Walking on Water [Pokémon]

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    [Fanfic] Walking on Water [Pokémon]

    Resumen: Nora Jones, una joven periodista, es enviada a Hormigón para investigar la creciente tensión social que mantiene en vilo a sus vecinos desde hace meses. Sin embargo, lo que parecía una simple historia de pandilleros pronto se convierte en una pregunta mucho más incómoda: ¿qué ocurre cuando una sociedad decide olvidar a una parte de sí misma?

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    PRÓLOGO
    Hace veinte años

    Centro de Control de Hormigón, aquí el mercante Asteria. Solicitamos autorización para entrar a puerto.
    —Asteria, autorización concedida. Diríjanse al muelle tres. El práctico les esperará en la bocana.

    Era otro ajetreado día en el Centro de Control Portuario de Hormigón. Barcos entraban y salían del puerto, pedían permiso constantemente antes de moverse, y el encargado de asegurarse de que todo fluyera como era debido estaba sentado al frente de la sala. Desde ahí veía con claridad los monitores que le devolvían las imágenes que grababan innumerables cámaras de seguridad, así como mapas de ruta que le indicaban la posición de todas las embarcaciones en tiempo real. A sus espaldas, el equipo que tenía al mando le pedía permiso para aceptar o rechazar las peticiones de los buques mercantes más grandes. Normalmente le bastaba a Manuel con un simple gesto de la mano para comunicarse, pues bastante atención debía prestar como para perderla pronunciando palabras innecesarias.

    —Centro de Control de Hormigón, aquí el Kanto Express. Solicitamos autorización para entrar a puerto.

    —Un momento, Kanto Express. Por favor, espere a que le demos permiso para entrar.

    Todo indicaba que iba a ser una jornada aburrida. Desde fuera, la cantidad de luces y sonidos de la sala le podría parecer abrumadora a cualquiera, pero para quienes llevaban tantos años trabajando ahí como Manuel, esto formaba parte de su normalidad. Su temple, seguridad y buen criterio conseguían que cualquiera que trabajara con él terminara confiando en sus órdenes sin atreverse a pensar en cuestionarlas.

    —Centro de Control de Hormigón. Aquí el Orion. Solicitamos autorización para atracar en el muelle siete.

    Aquella petición hizo que, durante un segundo, el sonido de los operarios tecleando informes en sus ordenadores se detuviera. Gabriela, su segunda al mando y una de las empleadas más capaces de la plantilla, se silenció el micrófono antes de bufar.

    —¿De qué va este? Eligiendo el muelle del puerto como si fuera suyo. Di que sí, hombre, que esto es a la carta. ¡Como en los restaurantes! No te jode.

    Un par de operarios rieron, pero no Manuel. El jefe de control portuario echó un breve vistazo al papel de su escritorio en el que ponía “El Orion. Conceder permiso para atracar donde quiera”. Lo escribió un par de días atrás, cuando el alcalde fue a visitarlo personalmente a casa. Su mujer le acogió, hizo la cena mientras los hombres tomaban vino en el salón y sus hijos jugaban con su persian. Estaba acostumbrado a recibir ese tipo de visitas.

    —Necesito que me hagas un favor.

    Y, últimamente, también a eso. A hacerle favores.

    —¿Jefe? Hola. Autorización para entrar en la mente de Manuel.

    Manuel volvió en sí cuando escuchó su nombre. Gabriela estaba sonriendo como hacía antes de denegar una entrada a un mercante que se pasaba de listo, a punto de volver a encender su micrófono y dar la negativa. Solo le faltaba la aprobación de su superior.

    —¿Le envío a freír espárragos?

    —No, Gabi. No.

    Al escuchar eso, Gabriela dirigió su mirada a él lentamente. Se dijo que sería una broma. Seguramente Manuel diría que a freír espárragos no, que a plantarlos, porque se encargaría de que ese descarado perdiera su puesto de trabajo. Sin embargo, su jefe se limitó a asentir.

    —Dale acceso.

    —¿Seguro?

    —Sí.

    —Pero, ese muelle… Ni siquiera sabemos qué tipo de mercancía-

    —Gabriela.

    La mujer se quedó mirándole un rato más, al igual que varios operarios curiosos. Cuando vio que no iba a cambiar de parecer se encogió de hombros y fijó la mirada en su monitor.

    —Muy bien. Usted manda.

    Manuel vio la entrada a puerto del Orion después de que Gabriela le diera permiso. Parecía otro buque mercante más, uno de los centenares que había ahí. Dio un sorbo de agua mientras su mente le recordaba, casi inevitablemente, la sonrisa blanca del alcalde aquella tarde que compartieron días atrás.

    —Dentro de unos días vendrá un buque mercante. Trae un montón de productos buenísimos para la ciudad, pero ya sabes cómo es la burocracia. A veces no da tiempo a declararlo todo, y es un fastidio, porque estamos privando a Hormigón de productos buenísimos para su economía por una tontería.

    En ese momento un torbellino de pelos rubios atravesó corriendo el salón por el que un persian intentaba a duras penas huir de los niños. El alcalde sonrió afectuosamente al verlos.

    —Qué niños más bonitos tenéis.

    —Sí. Han heredado la belleza de mi mujer.

    Los hombres rieron y el alcalde se recostó en el sillón. Desde ahí veía jugar a los niños, que habían salido al jardín a través de la cristalera que lo comunicaba con el salón.

    —Estoy seguro de que también son muy listos. Lo veo en cómo se las ingenian para arrinconar a tu pokémon. Es una lástima que a veces la inteligencia por sí sola no baste. Por muy bella que sea una flor, necesita de un buen entorno para florecer. No sé si me estoy explicando.

    —Me temo que no le sigo el hilo, señor.

    —Es muy fácil. Estoy seguro de que tus hijos llegarán lejos en la vida, sin embargo, lo harían incluso más si tuvieran acceso a una educación de calidad.

    En ese momento el alcalde se sacó, sin mirarlo, un sobre del bolsillo interno de su chaqueta y lo dejó en la mesita que separaba su sillón del sofá en el que Manuel estaba sentado. El jefe de control portuario sintió sudores fríos al verlo.

    —Puedo encargarme personalmente de que a tus hijos no les falte de nada para llegar a lo más alto, pero para ello necesito que dejes pasar ese buque y que atraque en el muelle que elija. Sé reconocer el esfuerzo de las personas que ayudan a que Hormigón prospere y estoy seguro de que estoy sentado al lado de una de ellas.

    Después de eso apareció su mujer anunciando que la cena estaba lista y Manuel cogió el sobre antes de que ella pudiera verlo. Desde entonces intentaba no pensar mucho en él, se decía que si el alcalde quería dejar pasar un mercante sería por una buena razón. Y parecía que todo estaba en orden, el buque se dirigía al muelle a una velocidad prudente y ya había personal esperando allí para ayudar con la descarga. Vislumbró entre ellos a Nicolás, su fiel amigo, y sonrió.

    —Qué bonitos son. ¿Cuántos años tienen ya?

    La voz de Gabriela, como no, le hizo volver de nuevo al presente. La mujer había dejado de prestar atención a su tarea para fijarse en la foto de sus hijos que tenía en el escritorio. Manuel no pudo evitar sonreír al verlos. Ambos compartían el mismo rostro redondo y el brillo azul en los ojos, no había duda de que eran gemelos. Lo único que los diferenciaba era el peinado: él lo llevaba corto y bien aseado; ella lo tenía recogido en dos voluminosas coletas. Ambos estaban sentados en el banco de su jardín y llevaban el uniforme de la escuela más prestigiosa de la ciudad. Se le infló el pecho de orgullo al verlos así, tan seguros y capaces a tan corta edad.

    —Dentro de nada harán seis. No hacen más que pedirme un pokémon para jugar con él.

    —Ja, ja, ja. ¿No les basta con tu viejo persian?

    —El pobre no les sigue el ritmo.

    —Normal. Si es que con esa sonrisa parecen unos angelitos, pero menudos bichos están hechos.

    —No lo sabes tú bien. A lo mejor sí debería conseguirles otro, pero para que le dejen en paz de una vez.

    Gabriela se echó a reír, pero esa risa se cortó en seco en cuanto la sala de control se llenó de luces rojas y una sirena ensordecedora. Enseguida volvió a su puesto y, con la precisión que le caracterizaba, la mujer proyectó en los paneles las imágenes del sitio desde donde les llegaba la alarma.

    —¡Atención! ¡Alerta roja! ¡Ha habido un problema con la mercancía del buque atracado en el…! ¿En el muelle siete?

    Manuel sintió que el estómago se le encogía al oír esa frase, al ver en las grandes pantallas como del Orion empezaba a salir un líquido negro y viscoso que al entrar en contacto con el mar generaba un humo de un color inquietante.

    —¡Centro de Control! ¡Habla el muelle siete! ¡Una de las grúas ha golpeado uno de los contenedores del buque Orion y ha provocado una grieta por la que se está filtrando el material! Parecía que lo podíamos controlar, pero-

    El sonido de una ligera explosión a las espaldas del operario que estaba llamando hizo que Manuel se levantara de la silla como un resorte. Gabriela le miró extrañada, pues le había visto responder ante emergencias similares y Manuel nunca, nunca abandonaba su puesto de trabajo. Así que ella también se levantó y le siguió, porque si él iba para allá el asunto debía ser muy grave.

    Y razón no le faltaba. Las cámaras no eran capaces de transmitir la tensión que había metros antes de llegar al lugar del accidente. Muchos trabajadores corrían de un lado a otro dando órdenes a quienes todavía no estaban tan nerviosos como para no escuchar, pero estas eran contradictorias e inútiles. Otros intentaban crear un cordón de seguridad, pero se apartaban en cuanto veían que Manuel se acercaba a ellos. El jefe del Centro de Control vio, estupefacto, cómo las aguas alrededor del buque Orion estaban completamente negras. Del barco salía un humo que se mezclaba con la nube que generaba la reacción del líquido con el mar. Para el máximo responsable de la seguridad del puerto, aquello suponía el peor error que alguien con su puesto podía hacer. Pero tras el miedo inicial Manuel volvió a caminar hacia el buque, hasta que alguien le agarró decididamente el brazo.

    —¡Manuel!

    Al darse la vuelta vio que quien le había retenido era Gabriela. Su compañera le miraba entre enfurecida y temerosa a través de los mechones ondulados que le cubrían parte del rostro. Tal vez se debía al shock, pero a Manuel le pareció que tenían el mismo color que ese líquido viscoso.

    —No hagas el imbécil, por favor te lo pido.

    —Gabriela, tengo que entrar.

    —¡¿Tú te estás escuchando?! —gritó mientras sus ojos se agrandaban tras escuchar sus intenciones— ¡Eres padre de familia, Manuel! No puedes dejar a los tuyos desatendidos tan fácilmente. ¿Has pensado en ellos? Tu mujer… no puedes dejarla sola con los chiquillos. ¿Es este el regalo de cumpleaños que les quieres dar? ¡¿Un padre muerto?!

    Manuel no respondió. Miró al buque, que seguía liberando líquido al mar, y luego volvió a mirar a Gabriela. Cuando lo hizo la mujer aflojó un poco su agarre, pues le vio con la mirada perdida.

    —Yo lo dejé pasar.

    —Manuel.

    —Yo di la autorización, Gabriela. Yo lo dejé pasar. Los dejé pasar —dijo mientras se soltaba de su agarre con una firmeza que le dejó bien claro que no debía intentar detenerle—. Ahora mismo hay trabajadores atrapados ahí dentro.

    —Pero no es tu culpa. ¡No sabías que esto podía pasar!

    Manuel sintió que esas palabras crearon en él el efecto contrario a la intención con la que fueron pronunciadas. Cierto, no sabía que eso podía pasar, pero había muchas cosas que podría haber hecho. Podría haber rechazado el sobre del alcalde, podría haberle negado el acceso al Orion en el último momento… Podría haber seguido su código de valores y las normas de su puesto de trabajo, pero decidió hacer la vista gorda ante una irregularidad y debía hacer frente al precio de su traición.

    —No sé si es mi culpa o no, pero es mi responsabilidad.

    —Pero tus hijos…

    Él cerró los ojos y los vio. Vio a ambos recibirle corriendo al volver a casa, como siempre hacían. Los vio preocupados, preguntando si estaba bien, que en el cole habían dicho que un barco había explotado y él trabajaba con barcos y no sabían si se había hecho pupa o no. Se los imaginaba viéndolo como el héroe que no era, como el salvador que no se sentía en ese momento. Siempre volvía a casa con historias que contar sobre mercancía de contrabando incautada, pokémon rescatados, malos enviados a la cárcel… porque ese era el trabajo de papá: proteger a la gente y a los pokémon del puerto. Entonces, ¿con qué cara iba a enfrentarlos después de esto? ¿Podría mirarles a los ojos sabiendo lo que había permitido que sucediera?

    —Pues por eso mismo, Gabi… Por ellos hago esto.

    —¡Manuel! ¡Espera!

    Sin pensárselo dos veces, Manuel dio media vuelta y entró en el buque. Lo único más inquietante que los cuerpos tendidos en el suelo eran los gritos de la tripulación que había quedado atrapada y no encontraba la manera de escapar de tanto humo. Manuel se tumbó y fue gateando entre los escombros hasta que vio toser a uno de los cuerpos inmóviles. A pesar de la poca visibilidad lo reconoció enseguida y por ello no dudó en acercarse.

    —¡Nico!

    —Ay… Qué dolor…

    —No te preocupes, amigo. Te sacaré ahora mismo de aquí.

    Con cuidado de no levantarse para no inhalar el humo tóxico, Manuel se echó a Nicolás al hombro y lo sacó gateando de allí. El operario volvió a toser cuando fue tendido en el suelo, lejos del buque, y cuando abrió los ojos estos estaban completamente rojos por el humo.

    —¿M… Manuel? ¿Eres tú? No veo… No veo casi nada.

    —Gracias al cielo. Quédate aquí. Ya estás a salvo.

    Y sin más que añadir Manuel se dio la vuelta y volvió a entrar al buque. Nicolás intentó decirle que era un suicidio, que parte del cargamento era altamente inflamable y los que estaban dentro ya tenían su destino sellado, que no fuera tan ingenuo como él había sido al pensar que podría salvar a alguien. Pero antes de que pudiera alzar el brazo y llamarle Manuel entró y, a los segundos, una ensordecedora explosión envolvió al buque en unas llamas que no tardaron en engullirlo por completo.




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    #2
    CAPÍTULO UNO
    Presente

    —Vaya tela. Ya han vuelto a pintarlo. Ese muro no dura limpio ni un día, chaval.
    Cheren alzó la mirada de su móvil en cuanto escuchó quejarse al taxista. Estaba tan ocupado repasando las notas que tenía que entregar la semana siguiente que no se había dado cuenta de que ya había llegado a Hormigón.

    —Parece que les paguen por hacer grafitis, tú. De verdad, menuda juventud tenemos aquí. Espero que tú estés haciendo un mejor trabajo educando a los de Engobe porque si el futuro de Teselia depende de la chusma que hay aquí…

    Al líder no le dio tiempo a fijarse en el mural que había en la entrada del polígono, pues el semáforo se puso en verde y el taxista prosiguió el trayecto. Aun así, lo que sí le dio tiempo a ver fue el ramo de flores recién cortadas que había a sus pies. Uno en el que el taxista parecía no haber reparado.

    —Bueno. ¿Qué haces tú por aquí? ¿Vas a enseñarle a Hiedra el ejemplo que debe dar a su ciudad?

    Cheren sonrió con cierta tensión mientras se ajustaba el nudo de la corbata. No le gustaba mucho entablar conversaciones con extraños, pero entendía que a veces era inevitable. Sobre todo si ese extraño era el encargado de llevarte a un sitio de forma segura.

    —Si le soy sincero, todavía no sé cuál es el motivo de nuestra reunión.

    —¡Míralo! ¡Que me habla de usted y todo!

    El taxista rio a carcajada limpia, lo que le impidió ver que una señora tenía intención de cruzar un paso de cebra. Por suerte, la señora paró a tiempo, y le echó una mirada al conductor que hizo que a Cheren le entraran ganas de disculparse por él.

    —¡Me parto contigo, chaval! Menudo estirado estás hecho. Con lo joven que eres. ¿Cuántos años tienes? Me recuerdas a mi hijo, la verdad. Que lo de estirado no te lo digo a malas, ¿eh? Ya me gustaría a mí que el mío tuviera la mitad de vocabulario y porte que tienes tú.

    Por suerte para el líder de Engobe, el taxi no tardó en detenerse enfrente del gimnasio de Hormigón. Tras un suspiro que supo disimular sacó su cartera y la abrió, pero el taxista negó con la cabeza en cuanto la vio por el espejo retrovisor.

    —No te preocupes por eso, chaval. Ha sido un placer traerte hasta aquí. No me pagues nada, invita la casa.

    —¿Está seguro?

    —¡Ja, ja, ja! ¡Y dale con hablarme de usted! Me ha servido más esta sesión de risoterapia que el dinero que me puedas dar. Además, como la Hiedra se entere de que te he cobrado me mete su bajo por donde no me da la luz del sol. No sé si me explico.

    —Sí… La verdad es que se hace entender a la perfección.

    El taxista rio por última vez antes de despedirse y reincorporarse a la carretera. En cuanto le vio desaparecer, Cheren se apoyó en la puerta del gimnasio y tomó aire.

    Menudo día llevaba, y lo peor era que estaba lejos de terminar.

    Cuando logró recomponerse, abrió la puerta no sin antes prepararse mentalmente para aquello con lo que tenía que lidiar. Bajó las escaleras para acceder a la sala de actuaciones del grupo de Hiedra y allí vio tanto a su guitarrista como a su baterista. Estaban hablando entre ellos y cuando vieron a Cheren allí le saludaron con la mano.

    —Hombre. Por fin has llegado.

    —¡Sí que te has tomado tu tiempo, tronco! Has tardado más que yo cuando me toca afinar mi pequeña antes de los conciertos.

    El líder de Engobe les respondió con una pequeña reverencia.

    —Buenas tardes. Perdonad la demora, he tenido un par de combates hoy y-

    —Sinceramente, Cheren. Nos la pela.

    El baterista se acercó a él con una seriedad intimidatoria. Rodeó los hombros del líder con su brazo y tiró ligeramente hacia abajo para tenerlo a su misma altura.

    —Yo no sé qué narices le pasa ahora a Hiedri, pero lleva todo el día de mala leche encerrada en su cuarto. He entrado hace un momento a ver si necesitaba algo y me ha lanzado el zapato en todo el jeto. ¡Menos mal que lo he esquivado! Pues no va y me dice que no quiere que nadie entre menos Cheren. Vaya tela, tú. Está peor que cuando nos toca organizar una gira.

    —V-vaya. Desde luego que no son formas de actuar…

    —Eh, suelta al chaval, Keko. Que lo estás asustando. El pobrecito mío se ha puesto blanco y to’.

    —¿Qué ladras, Rita? Si mi compa siempre ha tenido la piel más blanca que la nieve. Y estoy siendo cercano para que se desinhiba un poco, que siempre va tan recto que parece que le han metido unas baquetas por el cu-

    —¡¿Pero qué haces?! No hables así, que me lo traumatizas. ¿No ves que es un finolis?

    —¡Pues que aprenda! Ha venido a nuestro barrio y tiene que adaptarse a nuestra forma de hablar. Yo me esfuerzo mucho por hablar bien cuando voy a Engobe.

    —Tú no has ido a Engobe en tu puta vida.

    —Y tú no has tocado un libro en la tuya.

    —¡Oye! ¡Que terminé la secundaria!

    —Porque los profes pensaban que bastante desgracia tenías con esa cara almendra que me llevas, cariño mío.

    —Em… Siento interrumpir vuestra discusión…

    En cuanto habló los dos músicos le dirigieron toda su atención. Cheren no sabía si eso era algo deseable o no.

    —Creo que debería ir a ver qué le pasa a Hiedra.

    —¡Ah, claro! Por supuesto. Y no te preocupes, no estábamos discutiendo ni nada así, eh. Así hablamos nosotros aquí.

    Cheren se forzó a sonreír mientras Keko le guiaba a la puerta que había tras el escenario. El calvo se frotó la nuca y se dirigió a él por última vez.

    —Si necesitas ayuda, grita. Bien sabemos cómo se puede poner cuando está fuera de sí. Oye, Hiedri, ya ha venido el profe que has llamado. Es él quien va a abrir la puerta, no le tires ningún zapatazo o le romperás la napia tan fina que tiene.

    —¡Y bonita! Tiene una nariz muy bonita, sí señor. Podría pasarme horas mirándola.

    Cheren hizo otra reverencia para despedirse del dúo antes de entrar en el despacho de Hiedra. Era una habitación pequeña y oscura, llena de instrumentos y partituras desparramadas por el suelo. Cheren siempre se movía con cuidado por ahí porque solo la dueña de la habitación sabía cuándo fue la última vez que la limpió, pero esa vez la suciedad era el menor de sus problemas.

    —¿Hiedra?

    Hiedra estaba sentada en su silla y tenía la mirada fija en un documento que había en la mesa. No era una partitura, estaba lleno de letras, y en la parte superior del mismo Cheren llegó a ver el sello de la Alcaldía de Hormigón. El estómago se le encogió al reconocerlo.

    —¿Todo bien?

    Hiedra no respondió. Se limitó a girar la hoja para que pudiera verla bien y eso fue lo que hizo Cheren. Se acercó a la mesa y leyó el documento con detenimiento.


    Gobierno Regional de Teselia
    Autoridad Portuaria Regional
    Decreto P-18 sobre la Protección de la Seguridad Portuaria y la Salud Pública

    Artículo 1. Objeto
    El presente decreto tiene por objeto reforzar la seguridad del recinto portuario, garantizar la protección de la salud pública y preservar el correcto funcionamiento de las infraestructuras estratégicas de la región.

    Artículo 2. Acceso al recinto portuario
    El acceso a las instalaciones portuarias quedará restringido al personal debidamente autorizado o a aquellas personas que cuenten con autorización expresa de la Autoridad Portuaria Regional.

    Artículo 3. Elaboración y distribución de compuestos
    Queda prohibida la elaboración, almacenamiento o distribución de medicamentos, antídotos, reactivos químicos o cualquier otro compuesto de uso sanitario fuera de los laboratorios acreditados por la Autoridad Sanitaria Regional.

    Artículo 4. Concentraciones en la zona portuaria
    Toda reunión, concentración o acto colectivo que tenga lugar en un radio de quinientos metros del puerto requerirá autorización administrativa previa.

    Artículo 5. Protección de infraestructuras públicas
    Se considerará infracción grave cualquier daño ocasionado a edificios públicos, mobiliario urbano, señalización, muros, instalaciones portuarias o cualquier otro bien de titularidad pública.

    Artículo 6. Identificación preventiva
    Las Fuerzas de Seguridad estarán facultadas para requerir la identificación inmediata de cualquier persona que permanezca en la zona portuaria cuando existan indicios razonables de alteración del orden público o riesgo para la seguridad.

    Artículo 7. Régimen sancionador
    El incumplimiento de las disposiciones recogidas en el presente decreto podrá dar lugar, según la gravedad de los hechos, a:
    a) Multas de hasta 50.000 pokédólares.
    b) Suspensión temporal o retirada de licencias profesionales relacionadas con la actividad portuaria.
    c) Responsabilidades penales conforme a la legislación vigente.

    Disposición final
    El presente Decreto P-18 entrará en vigor al día siguiente de su publicación en el Boletín Oficial del Gobierno Regional de Teselia.


    Segundos pasaron. Luego, minutos. Luego Cheren se dio cuenta de que, como Hiedra, él también era incapaz de apartar la vista de aquel documento.

    —... ¿Ya está aprobado?

    —Lo estará en breves.

    La voz distante de la líder fue lo que le impulsó a alzar la mirada. Hiedra ya no miraba la hoja, miraba un punto tras su compañero, aunque él sospechaba que no estaba prestando atención a nada tangible.

    —Es la primera vez que se ponen tan serios, Cheren. Y lo mejor es que ya estoy viendo el panorama. Si alguien se queja el alcalde dirá que solo está aplicando el decreto regional; el gobierno, que es competencia del ayuntamiento… Y mientras ellos se pasan la pelota la mierda nos explota en la cara a los de siempre.

    El líder volvió a leer el documento con la esperanza de encontrar algo que pudiera tranquilizar a su compañera. Pero no vio nada. Al contrario, cada vez entendía más su estado de ánimo. Los dos volvieron a sumirse en un silencio intranquilo hasta que Hiedra suspiró y se hundió en su silla.

    —Se va a liar, Cheren. Se va a liar muchísimo.

    —¿Crees que es la gota que colma el vaso?

    Hiedra cerró los ojos y se dio unos segundos para pensar su respuesta. Que precisamente ella estuviera eligiendo sus palabras con cuidado le hacía entender la gravedad del asunto.

    —Creo… que llevan tiempo avivando un fuego que ya no se puede apagar.

    —Seguro que encontramos un punto medio.

    La líder sonrió manteniendo los ojos cerrados. No era un gesto feliz; era triste y cansado. Propio de alguien que lleva mucho tiempo soportando una carga que no deja de crecer.

    —No veo a los de arriba muy por la labor de negociar y estos no se van a callar. Me temo que va a ser un tira y afloja hasta que uno de los bandos ceda… o algo malo pase de verdad.

    Antes de que Cheren pudiera responder, la puerta del despacho se abrió. Inmediatamente, Hiedra se llevó la mano al otro zapato que tenía puesto, pero paró en cuanto vio quién había entrado.

    —¿Papá? ¿Qué haces aquí?

    —Eso te lo puedo preguntar yo. Llevas encerrada desde que te ha llegado ese borrador. Me estás empezando a preocupar.

    El padre de Hiedra se quedó bajo el marco de la puerta. Asintió hacia Cheren para hacerle saber que le había visto y el joven le respondió con una reverencia.

    —Bueno. Yo creo que mis razones tengo para estar preocupa’.

    —No he dicho que no las tengas. Solo quería decir que la cena está lista y nunca he visto a nadie resolver problemas con el estómago vacío.

    Hiedra empezó a responder, pero el estómago le rugió antes de que pudiera acabar la frase. Cheren miró inteligentemente hacia otro lado para esconder una pequeña sonrisa. Al final la líder maldijo en voz alta y se puso de pie.

    —¡Jolines! Menuda forma de cortar el rollo tenéis los viejales, colega.

    —Muy bien. Así me gus- Un momento, ¿y tu otro zapato?

    —Pregúntaselo a la cara de Keko. Cheren, ¿te vienes?

    Si era sincero con él mismo, no estaba en sus planes quedarse más tiempo del necesario allí, pero a esas horas su otra opción era coger un taxi de vuelta a Engobe y esa idea le entusiasmaba incluso menos. Ya pediría al día siguiente que alguien fuera a recogerle, decidió que era mejor pasar la noche en casa de Hiedra.

    Cuando los tres salieron del gimnasio ya estaba empezando a anochecer. No importaba las veces que iba ahí, Cheren no terminaba de acostumbrarse al olor a sal. La brisa marina a veces le recordaba a su propio viaje, cuando recorrió años atrás diversas ciudades de Teselia bañadas por agua junto a sus amigas de la infancia. Sin embargo, en Hormigón esa frescura iba siempre acompañada de algo más. No era capaz de describirlo con precisión, y eso le molestaba profundamente, pero la atmósfera no era tan ligera como debería. Siempre había cierta pesadez en el ambiente, como si el aire quisiera recordarle que tenía que estar siempre alerta.

    —¡No jodas! Han vuelto a hacer un grafiti en la pared del gimnasio. ¡Cómo mola! Estos tíos son la hostia.

    —Hiedra, el vocabulario…

    —¡Bah! ¿De quién lo aprendí, viejo?

    Mientras la líder y su padre avanzaban, Cheren se detuvo un momento. Enfrente de él se divisaba el puerto de Hormigón. Había varios ferris atracados cuya misión era llevar a la gente a Porcelana, pero eso no le llamó la atención. Lo hicieron los altos edificios de la capital, los cuales se alzaban imponentes en el horizonte envueltos por un aura de luz que siempre le cautivaba. No dejaba de maravillarle aquel contraste con lo que se encontraba a escasos metros de ahí.

    Su mirada, siempre curiosa, se dirigió al muro que había en la entrada del polígono abandonado de Hormigón, el cual se situaba en la parte sur de la ciudad y a la izquierda del gimnasio. Por desgracia desde ese ángulo no era capaz de ver el grafiti que tanto había molestado al taxista, pero confirmó que las flores seguían ahí. De hecho, no solo seguían ahí sino que había otro ramo más, y juró que vio una tela burdeos cerca de la entrada, pero esta desapareció tan rápido como le pareció verla. El cielo violeta cubría con su creciente oscuridad las naves y las grúas oxidadas que podían verse desde fuera; esa imagen sumada al silencio sepulcral que provenía de dentro era suficiente para hacer que nadie quisiera acercarse a aquel lugar de noche.

    —¡Cherry! Ya estás pensando en tus cosas de chico listo. ¡Ven, que te empanas enseguida!

    —¡Uy! Voy, lo siento mucho.

    El líder de Engobe aligeró el paso para alcanzar a Hiedra y su padre. El trío se sumergió en una conversación relativamente tranquila, con el ocasional griterío de la bajista, pero que ayudó a Cheren a recuperar cierta sensación de seguridad. Mientras fueran capaces de proteger estos pequeños momentos, se dijo que las cosas no irían tan mal como temían.


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