamente inflamable y los que estaban dentro ya tenían su destino sellado, que no fuera tan ingenuo como él había sido al pensar que podría salvar a alguien. Pero antes de que pudiera alzar el brazo y llamarle Manuel entró y, a los segundos, una ensordecedora explosión envolvió al buque en unas llamas que no tardaron en engullirlo por completo.
Comentario