Minna no Tabi: Through Thorns

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    [Fanfic] Minna no Tabi: Through Thorns

    Incluso en el infierno existe una salida. Sin embargo, ¿tendrás la fortaleza para alcanzarla sin perderte a ti mismo en el proceso?

    [Disclaimer: Banner hecho con IA, como todas las demás imágenes de este hilo]





    Índice

    Capítulo 01
    Capítulo 02

    Capítulo 03
    Capítulo 04
    Capítulo 05
    Capítulo 06
    Capítulo 07
    Capítulo 08
    Capítulo 09
    Capítulo 10

    Capítulo 11
    Capítulo 12

    Capítulo 13
    Capítulo 14
    Capítulo 15
    Capítulo 16
    Capítulo 17
    Capítulo 18
    Capítulo 19
    Capítulo 20
    Epílogo
    Editado por última vez por Souji Fujimura; Hace 40 minutos.
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    #2
    Notas de Autor
    (en construcción)






    ¿Qué puedo decir? Llevaba tiempo apeteciéndome mucho escribir de estos dos. Igual, dado que son episodios cortos, tampoco quiero hacer esta sección más larga que la historia en sí.

    Editado por última vez por Souji Fujimura; Hace 1 Semana.

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      #3
      Capítulo 01


      Isla Guren

      Como cada mañana, Katsura abrió de par en par las puertas correderas del salón principal del modesto alojamiento que regentaba cuando no estaba ocupado con sus labores como líder de gimnasio.

      —Esto me da la vida —murmuró aliviado, dejando que la brisa cálida se llevase el pertinaz olor a moho que llevaba años siendo su enemigo más acérrimo.

      Aunque al principio había sido un firme opositor de la gran afluencia turística que había invadido Guren desde hacía casi una década, no podía negar que los beneficios habían resultado mayores que los perjuicios para sus habitantes.

      No podía decirse lo mismo de los pobres infelices que tenían la mala pata de venir a retarlo en plena temporada alta. Con el centro Pokémon local obligado a ofrecer su cafetería y recibidor como improvisados dormitorios, “El Acertijo” se había convertido en la única salvación de aquellas desdichadas almas. Quienes eran capaces de ver más allá de su fachada tan terriblemente descuidada podían gozar de la tranquilidad y del descanso necesarios antes de intentar hacerse con su preciada medalla.

      —¡Maestro, ya tengo todo lo que necesitaba! —Una voz joven y enérgica que conocía muy bien le sacó de sus reflexiones.

      Katsura se giró para ver llegar por el camino a Takaya, su primer y único aprendiz en el gimnasio. Él había sido el otro motivo de su decisión: había conocido a sus padres antes del accidente que cobró sus vidas; desde entonces, se había encargado de que no le faltase nada, como si fuese su propio hijo. Esbozó una leve sonrisa, seguro de que ellos estarían orgullosos del joven diligente y dedicado en el que se había convertido.

      —Entonces abramos ya el gimnasio —propuso con renovados ánimos, a pesar de dudar que fuesen a tener retadores ese día.

      Era natural: la temporada de gimnasios acababa de empezar y la gran mayoría de novatos apenas estarían reuniendo sus primeras medallas en la isla principal.

      Takaya asintió, sin dejar que esto le molestase. A fin de cuentas, podía aprovechar ese supuesto tiempo muerto para practicar combates con su maestro.


      Ciudad Yamabuki

      Aki apretó su Pokégear mientras entornaba los ojos.

      —¿¡Cómo se ha atrevido!? ¡Cómo! —masculló mientras se levantaba para vestirse.

      Su madre se había esforzado mucho para conseguir que la ilustre Kikuko le diese lecciones sobre batallas Pokémon, quizá lo único que disfrutaba entre la gran cantidad de materias que había debido estudiar, pero su padre había decidido cancelarlas sin previo aviso.

      —Mamá... —Apretó los puños antes de enjugarse una lágrima que deseaba no haber dejado escapar.

      Aún no acababa de procesar su pérdida. Y que su padre se hubiese vuelto cada vez más controlador no le había ayudado en lo absoluto. Quería pensar que era su forma de protegerla tras lo ocurrido, pero haberlos oído discutir acaloradamente días antes del asesinato la hacía dudar de sus supuestas buenas intenciones.

      Bajó las escaleras con pies de plomo, lista para cantarle unas cuantas verdades, solamente para encontrárselo delante de su estudio junto a un hombre de expresión severa vestido de negro. No era el primer visitante desconocido que había visto allí, pero aquel tenía una presencia imponente que la habría echado atrás si Aki no hubiese heredado el carácter de su madre.

      —Buenas tardes, padre, señor —los saludó educadamente, con un gesto tan natural que ocultó su estado de alerta, tal y como le había enseñado su madre.

      Su invitado correspondió el saludo al quitarse la fedora y dedicarle una leve reverencia.

      —Aki, hija, justamente quería presentarte a uno de mis socios más importantes, el señor Sakaki; como debes saber, no sólo es el líder de gimnasio de Tokiwa, sino también un empresario de éxito y un reconocido filántropo —expuso, como si todos esos méritos fuesen suyos también.

      Aki asintió con una sonrisa impostada. Para bien o para mal, sus airados reclamos tendrían que esperar.


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        #4
        Capítulo 02

        Isla Guren

        —Papá, mamá, me voy ya. Deséenme suerte —Takaya se despidió de la foto que Katsura mantenía en el pequeño altar del albergue.

        Su maestro y compañeros de entrenamiento le acompañaron al puerto. Aunque no había podido pasar mucho tiempo con ellos, sabía que estaban en las mejores manos posibles.

        —Sabes que no estás obligado a tomar este camino, así que si descubres que no es lo tuyo, no te sientas en absoluto culpable —dijo Katsura al poner una mano en su hombro, más que orgulloso de que el muchacho estuviese dando los primeros pasos hacia la vida que construiría por sí mismo.

        Takaya negó con la cabeza, agradecido por su consideración pero resuelto a lograr lo que se había propuesto al terminar la secundaria. Abrazó a su maestro mientras contenía las lágrimas… no quería hacer de ello un drama porque tenía la intención de volverlos a ver pronto.

        Incluso a bordo del ferri, nada de ello parecía real. Recién cuando oyó la sirena del barco y vio cómo el puerto se iba haciendo cada vez más pequeño, entendió por fin que estaba alejándose de todo lo que había conocido en su vida. Bueno, casi todo.

        —Houndour, tranquilo, no pasa nada —trató de sosegarlo Takaya al acariciarle el lomo, pues no dejaba de gruñirle a las olas que golpeaban el casco de la embarcación.

        No podía culparlo; él también estaba nervioso, pues era la primera vez que ambos viajaban por mar. Pensó por un momento en guardarlo, pero se sentía más tranquilo con él cerca, así que decidió buscar una banca libre para ambos.

        —¿Puedes creerlo, Houndour? Es nuestra primera gran aventura juntos… —dijo al apuntar hacia donde creía que estaba Kanto, sintiendo un escalofrío agradable de sólo pensar en ello.

        Houndour ladró afirmativamente, disfrutando también de su compañía. La que poco a poco había ayudado a Takaya a sobreponerse a su pérdida y que, con el tiempo, los había llevado a convertirse en un dúo tan prometedor en los combates Pokémon, en palabras de Katsura.

        —Y será especial porque estarás conmigo —aseguró Takaya al acariciarle la cabeza con suavidad; su Pokémon le lamió cariñosamente la mano.

        Takaya no pudo evitar reírse por las cosquillas. Suspiró satisfecho al reclinarse para mirar al vasto cielo, antes de sonreír algo avergonzado al recordar su insistencia en convertirse en el sucesor de su maestro.

        —Agradezco tu intención, Takaya, pero quiero que veas el mundo antes de tomar una decisión tan importante —había insistido Katsura en su infinita sabiduría.

        Por eso había decidido realizar la ruta de las medallas de Kanto.

        —No sé qué retos nos aguardan, pero sé que juntos podremos superarlos —dijo con una sonrisa radiante y sincera.

        Houndour gruñó suavemente antes de frotar su hocico contra la mano del chico. Él era su mundo e iba a asegurarse de protegerlo, costase lo que costase.







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          #5
          Capítulo 03

          Ciudad Kuchiba

          —¿¡Cómo pude ser tan idiota!? ¡Maldita sea! —se recriminó Aki mientras corría hacia el puerto; orgullosa como era, necesitaba un lugar apartado para dar rienda suelta a toda su rabia.

          Había pasado casi un año desde que aceptó a regañadientes la cancelación de sus lecciones con Kikuko, a cambio de acceder a un supuesto seminario exclusivo para entrenadores destacados. Ahí no sólo había pulido sus habilidades como entrenadora, sino que también había aprendido combate cuerpo a cuerpo y técnicas de espionaje. La novedad y el reto de todo ello la habían cegado ante el verdadero propósito de toda aquella preparación.

          —¡HIJOS DE PUTA! —soltó al llegar por fin a una zona apartada del puerto.

          Gritó una y otra vez, frustrada por haber caído redonda en ese engaño. ¿Cómo no iba a estarlo? Se había graduado con honores de la puta academia Rocket… la organización vinculada a su padre y a la que la policía había responsabilizado del asesinato de su madre. Cuando escuchó ese nombre en la ceremonia de graduación, todo aquello hizo clic en su cabeza, y lo siguiente que supo fue que había huido del lugar a toda prisa.

          —¿¡Cómo pude ser tan estúpida!? —gritó sin importarle lastimarse las manos al aferrarse al áspero muro de contención.

          Apretó los dientes mientras observaba el mar embravecido debajo de ella, quedándose mirándolo un segundo más de la cuenta. Las dulces palabras y el cálido abrazo de su madre eran lo que más deseaba en ese instante… pero no podía permitirse tal reunión antes de hacer pagar a los responsables de su muerte.

          ¿Pero cómo demonios iba a hacerlo? ¿De qué le servía conocer por fin la verdad si carecía de los medios para vengarse? Ascender dentro del equipo Rocket parecía la opción obvia, pero eso sólo haría que su padre tuviese todavía más control sobre ella. Suspiró con exasperación mientras daba la espalda al mar, decidida a no caer en otro momento de debilidad. Necesitaba algo que la ayudase a enfocarse, cualquier cosa. Fue entonces que los vio, en la zona de desembarco: un chico de cabello negro junto a su Houndour.

          —¡Ustedes dos! ¡Los reto a un combate, aquí y ahora! —exclamó al acercarse, con una Poké Ball en mano.

          ¿Por qué se miraban entre sí, como embobados? ¿Por qué no habían respondido de inmediato a su desafío? Aki, frustrada, supuso que ignoraban los peligros que podían cernirse sobre ellos. Esa aparente despreocupación sólo era propia de alguien a quien la vida no le había arrebatado nada importante.

          Takaya y Houndour se miraron extrañados por el súbito desafío, pero acabaron aceptando a pesar de la brusquedad de Aki. Complacida al ver que al menos no se habían echado a correr, ésta liberó a su más confiable compañera, una Arbok que les dedicó un siseo nada amigable.

          —Es enorme… —comentó Takaya al alzar la vista, pues los Pokémon más grandes que había visto en Guren eran los de su maestro.

          En cambio, Houndour sintió un incómodo temblor en las patas. Conocía demasiado bien esa sensación, por lo que gruñó para demostrar que no iba a echarse atrás.

          —No quiero humillarte demasiado, así que lucharemos uno contra uno —propuso Aki al apartarse un mechón del rostro.
          —Me parece bien… ¡Lanzallamas! —ordenó Takaya, tomando la iniciativa.

          Aki esperaba tomarlos por sorpresa, pero los había subestimado. Aun así, se mantuvo tranquila mientras Arbok eludía el primer ataque antes de lanzarse con las fauces abiertas sobre su oponente.

          Takaya no tardó en descubrir que el tamaño no era lo único impresionante de aquella Arbok. Su flexibilidad le permitía enroscarse o estirarse para evitar los ataques ígneos de Houndour, reptando de un lado a otro sin dejarles adivinar desde dónde atacaría.

          —¡Mordisco! —ordenó Takaya cuando la arremetida de Arbok parecía inminente.

          Houndour saltó hacia un lado para esquivarla, antes de lanzarse hacia su rival. Sin embargo, al morder, se encontró con unas escamas frías y resbaladizas que le impidieron hundir los colmillos; esto le dio a Arbok la oportunidad de enroscarse en torno a él y constreñirlo.

          —¡Insiste con Mordisco! —lo alentó Takaya, confiando en que su compañero les daría la oportunidad que necesitaban.
          —¡Colmillo Veneno! —ordenó Aki, teniéndolos donde quería.

          A pesar del dolor, Houndour forcejeó y mordió una y otra vez hasta que pudo sentir sus colmillos hundiéndose entre las escamas de su rival. Ésta, enfurecida por su osadía, respondió propinándole una dentellada en el costado derecho e inyectándole una potente toxina en el proceso. El can gimoteó, mas se negó a defraudar la confianza de su entrenador.

          —¡Giro Fuego! —ordenó por fin Takaya.

          Aki palideció ante semejante orden. A pesar de ser un ataque que no destacaba precisamente por su potencia, haría mucho daño a quemarropa; lo preocupante era que dificultaría la movilidad de Arbok y la desgastaría poco a poco.

          —¡Aléjate! —indicó de inmediato al ver cómo ambos quedaban envueltos por el vórtice ígneo.

          Sintiendo que los músculos le ardían, la cobra soltó a Houndour y se alejó como buenamente pudo; aun así, no pudo deshacerse de la espiral de fuego que todavía le rodeaba. Aki iba a hacer un comentario mordaz, pero calló de golpe al ver al can rodeado de una intensa aura ígnea; ni siquiera sus patas temblorosas ni la áspera tos lograron minar la imponente presencia que proyectaba en ese momento.

          —¡Lanzallamas! —lo apremió Takaya.

          Houndour tosió antes de liberar una serie de torrentes ígneos más potentes que al inicio del combate, pero Arbok demostró el excelente entrenamiento que Aki le había dado al esquivarlos a pesar de su limitada movilidad. Por primera vez desde que descubrió la verdad, la muchacha agradeció lo aprendido en la academia, pero no tardó en negar con la cabeza. No quería que los Rockets le arrebatasen también los frutos de su propio esfuerzo. Iba a ordenar un ataque cuando vio a Houndour flaquear y después caer de bruces.

          —¡Nos rendimos! —exclamó Takaya al situarse entre el can y la cobra.

          Houndour gruñó débilmente a modo de protesta e intentó levantarse. El muchacho le dedicó una súplica silenciosa, firme en su decisión. Incapaz de llevarle la contraria, se dejó caer al suelo, extenuado y adolorido. Takaya acarició con suavidad su costado antes de guardarlo en su Poké Ball.

          Aki se quedó sin palabras. Tuvo que admitir que ella sí habría intentado llevar a su Pokémon mucho más lejos, sin considerar su bienestar… su propia rabia le había hecho actuar precisamente como aquellos a quienes detestaba con toda su alma.

          —Vamos, los llevaré al centro Pokémon —ofreció al acercarse, procurando sonar menos impositiva.
          —Gracias… y buen combate —la felicitó sinceramente Takaya.

          Este cumplido descolocó por completo a Aki. Hacía mucho tiempo que no recibía uno así de sincero, y mucho menos tras haberse comportado de semejante manera.

          —Debo admitir que no lo hicieron tan mal —contestó tras recomponerse un poco, sin bajar del todo la guardia.

          Takaya asintió levemente, preguntándose cómo responder sin herir su orgullo.

          —Puedes llamarme Aki —dijo al no obtener respuesta; en parte era su culpa por lo abrupto de su desafío.
          —Takaya, encantado —correspondió con expresión decidida al estrechar la mano que ella le ofrecía.

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            #6
            Capítulo 04

            Ciudad Yamabuki

            La ruta de las medallas había sido más dura de lo que Takaya había creído en un principio. El gimnasio de Kuchiba, usualmente el tercero en el recorrido recomendado, había sido un escollo para un retador novato como él. Dada la especialización de su equipo, los gimnasios de Nibi y Hanada fueron muros que sólo consiguió derribar con tiempo, paciencia y un planeamiento exhaustivo. Quizá por esto el de Tamamushi le resultó algo decepcionante, mientras que el de Sekichiku fue un reto diferente pero manejable gracias a la experiencia acumulada en sus combates contra Aki.

            Porque sí, desde aquel primer accidentado encuentro, ambos volvieron a toparse una y otra vez a lo largo de Kanto. Lo que empezó como algo fortuito se convirtió en reuniones que ambos esperaban con ganas. Aunque Takaya se había acostumbrado ya al resto de Kanto, le resultaba tranquilizador tener a alguien que se moviese con tanta soltura por ahí; para ella, era refrescante poder pasar un rato agradable con alguien que la trataba como una igual, si bien aún temía que su actitud cambiase si revelaba mucho sobre su posición social o sus circunstancias familiares. Esa reserva le carcomía por dentro, sobre todo porque su amigo le había confiado con total naturalidad lo ocurrido con sus padres y su relación con Katsura.

            Cuando Takaya y un recién evolucionado Houndoom pisaron Yamabuki por primera vez, no pudieron evitar maravillarse ante la opulencia de la capital kantoense.

            —Cuidado o acabarán con las mandíbulas por el suelo —bromeó Aki al verlos; siendo justos, ella estaba demasiado acostumbrada a su ciudad natal.

            Decidieron ir a la terraza de un café cercano, dado que Takaya y sus Pokémon se habían saltado el desayuno para llegar ahí lo antes posible y necesitaban espacio para todos ellos.

            —Así que todos tus Pokémon han evolucionado ya —lo felicitó Aki al contemplar de cerca a Houndoom y, junto a él, un Rapidash, Ninetales, Arcanine y Flareon.
            —Me habría gustado atrapar uno más antes de llegar aquí, pero ninguno de los que vi por el camino era de tipo fuego —admitió mientras acariciaba el lomo de su Arcanine.
            —Un especialista hasta la médula —apuntó irónicamente antes de dar otro sorbo a su bebida.

            Takaya sólo pudo reír ante el comentario, antes de dedicar una mirada de aprecio a su equipo.

            —No me malentiendas, tus Pokémon son fuertes, y justamente por eso no quiero que se confíen; Takenori es muy dado a emplear la fuerza bruta, pero si caen en su ritmo, les va a costar mucho recuperar el control —dijo Aki con preocupación visible, en particular ante la debilidad de Houndoom frente a los Pokémon de tipo lucha.

            Takaya se dio unos segundos para contestar, considerando todo ello.

            —Creo que aun así no perderemos nada por intentarlo hoy; si perdemos, eso sólo significará que tendremos que quedarnos más tiempo aquí —respondió risueño.

            Aki sólo atinó a desviar la mirada para que él no notase su repentino sonrojo.



            Takaya sudaba frío, apretando los puños y respirando lentamente, sin atreverse a parpadear. Houndoom arremetió contra el Hitmonlee del líder y esquivó por los pelos una patada de su pierna extendida, propinándole justo después un certero cabezazo en el flanco derecho. Esto hizo retroceder al luchador, dejándolo vulnerable al Lanzallamas que siguió.

            —¡Ganamos, Houndoom, ganamos!

            Takaya no dudó en lanzarse a abrazar a su cansado Pokémon mientras liberaba de golpe toda la tensión acumulada. En cambio, Takenori guardó a su Pokémon y recibió el mejor consuelo posible: la expresión encandilada de su pequeña hija ante otro combate memorable de su héroe.

            Con su nueva medalla en mano, Takaya salió del gimnasio con una sonrisa de oreja a oreja. Lo primero que pensó fue en llamar a Aki para presumir sólo un poco de haber ganado al primer intento, pero, distraído con la idea, casi chocó con alguien.

            —Lo siento, debí fijarme más —se disculpó casi por reflejo.

            Pronto se dio cuenta de que casi se había llevado por delante a una pobre niña. Se puso a su altura, preguntándose si en realidad se trataba de una muñeca: vestido y sombrero blancos impecables, cabello azabache muy liso y unos profundos ojos lila que le resultaban preciosos a la vez que inquietantes.

            —Lo siento por lo de antes —insistió, preguntándose si acaso se había perdido en esa enorme ciudad.

            La niña respondió con una expresión difícil de descifrar, pero no exenta de cierta calidez.

            —No vayas a Tokiwa o lo lamentarás —soltó de pronto, sin inflexión alguna.

            Takaya casi cayó de culo al escucharla.

            —El joyero no comparte sus tesoros, sólo los vende —añadió antes de darse la vuelta y desaparecer entre el gentío que abarrotaba la acera.



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              #7
              Capítulo 05


              Ciudad Yamabuki

              Al llegar al centro Pokémon tras una inusualmente escueta llamada de Takaya, Aki no pudo evitar preocuparse al encontrarlo tan meditabundo que ni siquiera reparó en su presencia.

              —Si no me necesitas aquí, me voy —dijo con fingida molestia tras darle un leve codazo en las costillas.
              —No, Aki, espera… lo siento —se apresuró a responder Takaya, sintiendo un nudo en el estómago ante la idea de que ella se marchase.

              Aki le dedicó una mirada comprensiva antes de suspirar levemente, incapaz de siquiera pensar en dejarle solo en un estado tan vulnerable.

              —Pensaba que me llamarías para presumir de tu nueva medalla, pero en lugar de eso te encuentro así —dijo, temiendo que algo grave hubiese pasado.

              Takaya permaneció en silencio por unos segundos que se le hicieron eternos. Aki estaba a punto de rezongar cuando él respondió por fin.

              —Aki, tengamos un combate, por favor —pidió casi en súplica; era la única manera que se le había ocurrido para volver a centrarse.

              Aki le dedicó una mirada incrédula por apenas un instante, para luego asentir. Ese era el Takaya que conocía y con quien apreciaba pasar el tiempo… alguien que le permitía olvidarse de su venganza por un momento y vislumbrar cómo podría haber sido su vida en otras circunstancias.

              Ya en la arena de prácticas detrás del centro Pokémon, Takaya liberó a Houndoom, mientras que Aki se tomó algo más de tiempo antes de elegir a una vieja conocida de ambos. Arbok mostró sus colmillos con un siseo, a lo que el can respondió gruñendo con la misma intensidad. Aquello no iba a ser una repetición de su primer combate.

              —¡Giro Fuego! —ordenó Takaya.

              Sabiendo exactamente lo que pretendían, la cobra no esperó la indicación de Aki para esquivar ese ataque y los que siguieron, reptando ágilmente mientras escupía chorros acídicos que fueron interceptados por el fuego de su rival.

              —¡Bajo tierra! —ordenó Aki, consciente de que sus oponentes habían aprendido a leer demasiado bien los movimientos evasivos de su Pokémon.

              Houndoom exhaló una última bocanada de fuego justo antes de ver a su oponente hundirse en el suelo de arcilla. Giró la cabeza de lado a lado, intentando adivinar de dónde vendría el siguiente ataque.

              —¡Houndoom, no te quedes quieto! ¡Lo que practicamos ayer! —lo arengó Takaya, sintiendo cómo la emoción del combate se llevaba momentáneamente sus inquietudes.

              Respondiendo a esos ánimos, su Pokémon aulló con fuerza antes de dar un par de pisotones en el suelo, rodeándose así de una tenue aura ígnea; corrió hacia un lado del campo y repitió el proceso, cada vez más rápido. Aki se mordió el labio, consciente de que les había regalado tiempo para preparar su contraataque.

              Ajena a todo esto, Arbok surgió por el flanco izquierdo de su rival para asestarle un cabezazo, pero éste se anticipó con un azote de su cola endurecida y brillante como acero pulido. Más que sorprendida, la cobra acabó volando hasta los pies de su humana.

              —¡Deslumbrar! —se apresuró a ordenar Aki, disfrutando del combate a pesar de haber sido puesta contra las cuerdas.

              Arbok hinchó su pecho mientras sus ojos brillaban siniestramente. Sin embargo, pronto fue rodeada por una espesa nube de humo exhalada por Houndoom, a la que siguió un Giro Fuego que la envolvió de lleno.

              —¡Acua Cola! —ordenó Aki, en un intento de contrarrestar esa prisión flamígera.
              —¡No la dejes! ¡Supercalor! —respondió Takaya, prácticamente saboreando la victoria que se les había resistido desde sus primeras batallas con su amiga.

              Ésta sólo pudo contemplar atónita cómo su Pokémon era alcanzada por un potente disparo de fuego que evaporó el ataque de agua y cegó a ambos entrenadores por un instante que pareció eterno. El golpe seco de Arbok al desplomarse, ya inconsciente, les hizo volver a la realidad.

              —¡Arbok! —gritó su humana al correr hacia ella para comprobar su estado.

              Takaya y un jadeante Houndoom también se acercaron, preocupados por haberse excedido con esa combinación de ataques. Todos suspiraron aliviados al cerciorarse de que la cobra aún respiraba, a pesar del daño recibido. La resequedad de sus escamas le dio a Aki una idea clara de la potencia ígnea que el can había sido capaz de liberar.

              —¿Quién iba a decirlo? Vencidas en nuestro propio terreno… —dijo Aki entre risas.

              Estaba frustrada por haber perdido, pero esta sensación se entremezclaba con otra muy distinta, a la que había procurado no prestar atención hasta ese momento. Admitió por apenas un instante que ya no podía negar todo lo que sentía, pero no tardó en repetirse que aquello sería imposible en sus circunstancias.

              —Felicidades, aunque no crean que volverán a vencernos —dijo tras guardar a su Pokémon y extender su mano hacia Takaya.

              Takaya, pasada la euforia de la victoria, dudó por un momento, pero se apresuró a corresponder el gesto. Aki no pudo evitar sentir que se derretía por el respeto y aprecio que notó en el apretón y en la mirada que le dedicó.

              Quizá fue por la intensidad emocional del momento, pero ninguno de los dos notó la mirada aviesa de un soldado Rocket que los vigilaba desde la distancia.

              —Cuando su padre se entere… —pensó al sacar su comunicador.

              Editado por última vez por Souji Fujimura; Hace 1 Semana.

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                #8
                Capítulo 06

                Ciudad Yamabuki

                Takaya bostezó y estiró los brazos al salir del centro Pokémon, habiendo dormido como un tronco. Dedicó una última mirada a la ciudad dorada del comercio, agradecido por todo lo vivido ahí, tras lo cual se dispuso a partir hacia el oeste.

                No había olvidado la advertencia de aquella niña, pero sentía que se arrepentería mucho más de dejar su viaje a medias, con todo lo que había vivido desde que dejó Guren. Tras la batalla del día anterior, finalmente había decidido no contarle lo ocurrido a Aki, creyendo que le tomaría por tonto por plantearse siquiera hacer caso de las palabras de una completa desconocida.

                Se detuvo justo cuando estaba a punto de cruzar el lindero occidental de la ciudad, sintiendo la necesidad de dar media vuelta. No era miedo. Era el vacío al saber que ya no podría ver a Aki tan a menudo, por más que se aferrase a la esperanza de que podrían volver a encontrarse antes de regresar a Guren por su última medalla. Respiró lentamente en un intento de darse valor y dar finalmente ese paso que le permitiría continuar su viaje.

                —¡Espera! —exclamó de pronto la voz que más deseaba oír en ese momento.

                Takaya se volvió para encontrarse con una agitada Aki, quien apoyaba las manos en las rodillas mientras recuperaba el aire. Lo que más le sorprendió, sin embargo, fue verla con ropa de viaje y una mochila a su espalda.

                —¿Aki? ¿Y todo esto? —preguntó dubitativo.
                —Me voy de viaje contigo —respondió ella como si no fuese la gran cosa, por más que el rubor de sus mejillas la traicionase—. No quería darte la oportunidad de negarte —añadió, inflando los carrillos.
                —No me habría negado en absoluto —confesó con el corazón en la mano.

                El corazón le dio un vuelco ante la sonrisa que Takaya le dedicó. Casi le dolió admitir que era lo más hermoso que había visto en mucho tiempo.

                —¡V-vamos, entonces! —Aki intentó disimular su reacción al tomarle la mano y guiarlo finalmente fuera de Yamabuki.

                Aki quería pensar que nadie del equipo Rocket los vería juntos durante el viaje, pero sabía que eso sólo sería engañarse a sí misma. No sabía cuánto podría prolongar aquel tiempo al lado de Takaya antes de ser reclamada por esos infelices, pero quería disfrutar de esa pequeña felicidad tanto como le fuese posible.


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                  #9
                  Capítulo 07

                  Ciudad Tokiwa

                  Los días que Aki y Takaya compartieron tras partir de Yamabuki fueron divertidos, caóticos y llenos de discusiones por cualquier tontería. Los mejores días de sus vidas.

                  Por eso, llegar a Tokiwa se sintió como encontrarse a orillas del río Estigia. Sintiendo lo mismo, pero viéndose incapaces de expresarlo abiertamente, decidieron olvidarse del viaje y sus obligaciones para recorrer la ciudad a sus anchas, queriendo retrasar lo que ya sentían como un desenlace inexorable.

                  Al día siguiente, Takaya por fin pudo armarse de valor para ir al gimnasio local… y volvió a sentirse como al inicio de su viaje, cuando los poderosos Pokémon de tierra de Sakaki barrieron con los suyos. No por nada le había arrebatado a Katsura, un par de años atrás, el título de líder más fuerte de Kanto.

                  —Luces terrible —dijo Aki al verle llegar al centro Pokémon.

                  No era una burla. Tampoco pensaba decir en voz alta que le enternecía un poco ver de nuevo aquella expresión que tenía cuando se conocieron. Le dedicó una sonrisa suave, sabiendo que Takaya volvería a levantarse tras la caída. Como siempre había hecho.

                  —Sakaki es muy fuerte… —admitió Takaya, asimilando aún lo ocurrido.

                  Su combate había sido muy diferente de los que había vivido hasta entonces. Todos los líderes anteriores habían sido duros adversarios, pero tenía la extraña sensación de que Sakaki había sido especialmente agresivo contra él. No podía explicar el origen de tal saña, y sentía que darle más vueltas sólo acabaría siendo perjudicial.

                  —Sin duda lo es —contestó Aki, con un tono más grave de lo que habría querido.

                  A fin de cuentas, Sakaki era el socio de su padre en sus actividades ilegales y, muy probablemente, un alto cargo dentro del equipo Rocket.

                  Compartieron la comida en completo silencio, Takaya analizando su derrota y Aki preguntándose si debía ayudarlo. Quería hacerlo, pero también quería permanecer con él todo el tiempo posible. Sin embargo, si él se lo pedía…

                  —¿Sabes? Me frustra haber perdido, pero tampoco es tan malo. Significa que podremos pasar algo más de tiempo juntos —admitió Takaya, ligeramente sonrojado.

                  Aki se sintió como una completa tonta. No era la única que sufría porque sus días juntos estaban a punto de acabarse. Quizá no eran exactamente los mismos motivos, pero eso no le importaba en lo más mínimo en ese momento.

                  —Nunca antepongas la cantidad a la calidad —respondió con una sonrisa confiada, sintiendo algo mucho más cálido en su pecho.

                  Tuvo que aceptar que su tiempo junto a Takaya estaba a punto de acabarse, pero iba a hacer de aquel tiempo el mejor de su vida.

                  —Cuando tus Pokémon se hayan recuperado, vamos a entrenar. No vamos a dejar que ese tal Sakaki se vaya de rositas —propuso con clara petulancia.

                  No sólo quería apoyar a Takaya con toda el alma, sino también sentir que de algún modo estaba desafiando a su padre y a todos esos condenados Rockets.


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                    #10
                    Capítulo 08

                    Ciudad Tokiwa

                    Ahí estaba de nuevo, en aquel podio elevado. Aunque era cierto que esa posición le daba una mejor vista para ejecutar sus estrategias, le hacía sentirse menos conectado con sus Pokémon que cuando luchaban ambos a la misma altura. ¿Por qué el líder lo había dispuesto así? Le intrigaba e incomodaba a partes iguales, pero en ese momento debía mantenerse completamente concentrado.

                    La primera sorpresa vino con el primer Pokémon del líder, y aumentó al ver que su equipo era completamente diferente al de su último combate. También notó una ligera variación en la forma de combatir, como si se tratase de alguien distinto. Su oponente se encontraba en un palco acortinado, pero salvo ese detalle, no tenía sentido que alguien estuviese tomando su lugar. ¿O sí?

                    Aun así, el entrenamiento intensivo con Aki había rendido sus frutos. Había llegado a la ronda final con Houndoom, quien se enfrentaba a una imponente Nidoqueen.

                    —Tierra Viva —ordenó confiadamente el líder.

                    A pesar de estar rodeada por un vórtice ígneo que la lastimaba paulatinamente, la robusta Pokémon dio un pisotón, con lo que enseguida el suelo bajo el can comenzó a brillar y bullir. Sin embargo, Houndoom no dudó en lanzarse sobre ella para clavarle los colmillos en el cuello y nutrirse del fuego que la rodeaba; quizá por eso no le importó ser lanzado a un lado de un manotazo. Aterrizó perfectamente, listo para la orden que sabía que vendría.

                    Un potente Supercalor abrasó a Nidoqueen y acabó el combate. El líder, lejos de su actitud soberbia de la ocasión anterior, simplemente aplaudió mientras esbozaba una sonrisa torcida.


                    Contrariamente a lo que Takaya esperaba, Aki fue a encontrarlo a medio camino de regreso al centro Pokémon, queriendo celebrar su victoria antes de volver a ese lugar. Sin embargo, apenas se sentaron en una mesa de la terraza, el móvil de ella empezó a sonar.

                    —Ve ordenando, ¿sí? —pidió con inusual dulzura antes de marcharse a un rincón apartado.

                    Puso cara de uvas agrias al ver que se trataba de su padre.

                    —Buenas tardes, padre. ¿En qué puedo ayudarte? —preguntó con voz afable, aunque claramente irritada por esa interrupción.
                    —Hola, hija. Sólo me preguntaba si aquellas croquetas tan típicas de Tokiwa seguían siendo tan buenas como siempre —contestó con la calma de un samurái a punto de desenvainar.

                    Aki sintió escalofríos. Observó frenéticamente a su alrededor, en busca de quién estaba observándola. No. Observándolos.

                    —Aki, vuelve a casa ya; has estado postergando tus obligaciones por demasiado tiempo —ordenó su padre mientras examinaba un rubí en su estudio.
                    —Volveré cuando yo considere que debo hacerlo —replicó ella, desafiante.

                    Se hizo un silencio largo e incómodo.

                    —Ya veo. Quería hacer esto por las buenas, pero veo que eres tan testaruda como tu madre —contestó monótonamente—. Procede según lo planeado —añadió después, sin cambiar su tono.

                    Aki tardó un segundo de más en procesar que esas últimas palabras habían sonado más lejanas, como si su padre estuviese hablando con alguien más.

                    El sonido de neumáticos chirriando contra el asfalto la hizo reaccionar. Corrió hacia la terraza, sólo para ver a dos hombres vestidos completamente de negro agredir a Takaya y meterlo violentamente en una furgoneta.

                    Desesperada, Aki intentó alcanzarlos, incluso sabiendo que sería inútil. Cayó de rodillas al ver la compuerta del vehículo cerrarse de golpe mientras éste se perdía a lo lejos. Cogió rabiosamente el móvil para llamar a su padre, quien atendió la llamada pero se mantuvo en completo silencio.

                    —PADRE, PADRE, ¿A DÓNDE SE LO HAN LLEVADO? RESPONDE… ¡RESPÓNDEME, MALDITA SEA!

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                      #11
                      Capítulo 09

                      Takaya despertó de golpe en algún lugar completamente oscuro. Su primer reflejo fue intentar moverse, sólo para darse cuenta de que estaba atado; como si no fuese ya suficiente, revolverse así le hizo resentirse de los golpes y empellones que había recibido al ser secuestrado.

                      Fue al no sentir las Poké Balls en su cinturón que el miedo finalmente caló en él. No por lo que fuesen a hacerle, sino por lo que pudiera haber ocurrido a sus compañeros… y entonces recordó que Aki había estado cerca. ¿La habían secuestrado también? Y en cualquier caso, ¿por qué diablos los habían secuestrado?

                      «No vayas a Tokiwa o lo lamentarás.»

                      No pudo evitar recordar aquellas palabras. Aún ignoraba quién era aquel joyero o sus motivos. Lamentó no haberle contado su inquietud a Aki, con quien quizá habría podido hallar algún atisbo de respuesta. En ese momento, sólo podía rogar que ella y sus propios Pokémon estuviesen a salvo.

                      Tras varios minutos, el chirrido de una puerta al abrirse y la tenue luz que se filtró desde el espacio contiguo le hicieron notar que estaba en un almacén espacioso y algo desvencijado. Los recién llegados eran dos personas vestidas completamente de negro, pero le costó ver sus rasgos o expresiones al girarse con dificultad hacia ellos.

                      —Así que has despertado. Ya no podremos hacer esto rápido e indoloro —se burló la figura más alta, con un tono de voz que a Takaya le resultó especialmente irritante.
                      —¿No sería mejor hacer esto rápido e irnos, herm… capitán Umbra? —se corrigió la mujer que le acompañaba, claramente más cautelosa.

                      Las luces se encendieron súbitamente y, tras su deslumbramiento inicial, Takaya pudo verlos por fin: compartían la tez oscura y los ojos rojos como la sangre, pero lo que realmente heló la suya fue darse cuenta de que eran sólo un poco más jóvenes que él.

                      —Yasira, el viejo dijo que no le importaba cómo lo elimináramos, y mis pequeñines no se han divertido lo suficiente últimamente. ¿Recuerdas a su esposa? ¡Eso sí que fue todo un espectáculo! —Su sonrisa era la de un maniático que se regocijaba en el sufrimiento ajeno.

                      Ella asintió, asqueada de tan sólo recordarlo. Sin que su hermano lo supiese, había ordenado a su propia Gardevoir reventar el corazón de aquella desdichada con sus poderes psíquicos, para evitarle un sufrimiento peor.

                      Por su parte, Takaya empezó a atar cabos: el viejo mencionado por Umbra debía ser el joyero de la advertencia… alguien capaz de mandar ejecutar a su propia mujer.

                      —¡Hagan lo que quieran conmigo, pero dejen a Aki y mis Pokémon fuera de esto! —rogó, temblando de miedo pero creyendo que era lo único que podía hacer por ellos.

                      Umbra sonrió pérfidamente al oír esto.

                      —De verdad no sabes nada, donjuán. Para empezar, ni siquiera tienes idea de con quién te has involucrado —dijo mientras le propinaba una patada, tras lo cual tuvo una magnífica idea—. Vamos a hacer esto mucho más divertido. ¿Quieres apostar?

                      Esto tomó completamente por sorpresa a un adolorido Takaya. No confiaba en él, pero ¿qué otra opción tenía?

                      —Soy todo oídos —respondió, procurando proyectar más confianza de la que tenía en realidad.

                      Umbra esbozó una sonrisa burlona, tras lo cual le dio una señal a Yasira. Ésta se acercó renuentemente a Takaya y cortó sus amarras, alejándose de inmediato de él. Una vez estuvo de pie, Umbra le arrojó una bolsa: ahí estaban sus Poké Balls minimizadas.

                      —Es un juego sencillo. ¡Gana quien sobreviva! —gritó con un gozo desquiciado al liberar a tres de sus Pokémon: una Jynx, un Electabuzz y un Magmar, que no tardaron en lanzarse al ataque.

                      Takaya reaccionó cogiendo tres de sus Poké Balls para liberar a sus compañeros, antes de recordar que tres de ellos todavía estaban agotados tras el combate en el gimnasio. Afortunadamente, Ninetales y Flareon estaban frescos y pararon el avance de los Pokémon eléctrico e ígneo, mientras que Rapidash sólo tuvo que enfilar su cuerno para disuadir a Jynx de avanzar.

                      —Ja, nada mal —admitió Umbra.

                      No era un reconocimiento a la habilidad de su oponente. Lo extasiaba saber que su entretenimiento no acabaría tan pronto.

                      Esto no pasó desapercibido para Takaya, aunque tenía cosas más urgentes por las que preocuparse. Era la primera vez que alguien intentaba acabar con su vida y con las de sus Pokémon. Aun así, debían resistir y sobrevivir hasta que encontrasen una oportunidad de huir.

                      Flareon y Ninetales cubrían tanto a su entrenador como a Rapidash, brindándole a este último la oportunidad de recuperarse poco a poco con su Sol Matinal, cuya eficacia disminuía durante la noche. Umbra sólo disfrutaba de esa pugna: sus Pokémon estaban entrenados no sólo para atacar, sino también para matar por su cuenta al blanco indicado por su amo.

                      Esos tres intercambiaron miradas aviesas por un instante, habiendo decidido ya su siguiente estratagema. Magmar escupió una espesa cortina de humo que Jynx imitó con su Copión, y antes de que los Pokémon de Takaya pudiesen reaccionar, Electabuzz se lanzó a por ellos a toda velocidad.

                      Lo siguiente que Takaya oyó le heló la sangre: el sonido de huesos quebrándose, un golpe seco y un gemido agónico. Al despejarse el humo, Rapidash yacía maltrecho en el suelo, con las rodillas rotas, mientras Electabuzz se tronaba los nudillos, satisfecho con su gran trabajo. Incluso si el corcel sobrevivía todo aquello, ya lo había lisiado de por vida.

                      —¡Regresa! —Takaya se apresuró a guardarlo en su Poké Ball, queriendo creer que esto al menos le haría más llevadero el dolor.

                      Para su horror, el rayo carmesí rebotó al tocar al corcel. Lo intentó una vez más, sin éxito. Alzó la mirada y reparó en que Jynx se mantenía quieta, con las manos por delante y los ojos llenos de un ominoso brillo rojo sangre.

                      —Mal de Ojo —masculló antes de ponerse entre Rapidash y sus otros Pokémon.

                      No podía tomarse a la ligera esa declaración de intenciones de Umbra. Llamó a su Arcanine, también cansado, para que se recuperase mientras ambos resguardaban a su compañero herido. Había tomado una decisión que le pesaba enormemente, pero necesitaba encontrar la oportunidad adecuada para llevarla a cabo.

                      Sabiéndose en ventaja, el trío de Pokémon de Umbra arremetió contra Flareon y Ninetales, pero este último se giró para recibirlos con su Cola Férrea. Jynx salió volando hacia los pies de su amo, quien sólo le exigió levantarse, mientras los otros dos pugnaban para superar esa improvisada defensa. Para su sorpresa y la de los Rockets, ambos Pokémon empezaron a convulsionarse al absorber las maldiciones contenidas en las colas de un Ninetales. Aun así, Magmar y Electabuzz no cejaron en su esfuerzo de someterlo.

                      —¡Detén a tus Pokémon! ¡Esas maldiciones no son cosas de juego! —gritó Takaya, incrédulo ante la indolencia de su antagonista.

                      La única respuesta que recibió fue una risotada de Umbra, justo antes de que sus Pokémon finalmente se impusiesen al zorro. Sólo lo salvó la oportuna Onda Ígnea de Flareon, que empujó a sus oponentes mientras fortalecía los ataques de fuego de su compañero. Sin embargo, su ataque se detuvo repentinamente cuando Jynx empleó alguna técnica restrictiva contra él.

                      Takaya apretó los puños. Aquello había sido la gota que colmó el vaso, y no podía permitirse dudar contra alguien que sólo consideraba a los Pokémon instrumentos de destrucción.

                      —¡Aguanten, por favor! —rogó a sus compañeros, esperando a que Umbra bajase la guardia.

                      Ninetales respondió volviendo a emplear su Cola Férrea para bloquear el paso de Magmar y Electabuzz, aguantando sus puñetazos mientras sus maldiciones dañaban más y más el núcleo vital de sus oponentes. Arcanine continuó resguardando al corcel y Flareon se vio obligado a alternar ataques para quitarse de encima a Jynx. Enfurecido por lo escurridiza que era, arremetió contra ella mientras se envolvía en llamas antes de que el grito de advertencia de Takaya pudiese detenerlo.

                      Umbra abrió los brazos de pronto, expectante. Jynx imitó su gesto, en apariencia resignada a recibirlo de lleno… hasta que esbozó una sonrisa malvada cuando sus ojos se llenaron de un intenso brillo cerúleo. Esa Anulación dejó a Flareon suspendido en el aire. Completamente indefenso. Jynx se tomó su tiempo para acercarse y generar una esfera de agua que forzó a través de su boca apenas abierta y que explotó al alcanzar su estómago. Sin darle tiempo de procesar lo ocurrido, disparó a continuación un Rayo de Hielo hacia su interior, con lo que su ya maltrecho cuerpo fue atravesado por cristales teñidos de sangre. Sus ojos perdieron toda aquella luz que los caracterizaba.

                      —¡FLAREON!

                      Jynx no tuvo tiempo de pavonearse de su proeza al ser alcanzada por un potente Lanzallamas de un Arcanine decidido a vengar a su compañero caído. La abrasó de tal manera que Umbra finalmente se dignó a guardarla entre recriminaciones, mientras sus otros dos Pokémon seguían sufriendo a causa de la energía maldita. Pero Ninetales también estaba llegando a su límite.

                      Takaya volvió a apretar los puños tras intentar devolver a Flareon a su Poké Ball, habiéndose aferrado a la vana esperanza de que aún podía salvarlo a pesar de haber quedado en mucho peor estado que su malherido Rapidash.

                      —Amigo… —dijo débilmente al liberar al extenuado Houndoom.

                      El can tuvo que contener un aullido de lamento por su compañero caído. El tono y la expresión de su humano se lo dijeron todo: aquello para lo que llevaba toda una vida preparándose había llegado por fin.

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                        #12
                        Capítulo 10

                        A pesar de ser un maniático sádico sin límites morales, Umbra no era estúpido. Sabía reconocer una amenaza cuando la veía, por lo que respondió liberando más de sus Pokémon. Como si fuese una burla a lo que acababa de ocurrir, uno de ellos era un Flareon sumamente agresivo que no tardó en lanzar varias Bolas Sombra contra sus presas; un Jolteon del mismo temperamento hizo lo propio.

                        Lo que no esperaron fue que Ninetales aprisionase con sus colas a Electabuzz y Magmar para usarlos como escudos, mientras Arcanine se lanzaba a toda velocidad en pos de un indefenso Umbra, listo para arrancarle la cabeza de una dentellada… sólo para que la suya fuese atravesada por la cuchilla hídrica en la que se había convertido la cola del Vaporeon que había permanecido oculto detrás de su amo. Éste se limitó a guardar a sus debilitados Pokémon, sin la más mínima muestra de agradecimiento.

                        Takaya sintió flaquear las rodillas al presenciar aquello. Iba a gritar, pero se detuvo al sentir la cola de Houndoom rodeando su muñeca. Entendía perfectamente su dolor, pero no podían dejar que éste los cegase, por más cruel que pudiese resultar de su parte.

                        Ignorando al que en vida había sido un amigo fiel de Takaya y Houndoom, Flareon continuó lanzando Bolas Sombra a mansalva, mientras Jolteon se concentró en generar un Campo Eléctrico que se extendió por debajo de todos los combatientes excepto Umbra. Pero lo peor vino a continuación: una seguidilla de columnas de electricidad que avanzaron rápidamente hacia el equipo de Takaya. Houndoom no tardó en apartarlo para evitar la confluencia de dos de ellas, pero Rapidash no tuvo la misma suerte: incapaz de moverse, recibió la descarga de lleno y murió al instante.

                        Ninetales, extenuado, hizo también su mejor esfuerzo para eludir las mortíferas columnas, pero no contó con la súbita aparición de Vaporeon, quien intentó decapitarlo de un coletazo. En un último acto de resistencia, disparó una Llamarada a quemarropa que chamuscó la piel y los músculos de su enemigo antes de que su propia cabeza acabase rodando hacia un rincón alejado del almacén. Umbra lo festejó como si hubiese ganado un campeonato mundial.

                        —¡Cuidado! —gritó Yasira de pronto.

                        Distraído por su propio éxtasis, Umbra no reparó en que el sabueso infernal estaba a punto de reclamar su vida. Aunque esquivó de puro milagro una dentellada al cuello, no salió indemne: Houndoom se aferró a su brazo mientras sus colmillos se encendían en llamas.

                        El agudo grito de dolor del Rocket hizo que sus Pokémon volviesen enseguida para salvarlo. A pesar de lo brutales que eran, supieron ser lo suficientemente delicados para sacarle a Houndoom de encima sin lastimar más a su amo, aunque el daño ya estaba hecho. Umbra se sujetó el brazo izquierdo mientras Yasira corría para darle primeros auxilios.

                        —Mátenlo lentamente —ordenó enardecido, con su orgullo mucho más lastimado que su propio brazo; aquella quemadura iba a ser un recordatorio permanente de su descuido.

                        Los tres Pokémon rodearon a Houndoom con la intención de castigarlo, aunque el chamuscado Vaporeon no tardó en caer tras haber cumplido su cometido. Jolteon y Flareon lo ignoraron y decidieron molerlo con sus Dobles Patadas.
                        Sintiéndose incapaz de aguantar otra pérdida, Takaya corrió para intentar cubrir a su amigo, su primer Pokémon, pero éste ladró fieramente a pesar de las laceraciones y fracturas que estaba sufriendo, queriendo mantenerlo lo más lejos posible. Houndoom le dedicó una sonrisa a su preciado amigo, deseando que al menos él pudiese escapar de ese infierno.

                        Takaya sólo pudo observar con impotencia cómo Houndoom se cubría de un fulgor ígneo mientras la temperatura subía drásticamente, tanto que Umbra y Yasira sintieron que quizá ni siquiera ellos saldrían bien librados. Houndoom liberó el Supercalor más poderoso que había desatado en toda su vida, dispuesto a sacrificarla con tal de proteger a Takaya. El calamitoso ataque abrasó a sus atacantes y cegó por completo a los humanos presentes antes de noquearlos.

                        Cuando Takaya recobró el conocimiento, buscó desesperadamente a Houndoom y lo encontró en medio de los cuerpos chamuscados de los Pokémon de Umbra. Con manos temblorosas, asió como pudo la Poké Ball del can y, con el corazón en un puño, intentó guardarlo. Una vez, dos… recién a la tercera el rayo carmesí pudo alcanzarlo. Casi se echó a llorar cuando su malherido amigo entró por fin en la esfera, y ni siquiera la fuerte patada que Umbra le propinó de improviso le hizo soltarla.

                        —No sabes cuánto odio a la gente persistente —dijo Umbra, justo antes de tener que volver a sujetarse el brazo herido.

                        Takaya lo observó con asco mientras acunaba la Poké Ball de Houndoom.

                        —Así que tendré que encargarme de ambos yo mismo —amenazó al apuntarle con un revólver, divertido ante la idea de que el esfuerzo de sus Pokémon hubiese sido en vano.
                        —Pensaba que no tendrías los huevos de ensuciarte las manos —provocó Takaya, manteniéndose desafiante a pesar del dolor.

                        Esto le valió un pisotón en la espalda y varias patadas más. A pesar de que Umbra procuraba mostrarse ecuánime, Takaya tenía una facilidad innata para enervarle. Por eso mismo no podía permitirse simplemente matarlo ahí. Debía romperlo por completo primero, hasta que prácticamente le rogase que acabase con su sufrimiento.

                        —Pues tú debiste estar pensando con ellos si no te diste cuenta de a quién intentabas llevarte a la cama —respondió con suficiencia.
                        —¡Maldito! ¡Si le has hecho algo a Aki…! —amenazó a pesar de su situación, intentando tomarlo del tobillo para derribarlo.
                        —Oh, nunca le pondría un dedo encima a la princesa… a menos que su padre lo ordenara, como pasó con su madre —se pavoneó antes de patear su mano y volver a pisotearlo.

                        Takaya hizo una mueca de dolor, pero era difícil decir si era por los golpes o por lo que acababa de escuchar. No era tan ingenuo como para no sospechar que Aki tenía sus secretos, pero había decidido darle el tiempo necesario para compartirlos, si era eso lo que ella realmente deseaba. Tampoco pudo evitar sentirse triste… ambos habían sido víctimas de las maquinaciones de otros.

                        Umbra sonrió triunfante, creyendo que había logrado su cometido.

                        —¿Duele, verdad? Vamos, pídemelo y acabaré con tu sufrimiento —ofreció mientras apuntaba a su cabeza.

                        Pero Takaya ni siquiera le dio ese gusto. Extenuado, sólo pudo pensar una última vez en Aki mientras perdía la conciencia, justo antes de que las compuertas exteriores del almacén se abriesen de golpe…

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