[Pokémon] Steamcatchers

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  • El_Rey_Elfo
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    #16
    AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH

    AH

    JUSTICIA

    Holi, vengo a comentar.

    Iré directo al grano, no me esperaba la desvivición del yelmo, cuando leí lo mal que trataba al Charcadet estuve a punto de comenzar el movimiento #FreeCharcadet, pero el zeiones hizo lo que pensé demoraría más capítulos en suceder, pero no me quejo, fue de esas muertes satisfactorias y el Charcadet lo veo como un futuro Ceruledge, por las espadas, pero cualquier cosa puede pasar, me alegra que esté bien.

    Que plan se tenia guardado Junk, pero tenía razón en no decirlo, no hubiese aceptado, aunque si fue muy peligroso, fue como jugar con el azar, pudo haber pasado cualquier cosa, pero pasó lo mejor que podría pasar, no llevó al desenlace del maldito yelmo (escribo su nombre con minúscula a propósito para demostrar mi desprecio hacia él).

    No recuerdo si lo comenté antes, pero me gustaría que Gareth y Crixa se vuelvan buenos de alguna forma, Gareth quería dejar al Manectric, pero no sé, siento que en el fondo igualmente no le gustaba esa idea, pero su ego de soldado y su ignorancia no le permitieron demostrarlo.

    Creo que una de mis partes favoritas, después de las desvivición del yelmo, fue cuando Junk da toda esa explicación de la relación entre los Onix y los Magnemite, le da todo un aire de investigación que me encanta, es que si yo estuviese en el mundo pokémon, andaría por ahí inevtigando, y averiguar este tipo de datos es fascinante. Admito que busqué si esa relación existía y sólo di con el dato de que Onix tiene ese imán en su cabeza para orientarse, no sabía sobre eso, por lo que me encantó que los relacionaras así. Además, es coherente con la época, supongo que en una era donde no hay centrales eléctricas, es mucho más común encontrar a los Magnemite en cuevas y, por ende, más fácil que se den este tipo de interacciones con otra especie.

    Bien por el Grovyle que logró ser libre, pero ese Watchog le tiene mucha lealtad al duque, más problemas se avecinan.

    Bueno, espero leer pronto otro capítulo.

    Besos y abrazos.

    Comentario

    • Dickwizard
      Mage of Flowers
      SUPAR PRUEBA
      • dic
      • 17

      #17
      Ha pasado un largo tiempo desde la última vez que comenté un fanfic. Pero este en particular he tratado de seguirlo. Qué decir, las palabras no me salen con tanta facilidad, así que disculpa de antemano la falta de elocuencia.
      Entre otras cosas, tengo la sensación de que tu prosa es un poco más fina. Hay más figuras poéticas aquí y allá, y se percibe la intención de contar algo un poco más serio y desarrollado que una aventura (aún si a todas luces esto parece empezar con una aventura). En general se hace una lectura muy amena, y si no fuera porque una u otra cosa me interrumpe a cada rato, pude haberme puesto al corriente en unas pocas horas y no en unos pocos meses. Tenía un bosquejo de comentario que decidí tirar a la basura para escribir de nuevo en lugar de decir lo que pensaba hace unos meses.

      Es curioso cuando lo piensas. Aunque todos somos fans de Pokémon, nuestras historias siempre tienen algo personal y suelen gravitar en torno a algo. En mi caso ese algo es tomar el setting de Pokémon y torcerlo en algo más; en el caso de Doc es tomar los Pokémon de base para hacer sátira social, y en tu caso, por lo menos después de Crowned, parece que te has empeñado en contar una historia más oscura del Mundo Pokémon. Ya sea un viaje Pokémon en el que seguimos a un par de cínicos con malas intenciones en una sociedad particularmente corrupta, ya sea en una escuela para fracasados en la que lidiamos con cosas como verdadera crueldad animal y discriminación, o ya sea una historia como esta en la que las vidas humanas importan muy poco y las vidas Pokémon incluso menos, con estas adorables bestias víctimas de los humanos que las esclavizan con drogas y tortura para usarlas en la guerra…

      Ah, la guerra. Parece una amenaza distante en el horizonte ahora que jugamos a las excursiones en la montaña (he de decir que esperaba algo más largo, no un viaje finiquitado en dos capítulos). Aunque supongo que eventualmente la trama va a ir por allá, si es una fracción de largo de como es Crowned. De momento lo que me compra es esta sensación de novedad y de descubrimiento. Hay algo que solo encuentras en los fanfics, creo yo, especialmente en esta clase de fanfics, que es redescubrir un mundo que amas y que te apasiona a través de ojos ojos que comparten la pasión pero no la perspectiva; la clase de historia que ese otro ve posible en la historia que aparece frente a tus ojos. Este mundo que vamos conociendo poco a poco, por momentos terriblemente cruel con los Pokémon, pero que de a poco se va abriendo a los mismos. Un mundo con sus propias reglas, quizá. Este último capítulo en particular me ha parecido bastante imaginativo tanto en los detalles con las pokébolas y su construcción, así como ese breve vistazo a las cuevas que se sienten como un ecosistema vivo (que nuestros héroes dejan un poco menos vivo).

      De a ratos me da la impresión de que caminas en torno a la línea del tono de la historia. Pasa algo bastante oscuro e inmediatamente vas para atrás. Empezando con los peces, por ejemplo, que un capítulo cierra con la terrible escena de estos dos muertos junto a la manzana, y al siguiente nos enteramos que ya estaban prácticamente muertos y que la manzana se salvó. No sé si fue la idea del principio o si te contuviste para no parecer demasiado edgy (o para que se viera un poco más comprensible que Junkun aceptara cooperar. Pero este capítulo me produjo una sensación similar. Nos dices que el buen Hiraku está muerto bien muerto, y el abuelo del yelmo estrangulando al enanito de fuego que se atrevió a desafiarlo, y por un momento me la creí. Pensé que tu plan era matar al zeionés acá y que Junk se hiciera cargo de Haku a partir de entonces. Hubiera tenido incluso algo de poético, porque habría sido la imprudencia del joven inventor lo que causara la muerte del más respetable a bordo de la nave (después de Amelia, claro, pero estoy seguro que lo que quiere Junk es perderle el respeto), y a modo de compensación cuidaría de la Absol. Y digo que me lo creí porque a estas alturas ya cortaste un par de cabezas y porque el abuelo del yelmo parecía más intimidante, pero me alegra que no haya sido el caso porque la escena siguiente estuvo re bonita, incluso si de todos modos acaba con un cliffhanger medio cruel.

      Respecto a los personajes, Junk me ha parecido sobresaliente. Y no tanto dentro de la historia porque es difícil sobresalir a lado del japonesio con el Tsubame Gaeshii y un perro albino con su propio bankai, pero no hablamos de él. Junk sobresale más bien como protagonista en este entorno. En un mundo en el que todos hablan del beneficio personal, de amasar poder y prestigio o de desconfiar de todo lo que les rodea, Junkun nos ayuda a recordar que esta historia va sobre las maravillas del descubrimiento y sobre conocer a los Pokémon por primera vez. De ciencia, de aventura y del altruismo que viene de la mano con el conocimiento. Y es gusto ver que aunque se va volviendo desconfiado, no pierde esa compasión que lo llevó a cuidar de los dos pececitos (que no recuerdo sus nombres pero les digo Shrek y Fiona) y a hacerse amigo de la bestia de rocas que lo atacó en su hogar. Un mundo que se pone tan oscuro como este necesita un protagonista que pueda iluminar la historia con su buen corazón, y en ese sentido, cumple perfectamente. Plus tengo debilidad por los héroes de ciencia.

      Por otro lado tenemos a Hiraku porque si hay un chico inocente y medio nerd de un lado necesitamos un badass para balancear las cosas, y el señor Bushido cumple perfectamente. Es badass, estoico, y tiene al Pokémon más antihéroe de la historia con todo y bankai. Y ahora tiene un enanito con cañones en las manos porque tres espadachines en el mismo equipo es tan cool que rompería la trama (y porque creo que sus ojos eran rojos). Fue un muy buen detalle que lo primero que hiciera fuese cortarle las cadenas a Charcadet, considerando sus propios roces con la esclavitud se niega a darle el mismo trato al enanito que seguramente ahora va a tener un nombre badass como Kusanagi, Entei, MASAMUNE o algo igual de badass. Porque lo que le falta en centímetros le sobra en huevos para tratar de matar al abuelo del yelmo aún si tuviera que llevarlo de la mano al infierno. Aprende Nix. Aprende.

      De Amelia no puedo decir que tenga mucha opinión. Al igual que Hiraku, ayuda a establecer la idea de que Junkun no es un completo idiota, que es posible sobrevivir en esta época traicionera conservando algo de dignidad e incluso optimismo. Es adorable, es simpática sin pasarse de perfecta, aún si parece perfecta a los ojos de Junkun, que está en la edad, y tiene un sarcástico sentido del humor. Y encima tiene un Castform, que no puedes odiar, y el nombre más original para una aeronave.

      Entre Vibrava, Grovyle, Manetric, Absol, Castform y Slaking tenemos un surtido bastante amplio de Hoenn… he dicho antes que es mi región menos favorita pero su dex es de las mejores.

      Estos tres forman un núcleo muy agradable de seguir. Lo cual es bueno porque el resto han sido o despreciables o se quedan en el fondo. Crixa y Gareth por ejemplo que de momento tienen el mínimo de personalidad (apropiado si no van a salir más) y el duque de Nova Haven que es… vale, Regi es despreciable pero es mi clase de despreciable favorito: el hijo de puta es tan ruin y tan basura que no puedo evitar reír cada vez que sale en escena. Y suele venir acompañado de Iveroy lo que siempre es un plus porque el viejo mayordomo fue la primer persona decente que conocimos en Nova Haven… Un nombre demasiado acogedor para este sitio de mierda.

      Me muero de ganas por leer más aventuras de Amelia surcando los cielos en la Vivi Brava, por ver a Junk descubrir más Pokémon e inventar más cosas, y por ver a Hiraku cortar más hijos de puta. Creo que de todos los fanfics que he leído de ti este va que vuela para volverse mi favorito. Esperemos ver el próximo capítulo pronto.


      Y ahora me retiro con un acertijo: ¿Cuántos cumpleaños tienes entre un domingo y un viernes?

      Comentario

      • Tommy
        TLDR?/A tu vieja le gusta
        SUPAR PRUEBA
        • dic
        • 67
        • 🇦🇷 Argentina
        • Buenos Aires

        #18
        Ahora sí me puse un poquito las pilas y actualicé el primer post con las fichas del trío protagónico. Ya veré si más adelante cuando agregue otras las actualizo o modifico de alguna manera, pero al menos dan un pantallazo general a sus historias individuales y su rol en este punto de la trama.

        Antes de avanzar con el capítulo, como de costumbre respondo (y agradezco infinitamente ) los comentarios de El_Rey_Elfo y Horla.



        ---

        Capítulo 06: Hoja rota

        Sobrevolando las sierras junto a una bandada de gaviotas que viraba en dirección al basto mar, la Vivi Brava avanzaba rápidamente hacia el Bosque Foongu. En su interior, los pasajeros se ocupaban en silencio de curar y lavar sus heridas, comer y, en el caso de Junk, improvisar una mesa de trabajo con la tapa del baúl de herramientas provisto por los científicos del duque. Allí vació el morral de Amelia lleno de restos de aquellas criaturas plateadas que incluso muertas seguían manteniendo una fuerte carga electromagnética en su interior, así que se colocó sus guantes con protección contra descargas y sus goggles para evitar chispazos indeseables en los ojos y se puso a trabajar, revisando que ningún potencial componente para las Bolas de Pocket se hubiera estropeado durante la escaramuza en Wreckstone.

        Desde uno de los sillones alargados en la cabina de pasajeros, Gareth lo observaba con una mezcla de desdén y genuina curiosidad. Se le acercó varias veces, espiando por sobre sus hombros qué rayos hacía tan entretenido con todas esas herramientas y cadáveres de Magnemite, y estuvo tentado de frenarlo y advertirle que no tenía autorización del duque para construir ninguno de sus raros inventos en la nave para intentar un escape, pero Junk solo parecía estar enfrascado en su universo de cálculos que tan ajeno le resultaba, enderezando abolladuras con un pequeño martillo y quitando tuercas con un destornillador para extraer el núcleo de la membrana en los ojos de los cíclopes. Y por mucho que resintiera su presencia y cómo había intentado —y conseguido, en cierto modo— engañarlos en la cueva, lo cierto era que, luego de esa precisa experiencia, quizás sí les convendría contar con varias de esas raras esferas fabricadas cuanto antes para continuar la expedición sin mayores sobresaltos. Pensó en cuánto más fácil sería todo si simplemente pudieran lanzar esas cosas a las bestias para encerrarlas antes de que pudieran aplastarlos como los Onix, y regresó a su asiento tras soltarle un simple «Será mejor que te apures con eso, porque llegaremos a Foongu en cualquier momento».

        Desplomándose nuevamente en el sofá, desvió la mirada hacia el monstruario: allí Manectric dormía sin calma, pero con sus heridas tratadas con vendajes y ungüentos medicinales que calmarían su dolor y cicatrizarían más rápido sus heridas. Amelia se ocupó personalmente de tratarlo, sin amedrentarse ante los gruñidos amenazantes que el dolorido can le soltaba mientras recibía las curaciones. Aunque no se le daba tan bien manejar heridas como manejaba su aeronave, la pelirroja acabó conforme con su trabajo y decidió que sería mejor dejarlo descansar al cuidado atento del Gligar en el árbol y de Rockruff y Charcadet, este último dándole un poco de calor a todos con el suave crepitar del fuego en su cabeza. El propio Talonflame había decidido prestar un ala, pues su mera presencia sobre la rama del árbol compartida por el murciélago escorpión era suficiente para irradiar un calor que resultó terapéutico.

        Pero Gareth no estaba tan consternado por la salud de las bestias como lo estaba por aquello que se apoyaba al fondo, sobre una pila de heno y costales con provisiones: un mandoble robusto y pesado, descansando ya sin dueño entre las sombras. El símbolo de su fracaso como caballero, al no haber hecho nada para salvaguardar la vida de su compañero. Y no solo no había tenido las agallas para interceder como hubiera debido, sino que ahora continuaba la misión junto al asesino de su compañero, nada menos que un Escoria de Zeio al que nadie había dicho nada desde que dejaron Wreckstone. Crixa lo evitaba, cobarde como él solo, pero incluso Amelia parecía preocuparse por la salud de los monstruos o el curso de su vehículo solo para poder distraerse y así evitar tener que entablar una conversación con el zeionés.

        —¿Se recuperará?

        —Con el tiempo, debería.

        Aquellas habían sido las únicas palabras cruzadas con Hiraku desde que subieron a la Vivi Brava. Junk había visto a la exhausta Absol echándose de lado sobre el sillón y al hombre de Zeio acariciando con delicadeza su pelaje con un paño húmedo para limpiarlo, y luego su cuerno con una hoja untada en una loción que llevaba consigo para tratarlo. Pero ni Junk ni Hiraku parecían tener ánimos para extender la charla, así que cada uno se dedicó a lo suyo durante el resto del vuelo.

        Notó entonces que no era el único en sentir curiosidad por el metálico traqueteo de las herramientas del muchacho operando los componentes de Magnemite sobre el baúl, pues Crixa se le había acercado con más ganas que aptitudes para entender qué estaba haciendo exactamente.

        —No se hagan ilusiones —murmuró el joven rubio, cuyos ojos estaban ya muy perdidos bajo capas y capas de lentes y cristales en sus goggles de trabajo—, todavía necesitamos otros dos componentes fundamentales para que funcionen adecuadamente. Por ahora, solo son unos bonitos contenedores para anillos… Podrían hacer una propuesta de matrimonio divertida con esto —Y asustó a Crixa enseñándole un Magnemite sin ojo en el frente, con una abertura transversal y una pequeña bisagra instalada en la parte trasera a modo de unión, abriéndola y cerrándola como la hambrienta boca de una piraña para revelar su interior hueco.

        —Ya va siendo hora de que nos anticipes qué vamos a buscar a Foongu exactamente —decidió Gareth mientras observaba el pequeño punto verde emergiendo en el horizonte, con la brillante orilla del mar a su izquierda—. Y sería bueno para todos, pero especialmente para ti, que esta vez nos cuentes todo sobre lo que podemos encontrarnos allá.

        —Eso, ¿qué componente necesitas ahora? —preguntó Crixa con más interés en saber que en intimidar al de Scraptown, que ni siquiera les devolvió la mirada, encorvado sobre su obra de ingeniería mecánica en proceso.

        —Polvo Espora —respondió sin más, dejando que el silencio se apodere del ambiente, interrumpido solo por el ocasional bramido de motores cuando la Vivi Brava embestía una correntada de viento en contra y por el zumbido de sus alas agitándose sobre el fuselaje. Gareth tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano por no reventarle la cabeza contra toda esa chatarra de acero que desparramaba sin orden aparente en la superficie del baúl. Al final, se permitió no contener las ganas de ponerse de pie de un salto y gritarle.

        —¡Pero si eso podemos conseguirlo en cualquier boticario! ¡Incluso deben tener un montón en el palacio de Nova Haven!

        Junk hizo girar hábilmente un destornillador entre sus dedos y luego se lo puso de bigote mientras se llevaba la bola de metal vacía al oído y la agitaba suavemente para verificar que las bisagras no hicieran ningún ruido y hubieran quedado bien soldadas. Gareth apretó la empuñadura de su espada, pero la voz del joven lo frenó antes de que pudiera fantasear siquiera con la idea de su cabeza rodando por el suelo de la Vivi Brava.

        —No como el que necesitamos si queremos atrapar algo más que aire dentro de las Bolas de Pocket.

        —Regiballs —corrigió Crixa aclarándose la garganta. Junk soltó un resoplido haciendo rodar sus pupilas.

        —Escuchen, después de lo que pasamos en Wreckstone… ¿Creen que me divierte todo esto? De haber podido conseguir Polvo Espora en Nova Haven o en Scraptown, no estaría en este rincón de Vernea arriesgando mi vida. ¡No me divierte aguantar el peso de estas malditas cadenas en mis tobillos y muñecas!

        —Entonces, ¿qué tiene de especial el Bosque Foongu? —preguntó Amelia verificando que el aspecto de Castform no cambiase al adentrarse a las proximidades del gran bosque en el sudoeste de la región.

        —Para ser aviadora, conoces bastante poco del mundo —murmuró Gareth por lo bajo. Temió que la piloto fuera a dar otra de aquellas temibles volteretas aéreas para castigarlo, pero ella simplemente respondió con voz cantora algo que ya les había dicho antes.

        —Soy aviadora, no guía turística en bosques exóticos.

        Gareth resopló, harto de la tripulación que lo rodeaba.

        —¡Bah! Cuando la misión consista en explorar una ciudad voladora, quizás ahí sí puedas decirnos algo al respecto. Al final, solo conoces el cielo… ¡Y en el cielo no hay nada!

        Junk finalmente se levantó, arrastrando las cadenas de sus grilletes por el largo pasillo en la cabina de pasajeros hasta la de mando, tanteando el libro con un montón de marca páginas de colores adheridos a los bordes de sus hojas. Tras una rápida búsqueda, lo levantó delante de su rostro para que pudieran ver las ilustraciones de distintas bestias en la sección dedicada a las que vivían principalmente en bosques.

        —Hasta donde pude averiguar entre las notas de mi abuelo, el único lugar de la región donde podríamos llegar a encontrar especies capaces de producir estas esporas es en ese bosque. Ahora, gracias a este libro pude corroborar finalmente que, aunque existen varias criaturas relativamente fáciles de ver en la naturaleza con la capacidad de generar diferentes esporas paralizadoras y venenosas, solo algunas muy específicas de Foongu producen orgánicamente un somnífero lo suficientemente potente como para tumbar en el acto a bestias mucho más grandes y fuertes. El resto de somníferos, como los que pueden encontrar en cualquier boticario, no tienen la concentración suficiente para ser infalibles —Apuntó con su dedo la línea divisoria entre el límite de las llanuras y del agua del mar, que parecía abarcar más y más terreno a medida que la Vivi Brava se acercaba a su destino. Las copas de los árboles en el Bosque Foongu eran tan altas que podían verlas desde ese punto, aún a varios kilómetros de distancia—. Si se fijan a través de los parabrisas y ventanas laterales, verán en la geografía cómo va decreciendo el terreno casi hasta el nivel del mar, y las tormentas frecuentes cerca de la costa así como las crecidas en la marea produjeron un desarrollo exponencial del bosque, y junto con éste, la proliferación de diversos tipos de hongos. ¡Algunos de ellos tan evolucionados que acabaron mimetizándose con las criaturas para adaptarse mejor al entorno salvaje!

        Hubo un silencio sostenido. Todos parecían debatirse internamente qué tan peligroso era lo que ocultaban las enrevesadas explicaciones del chico que cada vez parecía más entusiasmado ante la posibilidad de una nueva aventura, como si realmente hubiera olvidado que una hora antes estaban al borde de la muerte en una cueva perdida entre las sierras. Finalmente, Crixa pareció deducir lo evidente.

        —Genial, o sea que vamos a arriesgar nuestra vida yendo tras un grupo de hongos asesinos altamente peligrosos —se lamentaba el soldado raso, abanicándose con la mano. Junk le sonrió.

        —Descuida, no son tan mortíferos… Al menos no como los Onix en Wreckstone. En realidad, estas criaturas no son hostiles por naturaleza, a diferencia de nosotros los humanos. Simplemente a veces nos ponemos demasiado en su camino, ¿saben? Y los de Foongu no serán la excepción: ellos solo aprendieron a defenderse de la hostilidad que los rodeaba, incluyendo depredadores o amenazas para su ecosistema.

        —Y eso es precisamente lo que venimos a ser nosotros, ¿no? —inquirió Hiraku, desviando la mirada hacia el pequeño Charcadet que conversaba algo inentendible con el Rockruff mientras se repartían la guardia del malherido Manectric en el monstruario.

        —Tal vez, pero al final del día es por un bien mayor —murmuró Amelia, tomando a Junk por sorpresa. ¿Realmente era tan naíf para pensar así del propósito de Reginald III? Ella pareció notar cómo la miró entonces, por lo que decidió aclarar su punto—. Piénsalo: ¿no es tu invento una ventana hacia un mundo donde ya no tengamos que luchar a muerte contra las bestias para dialogar con ellas? Si nos limitamos a amansarlas a través de esas esferas, tal vez podamos estrechar lazos más rápido. Digo… Yo adoro a mis compañeros, pero porque están conmigo desde que era una niña pequeña. Imagino que lo mismo ocurrió contigo y Nix, o con Hiraku y Haku.

        —Eres tan ingenua que me enterneces. Definitivamente te falta ver mucho mundo todavía —chistó Gareth con una sonrisa socarrona. Aunque no les caía para nada bien, tanto Junk como Hiraku estuvieron de acuerdo con él, mientras a las pecas de la piloto se les subía el rojo. Tal vez ese fuera el propósito de las Bolas de Pocket que Junk y su abuelo hubieran querido para ellas, pero el mundo que giraba bajo la Vivi Brava no parecía hacerlo movido por esa clase de idealismo.

        Mientras Amelia se encogía un poco en su asiento, bajando cada vez más la aeronave a medida que empezaban a sobrevolar las primeras arboledas dejando atrás las tierras secas, Crixa retomó el punto donde lo habían dejado, pues cada vez se convencía más de que no podía dejar su vida en manos de esa gente.

        —Entonces, ¿no hay posibilidad de que tu invento funcione usando somníferos más comunes? No entiendo mucho del tema, pero imagino que servirán para aplacar a las bestias luego de encerrarlas en esos aparatos.

        —También lo consideré, y aunque tal vez funcionaría con criaturas muy débiles o de por sí inofensivas, ¿qué sentido tendría atraparlas en primer lugar? No creo que al duque o al rey les interese impulsar un invento como este solo para coleccionar gusanos y pichones en sus dormitorios. Si queremos que sean realmente eficaces, debemos correr el riesgo ahora, o lo haremos luego con esferas defectuosas a las que criaturas como Rhydon u Onix podrían rebelarse, destrozándolas desde su interior por no haber sido anestesiadas adecuadamente. Solo tenemos que ser precavidos y no acercarnos a los hongos más de la cuenta, especialmente con aquellos que se vean más inofensivos, porque sus esporas suelen ser las más agresivas contra los depredadores, al ser éste su principal mecanismo de defensa —Le mostró la ilustración de uno llamado Amoonguss, que no se veía diferente de una seta gorda con un sombrero de patrones rojos y blancos aparte de que, si prestaba atención a los detalles, podría encontrar bajo éste un par de ojos de hostil mirada y unos labios protuberantes que le resultaron rarísimos. A Junk, en cambio, le parecía una criatura de lo más divertida, si ignoraba que tuviera cuatro cruces de peligro.

        —Por lo menos el fuego servirá de algo esta vez —murmuró Gareth girándose hacia las criaturas en el monstruario y alternando la mirada entre el Talonflame, que lucía bastante fuerte, y el Charcadet que, aunque parecía un enano llorón, había probado su poder de fuego contra el caballero sin nombre.

        Los ojos del pequeño monstruito de fuego se fijaron en los del humano que lo había liberado de sus cadenas, como buscando autorización en su mirada para participar activamente de la cacería de hongos en el Bosque Foongu. El zeionés se limitó a desviar la vista a la ventana que exhibía un paisaje cada vez más devorado por el manto verde en la superficie terrestre. ¿No se lo había dicho ya? Él debería decidir qué camino seguir, y eso no apuntaba con sus palabras a una dirección espacial, sino a un sendero espiritual: ¿viviría para ser libre o lo haría para luchar como él mismo había decidido mucho tiempo atrás?

        La Vivi Brava comenzó a descender hasta que su sombra consiguió reflejarse sobre la espesa cubierta arbórea de Foongu, desviándose ligeramente hacia la costa para desplegar el tren de aterrizaje sobre tierra firme. El pasadizo de hierba era tan angosto, sin embargo, que Amelia resolvió directamente plegar las alas y deslizarse entre algunos árboles más espaciados retorciendo el fuselaje compartimentado con maniobras serpenteantes hasta hallar un claro lo suficientemente espacioso para detenerse finalmente.

        —Hay un pequeño pueblito cerca: Dendrowth. Yo diría que hagamos una parada ahí —propuso la joven mientras los motores comenzaban a apagarse y la aeronave dejaba de vibrar progresivamente—. No es que desconfíe de las investigaciones de Junk, pero… Creo que será mejor si le preguntamos directamente a los locales sobre las criaturas del bosque.

        Gareth le dio un pisotón al suelo cuando se levantó del sillón.

        —Ni hablar. ¿No escuchaste al duque? Esta es una misión secreta, no podemos ir por ahí dando pistas de lo que venimos a hacer.

        —No tenemos que ser tan obvios —suspiró Amelia, acariciando la cálida cabeza del Castform que exhibía su forma soleada incluso cuando las copas de los árboles sobre ellos bañaran el suelo en sombras que apenas filtraban débiles puntos de luz en un agonizante komorebi—. Solo tienen que dejar en la nave sus llamativas y lujosas armaduras de Nova Haven para no atraer tanto la atención. De todos modos, tampoco es como si hubieran sido de mucha ayuda antes.

        —Y tenemos una buena coartada —murmuró la suave voz de Hiraku justo cuando Gareth y Crixa estaban por insultar a la piloto. Todas las miradas se fijaron en él, que señalaba su cuello sin expresión alguna—. Simplemente pueden hacerse pasar por cazarrecompensas trasladando a un prisionero de Zeio a Ravenhurst.

        —¡Gran idea! —se alegró la piloto—. Después de todo, Ravenhurst está justo del otro lado de Foongu. Sería lo más natural del mundo tener que atravesar el bosque para llevarlo ahí, ¿no creen? Y lo lógico es que intentemos averiguar en el pueblo qué peligros alberga el bosque, así estamos preparados para ello durante el traslado.

        —¿Y qué hay de la Vivi Brava? —se preguntó Crixa con el ceño bien fruncido, pues aunque la idea no era terrible, no le gustaba nada tener que actuar. Era apenas un soldado promedio, no un actor—. Nuestras armaduras de Nova Haven podrán llamar la atención, pero esta cosa lo hará mucho más.

        —Vivi nos puede esperar acá también —resolvió la joven piloto dándole un golpecito con los nudillos a una de las paredes de acero de su aeronave—. Se camufla perfectamente entre el verde bosque, y si algún viajero extraviado decide pasar por aquí, simplemente haremos que Talonflame y Gligar merodeen los alrededores desde las alturas y lo ahuyenten. Nadie la encontrará. Además, solo nos tomará un ratito: conozco un viejo bar donde seguro podrán darnos información valiosa. Solo… Traigan algunos gears de oro, por si acaso —Y juntó las palmas con una adorable sonrisa mientras Gareth hacía rodar sus pupilas con fastidio y Crixa se desprendía el cinturón, sacando un monedero lleno de pequeños engranajes dorados y plateados.

        Tras deshacerse de las armaduras blancas y doradas y enfundar bien en sus vainas las hojas de las espadas que tenían grabado el escudo de Nova Haven, los cinco salieron de la Vivi Brava asegurándose de que no hubiera moros en la costa. Al salir del vehículo y girarse, Junk comprobó que, tal y como aseguró Amelia, la aeronave se camuflaba perfectamente bien envuelta en sus enormes alas plegadas sobre el fuselaje como en un capullo verdoso, y la débil llegada de la luz en lo alto no permitía adivinar a una distancia considerable que se trataba de metal. A suficiente distancia, perfectamente podría pasar por una enorme bestia durmiente a la que sería mejor no molestar. A su lado, Hiraku avanzó tan esposado ahora como él, aunque, a diferencia suya, le dio la impresión de que el zeionés podría librarse de esas cadenas cuando quisiera simplemente con separar lo suficiente sus brazos. Detrás de ellos, el halcón de fuego y el murciélago de tierra volaron hasta desaparecer tras la frondosa vegetación en las ramas de los abetos que crecían alrededor del claro.

        Caminaron por el estrecho sendero entre el bosque y la playa hasta ver las primeras muestras de civilización en forma de carteles en la tierra que anunciaban el arribo a Dendrowth a quinientos metros de ahí. Guiados por la cartelería que publicitaba restaurantes, bares y comercios con artículos de pesca y campamento, pronto comenzaron a ver las casas construidas en altura sobre troncos cortados y algunas incluso sobre las más robustas ramas de los árboles ancianos. El suelo llegando a Dendrowth se volvía más inestable y pantanoso, por lo que cada árbol tenía o bien escaleras colgantes o bien directamente estaban tallados para poder elevarse usando su propia madera como peldaños, además de conectarse por una serie de puentes que permitía a la gente desplazarse en las alturas a salvo de las frecuentes inundaciones con la crecida del mar. Frente a un grupo de pescadores con botas de goma apostados en una pendiente contra la que rebotaban las olas formando un brote de espuma vieron una rampa con un desfiladero de tablones de madera para adentrarse al poblado antes de hundirse en la tierra lodosa que venían pisando.

        Al andar el poblado que parecía pedirle permiso a la naturaleza para ocupar un humilde espacio dentro de ella, Junk se sintió casi como un turista incluso llevando todavía aquellas esposas frías que en todo momento le recordaban su lugar. Al menos ahora no era el único esposado, y aunque ni Gareth ni Crixa eran actores, ambos le agarraron rápido el gusto a su papel de captores de un peligroso zeionés. El primero en especial se entretuvo bastante empujándolo y haciéndole bajar la cabeza cada vez que Hiraku se atrevía a mirar a alguno de los curiosos pueblerinos que los contemplaban avanzar con cierto resquemor. Al frente, Amelia revisaba un viejo mapa suyo lleno de anotaciones y recordatorios de nombres de lugares y personas. Cuando alguien le preguntaba sobre los sospechosos hombres que llevaban esposados, ella se limitaba a responder con el impostado acento de la gente de mar que llevaban a un traidor y un Escoria de Zeio rumbo a Ravenhurst.

        Luego de preguntar con su ineludiblemente encantadora sonrisa a un par de residentes sobre la ubicación exacta de cierto bar, decidieron continuar la caminata valiéndose de las escaleras y puentes colgantes que les permitieron ver Dendrowth y Foongu desde una perspectiva completamente distinta. A Junk le asombró cómo habían instalado redes de contención como gigantes mosquiteros que ascendían desde sus pasadores de cuerda gruesa hasta las ramas más altas de los árboles, formando una especie de cúpula entre la arboleda que mantenía a raya a las especies voladoras, los insectos e incluso algunos simios curiosos que se acercaban por el aroma que salía de las chimeneas y ventanas de los restaurantes y cafeterías. Allí no parecían temerle tanto a las bestias como en Scraptown o Nova Haven, pero definitivamente no eran bienvenidas, y lo corroboró al divisar desde algunas ramas a centinelas apostados con arcos y ballestas, listos para dispararle a cualquier criatura que pudiera irrumpir la paz del poblado. Al verlos, no pudo evitar lamentarse al pensar en lo mucho que Nix habría disfrutado estando ahí, deleitándose con los colores y los aromas que se entrelazaban en las alturas.

        —Solo redes y flechas —susurró Hiraku mientras Gareth lo empujaba para que avanzase—, diferentes de los muros altos que rodean Nova Haven y Ravenhurst. Probablemente las criaturas del bosque no sean tan temibles como en otras partes.

        —O tal vez el rey no considere tan primordial mantener a salvo un pequeño pueblo en comparación a dos de las ocho grandes ciudades —opinó Junk antes de llevarse un empujón de Crixa, que le gruñó con gesto pendenciero.

        —Tendrás tiempo de sobra para conversar con tu amiguito Escoria cuando estén tras las rejas, o en la horca esperando a ser ejecutados —masticó sus palabras casi con disfrute ante la orgullosa mirada de reojo de Gareth. Sin embargo, Crixa no disfrutaba tanto esa parte del acto, pero tenía que seguir adelante con su interpretación cada vez que se cruzaban con transeúntes y sus miradas llenas de duda y sospecha al adentrarse en el pueblo.

        Claro que todo ese acting quizás sirviera para despejar dudas sobre la identidad de los prisioneros, pero para nada aliviaba a la gente en Dendrowth, que poco a poco comenzó a esparcir los murmullos acerca de los forasteros que habían llegado al pueblo con nada menos que un potencial asesino de Zeio. Y aunque la ruta a través del bosque para llegar a Ravenhurst era frecuentada por soldados y cazarrecompensas, pocas veces se mezclaban tanto con la gente de a pie en el corazón del pueblo.

        Casi como si los hubieran estado esperando, cuando entraron a la Mesa del Capitán, un bar construido en el hueco de un roble gordo y moribundo, se llevaron un par de decenas de miradas hostiles e intranquilas. Junk pensó que la gente de Zeio debía nacer con un radar para ser detectada tan rápidamente en Vernea, aunque los ojos que tan mal miraban a Hiraku pronto comenzaron a mirarlo mal a él. Solo necesitó del tintineo de las cadenas en sus esposas para terminar de ganarse la indeseada atención.

        —Dijiste que conocías este lugar —bisbiseó Gareth con una ceja crispada detrás de la piloto—. ¿Por qué no nos miran como si te conocieran a ti?

        —Mi madre me habló de él —reconoció la chica, intentando evitar el contacto visual con los comensales, que eran todos hombres rollizos con los brazos llenos de moretones, cicatrices y picaduras, las barbas pobladas y una actitud que debía hacerles creer que a toda hora eran las tres de la madrugada de un fin de semana—; resulta que una vez les dio una paliza a unos borrachos y ya no la dejaron regresar.

        Gareth y Crixa la habrían agarrado del cogote en ese momento, pero Amelia ya los adelantaba varios pasos abriéndose camino entre las sillas corridas y las mesas atiborradas de hombres, barrigas, cartas y bebidas rumbo al mostrador ubicado al fondo y atendido por la única persona que no había levantado la mirada cuando entraron, pues el hombre de vigoroso bigote parecía muy entretenido limpiando un tarro vacío. Todo ahí desprendía aroma a tabaco, hojas e hidromiel, pero aquello les resultó más placentero que los murmullos ásperos que comenzaban a circular por lo bajo en el recinto, como una neblina escabulléndose entre sus pantorrillas.

        —El letrero en la entrada dice que no se admiten mascotas —dijo secamente el tabernero, sin levantar la vista. A Junk le pareció que, de haberse esforzado por hacerlo y hubiera visto la radiante sonrisa que le dedicaba Amelia hasta ese momento, probablemente la habría recibido mejor.

        —¡Ah! No tenemos ninguna —aclaró ella, volteándose un segundo por si acaso Rockruff la hubiera seguido a hurtadillas desde la Vivi Brava. Afortunadamente, no fue así.

        —Los de Zeio cuentan como tales aquí —arqueó ligeramente una ceja con el ceño bien fruncido, y por primera vez le clavó la mirada para enfatizar su afirmación. Junk esperaba que el “efecto Amelia” diera resultado tan rápido como lo hizo con él, pero el tabernero no era un chico de catorce años sin experiencia con mujeres, y lo único que le llamó la atención de la joven piloto fue su extraño acento impostado—. ¿Eres extranjera?

        —De Kalos —mintió tan rápido como volaba.

        —Ajá —el hombre dejó de mirarla, como si aquella confirmación le resultara aburrida—. Bueno, señorita, no sé si en Kalos tendrán otras costumbres, pero en Vernea las cosas son como son. Aquí no se permiten mascotas ni Escorias de Zeio.

        —No es mi intención importunarlo ni alterar la… paz en su hospitalario local —tuvo que hacer una pausa cuando dos tipos comenzaron a levantar el tono en una de las mesas arrinconadas, hasta que acabaron repartiéndose golpes y patadas en el suelo tirando algunas sillas en el proceso. Aparentemente uno había dicho que al de Zeio era mejor enterrarlo vivo en la plaza de Imperia, mientras que otro opinó que había que cortarlo en pedacitos y enviárselos a cada ciudad y pueblo de Vernea para exhibirlo como trofeo. Al tabernero lo tenía sin cuidado; después de todo, eso era lo que los borrachos hacían—. Seré breve: veníamos en barco con rumbo a Acquabella para presentar nuestros respetos al duque Waverley, viejo amigo de mis difuntos padres, por la reciente pérdida de su hermano, pero unos piratas zeioneses nos abordaron violentamente cerca de estas costas. Por suerte, los guardaespaldas de mi familia pudieron encargarse de todo y dárselos de comer a los tiburones… Pero decidimos que sería mejor traer uno como obsequio y muestra del apoyo de Kalos para con Vernea. Entendemos que Ravenhurst es el sitio indicado para deshacerse de ellos.

        A Junk le resultó tan fascinante como perverso que pudiera improvisar tan resuelta sobre cuestiones tan crudas como bandidos, tiburones y usar a prisioneros como “obsequios”. Quizás hubiera estado ensayando en su cabeza mientras caminaban desde la Vivi Brava hasta Dendrowth, lo cual habría explicado por qué estuvo inusualmente callada durante ese tramo. Sea como fuere, al tabernero ni siquiera parecía importarle si la chica le mentía o no: simplemente los quería a todos lejos tan rápido como fuera posible. Pero no fueron las palabras con erres marcadas y ges gangosas ni las espléndidas sonrisas de Amelia las que llamaron su atención finalmente, sino un objeto curvo y envainado que empuñaba celosamente Gareth mientras sujetaba a Hiraku por las esposas y por el cuello de su kimono.

        —Vaya… —dijo con una mueca que Amelia no pudo descifrar, pasándose la mano por el bigote como si intentara mantenerlo adherido a su rostro y luego levantando una tabla lateral del mostrador para salir apresuradamente, avanzando con largas zancadas hasta detenerse frente a los hombres custodiados por los soldados. El tabernero se dobló y fijó la mirada atentamente en las inscripciones de la vaina de la espada de Hiraku que Gareth le había confiscado como parte del acting. El hombre de Zeio, en sus adentros, seguía repitiéndose que aquello no había formado parte de su propuesta original. De pronto, el robusto dueño del bar torció su gordo cuello en dirección a él y le sonrió una sonrisa de dientes amarillentos—. Así que no solo eres Escoria de Zeio o un ladrón de ricachones… No… Eres también un asesino, ¿me equivoco?

        Le hablaba como si no pudiera entender una palabra de lo que decía, pero Hiraku entendió todo a la perfección. Por instinto quiso deslizar suavemente su mano diestra a la empuñadura de su tachi, pero Gareth la apartó más rápido y le devolvió un fuerte culatazo en la nuca que lo dobló sobre sus rodillas. La imagen del zeionés cortándole la garganta al Yelmo en Wreckstone apareció simultáneamente en el recuerdo de los otros cuatro. Ese tipo lo miraba ahora como si hubiera sido un quinto testigo de dicho acontecimiento.

        —¡Ja! ¡No me extrañaría nada que lo fuera! Toda la Escoria de Zeio es igual —espetó Amelia acercándose rápidamente y deteniéndose a espaldas del tabernero. Miró a Gareth con los ojos bien abiertos y agregó, moviendo los labios sin hablar: «¡¿Qué demonios estás haciendo?!».

        —No todos son iguales, no… —pensó en voz alta el dueño del bar mientras se incorporaba, deteniéndose justo frente a Hiraku y mirándolo de arriba abajo habiendo borrado todo rastro de aquella desagradable sonrisa de antes. Había un poco más de rojo en su mirada ahora—. Algunos de ellos son realmente malos… Los únicos que llevan matando desde mucho antes de que cualquier guerra se desatase. Y entiendo lo que estarás pensando, niño —De pronto, le estaba hablando a Junk, que lo miraba con tanta repulsión como todos miraban a Hiraku desde las mesas, ignorando el pleito entre los ebrios que rodaban por los rincones del fondo—. No sé qué te habrá dicho este hombre para que trabajes a su lado, pero si todo el asunto de la guerra te angustia tanto, déjame decirte que hay asesinos mucho peores que los que matan en nombre de su bandera o de su rey.

        —Los asesinos son asesinos, ¿qué importa en nombre de qué ideales maten? —bufó Junk, y Crixa tuvo que hacerle una advertencia con su mejor cara de soldado. Hiraku, por otra parte, entendió que quizás había esperado poder decirle eso desde que dejaron Wreckstone: que, por muy noble que hubiera sido su gesto al defender y liberar a Charcadet, no dejaba de tener las manos manchadas de sangre.

        —¡Ideales! —rio el hombre con ganas, y su bigote bailó en su rostro como si tuviera vida propia—. No escuchaba a alguien tan romántico aquí desde que Peter le gritó a Cornelius que besara su peludo trasero —Esto aparentemente fue comiquísimo, porque todos los grandulones comenzaron a carcajear en sus mesas, agitándolas con sus barrigas y puñetazos y haciendo rodar vasos hasta estallar contra el suelo—. No tienes idea de lo que es este tipo… Ustedes tampoco, ¿eh, kaleses? En cualquier idioma podrán entenderme bien —Y abrió bien grande su boca mientras modulaba cuidadosa y pausadamente—: esa espada pertenece al Clan Yamada. Ya… Ma… Da. Los más grandes asesinos en la historia, un grupo de zeioneses que vivían de la matanza mucho antes de que se desataran las primeras guerras.

        —Desconozco el pasado de este zeionés —intervino Amelia, que realmente ignoraba quién era Hiraku realmente—, y francamente tenemos el deseo de deshacernos de él cuanto antes. Por eso vinimos aquí: necesitamos que nos hable sobre Foongu y cuál es la mejor ruta para cruzar el bosque sin exponernos al peligro de las bestias que lo habitan. Escuché cosas bastante duras sobre los viajeros que se pierden por aquí.

        —¿Y no escuchaste nada sobre los amateurs que intentan ocuparse de un Yamada? Serán alimento para su espada antes de llegar a Ravenhurst —aseguró el tabernero con gravedad, y Gareth apretó instintivamente su agarre a las esposas que inmovilizaban a Hiraku. Deseaban no creerle, pero el recuerdo de lo que le habían visto hacer en Wreckstone todavía les helaba la piel. Sin embargo, el hombre pareció replantearse sus intenciones un momento, y luego ensanchó una hospitalaria sonrisa doblando su bigote hacia arriba y mostrándoles la nuca despejada al darse vuelta con dirección a la mesa que habían desocupado los borrachines—. Síganme, pónganse cómodos. Creo que podemos llegar a un acuerdo.

        Sin borrar la sonrisa de su rostro, pateó un poco a los dos ebrios que, entrelazados en golpes y patadas y desparramados por el suelo como costales de papas, ahora dormían plácidamente como si fueran un matrimonio feliz. Haciendo espacio, corrió cuatro sillas: una para él y tres para Amelia, Junk y Hiraku. Los custodios de estos últimos permanecieron de pie a sus espaldas y presentaron el filo de sus espadas sobre sus cuellos: cualquier movimiento en falso por parte de los capturados sería considerado un intento de escape y castigado con la degollación. O al menos eso pretendían que los pobres diablos del bar creyeran.

        —Tengo la información que vienen a buscar —aseguró sirviéndole un trago a Amelia de una bebida anaranjada y burbujeante que la mujer no se molestó en probar—. A cambio de eso, quiero la espada del Yamada.

        Hiraku no necesitó moverse de su asiento: la mirada que le dedicó al tabernero fue suficiente para obligarlo a apretar su gorda espalda contra la silla, apartándose de él como si el filo de sus ojos tuviera un alcance preestablecido y suficiente para arañarle el tabique. Amelia no dejó de sonreír con cordialidad, sin mostrarse impresionada por las pretensiones del dueño del lugar.

        —Temo que no puedo hacerlo —se encogió ligeramente de hombros—, ya me comprometí con el Señor de Ravenhurst cuando llamamos desde nuestro barco, tras capturar a los bandidos. Quiere el paquete de Zeio completo.

        —Conozco al viejo Blackwood —sacudió la mano el tabernero, restándole peso al pacto que hubiera hecho Amelia con ese hombre—; y créeme: las paredes de su museo ya están repletas de espadas zeionesas manchadas con sangre. Quizás el muchachito traidor no valga más que un puñado de gears de plata, pero te dará suficiente dinero a cambio del Yamada vivo como para que ninguno de ustedes necesite volver a traficar prisioneros por el resto de sus vidas. La espada es un precio más que justo para que lleguen en una pieza a Ravenhurst y puedan deshacerse de estos dos.

        —Disculpe, pero si demuestra tanto interés por este objeto… Solo puedo pensar que es porque conoce su verdadero valor.

        —Sé lo que vale la vida de mi esposa —esta vez, el tabernero masticó las palabras como si se le hubiera metido una cucaracha en la boca, y como si tuviera hundido un puñal en el pecho. Su voz retumbó por la estancia con tal vigor que las risas y murmullos de fondo cesaron—. Una de estas me quitó a la madre de mis hijos diez años atrás. Me obligué a mantener este antro abierto porque la bebida era la única medicina capaz de calmar las heridas y tormentos que los zeioneses causaron sobre la gente de esta región. Es lo único que me permite mantener a mis hijos con vida y con el prospecto de un futuro donde puedan salir adelante. Una espada Yamada me quitó y me dio un propósito al mismo tiempo. Perdí toda esperanza de forjar una familia feliz, porque mis hijos crecerán sabiendo que su padre fue un cobarde que no pudo defender ni vengar a su madre, y gané la única certeza que me mantuvo en pie todos estos años: que algún día los haría sentir orgullosos, llevándome a uno de esos asesinos aunque tenga que arrastrarlo conmigo hasta el infierno.

        Amelia miró de reojo a Hiraku, que no había cambiado su expresión amenazante de lobo atado desde que ese tipo se había atrevido a plantear la idea de quedarse con su preciada espada. La historia del tabernero la había conmovido lo suficiente como para considerarlo si su falso prisionero se ablandaba, pero éste no se tragó una sola de las palabras que había soltado por su boca. Gareth intervino justo cuando Crixa estuvo a punto de hablar.

        —¿Y cómo sabemos que no intentará liquidar al zeionés con esa misma espada una vez que se la demos?

        El tabernero frunció aún más el entrecejo, y dio un golpe sobre la mesa.

        —¿Piensas que quiero estafarlos en mi propio establecimiento? ¡No me faltes al respeto, chico! Llévense ahora mismo al Escoria de Zeio, por mí mejor: solo déjenme su espada, para que pueda volver a casa y mostrarle a mis hijos que su padre vengó a su madre. Quiero usarla como trofeo.

        Amelia entornó la mirada. «No habrá trato entonces», pensó. Pero antes de poder comunicárselo, el soldado raso de Nova Haven le arrebató la tachi a Gareth y se la presentó, con los ojos húmedos y el corazón latiendo a mil en su pecho.

        —Quédesela, y haga que sus hijos se sientan orgullosos —dijo Crixa con una sonrisa. De haber tenido un cuchillo entre los dientes, Hiraku lo habría usado sin titubear para cortarle la muñeca al desgraciado sentimental. Incluso Junk, que había comprado el discurso del tabernero sobre su tragedia familiar en manos del Clan Yamada, miraba a Crixa con incredulidad: ¿realmente ese tipo había sido tan idiota todo este tiempo? ¿O acaso también tenía una rencilla oculta contra esos famosos asesinos? Quizás su entrenamiento como soldado incluía tomar toda clase de decisiones estúpidas que implicaran ponerse de cualquier lado que fuera en contra de Zeio.

        Sea como fuere, la espada de Hiraku llegó a manos del tabernero.

        —Eres un buen hombre —asintió decididamente el dueño del bar, apretando con rabia la espada entre sus puños y quitándole apenas la vaina para comprobar las letras grabadas en su hoja de acero brillante: el relieve del símbolo del Clan Yamada apenas se había ensombrecido un poco por la sangre derramada. Entonces, una silla se sacudió.

        Gareth le dedicó una mirada rabiosa a su compañero y apartó a Hiraku de la mesa tan pronto como éste intentó recuperar su arma echándose hacia adelante. El tabernero se levantó, mirándolo con una mezcla de odio y sorna, y se alejó hasta detrás de la barra para sacar una prensa y un martillo, mientras los soldados de Nova Haven arrastraban a Hiraku fuera del bar, que se había doblado con sorprendente flexibilidad para asestarle una patada en el rostro a Crixa antes de llevarse algunas patadas y escupitajos por parte de los comensales que lo veían retorciéndose por el suelo como una araña con muchas patas. Junk fue contenido por Amelia, que acarició tiernamente su mano mientras se mantenía impertérrita en su lugar, ignorando el escándalo a sus espaldas, y veía con los ojos encogidos cómo el sujeto apretaba la prensa a la hoja de la espada y dejaba caer el martillo con todo el peso de su rabia, quebrándola tras unos cuantos golpes. Cuando el acero cayó en cuatro piezas, el débil y agónico estruendo de metal llegó a los oídos de Hiraku, que ya estaba afuera.

        Con sangre en la nariz, Crixa cerró la puerta mientras Gareth agarraba del cuello a Hiraku, que lo insultaba rabiosamente en zeionés intentando estrangularlo con sus propias esposas.

        —¡¿Tienen idea de lo que hicieron?! —bufó al tiempo que se le explotaba una vena en el ojo izquierdo, esparciendo un ancho derrame de rojo sobre blanco.

        —¡Debiste pensarlo dos veces en Wreckstone! —ladró Crixa, apretándose el tabique para detener la hemorragia—. ¡Tú mataste a un compañero, deberías agradecer que no te arrojáramos desde la aeronave por traición! Además… ¡Ese hombre tiene razón! ¡Las garras de los Yamada deben ser arrancadas de raíz!

        Mientras los tres se peleaban afuera, ya demasiado lejos del tumulto de aplausos que se había desencadenado dentro del bar tras la destrucción de la espada Yamada, el tabernero volvía a desplomarse en la mesa, satisfecho, haciendo girar la empuñadura como un trompo alargado. Aparte de la prensa y el martillo, había arrancado una servilleta y tanteado un bolígrafo que presentó a Amelia, dibujando rápidamente un tosco mapa de Dendrowth y el Bosque Foongu y, al otro lado de éste, rumbo al noroeste, la profunda ciudad de Ravenhurst.

        —Para que vean que soy un hombre de palabra —le sonrió tanto a Amelia como a Junk, que era celosamente vigilado por los comensales de las mesas contiguas, pero que se veía demasiado enclenque y debilucho como para intentar nada contra ellos. Si hasta una mujer podía mantenerlo en su asiento dócilmente, como a un perro entrenado—. El camino más rápido a Ravenhurst es este sendero en forma de Z, los centinelas del pueblo marcaron con pintura dos árboles en estos puntos del recorrido: ahí sabrán que deben girar a la derecha y luego a la izquierda para salir por el atajo.

        —¿Qué hay de las bestias? —preguntó Amelia, sus ojos alejándose de los dientes amarillentos del hombre y concentrándose en las letras partidas del Clan Yamada en la ahora corta hoja que asomaba de la empuñadura—. Solo tenemos dos espadas ahora, y queremos llegar a salvo.

        —Si siguen este camino, les garantizo que no se encontrarán más que con algún mapache o insecto. Nada que no pueda resolver incluso una chica de Kalos. Pero, si tanto te preocupan los peligros del bosque, o si deciden que sus prisioneros se vuelven una molestia y quieren deshacerse rápido de ellos… —Y, ensanchando una sonrisa más perversa, marcó cinco sectores bien diferenciados del bosque con cruces—. Estos son los territorios de los hongos comehumanos. Bueno, la gente de por aquí así los llama, pero la verdad es que no siempre se limitan a comérselos. Foongu es conocido por su clima húmedo y su vegetación en constante crecimiento; creemos que algún día el bosque crecerá tanto que incluso comenzará a invadir el mar pasando nuestro pueblo. Pero, claro, no nos preocupan tanto las plantas y las setas como las bestias que aprendieron a mimetizarse con ellas. Las más peligrosas crecen y cazan en estos sectores.

        —¿Cómo son? —insistió la piloto, llamando la atención del tabernero, que levantó bastante sus pobladas cejas.

        —No me pides que los dibuje, soy muy malo para eso —se encogió de hombros, pero, divertido por la osadía de la mujer, decidió contarle un poco más—. Al oeste de aquí están los Crabos, inofensivos para los humanos pero temidos por otros monstruos, pues son hongos parasitarios que se alimentan de sus cerebros pudiendo moverse a través de ellos como si los convirtieran en muertos vivientes; en el noreste tienen a los Lumin, que solo se mueven por las noches y suelen asustar a los niños y confundir a los viajeros para que se pierdan en el bosque; más al sur pueden encontrar Infilter, que son potencialmente los más mortales de todos por el veneno de sus esporas, pero que también pueden ser fáciles de evitar gracias a su lentitud (sin embargo, déjenme advertirles que se camuflan mejor que ningún otro monstruo en el bosque, porque se mimetizan muy bien entre setas comunes, así que no intenten arrancar ninguna para comer). Finalmente, las dos especies más peligrosas son los Puncher, que son los más poderosos físicamente y se desplazan rápidamente en grupos de cinco o seis, y cuyos puñetazos pueden partir las hojas de sus espadas antes de que terminen de desenvainarlas; y finalmente, los Kruel. Si ponen un pie en su territorio, al sudeste, éstos los atraparán entre sus tentáculos y drenarán sus nutrientes vitales hasta dejarlos secos como pasas. Son la principal causa de muerte entre los habitantes de Dendrowth, así que no se desvíen del camino si saben lo que es bueno.

        Junk repasó mentalmente las vagas descripciones que el tipo había dado sobre esas cinco especies. Estaba ansioso por regresar a la Vivi Brava y verificar en el libro de cuáles se trataban para indagar un poco más al respecto, aunque de una tenía plena certeza: los Infilter, “Amoonguss” (XXXX) según el profesor Batheust, eran los que fabricaban las mejores esporas para garantizar la eficacia de las Bolas de Pocket.

        Tras agradecerle por la información y guardar el mapa del bosque, Amelia levantó a Junk tirando de sus esposas y se alejó sin más. Antes de abandonar el establecimiento ignorando algún silbido y comentario de mal gusto por parte de los ebrios en el pasillo, dos trozos de metal y una funda oscura se deslizaron girando por el suelo hasta rebotar contra los talones de sus botas: eran fragmentos de la hoja y la vaina de la espada Yamada.

        —Dale esto al Escoria de mi parte —le dijo el tabernero, guiñándole un ojo—. Dile que puede abrirse las tripas con eso cuando lo tiren a un pozo en Little Zeio. Créeme: le espera un destino peor si los prisioneros ahí se enteran de que ese Yamada mancilló el nombre de su clan al ser capturado. O si prefieres, confío en que Blackwood te dará unos cuantos gears de oro a cambio de eso.

        Amelia recogió los trozos de espada con cuidado de no cortarse y los guardó en la vaina curva que no podrían llenar. Al salir del bar en el árbol, los escoltas habían dejado de pelear y una niña era alejada de ahí entre lágrimas por su madre, que murmuraba algo así como «Malditos borrachos, siempre lo mismo». Hiraku casi se alegra cuando vio la vaina entre las manos de la piloto, pero rápidamente comprobó que faltaba la empuñadura de su espada y volvió a ensombrecer su semblante.

        —No te preocupes —lo consoló Junk mientras se alejaban de Dendrowth y retomaban el estrecho sendero de regreso a la aeronave—. Me encargaré de repararla y hacerte una mejor. Solo tienes que prometer que no vas a usarla para matar.

        Aunque intentó susurrarlo, Gareth lo oyó y echó a carcajear.

        —¿Y para qué crees que la use alguien como él? ¿Para limarle las garras a su bestia o como escarbadientes para sus colmillos? —se burló el atractivo soldado, que había arrancado no pocos suspiros entre las mujeres del pueblo, y ahora no pocos resoplidos fastidiosos de Amelia.

        —Ustedes dos ya hicieron suficiente —los regañó como si fuera la hermana mayor del grupo, aunque solo era más grande que Junk—. Al menos conseguimos lo que vinimos a buscar, así que ahora estamos nuevamente en manos de nuestro inventor estrella.

        —Siempre y cuando se enfoque en la investigación que lo trajo aquí en primer lugar —agregó Crixa, mirando receloso al muchacho de Scraptown—. El duque no te dio esa caja de herramientas para fabricarle espadas a un zeionés. Y, por si no estabas enterado, ningún herrero de Vernea tiene permitido hacer armas para el enemigo.

        —Hiraku no es el enemigo, es su compañero —Junk lo decía en voz bien alta quizás para poder escucharse a sí mismo al decirlo. En el fondo, quería creer eso.

        —No te confundas —musitó el hombre de azul mientras arrastraba los pies débilmente a través de la hierba alta, viendo ya a lo lejos entre la arboleda a la bien camuflada Vivi Brava—, solo estoy vivo porque al rey le conviene mantenerme con vida. En cuanto deje de resultarle útil, volveré a ser su enemigo.

        De regreso a la Vivi Brava, y quizás como respuesta a las caras largas que comenzó a ver entre todos a raíz de lo dicho por Hiraku, Amelia respondió con su mejor sonrisa luego de que Junk localizara en el libro las cinco entradas correspondientes a las especies de “hongos comehumanos” que les habían mencionado en el pueblo. Antes de que Crixa o Gareth se atrevieran a enfundarse en sus armaduras o que Hiraku sopesara el mandoble del caído Yelmo en su mano para acostumbrarse a un nuevo tipo de arma con la que ayudar en la misión, la piloto se paró en medio de la cabina de pasajeros y levantó el brazo con el pecho inflado, soplando con fuerza dos veces el silbato que pendía de su cuello. Tan pronto como lo hizo, una ráfaga de viento entró por la compuerta lateral adoptando rápidamente la forma de Talonflame, que se posó en su brazo y le picoteó el cabello cariñosamente.

        —No desperdiciemos energía si no es estrictamente necesario —aconsejó ella, sobrada de confianza—. Si lo que el libro de Junk dice es cierto, todas estas criaturas serán vulnerables contra el fuego y el viento de Talonflame. Él nos traerá lo que necesitemos del bosque, y nosotros podremos hacer guardia en la nave en su lugar. Estoy segura de que se sentirá más que contento de poder volar libremente por ahí durante un rato, ¿no, amigo? —Le preguntó al halcón rascando el plumaje en su pecho, y éste gañó con entusiasmo afirmativamente. Aunque normalmente solían discutir cada idea que tenía el otro, esta vez a todos les pareció genial la propuesta de la chica, y nadie opuso objeción alguna.

        Así, tras indicarle al halcón la ubicación y apariencia de los Parasect —tal era su nombre de acuerdo al libro, aunque en Dendrowth los llamaran “Crabos”—, éste levantó vuelo por sobre la aeronave y aceleró en dirección noroeste cargando entre sus garras con una canasta que, en menos de una hora, trajo de regreso repleta de aquellos enormes hongos parasitarios sobre los lomos de cangrejos sin vida de color rojizo. Junk le había pedido encarecidamente que no los chamuscara demasiado, pues podría vaporizar las esporas y volverlos inútiles, pero al parecer al halcón le había bastado con una buena corriente de viento para dejarlos fuera de combate. Eran al menos unos seis ejemplares, dos de ellos considerablemente grandes, y aunque todos estuvieron listos para celebrar el sencillo éxito en esa ocasión, el joven inventor tuvo una idea diferente.

        —Las esporas de Parasect servirán —dijo mientras machucaba un trozo de hongo con un mortero tomado de su caja de herramientas, cubriéndose los ojos con los goggles y la nariz y boca con una mascarilla para no respirar el polvillo—, pero podría hacer capturadoras mucho más efectivas si además empleamos las de Shiinotic y, especialmente, las de Amoonguss. Talonflame, ¿crees que podrías traernos algunos más? —Le pidió tímidamente al halcón de fuego, que todavía mostraba energía de sobra, pues los cangrejos parasitados no le habían supuesto desafío alguno.

        —No te abuses, Junk —le picó el hombro Amelia, entornando la mirada—. El tabernero nos advirtió sobre lo peligrosos que son los Amoonguss, además de difíciles de rastrear. Y los otros (imagino que te refieres a los que llamó “Lumin”) solo salen por la noche. ¿Pasaremos toda la tarde aquí hasta que anochezca solo para conseguir más esporas?

        —Vale la pena —asintió el joven, ignorando las miradas asesinas que empezaban a echarle Gareth y Crixa—. Parasect produce esporas comunes, muy potentes, y definitivamente más efectivas que los polvos somníferos de criaturas como las bolas pomposas de aire o las campanas predatorias orientales, pero comunes al fin y al cabo, que solo ponen al objetivo a dormir profundamente. En cambio, las de Amoonguss esparcen un veneno de moderada potencia que va debilitando al objetivo aparte de dormirlo, por lo cual aumentaría la efectividad de la captura. Con respecto a los Shiinotic, son los más interesantes de todos: porque en lugar de envenenarlos, sus esporas pueden inducirlos a un estado de confusión que evita que las criaturas capturadas salgan heridas. Es el método más eficaz e inofensivo al mismo tiempo, aunque psíquicamente pueda acabar dándoles algunos dolores de cabeza.

        —No te emociones tanto, enano —gruñó Gareth, arrebatándole el libro que abrazaba contra el pecho y hojeándolo rápidamente—. Puede que ese tipo les haya hablado sobre los peligros típicos del bosque, pero solo pudo transmitirles información sobre lo que conocía. Dudo que nadie conozca tan bien la noche, la gente de Dendrowth no tiene pinta de aventurarse por Foongu después del atardecer, y lo más probable es que le inventen cuentos sobre monstruos hongo fluorescentes para asustarlos y evitar así que se adentren en el bosque para hacer de las suyas. Siempre que los adultos inventan figuras así para intimidar a los niños, lo que realmente intentan es protegerlos de peligros mucho peores.

        Aquello detuvo a Junk, que nunca habría sospechado que ese tipo pudiera tener en la cabeza algo más que odio o vanidad. Amelia reflexionó algo similar, recordando la historia que el tipo les había contado para que Crixa le soltara la espada de Hiraku, y se preguntó con un nudo en la garganta si cada noche le contaría esa clase de historias sobre el bosque a sus niños solamente para prevenirlos de adentrarse demasiado y cruzarse peligros mucho mayores a las bestias con formas de hongos escurridizos. Sus ojos se posaron inconscientemente en el hombre de Zeio, que se limitaba a alimentar a Absol con algunas bayas, libre por fin de las esposas de su disfraz como prisionero, pero quizás no del todo libre realmente.

        —Hiraku —le dijo entonces, resuelta sin saber por qué—, ¿puedes pedirle a Charcadet que acompañe a Talonflame esta vez? Me preocupa que pueda salir lastimado si se acerca demasiado, y ese pequeño al parecer puede disparar fuego a distancia sin exponerse tanto al contacto directo con los hongos y sus esporas venenosas.

        —¡¿No escuchaste lo que dije, mujer?! —gruñó Gareth, sacudiéndola por el hombro—. ¡No podemos perder más tiempo en este lugar!

        —Será rápido —prometió Junk, juntando las manos delante del soldado—. No estaremos mucho tiempo cuando caiga la noche, con obtener un solo ejemplar para estudiar las esporas ilusorias de Shiinotic será suficiente para dar por concluida esta parte de la expedición. Vamos, no hay Onix en el bosque, y tampoco hay-- —Pero se contuvo a último momento, cuando la imagen del caballero decapitado apareció como un destello sombrío en sus recuerdos. Al final, no necesitó decir más, pues el Charcadet corrió entusiasmado y brincó sobre el lomo del ave roja. Talonflame no esperó el consentimiento del soldado; en cambio, miró de reojo a la piloto que se limitó a señalarle con resignación la ubicación de los Amoonguss en el mapa del bosque. Despegó tras un rastro de plumas ardientes con el pequeño como jinete.

        Mientras Crixa le daba palmadas en la espalda a Gareth y éste se estiraba la cara con las manos, Hiraku dejó a Absol descansando en el sillón y se acercó al monstruario, donde Amelia ahora se ocupaba de revisar la sala de máquinas para asegurarse de que todo estuviera en óptimas condiciones técnicas para el próximo vuelo.

        —Ese pequeñín tuyo es todo un temerario, ¿eh? —dijo ella con una sonrisa al escucharlo llegar, mientras cambiaba los filtros y ajustaba las válvulas de seguridad de la caldera del motor.

        —No es mío, y no necesito pedirle que haga nada —replicó con calma el zeionés, aunque algo en su aura resultaba más sofocante que el vapor que inundaba la sala de máquinas. Tal vez se le había contagiado un poco de esa cualidad siniestra de Absol—. Ya ves que las bestias pueden decidir por su cuenta con mayor autonomía que muchas personas.

        —Si vas a echarme en cara lo que pasó en el bar, te recomiendo que lo hagas rápido o esta cosa se va a poner a silbar en cualquier momento. ¡Uy! —Dicho y hecho, con girar la tuerca más de la cuenta un pistón se salió y el orificio de la válvula comenzó a exhalar un agudo silbido con un chorro de vapor que la piloto esquivó por los pelos, girando la llave rápidamente para cerrarlo nuevamente y volver a sumirse en el arrullo apaciguado del motor. Se giró sobre su hombro y vio a Hiraku ahí, tan quieto como una estatua y tan vivo como un furioso escultor despojado de su cincel.

        —¿Por qué lo permitiste? —dijo él, con la tos y los estornudos de Junk al otro lado del vidrio templado mientras trabajaba en los hongos parasitarios—. Tu negociación con ese hombre me quitó lo más valioso que tenía. ¿Por qué no pudiste ofrecerle tu nave, si tan desesperada estabas por recibir información sobre el bosque?

        —¿Y por qué me lo reprochas a mí exactamente? —arqueó una ceja la piloto, moviendo la cabeza en dirección a la cabina de pasajeros donde Gareth y Crixa probaban blandir el mandoble oscuro del Yelmo—. Esos dos entregaron tu espada, no yo.

        —Porque si tuviera que reprocharle algo a ellos, tendría que matarlos como maté al otro.

        —Te agradezco la oportunidad, entonces —sonrió ella con ironía, y se acarició el cuello con un dedo trazando una línea horizontal—. ¡Respirar es sensacional! ¡Qué alivio saber que en esta nave también viajan nobles caballeros!

        La mano de Hiraku se apretó contra su boca, y la cabeza de Amelia golpeó la caldera. La joven piloto sintió el latón quemándole la sien y la fría piel del zeionés helándole la sangre mientras las pupilas de sus ojos, casi tan claras como las escleróticas, revelaban un par de agujeros negros y diminutos que la miraban con mayor violencia de la que jamás hubiera esperado de su parte hacia ella.

        —Tú manejas aeronaves, no yo —la voz de Hiraku sonaba casi serpenteante, arrastrando las palabras con dificultad más allá de sus colmillos inyectados en veneno—. Créeme: sin tus alas caerías más rápido de lo que rodó la cabeza de ese tipo lejos de su cuerpo.

        Hiraku recién la soltó cuando sintió los gruñidos y forcejeos del pequeño perrito que tironeaba de su hakama. Amelia se agarró el cuello y luego llevó su mano a sus labios, comprobando que el aliento todavía salía de su boca. Sus ojos desencajados no podían abandonar los de Hiraku, pues temía que, de hacerlo, éste la asesinaría antes de que pudiera ver a la muerte llegar. El hombre se apartó un poco, esquivando al pequeño Rockruff que saltó a brazos de la chica y le llenó el cuello de lamidas.

        —¿Sabes algo? Los hombres como ustedes están mejor sin sus armas. ¡O muertos! —le soltó Amelia sin poder disimular su rabia y frustración—. El tipo sin nombre era un cretino, pero tú… Tú estás mejor sin esa espada. Me parece un intercambio justo del destino.

        —No tienes idea de lo que significa —Hiraku le dio la espalda.

        —No tiene por qué importarme, solo es un arma y nosotros solo somos peones de Nova Haven —ella no dejaría la discusión zanjada tan fácil, y levantaba cada vez más la voz para que los demás pudieran escucharla mientras perseguía al zeionés a través de la sala de máquinas y del monstruario, despertando al Manectric adormecido bajo el árbol y al Gligar que pendía de la rama dado vuelta.

        —Por favor, peleen afuera todo lo que quieran —murmuró un encorvado Junk, encimado en su improvisada mesa de trabajo sobre la caja de herramientas que prácticamente había vaciado, levantando una muralla de elementos y herramientas de toda clase a su alrededor en un rincón de la cabina de pasajeros—. Necesito concentrarme con esto.

        —Si quieres estar cómodo y tranquilo te encierro en la caldera cuando gustes —le gruñó Amelia—. ¡Esta es mi nave, que no se te olvide!

        Talonflame y Charcadet recién regresaron con el botín durante el atardecer, cuando los ánimos caldeados se habían disipado lo suficiente como para que la Vivi Brava no estallara por los aires a causa de las peleas entre sus tripulantes. Junk olvidaba fácilmente su condición de prisionero cuando se enfrascaba en su trabajo y le gritaba a cualquiera que perturbara sus pruebas, sin importar si le gritaban más fuerte o le presentaban una espada en la sien como respuesta. Hiraku se había dormido en el monstruario, como si se sintiera más parte de ese mundo que del de pasajeros, incluso cuando Absol pareciera bastante cómoda entre los humanos, mientras que Amelia se quedó sentada de muy mal humor frente al tablero de mando, dejando que la suave voz del Castform que flotaba a su alrededor la reconforte. Gareth y Crixa estaban cortando algunos troncos con el mandoble del Yelmo fuera de la nave cuando dieron aviso a los demás del arribo del ave y el cadete de fuego.

        —¡Fantástico! —Junk saltaba de la nave y abrazaba el canasto repleto de unos hongos enormes con los ojos en blanco y los labios rechonchos abiertos en forma de oes. Estaban ligeramente chamuscados, pero no tanto como para quedar obsoletos, y el chico de Scraptown felicitó al halcón chocando sus cincos con su ala, y al pequeñín dándole palmaditas en la cabeza sin quemarse, pues llevaba puestos sus gruesos guantes de cuero para trabajar.

        Esta vez, el halcón estaba más exhausto y con el plumaje cubierto de un polvo verdoso que se sacudía como si le produjera urticaria. En cambio, Charcadet estaba radiante, como si nada lo hubiera tocado durante aquella pequeña incursión en Foongu. Amelia pensó que Talonflame era un niñero bueno y responsable, y se sintió orgullosa de él. Miró a Hiraku de reojo mientras recibía al pequeño soldadito de fuego que corrió dentro de la Vivi Brava para presumir su hazaña con los demás monstruos, y creyó ver una sombra de sonrisa en su rostro pálido antes de desvanecerse dentro del vehículo.

        Antes de caer la noche sobre el Bosque Foongu, todos eran ya conscientes de que el ave de fuego estaba demasiado agotada como para protagonizar una tercera expedición de recolección de hongos, por lo que no quedaría otra opción más que buscar por su cuenta a los Shiinotic con los que Junk se había obsesionado tanto. Esta vez acordaron que él y Amelia permanecerían en la Vivi Brava, cuidando de ella, mientras que Gareth, Crixa y Hiraku se adentrarían en el bosque escoltados por Gligar, Absol y Charcadet. Manectric se encontraba demasiado débil todavía, y Junk opinó que acabaría volviéndose más una carga que una ayuda para el grupo. Tras cenar temprano un guiso de verduras y setas con un poco de carne al estofado, los soldados se calzaron sus uniformes, además de máscaras de gas que Amelia tenía como parte del equipo de emergencias de la nave y que todos convinieron que serían incluso más necesarias que las armaduras. Dejaron la nave cuando la luna brilló con más fuerza en el reflejo del mar, y se perdieron entre la arboleda con dirección al noreste.


        Continuará…

        Comentario

        • Dickwizard
          Mage of Flowers
          SUPAR PRUEBA
          • dic
          • 17

          #19
          Una parte de mí pensaba que habría dos capítulos en lugar de uno.
          Por ridículo que suene, empiezo a shippear fuerte a Hiraku y a Amelia. Tal vez sea porque Junkun se ve demasiado kun para la oneesama y Hiraku tiene esa onda de bishie edgy. Y una Absol. Principalmente la Absol.

          Ya know, algo que odio mucho, mucho en los fanfics es cuando el autor empieza a describir un Pokémon con lujo de detalle. “Un reptil anaranjado que camina erguido, con el vientre amarillo, cuello largo y delgado con una cabeza que termina en dos cuernos cortos, brazos delgados de tres garras, patas cortas igualmente con tres garras, un par de alas verde oscuro por dentro y una larga cola rematada con una llama”. Para que después el próximo personaje diga CHARIZARD USA LANZALLAMAS. Como si el lector nunca hubiera visto un puto Charizard en su vida, y no pudiéramos hacernos una imagen mental perfecta solo con el nombre.

          Es un comentario tangencial, en todo caso. Solo me vino a la cabeza cuando empezaste a nombrar los hongos y trataba de adivinar cuál era cuál.

          Me gustó el capítulo. Luego de uno intenso como el anterior, hacía falta bajar un poco la velocidad, y nerfear un poco al amarillo que anda rotísimo, kinda. Me encantó el detalle de que parecía más indignado que preocupado de quedarse sin espada, porque tan pronto regresan a la nave, agarra el mandoble del Awelo y ni Crixa ni Gareth que andaban de machitos en el bar se atreven a decirle nada. Algo que no le funciona tan bien a Junk. El niño ya se acostumbró tanto a su condición de prisionero que se le olvida y empieza a actuar como el dueño del lugar. “Calladitos mientras estoy trabajando”. “No te preocupes chino, yo te hago otra escapada después”. “Meh, quiero mejores hongos, vayan de regreso al bosque”. Es genuinamente divertido y ayuda a bajarle la tensión a todo el asunto mientras la pobre Amelia se niega a aceptar que es la persona con menos poder dentro de su propia nave.

          Tanto Crixa como Gareth tuvieron algo más que hacer acá. No me caen mal y da gusto ver que no están ahí solo para hacer bulto y servir de grilletes simbólicos en un cast que fuera de ellos es heroico. Al final los dos idiotas tampoco están aquí porque quieran hacerlo, escoltando a dos “criminales” y una excéntrica a naturaleza salvaje que los puede matar en cualquier momento. Si uno lo piensa, Hiraku está más cómodo acá que entre la gente de un país que lo detesta por existir, Amelia tiene más espíritu aventurero y Junk está donde quiere, investigando y perfeccionando sus invenciones aunque sus circunstancias no sean ideales. En cierto modo, los dos enviados del gobierno son más prisioneros que nadie más a bordo.

          Also, buen detalle que primero ahondamos en el odio racial cultivado tras años de guerra entre un pueblo y otro, en el que los humanos son tratados como bestias por otros y ambos lados son igualmente violentos, mientras que tenemos escenas sutiles en la Vivi Brava con los Pokémon conviviendo en armonía, cuidando unos de otros y mostrando camaradería que roza en lo familiar sin importar sus distintas especies. Es un contraste muy curioso y al mismo tiempo acertado. Si bien en capítulos anteriores hemos visto la naturaleza violenta de los Pokémon, e incluso en este nos recuerdan una y otra vez lo peligroso que son los hongos, estas mismas criaturas son libres del odio tribal que caracteriza el conflicto humano. Tal vez porque los mismos Pokémon han sido, ya sea esclavos de esos humanos, o tratados con amor y respeto por los mismos. Tal vez porque nunca se les instruyó en los mismos prejuicios. O tal vez el bosque champiñón nos dé una oscura sorpresa de noche.

          Nos vemos

          Comentario

          • Tommy
            TLDR?/A tu vieja le gusta
            SUPAR PRUEBA
            • dic
            • 67
            • 🇦🇷 Argentina
            • Buenos Aires

            #20
            En el capítulo de este mes se terminan las aventuras por Foongu (aunque no será el último bosque inquietante que visiten personajes de mis fics en esta historia, pues debo honrar las viejas costumbres), y me pone muy feliz publicar finalmente lo que no solo me parece un capítulo divertidísimo de escribir, sino el preludio a una serie de otros tantos que para mi se van a poner incluso mejor de cara al final de este primer arco.

            Respondo al bueno de Horla (¿cuántos nicks distintos vas a tener hdp? xD!!) y continuamos con las steampunkventuras más locas del foro.



            ---

            Capítulo 07: Las garras de Morfeo

            Allí, en medio de la oscuridad, observaron atentos la guía de las tenues luces que comenzaron a encenderse alumbrando parte del Bosque Foongu. Desde la Vivi Brava, tanto a Amelia como a Junk les costó apartar la vista cargada de incertidumbre a través del parabrisas, incluso si sus ojos ya no conseguían divisar a ninguno de los hombres. Mientras Talonflame dormitaba sobre la rama del árbol del monstruario y Rockruff se acurrucaba contra Manectric, el ambiente se llenó con el ruido de los grillos y el vuelo brillante de las luciérnagas.

            Todo lo ruidosos que eran los insectos en la noche de Foongu lo eran silenciosos los pasos que seguían de cerca al tridente de soldados, ya muy adentrados en el bosque. Gareth portaba el mandoble del Yelmo, pues era más alto que Crixa y le resultaba ligeramente más fácil de transportar que a éste. Hiraku, desarmado, se amparaba en el herido filo de su Absol, que había insistido en ir con ellos presumiéndose más fuerte de lo que estaba en realidad. Y al frente de ellos, Charcadet apuntaba hacia adelante e iluminaba con el fuego en su cabeza la silueta del Gligar que planeaba de rama en rama bajo las copas de los robles. Su llama era todavía muy débil como para que su luz alcanzara los rincones en penumbras desde los que comenzaban a ser acechados.

            —Me preocupan esos dos —murmuró Amelia cuando Junk regresó a su taller improvisado para continuar ensamblando piezas—. Se sirvieron a Hiraku en bandeja de plata.

            —Puedes ir a vigilarlos si quieres —comentó el de Scraptown al cabo de unos segundos, y Amelia resopló.

            —Y dejarte carta libre para escapar, claro que sí.

            —¿Estás de acuerdo con que siga siendo un prisionero entonces? —Junk no la miraba, y la piloto se preguntó si estaría tan molesto con ella como lo estaba Hiraku. Hasta ese día, no se había planteado de qué lado del grupo estaba realmente, y aunque había intentado congeniar con el pobre chico encadenado a esposas y grilletes, lo cierto era que seguía respondiendo por Nova Haven. Después de todo, solo formaba parte de su trabajo como piloto.

            —No —reconoció finalmente, con la incómoda satisfacción de reflexionar sobre ello para poder olvidarse de su miedo por lo que pudiera ocurrirle a los hombres adentrándose en el bosque nocturno—, pero no soy yo la que debe decidir por tu libertad. Solo puedo limitarme a hacer mi parte lo mejor que pueda: si vuelo rápido con Vivi, más rápida será tu liberación.

            —Lo siento —suspiró Junk—, no debería hacerte elegir entre ser una buena trabajadora o una traidora al reino. Es solo que… Ya sabes, no es como si yo hubiera tenido mucha elección desde un principio —A medida que sus palabras se arremolinaban entre su lengua y sus dientes, Junk sentía cada vez más asfixia y agobio. Quizás por el efecto irritante del polvo de esporas flotando sobre su mesa de trabajo sentía que, lejos de adormecerse, sus nervios se enervaban—. Unos elijen luchar, otros servir, otros volar. ¿Qué elección tengo yo en todo esto?

            Amelia hundió las manos en los bolsillos de su corta chaqueta de cuero hasta que le pesó en los hombros. No quería que la escuchara arañándose las palmas de las manos apretando con fuerza sus uñas en dos puños cerrados. Agradeció, incluso, que no viera cómo sus ojos se humedecían rápidamente tras recordar una vez más que estaba hablándole a un chico de catorce años cuya débil voz iba y venía entre el metálico murmullo de las cadenas que lo ataban como si fuera otra bestia. Ese niño no era ninguna bestia, ni tampoco un prisionero de guerra. Nada le había hecho a nadie, y sin embargo ella había aceptado como algo natural que ya varias veces le hubieran presentado afiladas hojas a su cuello solo por pensar en su propia libertad.

            Tuvo que salir a tomar aire porque sentía que se asfixiaba, y porque temía que Castform delatara su condición convirtiéndose en una gota de lluvia. Rockruff la escoltó adormecido apenas escuchó sus pasos sobre la rampa de abordaje.

            —Estoy bien, quédate en la nave y vigílalo —le dijo al can acariciando cariñosamente el mullido pelaje blanco alrededor de su cuello.

            Rockruff agachó las orejas y regresó cabizbajo, dividiendo su guardia entre el chico que trabajaba sin descanso al final de la cabina de pasajeros y la chica que se recostaba contra un árbol y encendía un cigarrillo que apenas y alumbraba una porción de aire y pasto a su alrededor. Las luciérnagas se dispersaron por el fuego encendido. El viento no mecía las hojas ni el humo que ascendía por sus labios en dirección contraria a sus lágrimas. Siguiéndolo, sus ojos buscaron alguna estrella en el cielo despejado sobre el claro, pero ellas también se ocultaban.

            —Espérame —le susurró a la noche de Vernea esperando que, si no era el viento, al menos el humo llevase sus palabras hacia algún lugar lejano.


            Dentro de la Vivi Brava, hacía ya rato que Junk finalizaba su investigación con las esporas de Parasect y Amoonguss. Y aliviado por la inocente mirada de Rockruff al otro lado del pasillo, se limitó a enroscar dos frascos de vidrio tubulares a un compartimento de acero atornillado a un mango de cedro. Sus ojos perdidos en algún lugar bajo el polvo de esporas, la humedad del vapor y el cristal de los goggles se enfocaban con atención en las páginas del libro abierto que mostraban la precisa ilustración de varios peces asomando fuera del agua.


            Los tres hombres y las tres bestias avanzaban a través del pastizal entre las altas torres de madera que eran los árboles hacia el noreste de Foongu. La humedad era tal que una tenue neblina discurría entre los troncos, y la densa espesura en las hojas de las copas hacía imposible divisar el negro cielo sobre sus cabezas. Hiraku iba bastante más adelante que los otros dos, que mantenían una distancia prudencial guiados por la tenue luz de la llama en la cabeza del Charcadet que iba sobre el lomo de Absol. Sobre ellos, sigiloso y cauto, Gligar planeaba de rama en rama enganchándose con sus pinzas e impulsándose con su larga cola de escorpión, dejando que la débil brisa arrastre su vuelo como otra hoja más desprendiéndose de los árboles.

            —No pienso matarlos, si eso les preocupa tanto —murmuró el zeionés mirando al frente, cuando las pisadas de Gareth y Crixa llegaban cada vez menos a sus oídos—. Les recuerdo que estoy desarmado, y que ustedes incluso portan el mandoble del otro.

            —Esas bestias son tus armas —señaló Gareth, que descansaba el pesado mandoble de hierro sobre la hombrera de la armadura.

            —¿Debería preocuparme también por tu Gligar, entonces?

            —No —le sonrió el soldado—. Mientras no intentes nada estúpido.

            Hiraku asintió sin detenerse.

            —Haku y Muryo tampoco serán armas si ustedes no hacen nada en mi contra.

            —Muryo… —repitió Crixa en voz baja. Rápidamente comprendió que se refería al Charcadet que alumbraba el camino más adelante.

            —Significa “Libre” —se limitó a explicar Hiraku—. Si no se empecinaran en ponerles esos collares e inyectarles veneno en los cogotes para doblegarlos, probablemente las bestias se entenderían mejor con ustedes.

            Gareth sacudió la mano en el aire como para disipar la gravedad que exhalaban sus palabras.

            —Gligar no tiene problemas con eso —aseguró—. Algunos como él hasta se hidratan con el veneno.

            —El Doktor Lazarus cree que, lejos de debilitarlos, los fortalece —añadió Crixa, que había seguido con interés los postulados del hombre de progreso de mayor confianza del rey. Hiraku chasqueó la lengua.

            —¿Y sobre cuántos muertos tuvo que pararse para afirmar eso?

            Detuvo sus pasos tan pronto como oyó la rama partiéndose sobre su cabeza. Instintivamente se echó hacia atrás y levantó la vista, anticipándose a un ataque en picada del Gligar por hablar mal sobre su proveedor de sustancia, pero el escorpión alado cayó tendido en la hierba como un peso muerto. En su lugar, en las alturas, una bestia de pelaje blanco y negro tomaba entre sus manos el duro melón que había usado como proyectil, listo para descargar su peculiar artillería sobre ellos con una voltereta sobre la rama subsiguiente.

            —¡Cuidado! —le advirtió a Crixa a Gareth, empujándolo hacia un lado y dejando pasar zumbando el esférico que rebotó con un fuerte estruendo sobre el tronco de un árbol antes de regresar nuevamente a las manos del primate que se precipitaba sobre ambos. La criatura parecía un lémur tan grande como un gorila, y tanto sus ojos rojos como su morro terminado en ganchudos colmillos babeantes como su gruñido agudo mientras se erizaba enroscando su larga cola en el balón natural indicaba una sola cosa para todos: peligro.

            —¿Eso les parece un hongo? —gimoteó Gareth poniéndose de pie rápidamente para repeler un feroz envite del proyectil, que se estroló sobre su escudo antes de regresar una vez más a las manos del ágil monstruo receptor, que ya corría en su contra y pegaba un salto para descargar otro ataque sobre sus cabezas.

            —Haku —atinó a decir Hiraku, y como si su nombre activara un chip oculto en algún lugar de su memoria muscular, Absol se interpuso a toda velocidad entre la trayectoria del proyectil y el rostro de Crixa, tiñendo de negro la hoz en su cabeza y reforzando su maltrecho filo por una hoja el doble de larga, sacudiendo su cuerpo hacia abajo y lanzando un corte tan certero que dividió en dos mitades idénticas la fruta, que se desvió hacia los lados hasta perderse más allá de la arboleda a sus espaldas.

            El primate clavó sus talones y nudillos en la tierra con el rostro desencajado mientras la bestia de la guadaña asumía posición de combate desafiándolo delante de los humanos. ¿Acaso estaba al servicio de ellos? Jamás había visto algo semejante, pero sus sentidos estaban de por sí lo suficientemente alterados como para detenerse por la impresión, y con un aullido rabioso se echó a correr cargando un topetazo sobre Absol. En su camino se interpuso Crixa, aguantando el choque con el escudo en su antebrazo. Gareth blandió el mandoble con ambas manos, trabando sus músculos y girando por el otro lado para asestarle un corte al simio que apoyó las patas sobre el escudo y se impulsó hacia atrás con una voltereta, eludiendo el arma que acabó enterrándose entre dos piedras junto a un árbol. Haku lanzó un mordisco al mono, pero éste la eludió y se la sacó de encima con un coletazo al tiempo que se lanzaba nuevamente para atacar al hombre que inútilmente intentaba arrancar el arma de las piedras para seguir peleando.

            —¡Te dije que era mala idea traer esa cosa! —le reclamó Crixa, desprendiéndose la correa de la espalda y arrojándole una segunda espada a Gareth, mucho más liviana—. ¡Solo el desquiciado sin nombre podía usarla bie--!

            ¡Clank!

            El reclamo de Crixa no llegó a sus oídos, pues Gareth apenas atinó a desenvainar parcialmente la espada que acababa de arrojarle, y las garras del mono rasgaron la hoja de acero causando un estruendo de metal que ahuyentó a una bandada de cuervos de las copas de los árboles. Hiraku fue el único en percatarse de aquello: probablemente las aves estuvieran a la espera de su alimento nocturno predilecto. Decidió que no les daría el gusto, y corrió sobre el simio con sigilosos pasos, arrancando el mandoble de la tierra y la piedra con los brazos en alto mientras los dos soldados eran sujetados por el cuello por la bestia enajenada. Crixa atinó a hundir un cuchillo que sacó de su tobillera en un costado de la bestia, pero el puño se cerró con tanta fuerza alrededor de su cuello que pensó que le explotaría la cabeza un segundo después. Y sin embargo, lo único que explotó fue la dura baya hueca que el primate usaba como casco para protegerse. El cuerpo del simio desapareció bajo la ancha hoja aplanada del mandoble que el de Zeio hizo descender como un robusto mosquitero sobre él, aplastándolo contra el suelo bajo todo el peso de su hierro.

            —No es él —advirtió Hiraku antes de que Gareth pudiera quitarle la vida al agresor con la espada que Crixa le había pasado, deteniéndolo en seco con una mano en alto mientras la otra presionaba firmemente el mandoble contra el cuerpo aturdido y debilitado del primate. Se agachó con cuidado apoyando un pie sobre el brazo del mono y levantó un párpado para confirmar que su ojo estaba completamente teñido de un fuerte tono violáceo, con las pupilas dilatadas y el morro olfateando el aire desesperadamente—, está bajo el efecto de la confusión. Deben ser las esporas hipnóticas de las que nos habló Junk.

            —Quiere decir que no debemos estar lejos —a Crixa le resultaba casi tan difícil hablar como mantener firme la espada entre sus dedos, pues la adrenalina hirviéndole la sangre y acelerándole las pulsaciones todavía estaba fuera de control. Gareth guardó su espada con un “Tsk” antes de correr junto al Gligar caído, levantándolo en brazos y asegurándose de que todavía respirase.

            —Menos mal que solo era uno —atinó a decir viendo el enorme chichón entre las puntiagudas orejas del alacrán volador. Un segundo después se arrepintió de haberlo hecho, pues un coro de aullidos distantes creció en las entrañas del bosque, junto con el inquieto agite de los troncos y las copas de los árboles a través de los cuales una horda parecía aproximarse a toda velocidad.

            —No tenemos oportunidad contra tantos —aseguró Hiraku, arrojando el mandoble al suelo antes de agacharse junto a Haku, que había recibido un duro coletazo en el rostro y tenía un hilo de sangre entre los ojos. Intentó cargar a la bestia sobre su hombro para llevarla a cuestas, pero Absol, orgullosa, se puso de pie por sus propios medios y se alejó con un gruñido mostrando lo fuertes que se encontraban sus patas todavía. El zeionés suspiró y se volteó hacia los soldados—. Guarden sus espadas y corran.

            Gareth lo dudó un segundo más que Crixa, mirando el mandoble caído con inquietud, pues se trataba de un arma valiosa y el único rastro de aquél al que Hiraku había asesinado a sangre fría en Wreckstone. Sin embargo, el coro de aullidos salvajes acercándose peligrosamente desde el sudeste lo hizo recapacitar, y cargando a Gligar en sus brazos corrió tras sus compañeros siguiendo el faro de luz en la cabeza de Charcadet, guiándolos hacia las entrañas de Foongu.

            No se detuvieron cuando los primeros proyectiles llegaron desde las alturas, impactando contra rocas y troncos y sacudiendo árboles por la potencia con la que aquellas bayas sólidas eran arrojadas. Tampoco lo hicieron cuando algunas arañas de patas amarillas y púrpuras se interpusieron en su camino tejiendo telarañas para aprisionarlos, saltando sobre sus hilos viscosos y cortándolos con sus espadas finas para esquivarlas a tiempo, con la esperanza de que quizás ellas pudieran encargarse de la manada de primates. Corrieron incluso mucho después de que sus piernas les comenzaran a doler, cuando el aire ya no les llegaba apenas a los pulmones, y cuando el sudor empapando sus rostros en el húmedo corazón del bosque les nubló tanto la visión que dejaron de ver el fuego del monstruo adelante.

            La luz de la luna y las estrellas no llegaba ahí, pero ya tampoco los ruidos amenazantes de la periferia. No alcanzaron a ver a los simios armados que les dieron caza esa noche, ni a las arañas ni a ninguna otra criatura buscando su muerte. Y aunque aquello alivió a Crixa y Gareth, a Hiraku solo lo preocupó más. Se echó los mechones de cabello que caían sobre su frente hacia atrás con una mano y entornó la mirada, agachándose sobre el fuego de Charcadet y acariciándole la espalda para tranquilizarlo, pues temblaba sin parar con la mirada fija en un punto distante. A través de la llama oscilante pudo verlo más allá entre los troncos: la silueta de un monstruo alto y delgado que se mecía como un espejismo, deslizando largos tentáculos al ras del pastizal a través del cual comenzaba a soplar un viento enrarecido que elevaba brillantes motas de luz alumbrando todo lo que el dosel arbóreo no podía.

            —Quietos —les advirtió a los hombres que con cada movimiento de sus cuerpos hacían rechinar sus armaduras blancas—. Muryo, necesito que te prepares.

            Charcadet temblaba como una hoja al viento. Sin embargo, tomó todo el aire que pudo y su cabeza asintió una sola vez con convicción. Absol, a su lado, esbozó una sonrisa desafiante mientras sus rojas pupilas se encogían: era la que mejor se manejaba en la oscuridad, y podía ver con claridad no solo a la criatura que acechaba silenciosa entre las sombras de los árboles, sino a muchas otras como ella un poco más alejadas, meciéndose como si estuvieran sumergidas en el oleaje marino manteniendo las membranas en sus anchas cabezas apagadas para no ser detectadas por los humanos. Pronto, una nube de esporas brillantes envolvió todo a su alrededor. Sintió la caricia de aquellas luces ablandándole los músculos, y las apartó con un corte de su hoz en el aire antes de desvanecerse por culpa de ellas. El pasto se removió un poco hacia el frente, y una criatura diferente apareció dando alegres saltitos deslizando sus dedos largos y delgados al ras de la tierra: era un hongo vivo e inquieto, de eterna sonrisa vacía acompañada por dos ojos inexpresivos, con un sombrero lila que emitía una luz fluorescente de un intenso rosa. Ante su presencia, las esporas lumínicas comenzaron a parpadear, como si les advirtieran del peligro inminente.

            Shii, noo... —canturreó la criatura ladeando un poco su cabeza, como si no hubiera visto humanos en mucho tiempo por su territorio. Su voz era aguda y áspera como la de un anciano moribundo, y aunque sus palabras fueran escasas e incomprensibles, el fuerte brillo sobre su cabeza pareció querer decirles mucho más. Pero no les hablaba a ellos, claro, sino a todos sus compañeros que, como él, se acercaron entre saltitos y alegres cánticos del bosque invocando un auténtico cosmos de esporas parpadeantes. Crixa, Gareth y Hiraku dejaron de respirar, y sintieron un truculento cosquilleo enroscándose en sus tobillos.

            Muryo, el pequeño Charcadet, sintió un pánico apoderándose de él tan pronto como sus piernas flaquearon por el efecto de las esporas, y soltó un chillido de terror haciendo crecer la llama en su cabeza como una columna ardiente que hizo retroceder a los Shiinotic justo antes de poner sus manos al frente y comenzar a disparar bolas de fuego contra ellos, devorándose a las esporas en el proceso. Fue entonces cuando Haku, la Absol, aceleró entre la maleza agachando su cabeza para perderse de vista, y extendiendo su cuerno afilado comenzó a cortar los dedos de aquellas peculiares criaturas, que se hundían bajo tierra y crecían por debajo de los tobillos humanos. Los hongos vivos chillaban de dolor y borraban las sonrisas en sus rostros, agachando sus sombreros hasta desaparecer tras ellos y disparando flashes de luz cegadora que repelían a la bestia de sombras.

            —¡Mierda! —Gareth se arrancó una raíz del tobillo levantando la pierna y cortándola con su espada cuando sintió una aguja clavándosele en la piel a través de ella. Paralizados de miedo como estaban, sin querer alertar a más depredadores ni inhalar las esporas en el aire, habían descuidado sus pies apresados ahora por aquellas radículas—. ¡Gligar, basta de holgazanear! —Y, jalando con su mano de la cadena alrededor del cuello de su monstruo achichonado, soltó una descarga de Gota en su sangre para revitalizarlo con la eficacia que un shock eléctrico jamás habría podido conseguir. El murciélago se levantó de un salto sobre su hombro y levantó vuelo con los ojos teñidos de púrpura, afilando sus garras, colmillos y aguijones al detectar a las plantas inquietas a su alrededor—. ¡¡Córtales la cabeza!!

            —Mejor que controle las llamas —le advirtió Hiraku en voz baja antes de dirigirse nuevamente a Charcadet—. ¡Muryo, necesito que nos rodees por un aro de fuego!

            Pero el pequeño cadete solo atinaba a disparar con los ojos apretados al frente, quemando un camino del que los Shiinotic ya se habían apartado concentrándose en encandilar y aturdir a la Absol más allá. El de Zeio chasqueó la lengua y avanzó hasta el Charcadet, sujetándolo con firmeza por la cintura y levantándolo por los aires sin que deje de expulsar su metralla de ascuas por las manos, dando un rodeo y encendiendo así un muro de llamas alrededor que consiguió mantener a raya a las plantas andantes.

            Gligar volaba en círculos sobre ellos y lanzaba tajos con sus ganchudas garras, invocando la fuerza del viento con su aleteo y formando ondas de aire cortante que peinaban los sombreros bioluminiscentes de los Shiinotic, apagándolos definitivamente y haciéndolos rodar lejos de Haku, que repelía a los que podía, a ciegas, lanzando zarpazos con sus garras oscuras mientras era envuelta por un torbellino de esporas incandescentes.

            —¡Despeja las esporas! —ordenó Gareth a su Gligar, que voló sobre Absol y batió sus alas con todas sus fuerzas para disipar aquellas que la atontaban.

            —Gracias —asintió Hiraku ante el gesto de su compañero, pero éste se quitó su gratitud de encima como limpiándose la mugre de la armadura.

            —Si esa bestia puede mantenernos con vida, sería estúpido de mi parte dejar que cayera ahora —gruñó el soldado de Nova Haven, aunque por dentro se sentía aliviado de que Gligar todavía pudiera combatir para ellos. Entonces, un grito desesperado lo sobresaltó, y algo chocó contra sus piernas desestabilizándolo—. ¡¿Qué te pasa, Crixa?!

            —¡¡Ahí llegaron, llegaron!! ¡¡Son enormes!!

            Crixa tenía los ojos tan abiertos que Hiraku pensó que podrían salírsele de las cuencas. Se arrastraba entre la hierba, retrocediendo hasta que el aro de fuego que los protegía comenzó a quemar el acero de su armadura, con su brazo extendido apuntando más allá del fogón, pero ni Hiraku ni Gareth consiguieron ver lo mismo que él estaba viendo, encorvado, asomando entre el crepitar de las llamas. Era una bestia de más de tres metros de altura, con piel verde y picos rojos creciendo en su columna vertebral. Tenía garras ganchudas del mismo color asomando bajo su cuello terminado en pétalos de escamas, y el aspecto feroz de un terópodo que respiraba las esporas y las llamas como si fueran inofensivas.

            —¡Crixa, contrólate! ¡Es el efecto hipnótico de las esporas! —advirtió Gareth, pero Crixa ya había empuñado su espada y arrojó estocadas al aire levantando brasas ardientes. Estuvo muy cerca de cortar a su compañero, que tuvo que alejarse hasta el otro extremo del anillo ígneo que ya no se sentía tan protector para con ellos.

            La bestia más allá de las llamas, agazapada sobre sus vigorosas patas traseras como un depredador jurásico, sacudió su larga cola ante el pavor de Crixa, que veía cómo su piel atravesaba el fuego sin quemarse, moviendo su espada de un lado al otro como si su hoja estuviera hecha de papel y no de acero. El joven soldado raso no entendía qué sucedía con su cuerpo ni con su entorno, y no podía sentir el calor expandiéndose por su espalda, derritiendo su armadura y abriendo un agujero en la tela de su malla hasta lamer su piel. Recién entonces dejó escapar un desgarrador grito de dolor, lanzándole su espada a la ilusión proyectada entre sus ojos. La hoja giró por el aire atrapando algunas llamas al cruzar el aro de fuego y se clavó en un árbol del otro lado, iniciando un tímido incendio que rápidamente se envalentonó. Hiraku lo tomó por los hombros antes de que se adentrara completamente en las llamas y se quemó las manos con el acero al rojo vivo de la armadura.

            —¡Muryo, absorbe las llamas! ¡Gareth, dile a Gligar que controle ese incendio o tendremos a todo Dendrowth sobre nosotros en cualquier momento!

            Pero Gareth no lo escuchó, pues había decidido que el terror y el sofocante calor que los envolvía eran demasiado como para aguantarse la respiración. Las esporas se metieron en sus canales respiratorios y alteraron todos sus sentidos, pero lejos de sumirlo en un sueño profundo, lo sacudieron desde los tobillos por una vertiginosa pesadilla que invocó rápidamente toda clase de reptiles verdosos correteando entre las llamas a su alrededor, haciendo temblar la tierra mientras le dedicaban medias sonrisas torcidas y llenas de ganchudos colmillos.

            Charcadet corría en círculos acariciando el fuego con sus manos para regresar las llamas a su cuerpo como si se diera un baño con ellas, y Gligar volaba junto al árbol que ardía desde la herida provocada por la espada de Crixa invocando una ráfaga de viento que solo parecía expandir más el fuego. Desesperado, el murciélago pisó tierra y convirtió el aire en arenilla, arrojándola para contener el fuego que rápidamente alumbraba todo allí como si se hubiera hecho de día. Una lengua de humo negra brotó entre las copas de los árboles como un grito de terror proferido por el mismo bosque. Desde las ramas, a lo lejos, los simios blancos y negros colgaban atónitos y expectantes. Los cuervos volaban en círculos alrededor de la lengua de humo, al acecho. Incluso los Shiinotic se habían alejado ahuyentados por las llamas que se propagaban como plagas en el núcleo de Foongu, repelidas débilmente por la tierra de Gligar y las manos de Charcadet que no podían abarcarlas a todas.

            Haku se tambaleaba más allá, con un ojo entreabierto fijado en las únicas criaturas que no parecían temerle ni al fuego ni al filo de las espadas o de su propio cuerno: aquellos espectrales entes tentaculares que hundían sus raíces bajo tierra, listos para un banquete. Les dedicó un débil gruñido de advertencia, sabiéndose ya demasiado débil, desgastada por la cruenta lucha contra los Onix en Wreckstone y por las esporas que invadían su organismo y nublaban sus sentidos rápidamente. Se maldijo por no poder ser un poco más fuerte en ese momento para proteger a Hiraku tal y como había prometido tiempo atrás, y lo último que vio antes de perder la consciencia fue a esas ominosas siluetas comenzando a avanzar silenciosas desde la arboleda.

            Cuando Gareth presentó su espada a las bestias que se materializaban entre las llamas dentro de su propia cabeza, las dos manos de Hiraku se cerraron sobre la hoja y se la arrebataron con un feroz movimiento. En la mente de Gareth, aquel fue un salvaje coletazo de aquellos reptiles prehistóricos que habían llegado a devorárselos, mientras una maraña de tentáculos emergía de la tierra a sus espaldas envolviendo sus brazos y sus hombros y su cuello y las luces en los cascos anchos y negros de las medusas terrestres emitían un parpadeo amarillento.

            Hiraku giró sobre su talón y asió la empuñadura del arma de Nova Haven: era mucho más pesada que su tachi, y la guarda alargada le dificultaba maniobrarla con soltura, pero aun así consiguió hacerla girar por el aire entre sus dedos para cortar los tentáculos antes de que estos comenzaran a drenar toda la vida de su compañero. Una lluvia de sangre púrpura empapó su cabeza y disipó las llamas suficientes para que pudiera arrojarse a través de ellas, saltando entre la hierba con la espada en alto y trazando un silbante corte descendente sobre el primer monstruo con forma de medusa que se le acercó de frente. La bestia retrocedió como nadando en la hierba y evitó el corte, emitiendo un sonido de otra dimensión a través de su boca en forma de pico tubular, que hinchó antes de expulsar una bomba de fango directamente sobre él. Hiraku rodó a tiempo para evitarla, consiguiendo de paso que el barro apagase aún más el fuego, y le gritó a Charcadet y Gligar que arrastrasen fuera a los soldados caídos. Las bestias se dispusieron a hacerlo, pero nuevos tentáculos asomaron desde las entrañas de la tierra como víboras encantadas y se extendieron para repelerlos con sendos latigazos. Vio a las medusas ocultándose entre los troncos, ansiosas por estrangularlos y drenar cada gota de vida de sus cuerpos, y corrió hacia ellas con un grito de rabia, cortando los árboles con la espada y a ellas, cobardes, que intentaban defenderse del filo de su furia tras una madera que no podía rivalizar contra su acero.

            ¡Shii! —oyó un chillido de terror entre unos matorrales cercanos mientras destajaba a dos medusas con su corte horizontal. Sin siquiera reparar en qué le temía tanto, se limitó a hundir la espada entre las hojas, sacando de allí el cuerpo inerte de uno de los Shiinotic que no había conseguido escapar del fuego ni de las armas humanas. El hongo inquieto yació muerto y liviano, sostenido solo por la larga hoja salpicada, y se dobló como marchitándose sobre el acero hasta que Hiraku la sacudió lejos de él, evitando grabarse otro rostro muerto en su retina. Estaba comenzando a desesperarse, pero era eso precisamente lo que habían ido a buscar.

            Otro matorral se movió a cinco metros de él, justo en el lugar donde Haku había perdido la consciencia. Torció su cuerpo hacia ella, y entonces vio cómo dos tentáculos envolvían sus patas traseras llevándosela a las tinieblas, donde otra medusa terrestre aguardaba hambrienta por su presa. Escupió sangre y empuñó el arma con sus dos manos, cargando en su contra con un grito de rabia cuando dos de aquellos monstruos tentaculares se dejaron caer colgando de las ramas de los árboles delante de su rostro y dispararon una nube de esporas justo sobre él. Hiraku cayó rendido sin saber qué lo había derribado, pero lo último que sus sentidos pudieron percibir fueron los gritos distantes de Charcadet y Gligar y el intenso aroma a pasto quemado por el fuego que ardía a su lado.


            En sus sueños, sin embargo, sintió un frío inmisericorde helándole la sangre. Fue un sueño tan vívido que le hizo doler la cabeza, y se incorporó rápidamente en medio de una noche calma y silente. El pasto a su alrededor estaba negro y blanco, casi no había verde para ver en el suelo. Llovía dócilmente sobre las últimas llamas agónicas en un rincón, y una mujer exhausta acariciaba las plumas revueltas del halcón en su brazo, en medio de un despilfarro de bestias con hongos en las cabezas y espaldas.


            —Ya era hora de que te levantaras —le dio un golpe en el hombro Gareth, que masticaba una baya dulce y rosa contra su voluntad—. Estábamos a punto de marcharnos sin ti.

            —¿Dónde está Haku? —fue lo primero que atinó a preguntar, recordando haber visto cómo se la llevaban las medusas unos segundos atrás. Un ladrido más allá le brindó la respuesta: Rockruff se hallaba junto a la Absol que parecía levantarse de una plácida siesta y lo miraba con misterio apañada por las sombras. A su lado, Manectric las combatía débilmente con un resplandor eléctrico en las partes doradas de su pelaje. El hombre de Zeio suspiró de alivio al comprobar que tanto ella como el Charcadet se encontraban bien—. ¿Tenemos los hongos?

            —¿Puedes dejar de ser tan metódico por un minuto? Estuvimos a punto de morir otra vez —bufó Crixa agarrándose la cara, con la imagen de aquellos reptiles verdes y rojos todavía demasiado vívida en sus recuerdos, incluso si jamás hubieran estado ahí realmente, pues lo que se hallaba tendido en el suelo a sus pies y medio chamuscados eran monstruos de apenas un metro y medio de altura, con brazos demasiado cortos y sin aquellos terribles colmillos que le habían helado la sangre—. De no ser por Starling y su monstruo del clima, todo lo que quedaría de nosotros serían, quizás, pieles vacías y arrugadas como pasas de uva.

            Recién entonces se percató de su presencia, incluso resaltando tanto en medio del páramo ennegrecido y chamuscado, con su rojo cabello y su imponente halcón reposando sobre su firme brazo extendido como únicos vestigios del fuego que había ardido en ese lugar para consumir a las bestias que intentaron depredarlos: Amelia ni siquiera lo miraba, preocupándose en cambio por felicitar la labor de Charcadet y Gligar, que le sonreían embobados como si también fueran conscientes de su encanto natural. Sobre ella, entre nubes diminutas que comenzaban a disiparse, el pequeño Castform regresaba a su forma neutral y recibía una caricia por parte de la mujer.

            Hiraku se puso de pie y avanzó hacia ella con largas zancadas. Justo cuando Amelia estaba por darle la espalda, éste la zamarreó del brazo para enfrentarla.

            —¿Dejaste a Junk en la nave? —le costaba enfocar la vista, pues el efecto residual de las esporas todavía hacía algo de mella en sus sentidos, pero pudo ver con claridad la mueca de desprecio formándose en los labios de la piloto, que se lo quitó de encima con un sacudón de su brazo. O eso creyó: realmente lo puso a salvo a tiempo de un picotazo ardiente del Talonflame en su otro brazo, listo para darle una lección por meterse con ella. El halcón desplegó sus alas y gañó con fuerza, pero una caricia de la muchacha bastó para apaciguarlo.

            —Tomé una decisión —replicó ella, ahora sí, dándole la espalda—. Creí que pensabas que eso nos correspondía hacer a los humanos y a las bestias. Crixa, dale una Baya Persim así se le acomodan de nuevo las ideas.

            Crixa le arrojó una fruta idéntica a la que Gareth terminaba de pasar con un trago de agua de un charco formado por la lluvia de Castform. Hiraku la observó con una ceja arqueada y, cuando se vio más dedos de los que realmente tenía, decidió que no sería mala idea probarla.

            —Lo siento —dijo finalmente, dedicándole a Amelia una reverencia que no se molestó en verificar, pues se alejaba entre los cuerpos marchitos descolgándose el morral cruzado y dejándolo en la hierba.

            —Recojan a los que puedan servirnos y regresemos. Quiero irme de este maldito bosque antes de que amanezca y quedemos a merced de los centinelas de Dendrowth.

            Usaron sus espadas para cortar los sombreros y raíces de los Shiinotic menos chamuscados, y Gareth incluso se cargó al hombro una de las medusas de tierra creyendo que Junk podría sacarle bastante jugo a sus poderosas esporas, o quizás asarlo a la parrilla para comérselo como premio por su esfuerzo. Hiraku se ocupó de juntar algunos hongos de Kinogassa, o Breloom, como el chico de Scraptown los había llamado de acuerdo a ese libro al que estaba tan apegado. En Zeio se utilizaban para preparar brebajes vigorizantes, y pensó que podrían ser útiles para otra ocasión, aunque no pudo evitar sentir un poco de lástima por aquellas bestias que eran las únicas a las que no había visto atacarlos más allá de las ilusiones inducidas por las esporas de Shiinotic. Cargaron todo en el morral y en un saco que habían llevado especialmente para la misión, y en menos de treinta minutos abandonaron el lugar antes de que el aroma a sangre atrajera a más depredadores.

            Regresaron en silencio, sabiendo que en un lugar como ese debían ahorrar cualquier resto de energía para sobrevivir a una emboscada de cualquier clase. Ya estaban lejos del corazón de Foongu, pero no del de la noche, cuando una silueta en su camino corroboró sus sospechas: no se hallaban a salvo todavía. Sin mediar palabra, Crixa no dudó en pasarle su espada a Hiraku ante la desdeñosa mirada de reojo de Gareth. Lo primero que Amelia temió fue que Junk hubiera escapado de la Vivi Brava, pero aquella figura bípeda de metro y medio no era Junk, y sus escamas verdes les hicieron pensar a Crixa y Gareth que se trataba de uno de los reptiles que los Shiinotic habían creado con sus esporas para asustarlos.

            —Juptile —murmuró el de Zeio dando un paso al frente, con la espada baja—, no queremos pelear.

            El reptil despegó su espalda del árbol y se posicionó frente a él con un suave tintineo de las cadenas rotas alrededor de su cuello. Un halo de luz blanquecina transformó las hojas que brotaban de sus delgados brazos en un par de dagas ganchudas con dientes serrados. Aquello significaba que él quería algo distinto, y sus ojos amarillos se entornaron al repasar las expresiones de temor de los humanos que acompañaban al de Zeio.

            —¡Ya eres libre! ¿Por qué escoges esto? —insistió Hiraku, y Charcadet corrió a su lado con entusiasmo, sacudiendo sus brazos en alto para saludar al gecko que no había reparado en su presencia. Al ver que no llevaba nada alrededor de su cuello, el lagarto torció una irónica sonrisa en su morro antes de hacer rodar sus pupilas.

            —Por favor —gruñó Gareth con hastío, avanzando raudo entre los dos mientras desenvainaba su espada—, ¿cuándo fue la última vez que entablar diálogo con estas bestias sirvió para algo? ¡Apártate de nuestro camino, lagartij--!

            La lengua de aquel humano le molestaba, así que se la quitó con un suave silbido de viento. Estuvo a punto de tragársela junto con un chorro de su propia sangre al caer de bruces sobre la hierba, pero las garras del reptil tiraron de sus dientes manteniéndole la boca bien abierta y la mirada fija en el cielo vacío que asomaba entre la timidez de los árboles. Las lágrimas se le escaparon de los ojos, el silbido afilado que le había arrancado la lengua todavía arremolinándose en sus oídos hasta tapar los gritos de horror de Amelia y Crixa a sus espaldas. Manectric aulló envolviendo sus garras en cordones eléctricos y Gligar chilló desplegando sus alas y tiñendo de veneno el aguijón en la punta de su cola. Ambas bestias se lanzaron sobre el inesperado agresor solo para llevarse un corte en forma de cruz que se abrió en sus frentes al unísono, tan certero como para sacudirles el cerebro y derribarlos tras una cortina de polvo que sus cuerpos inertes levantaron al derrapar sobre la tierra.

            —¡Talonflame, por favor! —se cubrió los labios Amelia, retrocediendo y susurrando entre sus dedos temblorosos para que el reptil no consiguiera oír su orden, pero tan pronto el halcón desplegó sus alas, una ráfaga de acero lo expulsó junto a la piloto hacia atrás, y el manchón verde se cruzó con el azul que trabó el filo de su espada con el de las cuchillas en sus brazos, deteniendo Hiraku al monstruo encadenado antes de que éste pudiera cortarla.

            Crixa levantó un escudo sobre la cabeza de la joven cuando el monstruo alado gañó preso de una rabia asesina y agitó sus alas con todas sus fuerzas desatando una corriente de aire ardiente que encendió varias llamas sobre el pastizal. Hiraku sintió cómo la espalda le quemaba, y el reptil endiabladamente ágil saltó sobre su espada y se impulsó hacia atrás con sus dos patas pegando una voltereta muy alta hasta colgarse de una rama alejada de las ráfagas invocadas por Talonflame. Sin descanso, el lagarto voló por los aires con un salto que trazó una estela blanca tras su imagen residual y blandió un nuevo corte de sus brazos contra el volador, pero éste plegó sus alas y giró como un torbellino de fuego evitándolo con holgura. El corte se lo llevó otro árbol detrás del grupo, y todos tuvieron que apartarse corriendo cuando el tronco se vino abajo súbitamente, sacudiendo la tierra bajo su peso.

            —¡Castform, necesitamos nieve! ¡Talonflame, por favor, no quemes el bosque! —gritaba Amelia sin salir del shock por haber visto la muerte verde apareciendo frente a sus ojos en un santiamén.

            —¡Esa bestia era del Sin Nombre! ¡¡Tú la trajiste hasta nosotros, con su sed de venganza por lo que le hiciste a su dueño!! —le recriminó Crixa a Hiraku, como si lo que Gareth chillaba entre gárgaras ahogándose con su propia sangre se materializara en su boca. El de Zeio hizo caso omiso a las acusaciones y, en cambio, corrió sobre el árbol caído para ganar altura y cazar por el tobillo con un salto al lagarto que se lanzó en picada sobre Talonflame, arrojándolo lejos con todas sus fuerzas.

            Sobre ellos, el compañero de Amelia que anticipaba el clima reveló ser también capaz de moldearlo a su gusto libremente, pues con solo soplar invocó en las alturas una gélida nevada acompañada por granizo que rápidamente tiñó la hierba de blanco y entorpeció tanto el vuelo furioso de Talonflame como los peligrosos saltos del reptil verde con dagas en los brazos. Hiraku corrió hacia él mientras se quitaba la escarcha de las escamas y se cubrió tras el filo de la espada que Crixa le había pasado.

            —¡Te dije que no somos tus enemigos, Juptile! —ladró Hiraku al monstruo que había roto sus ataduras de las garras del Yelmo, pero éste se limitó a arrojarle una bola de nieve a los ojos antes de intentar rebanarla con un rápido movimiento de su brazo diestro. Sin embargo, Castform disparó una bola congelada que estalló en una lluvia de cristal cuando el corte del lagarto la alcanzó, permitiéndole al espadachín apartarse a tiempo rodando hacia atrás.

            Rockruff le ladraba furioso junto a los cuerpos inconscientes de Manectric y Gligar, y fue el único que notó a la sombra blanca fundiéndose con la nieve y flanqueando dos árboles a espaldas del reptil antes de lanzarse con un salto salvaje sobre éste, hundiéndole las garras negras en los hombros y rodando entre la escarcha mientras teñía la hoz en su cráneo, lista para darle muerte al agresor.

            —¡Haku, no lo hagas!

            El reptil se la sacó de encima con un corte a su estómago y se impulsó con una patada en su rostro hacia atrás, esquivando por poco un tajo oscuro que partió dos árboles más a un costado, derribándolos. La madera se quebró con un nuevo envite verde, pero ahora fueron los filos hermanados de Haku y Hiraku los que rebatieron el doble corte de sus dagas. El lagarto se impulsó con sus patas en las hojas cortantes y giró por sobre ellos antes de clavar sus talones en un tronco firme y lanzarse como una flecha en su contra una vez más, sin agotamiento aparente.

            Talonflame y Castform invocaron una ráfaga helada en su contra, pero la mancha verde cortó incluso el aire helado en su afán por alcanzar la carne enemiga con sus cortes, y sacudió su larga hoja en la cabeza para descargar una metralleta de navajas verdes que causaron un pequeño derrumbe de ramas sobre los monstruos aliados de Amelia.

            Hiraku resistió el corte con la espada firme y dada vuelta, haciendo presión con una pierna extendida y la otra flexionada mientras le ganaba dos valiosos segundos a la Absol para agazaparse entre ambos y darle un férreo topetazo en el estómago rosado al gecko, que se quedó sin aire y se dobló de dolor ante ellos. Cuando Hiraku dio un paso al frente, el reptil se apartó a toda velocidad hasta chocar su espalda contra un tronco caído, tosiendo y jadeando mientras recuperaba el aliento. Fue la primera vez que vieron algo así como temor en su mirada. El aura siniestra alrededor de Haku la hacía ver mucho más grande de lo que realmente era.

            —¡Vayan a la Vivi Brava, yo me encargo de este! —les gritó a Amelia y Crixa, que intentaba levantar a Gareth pidiéndole que deje de balbucear con la boca en ese estado.

            —Te va a matar, Hiraku —le advirtió ella con gravedad—. Temo que Gareth tiene razón en este caso: no podemos simplemente dialogar con todas las criaturas que nos enfrentan.

            —No moriré —sonrió el zeionés con calma, presentándole nuevamente el filo de la espada a la bestia que se reincorporaba con dificultad al otro lado de los árboles caídos—. Soy más fuerte que él, y se lo haré entender por las buenas o por las malas. Descuida, los alcanzaré enseguida.

            Tras ayudar a Crixa a cargarse a Gareth sobre el hombro y conseguir que Talonflame levantara en su lomo al malherido Manectric mientras Rockruff y Charcadet se ocupaban del pequeño Gligar, la piloto llamó a Castform con un silbido y le susurró algo antes de darle la espalda finalmente.

            —En treinta minutos levantaré vuelo y no volveré a aterrizar en este bosque —sentenció la pelirroja antes de alejarse junto a los demás. En su lugar permaneció flotando el Castform que había asumido la forma de una nube de viento frío arremolinado, siendo su cuerpo esférico ahora del color de la piel en estado de hipotermia. Aparentemente, le había pedido que cuidara de él y brinde apoyo con su frío si las cosas se salían de control frente al reptil enfurecido.

            Una brisa helada sacudió su cabello oscuro, y se hizo a un lado tan pronto como sintió el roce del viento abriéndole un fino corte en la mejilla. El reptil enterró sus talones en la nieve y viró su trayectoria de regreso al de Zeio, cargando de filo y luz las hojas en sus brazos y dibujando marcas en el aire con cada corte que le arrojaba a toda velocidad. Hiraku esquivaba y repelía los ataques con su espada, y cuando Absol intentaba acercarse para brindarle apoyo, la mantenía a raya con un grito autoritario para que no los interrumpiera. Estaba decidido a pelear solo contra aquella criatura hasta que cualquiera de los dos cayera rendido.

            Al cabo de unos minutos de desgaste físico para ambos, supo que la bestia comenzaba a disfrutar el enfrentamiento, y entre jadeos de extenuación y silbidos de las navajas atravesando el viento, la ropa y la piel, pronto se encontraron sonriendo mientras intercambiaban cortes y estocadas con un chirrido de metal. La nieve caía sobre ellos y el frío mantenía indoloros los cortes en sus cuerpos, pero el reptil verde pronto comenzó a mostrar signos de agotamiento, acrecentando la distancia con Hiraku hasta que acabó retrocediendo ante una estocada descendente que hundió la espada en una pila de nieve. Sus ojos amarillos se agudizaron, y sus piernas se flexionaron antes de arrojarse con los brazos extendidos hacia él. Hiraku se agachó y soltó la espada, aferrando su mano al talón del monstruo de planta y azotándolo sobre la nieve. El monstruo negó con la cabeza y salpicó nieve cuando la alargada hoja encrestada se agitó por el aire en dirección a su cuello. Lejos de intentar cortárselo, lo envolvió con la planta y estrujó con fuerza.

            Haku ignoró la mano en alto del de Zeio mientras sus ojos se cerraban por la asfixia, sacándole nuevo filo a sus garras, colmillos y cuerno en forma de hoz. Avanzó decidida a liquidar al maldito lagarto arbóreo, pero una silueta sobre un montículo a sus espaldas capturó su atención, paralizándola. Algo así como una sonrisa maliciosa se formó en su rostro: le agradaba el sigilo con el que se había acercado sin ser detectado por nadie. ¿Cómo rayos había hecho para que el grupo de Amelia no se cruzara con él en el camino?

            El tintineo de cadenas llamó la atención del lagarto sobre la nieve, aflojando su agarre y liberando a Hiraku, que cayó de espaldas y tosiendo para recuperar el aliento. Sus ojos blanquecinos miraron la figura invertida a sus espaldas que levantaba las manos al frente y sacudía las cadenas de sus esposas al apuntarles con algo en cada mano. Sus enormes ojos de insecto no eran otra cosa que goggles protegiendo su visión de la agresiva nevada sobre sus cabezas. El reptil se incorporó y puso una pata sobre el pecho de su presa, gruñéndole al recién llegado para que no le robara su victoria. Podría haber corrido hacia él y degollarlo con un simple movimiento de su brazo, pero el chico esposado era tan prisionero como él, y aquella inusitada simpatía hacia un humano fue su error y su salvación.

            Junk apretó el gatillo del pistolón en su mano diestra y disparó tras un estallido de vapor un estuche de cuero lleno de hongos machucados de Breloom y Shiinotic, que explotó en una cortina de esporas sobre el rostro de la bestia verde. Aquel ataque a distancia fue tan inesperado que ni siquiera amagó con esquivarlo, y por sus fosas nasales, garganta y ojos irritados se metieron columnas de somníferos tan potentes que apagaron sus sentidos en apenas tres segundos. Pero Junk solo necesitó un instante adicional para apuntar y presionar el gatillo de la segunda pistola, disparando ahora una esfera de metal que se abrió en el aire lista para atraparlo. El reptil, antes de desvanecerse y dejando que su instinto más puro de supervivencia guíe su brazo hacia arriba una fracción de segundo antes de que el receptáculo lo encierre, desvió la trayectoria de la bola, que giró por los aires ante la atónita mirada del chico de Scraptown. Se dejó caer hacia atrás, preso ya del potente efecto somnífero inducido por el menjunje de esporas, y se durmió profundamente de espaldas sobre la nieve con una plácida sonrisa: al menos le había dado un susto de infarto a esos malditos.

            Hiraku se puso de pie con un gesto de dolor, apoyándose en la empuñadura de la espada como un bastón, y levantó su brazo atrapando la Bola de Pocket al caer sobre la palma de su mano. Se giró hacia el reptil verde y lo dudó solamente un segundo. Miró a Haku, que se había detenido gracias a la intervención de Junk, como buscando la aprobación en su roja mirada. La bestia blanca se limitó a agachar suavemente su cabeza, y Hiraku le devolvió una sonrisa antes de girar el engranaje en la esfera, abriéndola nuevamente en dirección al de planta, que se desmaterializó dentro de la ráfaga de vapor y energía electromagnética que salió expulsada del raro objeto. En un instante, aquella bestia asesina que había roto sus cadenas se hallaba encogida entre nubes de sueño dentro de la esfera de metal.

            —¡Hiraku! ¡Lo hiciste! —celebró Junk corriendo hacia él y resbalando al bajar del montículo. Se incorporó toscamente y se le acercó con una sonrisa de oreja a oreja arrastrando los grilletes que le impedían separar adecuadamente sus piernas—. ¡Atrapaste a ese lagarto que no figuraba en el libro! Ahora podremos saber mucho más sobre esta rara especie. Quizás si conozco al profesor Batheust me acepte como colaborador para expandir sus investigaciones.

            —Solo lo hice para sobrevivir —alegó el hombre de Zeio sin poder apartar su mirada de la figura verde que se adivinaba más allá de las celdas esterilladas de metal bronceado. No se sentía orgulloso de lo que había hecho, pero la calma en su pecho le confirmó que estaba aliviado por seguir vivo, y por no haber tenido que matar a la bestia que quiso matarlo—. Y no es una especie rara, es un Juptile; hay varios en los bosques de Zeio y otras regiones del este.

            —Juputairu… —repitió el chico ladeando un poco la cabeza, como si aquella palabra no resonara con naturalidad en su cabeza. Por supuesto, tratándose de un nombre en un idioma ajeno a él, era natural que le sonara mucho más raro que Rhydon o Magnemite. Hiraku acarició a su compañera blanca y le agradeció con un gesto afirmativo al Castform sobre ellos, que se permitió invocar un pequeño sol de fuego despejando las nubes de granizo y derritiendo los restos de escarcha sobre la hierba.

            —¿Entonces? ¿Vas a huir? —le preguntó finalmente al rubio, sin siquiera preocuparse por cómo había llegado hasta ahí en primer lugar. Debió haber echado a correr a pasos cortos y torpes con esos grilletes en los tobillos durante al menos una hora sin rumbo exacto, probablemente cuando todavía estaban luchando contra los hongos salvajes al noreste de Foongu.

            —No puedo hacerlo —suspiró el chico, y antes de poder seguir, Hiraku sacudió la espada que desenterró del suelo y cortó sus cadenas como si de manteca estuvieran hechas. Por primera vez volvía a sentirse realmente liviano, y su primera reacción fue pegar un salto con las piernas y los brazos bien separados unos de otros.

            —Ahora puedes —aquella fue la forma de Hiraku de decirle «Gracias» también a él. Entonces, regresó siguiendo las pisadas en la tierra que Amelia y los demás habían dejado. Las presurosas y libres pisadas de Junk a sus espaldas le trajeron recuerdos del Charcadet tras ser despojado de sus cadenas, como si no supiera qué hacer con toda esa libertad para él. Junk, sin embargo, parecía tener bien en claro su objetivo.

            —Me crucé a Amelia y los demás viniendo hacia aquí —le explicó—, ella me dio las municiones para dormir a Juputairu con las Remorguns —Hizo una pausa cuando notó la ceja del zeionés arqueándose ante la mención de aquella nueva palabra, y vio cómo de reojo se fijaba en los armatostes con gatillos y mango curvo de color plateado y cañón grueso pintado de verde marino—. ¡Ah! Me refiero a estas dos, estuve trabajando en ellas hace tiempo. Son un homenaje a… Olvídalo. Lo cierto es que están todos malheridos, incluyéndote a ti y a Haku. No podremos avanzar hasta recuperarnos… Creo que deberíamos hacer una parada en Nova Haven antes de retomar nuestra búsqueda.

            —Ni hablar —terció el de Zeio, tan inflexible como siempre—. Nos recuperaremos mientras volamos a Sandveil. Créeme: estaremos mejor lejos de Reginald III.

            —¿Sabes cuánto más fácil habría resultado todo esto si Nix y Decker venían conmigo? Volveré como un hombre libre y dispuesto a cooperar. Si pruebo eso, tratarán sus heridas y podremos ir seguros a buscar lo que falta.

            —En primer lugar, no eres un hombre. En segundo, dudo que esos dos lleguen vivos a Nova Haven de cualquier forma; no tienes idea del daño que han sufrido. No llevaremos al castillo a dos hombres muertos o moribundos y la noticia de un tercero desaparecido en acción. Nos acusarán de complot y grave traición y para la tarde de mañana colgaremos de los arcos de mármol frente al puente como adornos decorativos para que los ciudadanos aprendan que al duque se le obedece.

            —Pues lo hubieras pensado dos veces antes de cortarle el cuello a ese tipo —se encogió de hombros Junk antes de dedicarle una sonrisa burlona que, por suerte para él, el de Zeio ignoró—. ¡Seguro que no quieres volver a Nova Haven para que no digan que un niño te salvó de las garras de ese monstruo!

            —¿Por qué te comportas como si fueras más idiota de lo que eres? —preguntó Hiraku al cabo de algunos minutos en los que caminaron en silencio, mientras Junk le murmuraba maliciosamente cosas sobre él a Haku y Castform—. Tú deberías ser el último en tener tanta prisa por regresar a ese lugar. ¿Tanto te preocupa el bienestar de esas bestias?

            —¿Tú no te preocuparías por Haku si te la quitaran?

            —No lo harían, porque Haku no es de mi propiedad por empezar.

            —¡Pero es tu amiga! ¿Crees que a ella le agradaría estar lejos de ti? ¿No poder luchar a tu lado, o viajar a donde tú vayas, o descubrir toda clase de cosas juntos?

            —Los humanos y las bestias no estamos hechos para estar juntos —las palabras de Hiraku resonaron en la silenciosa Absol que, por un instante, pareció opacar el brillo carmesí de sus ojos—. Solo nos hacemos daños los unos a los otros, y si ellas no nos vuelven sus presas, nosotros las convertimos en nuestras armas para matar. Pienso que todos tenemos derecho a ser libres, pero eso no quiere decir que no existan límites entre unos y otros.

            —Suena a algo que cualquier persona diría excepto tú —Junk suspiró, resignado a que el espadachín no aceptaría tan fácilmente los lazos que lo unían no solo con aquella Absol que se había vuelto más fiel a él que su propia sombra, sino también al Charcadet que había liberado y al Juptile que había tenido que encerrar para evitar un baño de sangre innecesario.


            Cuando llegaron a la Vivi Brava, a cinco minutos para cumplir el plazo estipulado por Amelia, la pelirroja atravesaba el monstruario tras revisar que todo estuviera bien en la sala de máquinas. Recostados sobre los sillones en la cabina de pasajeros, Crixa y Gareth yacían malheridos con improvisadas curaciones que la piloto les había colocado como pudo: algunas toallas húmedas para bajar la fiebre, gazas con alcohol desinfectante en las heridas cortantes, jugos de bayas curativas apoyados en el suelo y un paño caliente enrollado y embadurnado en loción regeneradora de rafflesia lavanda de Kanto para, al menos, cicatrizar rápidamente el grave corte que le habían hecho en la lengua al que ya no se veía mucho más apuesto que los roedores del duque. Gareth balbuceaba incoherencias gangosas más allá de las gazas y apósitos desperdigados por todo su rostro, sus brazos y su abdomen. Crixa yacía dormido, desmayado o muerto según en qué momento lo mirasen, como si todavía las esporas tuvieran un efecto residual en su organismo. Estuviera en el plano que estuviese, era el único que no parecía absolutamente consternado en el interior de la aeronave.

            —Esta vez resultó incluso peor que Wreckstone —refunfuñaba Amelia golpeando las palancas y pequeños switches interruptores del tablero de comando con su dedo índice mientras Hiraku se desplomaba sobre una colcha de heno en el monstruario y Junk regresaba a su mesa de trabajo sin siquiera dar explicaciones sobre sus esposas y grilletes con cadenas rotas—. ¡Junk! ¿No sabes de criaturas en el bosque que puedan curar las heridas?

            —No creo que exista ninguna capaz de hacerle crecer la lengua de nuevo a ese tipo —murmuró Hiraku con las manos detrás de la nuca. Aunque estaba malherido y presentaba cortes y quemaduras en los brazos y la espalda, parecía cómodo con las heridas de su encuentro con el reptil verde, que ahora descansaba ajeno a las circunstancias dentro del receptáculo fabricado por Junk. En sus adentros, le agradaba incluso la idea de que Gareth no fuera a abrir la boca otra vez—. Y creí que estabas apurada por alejarte volando lo antes posible de este lugar.

            —Quisiera hacerlo, pero temo que tendremos que esperar al amanecer después de todo —suspiró la piloto, sacudiendo una hoja impresa junto al telégrafo del vehículo con un breve mensaje grabado en ella—. Se contactaron de la guarnición en Drylands; el duque exigió que nos escoltaran de regreso a Nova Haven inmediatamente. “Sencillamente por una cuestión de seguridad”, según el vocero.

            Y aunque aquello parecía resultarle un fastidio vagamente indiferente a la piloto, supuso dos cosas bien diferenciadas para el de Zeio y el de Scraptown: el primero, incorporándose con la espalda salpicada por heno y quemaduras de diversa gravedad, sobresaltó a las bestias que allí se recuperaban con asistencia de Rockruff y Charcadet al empuñar la espada ensangrentada que había apoyado a su lado. Junk, por su parte, esbozó una sonrisa inquieta y nerviosa: aquello significaba que tendría, ahora sí, la posibilidad de volver a ver a Nix y Decker. También, por supuesto, que Reginald III podría sorprenderlos con algo más que solo una cálida bienvenida. De acuerdo al tono impersonal de la misiva, le sonó más bien a que podría recibirlos con un auténtico infierno en el palacio blanco de Nova Haven.


            Continuará…

            Comentario

            • Muerte_Rigurosa
              The wolves within
              SUPAR PRUEBA
              ADMINISTRADOR
              • nov
              • 42
              • 🇺🇾 Uruguay
              • Kiltara y Adiat

              #21
              No, aún no estoy al día, pero es bueno que después de varios meses, el librito me haya servido para leer hasta el capítulo 4.

              No comento a nivel técnico, porque apenas que puedo escribir


              Me confundió un poco el primer capítulo que introduce personajes diferentes a los de la historia que viene después (y mientras leía me spoilié las fichas y vi que no aparecían los del capítulo 1 LOL), pero supongo que o sería algo del pasado con el padre de Junk, o algo para introducir la historia, o bueno, sino ya más adelante nos irás develando ese misterio 👀

              Conociendo lo que te gustó el capítulo de los slowking de viajes...no sé porqué ésa cosa con la que amansan a los pokemon me dice que puede tener algo que ver con Slowking de galar...parece algún tipo de veneno o algo violeta. A lo mejor no tiene nada que ver, pero recordé ese otro detalle y se me ocurrió la teoría

              La bola de pocket (no homo, badum tss(?)
              ), me recordó a aquellos arts de los primeros tiempos de pokemon, a los jueguetes que habían con pokeball transparentes y aunque nunca lo leí, ¿creo que en el manga había algo de eso?, bueno, pero me pareció un buen elemento que trae nostalgia, y a la vez como ésto sería algo en el pasado, queda bien.

              Hasta el capítulo 4 sigo preguntándome qué pokemon serían los peces fiambre, si bien decía que eran azules (creo recordar)...me los imaginé gran parte del tiempo como tatsugiris quizá por influencia de Murdock que tiene unos y quedaban graciosos con algunas escenas(?)...aunque no haya azules LOL ...después recordé a Finneon y ahora a Chinchou...aunque deduzco que no podría ser alguno de los finados porque sino no se habría remarcado que la electricidad les haría mucho daño Así que supongo que serían Finneons.

              Los otros pokemon si me los fui imaginando bien.

              Qué duque insufrible...ya veremos en el futuro de qué manera será liquidado, o le caerá el karma encima


              Entre los nombres, seguro que por asociación no me olvido ni de Silas ni de Amelia porque también tengo unos tocayos...aunque uno no es ni bueno ni inventor, sino violento(?) y la otra no es personaje principal, sino secundaria, esposa de alguien del grupo villano


              Es una historia entretenida, me pregunto si las regiones se basan en equivalentes de la realidad, o son inventadas del todo. Me gustan los toques de fantasía medieval que tiene

              Por enésima vez digo que leí hasta el capítulo 4, así que ya me enteraré cómo les está yendo en su viaje en el vibrabamovil (si fuese un auto le quedaba el chiste de que había muchos baches, o sino es que estaban en una turbulencia, badumm tsss(???)) 👀

              Espero que este mensaje sea lo suficientemente random como ofrenda por no poder decir nada técnico porque no le sé(?)


              Hasta la próxima tanda que lea *abre de la nada una puerta y se va(?)*

              Comentario

              • Dickwizard
                Mage of Flowers
                SUPAR PRUEBA
                • dic
                • 17

                #22
                Man, qué bien se siente leer y comentar en español. El inglés me hace sentir como retrasado.
                Tengo que ser honesto acá y admitir que pasé cómo quince minutos tratando de adivinar qué carajo era aquel terópodo verde con rojo, porque no me sonaba a ninguno de los hongos… Pero justo tuvimos un Passimian que tampoco es un hongo así que podría ser cualquiera. Scovillain? No tiene garras. Druddigon? No me suena. Haxorus? Le falta verde. ¿FRAXURE? Encaja, pero es muy pequeño. Todos estos son muy pequeños. Me frustró la lectura porque justo acababa de terminar ese desafío de Google de adivinar los 150 Pokémon (bah, desafío, es más fácil que la mamá de Leg). Y me sentía súper confiado para adivinar a todos los de acá, y me vienes con este Indominus Shiny de la nada que me confunde y me obliga a herirme a mí mismo. No fue hasta más adelante cuando explican que todo fue una alucinación que caí en cuenta que era un Breelom con skin de Zack Snyder. Bien jugado señor. Igual me hace odiarte un poquito.

                Me encantó la forma en que abre el capítulo, con la conversación entre Amelia y Junkun. Aunque la relación entre estos dos ha sido de lo más cordial, es un buen momento para recordar la posición en la que se encuentran. Para quitarse un poco la idea de que Junk es un tonto con un crush o que Amelia es ingenua respecto a la situación en que se encuentran. No sé. Me encanta cuando las historias obligan a los personajes a enfrentarse a preguntas difíciles. Desde un par de capítulos atrás se viene planteando esta idea de que a Junk le gusta Amelia pero siente una conexión más fuerte con Hiraku, tanto por sus posiciones como prisioneros, como por el respeto que ambos muestran hacia los Pokémon. Por eso la conclusión de que sea Junk quien lo salve al final se siente bastante apropiada, y con armas que él mismo construyó sin que los demás se dieran cuenta, acabando con Hiraku actuando todo tsundere “los Pokémon son solo armas y bla bla” A pesar de que lo vimos segundos antes dando todo lo posible por no matar al Pokémon que vino a matarlo. Solo le faltó un “B-baka!”... o tal vez solo estaba agradecido con Grovyle por cortarle la lengua a Gareth. Yo lo estaría.

                Creo que esta fue la primera vez que vimos la Pocket Ball capturar un Pokémon. Lo cierto es que este viajecito se sintió como el clímax de la primera aventura. Empezando con una escena tranquila pero lúgubre que establece el tono de lo que sigue y de ahí saltamos al horror. Hasta ahora no se habían mostrado tan violentos y amenazantes, lo que es curioso, considerando que hablamos de honguitos. Atrás quedó el Rhyhorn que se perdió buscando algo que comer. Atrás quedaron los Onix que se precipitaron a su muerte persiguiendo una presa. Acá tenemos bestias cazando en su propio territorio y haciendo uso de las armas que la naturaleza les dió. A este punto estamos acostumbrados a ver a Gareth y Crixa siendo inútiles, esta vez incluso el dúo dinámico de Haku y Hiraku se ven superados por la situación mientras el resto se consumen por el pánico. La secuencia parece salir de una película de terror y por un rato me pregunté si alguno de los tres moriría acá (incluso si con el capítulo anterior prometiste que tendrían más que hacer). Y ofrece un momento para Amelia de lucirse con el pájaro osado tomando en cuenta que no ha tenido chance recientemente.

                Aunque igual los aplausos se los lleva Hiraku, repartiendo amistad a putazos al más puro estilo shonen… me sentí como un idiota por olvidarme del Grovyle, tomando en cuenta que tú en particular no ibas a meter un Grovyle en la historia sin dejar que se luciera a lo grande, callándole la boca a Gareth y repartiendo ostias a diestra y siniestra. Y considerando que se unió a la party del tsundere, solo puedo asumir que tendrá más chances de lucirse.

                Del que sí me acordaba era del Watchog. Ya me suponía que iba a acusarlos por lo de la cueva tarde o temprano y parece que es lo que se viene ahora. Parece conveniente que justo el más hostil de la party haya perdido la capacidad de hablar. El tiempo dirá qué hará Crixa.

                Me ha gustado mucho el capítulo. Y me sorprendió ver que no han salido más. Nos vemos en el siguiente.

                Comentario

                • Tommy
                  TLDR?/A tu vieja le gusta
                  SUPAR PRUEBA
                  • dic
                  • 67
                  • 🇦🇷 Argentina
                  • Buenos Aires

                  #23
                  ¿Extrañaron a Reginald III? Nuestros protagonistas tampoco. El mes pasado colgué como un campeón, así que para compensar me comprometo a subir al menos un capítulo más en lo que quede de septiembre.

                  Gracias a Muerte_Rigurosa y Horla por sus comentarios, procedo a responder antes de pasar al capítulo.



                  ---

                  Capítulo 08: La huida de la Vivi Brava

                  En Foongu el viento no sacudía las hojas en el punto más oscuro de la noche, pero dentro de la Vivi Brava, el desliz del filo trazando una curva hacia el cuello de la piloto creó su propia corriente, agitando su mechones de cabello rojo. El brusco movimiento de Hiraku causó la ilusión óptica de que sangre había sido derramada una vez más, y Junk se echó hacia atrás en el pasillo de la cabina de pasajeros apuntándole directamente con una de las pistolas gemelas, mientras la otra se dirigía instintivamente a su propia retaguardia, desde donde la sombra de Haku asomaba por el monstruario gruñéndole con peligrosidad.

                  —Baja esa espada, Hiraku —pidió Junk sin ver a la bestia que parecía haberle perdido toda simpatía en un santiamén, mientras el de Zeio sujetaba su espada delante del fino cuello de Amelia con más vigor que con el que sus piernas lo sostenían a él, agotado luego de las trifulcas en el corazón del bosque nocturno—. No quiero disparar, de verdad que no, pero lo haré si te atreves a lastimarla.

                  —Es una trampa del duque, ¿en serio vamos a servirnos en bandeja de plata luego de lo que nos costó llegar aquí? —la voz de Hiraku sonaba casi más salvaje y áspera que los gruñidos que Absol profería desde el fondo de su garganta. Junk envidió por un segundo al anestesiado Crixa y al deslenguado Gareth, pues al menos ellos podían mantenerse ajenos a la situación.

                  —Solo iremos a buscar a mis amigos, estaremos mejor en su compañía —prometió el rubio, y su dedo índice viajó al gatillo de la Remorgun con la que apuntaba a Haku tan pronto como ésta arañó el suelo de madera con sus garras, en un vano intento por dar un paso adelante para atacarlo por sorpresa.

                  Todos parecían estar a un paso de salpicar los interiores de la nave con un movimiento en falso, pero ninguno se mostraba resuelto aún a hacer el primer corte o disparo. Amelia, en cambio, se limitó a presionar suavemente con la punta de su bota un pequeño pedal al frente del asiento, y las ruedas del tren de aterrizaje rodaron empujando el vehículo hacia adelante. Apenas se movió, la piloto jaló de una palanca junto a su apoyabrazos y echó el asiento hacia atrás, frenando súbitamente la Vivi Brava y haciendo que se sacuda lo suficiente como para desestabilizarlos a todos. Hiraku trastabilló hacia adelante, alejando la espada de su cuello al echarse ella para atrás. Todo lo que tuvo que hacer Amelia entonces fue torcer su brazo en alto encajándole un certero codazo en el tabique. Fue más la sorpresa que el dolor lo que hizo retroceder atónito al zeionés, que se sujetó la nariz y comprobó que, efectivamente, lo había hecho sangrar con su golpe furtivo.

                  —No se atrevan a decidir por mí qué rumbo tomará mi nave —al voltear hacia ellos, los feroces ojos ambarinos de la chica se clavaron incluso en la Absol que, tan lejos como estaba desde el límite entre el monstruario y la cabina de pasajeros, decidió que la chica tenía lo necesario para ocuparse del asunto sin necesidad de que sus garras o su cuchilla intercedieran por ella. De modo que, con un suspiro de alivio, la bestia blanca dio media vuelta y regresó con Rockruff y Manectric, recostándose sobre el heno—. Iremos a Nova Haven como requirió el duque, porque ese fue el trabajo que se me encomendó.

                  Dejando tras de sí el ruido de las pistolas cayendo al suelo y los presurosos pasos de sus botas con cordones y cadenas desatados, Junk avanzó hasta Amelia y le tomó las manos con desesperación. Se le acercó tanto que Amelia pudo ver su rostro de sorpresa reflejándose en los goggles de cristal amarillento y en los ojos humedecidos del chico que ya no podía contener su impotencia.

                  —Por favor —sollozó el chico chasqueando sus dientes como un cascanueces, mientras el rostro se le empapaba con mocos y lágrimas—, ¡ayúdame a reencontrarme con ellos! No estarán a salvo si permanecen más tiempo como prisioneros de Nova Haven.

                  El corazón de la piloto se encogió un poco dentro de su pecho, pero le dedicó un hastiado resoplido al mocoso llorón y desvió su mirada nuevamente al frente, intentando que el reflejo en el parabrisas no delate su congoja una vez más. A sus espaldas, Hiraku observaba de refilón al chico quedándose con las manos vacías cuando Amelia arrancó las suyas de su agarre, y decidió volver al monstruario descartando la espada lejos de él, como si empuñarla más de la cuenta lo convirtiera en una criatura tan salvaje como los verneses.

                  La segunda noche en la Vivi Brava fue mucho más abrumadora que la primera. Sin el arrullo de la lluvia ni el canto de los grillos, se obligaron a descansar bien separados los unos de los otros hasta que los primeros rayos de Sol asomaron sobre el follaje acompañados por el ruido de turbinas y hélices de las naves que llegaron por el sudoeste. Un dirigible acolchonado como una nube mecanizada y una aeronave militar de brillante fuselaje blanco con ribetes dorados aterrizaron suavemente junto a la estacionada Vivi Brava, y unos nudillos llamando a la compuerta lateral le confirmaron a todos que era hora de rendir cuentas en Nova Haven.

                  Las miradas hostiles de Hiraku y Absol fueron lo único en amagar con oponer resistencia a los soldados de Reginald III, que accedieron a la aeronave de Amelia y se llevaron a Crixa, Gareth y los monstruos heridos en camillas y jaulas rumbo al dirigible de asistencia médica. Junk no había terminado de acostumbrarse a la liviandad de su cuerpo y la libre movilidad de sus articulaciones tras ser librado de las esposas y grilletes por la espada de Hiraku cuando los hombres de Nova Haven volvieron a envolverlo en más cadenas, haciéndolo sentir como una larva a punto de ahogarse en su crisálida de acero. Por órdenes directas del duque, el inventor fue trasladado con gran custodia hacia la aeronave militar, pero Junk no solo no opuso resistencia, sino que se mostró tan dócil como si le hubieran inyectado el mismo veneno que a las bestias que trasladaban al dirigible, incluyendo a Haku que, aunque a regañadientes, acompañó al malherido Manectric en su jaula ante la atenta mirada del hombre de Zeio, que permaneció en la Vivi Brava junto a Amelia con la promesa de una jugosa recompensa al llegar al palacio de mármol.

                  La luz llenaba la espesura en lo alto del bosque cuando los tres vehículos ascendieron entre las hojas verdes y se zambulleron en el cielo salpicado por nubes que se hinchaban como burbujas blancas tragándose al celeste. Se posicionaron en orden: la militar al frente, la Vivi Brava en medio y el dirigible de primeros auxilios en la retaguardia, más robusto y parsimonioso en su vuelo, y aceleraron a través del viento fijando curso hacia Nova Haven. Volaron conscientes de que podían llamar la atención de los vigías en los cielos de Vernea y que, de dar aviso en Imperia de la peculiar formación de naves surcando los cielos sin autorización previa del rey, podrían acabar siendo interceptados y detenidos por la guardia real. Sin embargo, el aspecto de las naves y su vuelo a plena luz del día no parecía propio de invasores zeioneses, y la nave militar en la vanguardia gritaba Nova Haven a los cuatro vientos.

                  El pequeño convoy aterrizó en la amplia pista circular sobre el palacio de mármol tras un vuelo de dos horas. Bajando la plataforma elevadora se dirigieron en conjunto al gran salón, mientras que por el vestíbulo hacia los jardines una delegación médica condujo a los heridos a la enfermería bajo la torre del laboratorio.

                  —Adelante, adelante. ¿Se divirtieron mis niños?

                  Habían olvidado lo poco que extrañaban su habitual tono chillón, falso y condescendiente y sus forzadas sonrisas. A sus espaldas, el inmenso orangután roncaba sonoramente hurgándose con un dedo sonámbulo su rosada nariz, y a ambos lados del enorme trono recientemente restaurado se hallaban alertas el perro y el gato blancos, así como los roedores entre los cuales se encontraba el Watchog que, al verlos llegar, comenzó a apuntarles con la cola en alto y los ojos encendidos echando humo y chillidos acusatorios.

                  Juntando las palmas de sus manos mientras se levantaba de su trono, el duque Reginald III de Nova Haven recibió a los tres individuos rodeados celosamente por su ejército personal: a la izquierda, envuelto en cadenas, Junk apenas tenía espacio entre todo ese acero para respirar y ver la grotesca sonrisa del hombre que había intentado matarlo, mientras que a su lado se hallaban Hiraku, en el centro y lleno de heridas que nadie se había molestado en tratar, y Amelia Starling, que parecía la única relajada estando rodeada por hombres fuertemente armados. Tras deslizar sus pequeños ojos oscuros por los tres, el duque se encogió de hombros y sinceró por primera vez su sonrisa.

                  —¡Oh! Veo que no tanto —dijo afilando un poco la mirada y deteniéndose con particular interés en el zeionés, como si contar los cortes y moretones en su cuerpo le resultara un pasatiempo de lo más divertido—. Bueno, era de esperarse: nuestro chico genio favorito no se los iba a dejar tan fácil después de todo, ¿eh?

                  —Traje algunas muestras —levantó un poco el tono Junk, cuidando no mostrarse innecesariamente hostil por mucho que odiase cada segundo que tenía que pasar ahí oyendo a ese imbécil vestido de punta en blanco. Como salvado por la campana, la puerta lateral del salón se abrió y por ella llegó el mayordomo Iveroy junto con Johannes Bohr, así como varios científicos de su equipo acarreando el largo cofre de herramientas.

                  —Requisamos la nave de Starling —informó Iveroy levantando la tapa y revelando una veintena de Bolas de Pocket en su interior, muchas de ellas terminadas y otras tantas a medio construir, o incluso armadas de forma distinta para probar modos de uso alternativos y diversos tipos de funcionamiento. Los ojos de Reginald III brillaron mientras bajó rápidamente los peldaños desde su trono y avanzó por la alfombra extendida como la rosada lengua del Lickilicky hasta detenerse delante del cofre. Bohr hizo una mueca recelosa mirando a Junk de reojo y se aclaró la garganta, fastidiado.

                  —Como verá, Su Excelencia, hizo unas cuantas —gruñó el científico jefe del palacio de mármol—. Y ni siquiera habían completado todavía el recorrido estipulado antes de partir.

                  Reginald III fingió sorpresa.

                  —¡Vaya! ¿Tal vez estabas pensando en escapar luego de conseguir todo lo necesario en Wreckstone y Foongu? —sugirió el duque como una posibilidad cierta, cosa que a Junk le indignó bastante, porque nada había estado esperando más que poder volver a ese maldito palacio para reencontrarse con Nix y Decker. Intentó enfocarse en pensar en ellos para que la desagradable voz de Reginald III taladrándole el cerebro no lo volviera loco—. Sandveil suena como una excelente locación para ocultarte entre sus tormentas de arena y así poder huir hacia las montañas más allá de Brandenburg —Entonces se fijó en Amelia, y los pómulos en su esquelético rostro se endurecieron un poco cuando le sonrió a la joven—. Quizás acordaron escapar todos a Zeio, y así devolver a nuestro guerrero samurái a casa… ¡Oh, suena tan romántico y heroico!

                  —Nada de eso —la piloto dio un paso al frente antes de ser cercada por media docena de lanzas cruzándose desde todos los flancos. Lejos de dejarse intimidar, se limitó a permanecer en su sitio sin apartar su determinante mirada de la del duque—. Estábamos cumpliendo con la misión diligentemente, tal y como nos comprometimos a hacer. De haber querido escapar, lo hubiéramos hecho tan pronto como nos alejamos de Nova Haven.

                  Mientras Amelia intentaba defenderse, Reginald III parecía más preocupado por sopesar las esferas que tomó del baúl, haciéndolas girar entre sus dedos y revisando los mecanismos de engranajes que abrían y cerraban los receptáculos. En un momento se le ocurrió acercar una de ellas al Watchog que seguía apuntando a Hiraku y Junk alternadamente y chillando con desesperación. La esfera lo encerró tan pronto como se abrió en dirección a él, deshaciéndolo en un halo de energía que se zambulló en una nube de vapor absorbente. El duque rio divertido y abrió nuevamente la Bola de Pocket, liberando al suricato que parecía aturdido y desencajado, mirándose las manos con extrañeza y parpadeando varias veces antes de volver a fijarse en el zeionés y el escraptonita, reiterando sus chillidos acusatorios.

                  —Estupendo trabajo, Junkito —felicitó a Junk, dándole una palmadita en la cabeza antes de encerrar nuevamente a la criatura en su Bola de Pocket. El chico se encogió de hombros.

                  —No les recomiendo confiarse —le advirtió tanto al líder de Nova Haven como al científico Bohr—, es probable que funcionen correctamente con criaturas que hayan forjado un vínculo con ustedes, ya sea de modo natural o inducidos por el veneno en sus cuellos, pero no retendrán a bestias salvajes y hostiles sin debilitarlas previamente. Puedo mejorarlas, claro —se apresuró en aclarar cuando el científico le puso cara de que daría la orden de que lo decapiten ahí mismo por su atrevimiento al entregarles productos inacabados—, pero para eso necesito la pieza final que se encuentra en el desierto de Sandveil. Sin eso, temo que las esferas son más propensas a abrirse y dejar libres a las criaturas contenidas en su interior.

                  —¡Lo está chantajeando, Su Excelencia! —vociferó Bohr con una vena hinchada en su amplia frente.

                  —Muy por el contrario, está ofreciéndoles todo lo que necesitan —murmuró Hiraku, harto de la hostilidad que los rodeaba incluso luego de probar que la misión estaba bien encaminada. Amelia esbozó una sonrisa al escucharlo, y asintió con convicción llevándose una mano al pecho.

                  —Y ya ven que pudo construir todas esas en solo dos días, esposado y sobreviviendo a Wreckstone, a Foongu y a los escoltas sanguinarios que pusieron a custodiarlo. Así y todo, les trajo capturadoras funcionales.

                  Esta vez el duque pareció genuinamente interesado en lo que esos tres tenían para decirle, y comenzó a pavonearse haciendo rebotar la esfera con el Watchog en la palma de su mano mientras daba un rodeo apartando a los soldados que les respiraban en la nuca a los escoltas y al inventor. Se detuvo finalmente detrás del hombre de Zeio, que era el único tan alto como él, y le acarició el cuello con su mano libre arañándolo suavemente con sus uñas largas pintadas de blanco y dorado.

                  —Hablando de la milagrosa supervivencia de nuestro chico genio —su sonrisa se ensanchó un poco más, pues ya había constatado que Hiraku no llevaba consigo su característica espada oriental—, supe que no todos pasaron del primer día de la expedición. ¡Cuánto me entristeció saber eso! ¿Cómo se llamaba ese valeroso caballero de armadura negra…?

                  —No tenía nombre, Su Excelencia —se apresuró a contestar Iveroy—. Fue despojado de éste por orden de Su Majestad tras expulsarlo de Imperia.

                  —¡Una verdadera tragedia! —lamentó teatralmente el duque llevándose el dorso de la mano a la frente—. Deberíamos colocar un cartel de advertencia en esa condenada cueva, pues el riesgo de derrumbes es muy alto. ¿No estás de acuerdo, Harcourt?

                  El de Zeio se mantuvo estoico mirando al frente, pero Junk podía ver de reojo cómo se lastimaba las manos cerrando los puños para contener las ganas que tenía de sacarse de encima sus desagradables garras y su aliento mentolado erizándole la piel de la nuca.

                  —Claro, debieron estar cegados por la polvareda que se habrá levantado… —suspiró Reginald III antes de liberar por segunda vez a Watchog, que le dedicó una fugaz mirada recelosa antes de erguirse como un soldado enfrentado a Hiraku—. Afortunadamente, los ojos de William ven perfectamente en cualquier condición, incluso puede ver a través de sus párpados si los ilumina. Su memoria también es prodigiosa, así que, querido William, dinos exactamente qué le pasó a ese pobre desnombrado.

                  —¡Watch! —gruñó el suricato haciendo una reverencia, frunciendo mucho el ceño pues lo había estado gritando a todo pulmón antes de ser encerrado en esa extraña habitación con paredes de hierro y suelo acolchonado de nubes somníferas. Tensó la punta de su larga cola y la retorció como una serpiente por delante de su pecho hasta simular un corte horizontal fulminante sobre su garganta, levantando mucho la cabeza antes de hacer la mímica de caerse muerto al suelo. Algunos soldados y científicos lo aplaudieron divertidos antes de llevarse una mirada de reproche por parte de Bohr.

                  —Pues a mí no me parece un derrumbe —farfulló el científico jefe, cruzándose severamente de brazos.

                  —¿Verdad que no? —coincidió el duque, que ahora se detuvo tras Amelia—. Dinos, Will, querido: ¿ella estuvo ahí?

                  —¡Hog, hog! —asintió repetidas veces el suricato, todavía tendido en el suelo como un difunto. La piloto se mordió el labio con rabia.

                  —¿Y qué vio, señorita Starling? —inquirió Reginald III borrando toda sonrisa de su rostro, haciéndole un rápido gesto con la mano a su Watchog para que guardara silencio y dejara responder a la humana.

                  Antes de que Junk o Hiraku pudieran moverse, alarmados por lo que la piloto pudiera contestar, la chica se apresuró en devolverle una mirada convincente y resuelta al duque.

                  —Puso en riesgo la misión —explicó sin cavilaciones—. Cuando intentamos detenerlo por las buenas, se mostró violento e intratable. Harcourt nos salvó la vida.

                  Sabía el riesgo que corría solamente por afirmar que un zeionés había salvado a nadie en Vernea. Los científicos y soldados a su alrededor elevaron sus reacciones desde la incredulidad hasta la indignación, pero el duque consideró sus palabras antes de asentir con resignación, avanzando hasta darle la espalda a la chica y chasqueando los dedos para que su bestia vigía se pusiera en pie de una vez y dejara de jugar al muertito.

                  —Ya veo… No es de extrañar entonces que el rey le haya quitado su nombre —rememoró en voz alta tras un largo suspiro—. Una verdadera lástima, porque era un buen guerrero y no cobraba caro sus servicios.

                  —Te confundes, piloto —Hiraku habló como si no estuviera cercado por una docena de lanzas y espadas tan pronto como abrió la boca. No le importaba tanto el filo de las armas hostiles como el agrio gusto en su garganta al escuchar a esa mujer defendiéndolo con mentiras parciales. Cuando el duque se volteó sorprendido, el espadachín le dedicó una mirada que lo hizo apartarse unos cuantos pasos hasta detenerse cerca de su trono, pues sentía que el aura que manaba del zeionés le haría perder el equilibrio. Luego fijó su vista encandecida en los rabiosos ojos rojos y amarillos del Watchog que le gruñía entre las piernas de su amo, y se limitó a esbozar para él una sádica sonrisa que puso su larga cola a temblar—. Lo maté porque era un charlatán inútil, y disfruté cortándole el cuello para silenciarlo definitivamente.

                  Hubo unos escasos y valiosos segundos en los que el gran salón se inundó solamente con el sonido de los corazones acelerándose dentro de los pechos de los allí presentes. A esa altura de la reunión el aire estaba tan tenso que podía cortarse con una cuchara, y todas las bestias alrededor del trono asumieron posición de combate al mismo tiempo que los soldados, en efecto dominó, fueron asiendo con ambas manos las empuñaduras de sus armas, preguntándose quién tendría el privilegio de liquidar al Escoria de Zeio ahí mismo. Reginald III, sin embargo, se desplomó sobre el trono con una especie de resignada diversión, cerrando los ojos para devolverle calma al amenazante tono con el que ese irreverente le había hablado.

                  —Tienes suerte de que Blackwood te tenga demasiada estima, zeionés —dijo entornando ligeramente los ojos mientras el perro y el gato acercaban sus cabezas a su regazo sin apartar sus rabiosas miradas de Hiraku, comenzando a ser acariciados por el líder de Nova Haven—. Pero debo decir que lo comprendo: yo también soy un hombre apegado a mi colección personal. Sin embargo, me parece una pena que no podamos tener el testimonio de los otros escoltas… Uno sigue profundamente dormido y al otro estamos viendo cómo le cosemos una lengua nueva. Otro corte certero, me imagino.

                  —¡Hiraku no tuvo nada que ver con eso! —Junk se lastimó los dientes mordiendo las cadenas al gritar, pero no le importó. Estaba harto de ver cómo hasta el idiota de Hiraku mancillaba su honor aceptando su papel de monstruo ante los ojos de todos en Vernea. ¿Por qué simplemente debía aceptar su rol como enemigo, si había visto cómo se esforzaba tanto por contener la violencia que llevaba como sombra a todas partes?

                  Pero el Persian del duque no era tan tolerante a su falta de respeto como su amo, y en un segundo corrió hacia él en línea recta y levantó sus zarpas creando un tajo que abrió el metal de las cadenas envolviendo su torso hasta debajo de su nariz, trazando una línea roja en su abdomen tras rasgar su chaqueta y su camiseta blanca. Aunque superficial, aquella herida no dejaba de ser una advertencia. El felino estaba tan compenetrado en clavarle una mirada amenazante al chico con su pata en alto exhibiendo las garras que lo habían cortado que no se percató de un pequeño detalle: las puntas de sus zarpas habían salido disparadas con un destello sobre sus cabezas, pero fue un corte tan limpio que no sintió dolor en absoluto. Watchog, sin embargo, lo notó con claridad y chilló apuntando a Hiraku con su cola recta.

                  —¡Tiene una de esas esferas! —alertó el científico jefe al ver cómo bajo la manga ancha del yukata asomaban sus dedos sujetando una esfera de metal abierta. Y aunque todas las miradas y las espadas se dirigieron hacia él, el duque tuvo el instinto de mirar justo en la dirección contraria a la mancha verdosa que se arrojaba a toda velocidad contra Watchog.

                  —¡Ratontón, intercéptalo! —le ordenó al roedor de pelaje café que trepó el trono y se impulsó con sus cortas patas traseras para lanzarse contra el reptil que blandía las hojas como dagas en sus brazos para hacerle un corte por la espalda al suricato. Arrojó un sonoro mordisco que no trituró más que aire, pues el de planta aceleró con soltura pasando de largo. El Watchog William apenas atinó a girarse para ver una muerte certera llegándole por detrás, pero la bestia arbórea torció su trayectoria como si nadara por el suelo y presentó sus filos al hombre de Zeio que dobló su cuerpo para evadir una serie de ataques de los soldados que lo rodeaban y cubrían con sus anchas espaldas y densas armaduras, ninguna de las cuales fue suficientemente resistente ante los destajos del monstruo del bosque.

                  —¡Atrápala, Junk! —le advirtió Amelia al chico mientras se apartaba rápidamente y sacaba del interior de su chaqueta de cuero dos pistolas, arrojándole una por el suelo y obligándolo a agacharse para recogerla al mismo tiempo que una hoja de espada silbaba horizontalmente por el lugar donde un segundo atrás había estado su cabeza.

                  Las cadenas que lo habían envuelto cayeron pesadamente cuando se encorvó, y tuvo que correr directo hacia Reginald III para evitar una lanza que se clavó en su sombra al tiempo que empuñaba la Remorgun con ambas manos y le apuntaba al duque sin cavilar. Cuando dos soldados se dispusieron a ajusticiar a la piloto traidora, Starling se limitó a apuntar al suelo y disparó con la Remorgun gemela un chorro de esporas que se esparció rápidamente a su alrededor levantando una cortina embebida en somníferos y paralizantes, cubriéndose el rostro con su brazo libre mientras retrocedía.

                  —¡¡Traición, traición!! —chillaba Reginald III al ver cómo el arma se apretaba contra su estómago y los ojos grandes de Junk se clavaban en los suyos con adrenalina. Solo tenía que apretar el gatillo, era tan simple como eso. Y tan complejo, pues el suelo se agitó con violencia ante el espanto del duque, que cayó hacia un lado al tiempo que la lengua rosada del Lickilicky cruzaba el salón hasta golpear las manos del joven, arrancándole el arma de las manos como si lo hubiera golpeado un boxeador profesional.

                  Hiraku, por su parte, solo tenía que limitarse a bailar con las hojas y las puntas de metal que zumbaban a su alrededor sin poder darle, alternando sus esquives a los soldados con agarres para usarlos como escudos humanos ante los feroces zarpazos que el reptil verde le dedicaba del otro lado de la muralla humana cerniéndose sobre él. Al cabo de segundos, el viejo compañero involuntario del Yelmo era el único que no había sido afectado por las esporas que rápidamente fueron tumbando junto con sus cuchillas a los guardianes del duque.

                  Cuando por fin quedó de frente a Hiraku y sus garras alcanzaron a rozarlo con un intento de corte horizontal buscando su yugular, el humano se dejó caer para esquivarlo por centímetros antes de apuntarle por debajo con la Bola de Pocket, pero la bestia se impulsó con todas las fuerzas de sus patas en un salto espectacular para evitar la captura a traición, y quedó parado en el respaldo del trono, acariciado por los ronquidos del Slaking.

                  —¡¡Convoca a toda la guardia de Nova Haven, Iveroy!! —rugió Reginald III corriendo lejos del trono hasta ser resguardado por su fiel can, que infló su abultado pelaje hasta ocultarlo tras una maraña de pelos—. ¡¡Ningún traidor saldrá con vida de mi palacio!!

                  —Mejor quédese tranquilo, Su Excelencia —advirtió una voz dulce y delicada mientras dos brazos femeninos lo rodeaban por la espalda, acurrucándose contra la mata de pelo y acercándole el cañón de la Remorgun a la mandíbula. Amelia había aprovechado la polvareda de su disparo anterior para escabullirse rápidamente lejos de la vista de los demás, y no le temblaba el pulso al sostener el arma tan cerca del rostro del hombre más poderoso al sur de Vernea—. O tendré que tranquilizarlo con algunas de las mejores esporas de Foongu.

                  —¡Quítame las manos de encima, perra vulgar! —apretó los dientes el hombre tan cegado de poder que no permitiría que un arma contra su rostro opaque su autoridad.

                  El mayordomo tragó saliva, intranquilo, mientras los científicos corrían de regreso al laboratorio, demasiado cobardes como para cruzar todo el Gran Salón para dar aviso a los soldados que resguardaban la entrada del palacio de mármol, y se dispuso a avanzar solo entre el choque de armas y la cortina de esporas para cumplir con su labor, solo para encontrarse al otro lado con Junk apuntándole con la Remorgun que había recuperado tras el desarme de Lickilicky.

                  —Por favor, señor Iveroy —balbuceó el chico de Scraptown con genuina desesperación. Parecía exactamente lo que era: un niño de catorce años sujetando un arma contra el único hombre en Nova Haven que lo había tratado con humanidad—. No quiero hacerle daño, pero--

                  Un bufido y un lomo erizado se interpusieron entre Junk y el mayordomo. Era el Persian con las garras de la pata diestra cortadas, enseñando ahora las de la izquierda mientras corría en una finta hacia el chico para propinarle un feroz arañazo. Pero esta vez Junk no titubeó un solo instante, y presionó el gatillo disparando una bala de acero esférica que, al entrar en contacto con la gema roja en la frente del Persian, estalló con una ráfaga de chispas que lo mandaron a volar hasta destrozar un cuadro con una magníficamente falsa pintura de Reginald III en medio de dos columnas marmoladas. A Iveroy casi se le cae el monóculo por la impresión, pero se mantuvo estoico con el ceño bien fruncido, como un padre reprobando el rebelde accionar de su muchacho.

                  —Esto tendrá graves consecuencias, joven Pocket —lo decía casi con dolor, aun sabiendo todo el daño que el duque le había causado—. Incluso si se salen con la suya ahora, ¿cómo espera llevar una vida tranquila en Vernea? Un golpe contra Nova Haven amerita todo el despliegue de las fuerzas reales de Imperia.

                  —Lo sé… —admitió resignado el joven, esbozando una triste sonrisa antes de volver a apuntarle de frente al mayordomo—. Pero debieron pensarlo dos veces antes de separarme de mis amigos.

                  —¡¡Roberto!! —chilló la horrida voz de Reginald III en algún otro lado del salón, y la babosa lengua sonrosada del gordo monstruo camaleónico se extendió sobre su cabeza, tan ancha que podría aplastar a tres hombres juntos de una vez. La masa de carne se desplomó sobre Junk con todo su peso, pero Hiraku derrapó a sus espaldas arrebatándoles dos lanzas a los soldados caídos y las apoyó con firmeza en el suelo, interceptando el lengüetazo y obligando al Lickilicky a detener su técnica aplastante si no quería acabar con la lengua empalada por partida doble.

                  —Ve por ellos —susurró Hiraku a Junk antes de patear la empuñadura de una lanza, haciéndola girar lejos de la lengua retorcida del monstruo rosa para luego trabarla con su largo mango de acero, retorciéndosela con sus dos manos para alejarlo del foco del combate. Cuando el Raticate intentó saltar sobre el zeionés pegando una voltereta en el aire para asestarle un coletazo tan duro como el acero, éste se limitó a interponer la lengua enroscada en la lanza, haciendo que todo el daño fuera absorbido por el camaleón que se estremeció de dolor a cinco metros de allí.

                  Junk miró con inquietud a Iveroy, que se limitó a levantar sus manos observándolo con severidad una última vez antes de torcer el cuello en dirección a su señor, que era alejado de su can mientras Amelia lo tomaba como rehén sin sacarle de encima su Remorgun cargada de estupefacientes. Lo aceptó como una especie de aprobación por parte del mayordomo, y corrió tan rápido como sus piernas le permitieron rumbo a la plataforma elevadora en una de las torres. Si se apresuraba, quizás podría alcanzar al grupo de científicos para colarse en los laboratorios y rescatar así a Nix y Decker.

                  Habiendo saltado a la enorme araña con cristales empotrada en el techo del Gran Salón, el reptil verde se agazapaba entornando su aguda mirada amarillenta y reconocía al chico que escapaba con aquella extraña pistola con forma de pez: era el mismo que le había disparado en Foongu, volviéndolo prisionero del humano samurái. Con un gruñido hastiado, blandió nuevamente las hojas en sus brazos y se lanzó de un salto sobre la cabeza de Junk, pero una lanza silbó por los aires y se interpuso en su camino, obligándolo a echarse para atrás para que ésta termine empotrada sobre el marco de la puerta por la que el chico salía sin enterarse del riesgo que corrió un segundo atrás.

                  El gecko se impulsó con una pared y aterrizó sobre el mango del arma que le habían arrojado por un flanco: incluso trabado en un combate cuerpo a cuerpo contra Lickilicky y Raticate, Hiraku lo miraba de reojo con su mano desnuda alzada, mientras la otra hacía girar la segunda lanza para defenderse de los lengüetazos y mordiscos de las bestias. Era una clara provocación, pero aunque hubiera deseado tener un duelo de uno contra uno, el lagarto supo que debería deshacerse de ese humano primero si luego quería cobrarse venganza contra todos los demás. Torciendo una sonrisa sanguinaria, se lanzó de vuelta al centro de la acción y arrojó un corte feroz con los dos brazos hacia abajo, obligando a las bestias del duque y al hombre de Zeio a retroceder para no ser rebanados.

                  —Señorita Starling, le pido que lo reconsidere —dijo el mayordomo acercándose al Furfrou inflado como una bola de algodón, y que parecía la única mascota del Duque que no parecía haber recibido entrenamiento en combate, pues en ningún momento amagó con atacar a la muchacha que lo usaba como trinchera mientras mantenía a su amo de rehén—. No haga algo de lo que pueda arrepentirse. Tiene una carrera brillante como piloto… ¿Por qué desecharla en un acto de sublevación tan impulsivo?

                  —¿Cree que no me lo estoy preguntando a cada segundo que pasa? —bufó ella, asqueada por la cercanía con el duque que gimoteaba y se retorcía como una anguila atrapada en el cauce de un río—. ¡Solo intento ayudar a un chico a recuperar a sus amigos! Junk es capaz de aportar enormemente al desarrollo tecnológico de Vernea, pero ni siquiera le permiten contar con la ayuda de ellos incluso cuando se valen de otros monstruos para hacer el trabajo sucio por ustedes.

                  —¡No seas ingenua, niña! —rabió Reginald III con recíproco desagrado—. ¡Te conmovió con sus enormes ojos de gatito, pero ese mocoso es tan astuto y traicionero como la peor de las comadrejas de nieve! ¿Realmente piensas que necesita a esas bestias para construir nuevas y mejores Regiballs? ¡Por el amor de Yo! ¡Cavará un túnel y reptará lejos de todo esto tan pronto como ponga sus sucias manos sobre la esfera donde está su monstruo taladro! ¡Ni siquiera se volteará a darles las gracias a ustedes mientras nosotros los llevemos a la horca!

                  —Estoy seguro de que Su Excelencia ostenta una misericordia tan resplandeciente como sus riquezas —se apresuró en agregar el mayordomo, manteniendo la compostura cuando a metros de allí se revolvían las espadas en el suelo cada vez que Hiraku levantaba una con el pie para repeler un corte del reptil o un mordisco del roedor—. Si lo suelta ahora mismo, quizás podamos llegar a un acuerdo para que se marche en su aeronave. ¿No cree que es un trato justo, mi señor?

                  —Al único lugar al que la dejaría ir en esa vulgaridad de hojalata es al mismísimo Sol… ¡Hasta que ardan por completo! —masculló el duque, encaprichado ya con la idea de no perdonar a los traidores—. ¡Iveroy, llama de una vez a los guardias! ¡Hagan sonar los silbatos y las campanas! ¡Toda Nova Haven debe enterarse de esto!

                  —¿Y por qué no todo el reino de Vernea? —sugirió Amelia, entornando su mirada. A Reginald III se le crisparon un poco los hombros, y hundió la cabeza como si su cuello se hubiera encogido varios centímetros. La chica pensó que había dado en el blanco, pues decididamente no eran los únicos traidores en el Gran Salón, y prueba de ello fueron los labios de su rehén arrimándose a algo debajo de su gargantilla. Tan pronto como lo notó, tiró de su cuello y le arrancó a tiempo el pequeño silbato dorado que ocultaba antes de que pueda sonarlo—. ¿Buscabas esto? ¡Qué curioso, yo tengo uno muy similar!

                  —¡No se te ocurra! —ladró Reginald III aguantándose las lágrimas.

                  —¡Señorita Starling, no lo haga! —pidió Iveroy retrocediendo unos cuantos pasos al ver cómo ella exhibía un colgante con un silbato rojo tan fino como un cigarro y se lo llevaba a los labios.

                  Junk no escuchó el pitido, pues colgaba de la plataforma elevadora agarrándose con alma y vida mientras intentaba no quemarse la espalda contra las paredes de la torre y sostenía la Remorgun entre los dientes, oyendo el murmullo inquieto del grupo de científicos que se dirigían presurosos hacia el laboratorio del palacio. Aun así, probablemente tampoco lo habría oído estando justo al lado de Amelia, pues el pequeño instrumento creó frecuencias sonoras que solo algunas aves en el cielo pudieron detectar, y solo una de ellas respondió con plena consciencia de lo que aquel sonido representaba.

                  Precipitándose como una lágrima de fuego desprendiéndose de una nube bajo el Sol, el halcón incendió su plumaje cayendo en picada sobre la pista de aterrizaje del palacio de mármol, esquivando la plataforma circular y trazando una espiral alrededor del torreón del laboratorio por donde el elevador ascendía. Los científicos de Reginald III se apartaron hasta que sus espaldas rozaron la pared, rasgándose los guardapolvos blancos por la fricción, y el propio Johannes Bohr tuvo que saltar hacia atrás justo cuando su zapato estuvo a punto de aplastar los dedos del polizonte que pendía del borde del elevador. Junk mordió la Remorgun con más fuerza al ver cómo algunas plumas se calcinaron en el aire delante de sus ojos, reduciéndose a cenizas antes de rozarle un pelo, mientras Talonflame desaparecía por debajo y giraba como una tromba endiablada por el jardín trazando una franja negra de pasto chamuscado rumbo al acceso al Gran Salón. Supo que tenía que aprovechar el momento de confusión creado por el ave de Amelia para trepar con todas sus fuerzas y rodar por la plataforma. Cuando los ojos de los científicos se apartaron de la última pluma consumiéndose entre sus zapatos y se fijaron en el intruso de Scraptown, Junk ya corría y saltaba fuera de la plataforma aterrizando en el puente arqueado que accedía directamente al laboratorio principal en lo más alto de la torre. El elevador se detuvo y el grupo de hombres de ciencia pusieron a prueba algo más que sus cabezas, corriendo tras él con un grito de horda que le arañó la nuca.

                  —¡¡Deténganlo!! —rugió Bohr, que se quedó sobre la plataforma con la boca tan abierta como el oscuro portón que conducía a la sala de pruebas científicas a la que se dirigía Junk. No tardó en notar que, incluso si el chico se veía exhausto y enclenque y que no era particularmente veloz, sus hombres de ciencia eran bastante menos atléticos que él, y había un trecho irreducible que los separaba de su presa. Con un gruñido de hastío, hundió la mano en un bolsillo interno del delantal y sacó un aro de hierro con una bobina y un disco cóncavo. Lo abrió destrabando un filamento de metal y tomó aire para gritar antes de arrojar el objeto como un frisbi—. ¡¡Si no van a ser útiles, háganse a un lado ahora!!

                  El aro giró por el aire trazando una línea recta perfecta soltando un silbido agudo en dirección a Junk. Al ras del puente voló esquivado por las piernas de los científicos que saltaban hacia un lado para dejarlo pasar, algunos quedando al borde de una caída mortal desde esa altura en el puente que conectaba las torres, hasta cerrarse en torno a los tobillos del escraptonita que cayó de bruces en la sombra del marco de la puerta que estuvo a punto de cruzar. Junk se agarró la nariz sangrante y se arrastró como una oruga, pero el objeto arrojado por Bohr oprimió sus piernas con tal fuerza que el dolor lo paralizó.

                  —Ni lo sueñes, mocoso —sonrió el científico en jefe avanzando a través del puente al tiempo que sacaba una cajita con una rueda de su delantal y se la enseñaba al chico que lo veía llegar de cabeza mientras se retorcía en el suelo intentando alcanzar el nuevo grillete que aprisionaba sus tobillos impidiéndole avanzar.

                  Junk gritó de impotencia antes de callar completamente cuando oyó un chillido familiar llamándolo del otro lado del portón, y arrastrado por el magnetismo de ese llamado extendió los brazos aferrándose al suelo de piedra y se arrastró como pudo hasta que sus ojos atravesaron las sombras y espiaron detrás del marco de la puerta una mesa de trabajo del otro lado de un largo pasillo repleto de cápsulas tubulares como peceras donde cuerpos suspendidos eran monitoreados por cables conectados a pantallas que alumbraban el recinto con luces de un neón antinatural. Allí, dentro de un frasco pequeño con cúpula de caucho enroscada al vidrio aislante de electricidad apoyaba la frente y las patitas delanteras Nix, con sus ojos azules tan enormes como dos lagos derramándose por su rostro al verlo de nuevo.

                  —¡¡Nix!!

                  Pero el hombre de Nova Haven giró la rueda como una perilla y encendió el disco cóncavo en el aro que apresaba a Junk, emitiendo éste una frecuencia de ultrasonido tan aguda que encendió los oídos de un grupo de murciélagos pendiendo de cabeza sobre los altos techos del laboratorio en sombras. En un instante, un enjambre de bestias de pelaje azul, algunas con y otras sin ojos, algunas con narices estampadas con manchas de corazones y otros con escamas púrpuras y redondas orejas vibrantes comenzaron a volar alrededor del escraptonita, atraídos por la frecuencia y por la sangre que corría por sus venas. Bohr estaba en éxtasis mientras contemplaba la desaparición del estorbo bajo el cúmulo de monstruos que había amaestrado con su invento. El reptil prisionero soltaba descargas incesantes que no le hacían nada a su celda personal, intentando al menos llamar la atención de los murciélagos con la luz de sus rayos, pero éstos estaban completamente ciegos incluso teniendo ojos, y solo respondían a la frecuencia regulada por Bohr y a la sangre caliente de su presa retorciéndose ya dentro del laboratorio, mientras el resto de científicos mantenían una distancia prudencial sobre el puente.

                  —¡Esto le pasa a los que intentan pasarse de listos en mi campo! —reía Bohr deleitándose con los gritos ahogados de Junk bajo el montículo de murciélagos buscando clavarle los colmillos—. ¡Estos monstruos chupasangre te dejarán más delgado de lo que ya estabas! ¡Por mucho que grites, la frecuencia de tu voz no surtirá efecto en ellos! ¡No puedes simplemente dialogar con estas bestias! —Pero Junk ya no intentaba gritar o apartarlos con sus manos, permitiendo que los finos colmillos como jeringas se claven en su piel buscando sus venas y apresurándose a hurgar en sus bolsillos antes de desfallecer por la pérdida de sangre. Cargó la Remorgun e incrustó un cable elastizado de tres metros a la boca de pez de su pistola, ignorando todo a su alrededor excepto por los gritos impotentes de Nix al otro lado del pasillo—. ¿Qué te matará primero, la hemorragia o el veneno de las mordidas?

                  No le importaba averiguarlo, y simplemente estiró su brazo plagado de alas y dientes hasta que la Remorgun sobresalió de la maraña de bestias que se lo comían vivo lentamente, jalando del gatillo en dirección a la cúpula y disparando una Bola de Pocket conectada por el cable que se estiró tras una cortina de vapor, golpeando la carcasa de acero contra el vidrio y haciéndolo estallar en mil pedazos mientras la energía liberada por el esférico atrapaba a la confundida Helioptile convirtiéndola en un torbellino de moléculas que regresaron al núcleo magnético en el centro del objeto, cerrádose arrastrado por el cable hasta refugiarse nuevamente en la boca del arma empuñada por el joven. Con la piel pálida y los ojos débiles, Junk apuntó nuevamente hacia el aro oprimiendo sus tobillos y disparó sin dudar un segundo, quebrándolo con el impacto de la esfera que liberó finalmente a Nix a sus pies.

                  —Nix, luego nos daremos el abrazo que nos merecemos —jadeó el joven cubierto por bestias, pero Nix pudo ver la sonrisa asomando bajo una mueca de dolor, así como un pulgar levantado bajo los robustos guantes de cuero aislante que utilizaba en circunstancias especiales—. Por ahora… ¡Abrázame con tus rayos!

                  La Helioptile comprendió perfectamente lo que la apremiante circunstancia demandaba de ella, y agradeció que su amigo tuviera puestos aquellos horribles e incómodos guantes que el Viejo Pocket le había obsequiado tiempo atrás, pues pudo liberar toda la furia electrizante en su interior con una descarga que rostizó a las bestias adheridas a sus brazos y a su cuello, dejándolas tumbadas y temblando con bobas expresiones alrededor de los dos. Junk se incorporó con dolor cuando la reptil saltó contra su cuello, dándole un suave abrazo con sus patas cortas antes de horrorizarse al ver cómo de los puntos rojos en su piel comenzaba a manar un débil hilo de sangre. Pese a todo, el muchacho consiguió ponerse de pie ante la incrédula expresión de los científicos al otro lado. Le devolvió una sonrisa a Bohr, el más petrificado de todos, y desapareció de su vista ocultándose en las sombras del laboratorio. Tardaron unos segundos en entender que los murciélagos ya no servirían de mucho, y que ellos mismos deberían ocuparse de atrapar con sus manos al intruso.

                  Debajo, más allá del camino negro dejado por las llamas sobre el jardín, las puertas del Gran Salón vibraban con violencia ante cada golpe de los caballeros de Nova Haven al otro lado, intentando acceder sin éxito, pues Hiraku había tomado la precaución de trabar los tiradores de acero de las puertas con lanzas cruzadas que no tenía más necesidad de usar para pelear, pues la intrusión de Talonflame había desequilibrado la balanza de poder a su favor, y ahora le daba serios problemas al Juptile y al Raticate que le daban caza corriendo por las paredes y propulsándose entre las columnas mientras el ave volaba ágilmente alrededor de la araña colgante y los repelía con corrientes de aire caliente que dejaban sombras oscuras en la alfombra.

                  —¡Solo tiren la puerta abajo, con un demonio! —gritó Reginald III fuera de sí, aguantándose las lágrimas por tener que ver una vez más cómo su precioso Gran Salón era destrozado—. ¡Iveroy, la gota!

                  Aquello no estaba entre los planes de Amelia, que se aferraba al cuello y los brazos del Duque con todas sus fuerzas para no dejarlo escapar. Vio al mayordomo suspirar y sacar una jeringa tapada por un capuchón púrpura de su traje impoluto, y lo vio encaminándose rumbo al gorila durmiendo pesadamente detrás del trono a solo metros de ella. Si le inyectaba directamente eso a la bestia que debía pesar un par de toneladas, probablemente arriesgando su vida en el proceso, desataría su furia y sacudiría toda Nova Haven con su despertar. Era el ser más peligroso en todo el castillo, y solo ella tenía al alcance de su mano lo único que podría detenerlo, así que apretó el cuello de Reginald III con su brazo libre y estiró el otro hacia Iveroy, disparándole una ráfaga de esporas delante del rostro que lo hizo caer de rodillas. Sin embargo, con sus últimas fuerzas deslizó la jeringa hacia un lado y ésta rodó hasta detenerse entre los dedos larguiruchos del duque, que no dudó en destaparla y hundir su punta en un costado del tranquilo perro hinchado a su lado, liberando aquella virulenta sustancia que galopó desatada por sus venas.

                  —¡¡No!! —chilló Amelia cuando el Furfrou encogió sus pupilas teñidas por una sombra violácea y acrecentó sus colmillos para arrojarle un tarascón que la obligó a desprenderse de su rehén para no perder el brazo de un mordisco. Le apuntó con la Remorgun y jaló del gatillo solo para comprobar que ya no le quedaba carga de esporas, al tiempo que Reginald III le arrebataba con un furtivo movimiento de manos el silbato dorado y corría lejos de ella y del perro endemoniado llevándoselo a la boca.

                  Talonflame esquivó un corte del reptil verde y un coletazo del roedor castaño al arrojarse en vuelo rasante rumbo a la piloto, en respuesta a su grito de desesperación, pero un soldado caído despertó del sueño profundo y arrojó un corte a la nada con su espada, encontrándose su filo con una de las alas y arrancándole unas cuantas plumas que lo hicieron rodar por el suelo. Raticate corrió sobre el halcón caído y le hincó sus incisivos en la nuca, y cuando Hiraku intentó sacárselo de encima con la espada que arrancó de una mano, las guadañas verdes del Juptile se interpusieron en su camino y le dedicaron salvajes cortes antes de alejarse cuando el hombre de Zeio amagó con sacar aquella inquietante prisión en miniatura.

                  La tensión en el aire podía moldearse como arcilla y le cortaba la respiración a todos los allí presentes. Los únicos pulmones con suficiente energía para seguir chillando eran los del duque, quién sopló del silbato apretando sus ojos saltones y agitó las cadenas conectadas a las gruesas muñecas y los robustos tobillos del primate que encendió sus ojos como luces del más allá, apoyando los dedos sobre el respaldo del trono y hundiéndolo en su lugar al incorporarse pesadamente. Su gruñido bastó para arrastrar lejos del trono las cortinas de humo y polvo de esporas y escombros a su alrededor, mientras Iveroy se desvanecía a sus pies. El Lickilicky Roberto atinó a envolverlo con su lengua sangrante para arrastrarlo lejos de la pisada del Slaking que avanzó tronando sus nudillos, listo para aplastar a cualquier forma de vida que se interpusiera en su camino sin rumbo fijo. Sus orejas redondas se movieron cuando la aguda voz del duque lo llamó desde un rincón detrás de una columna.

                  —¡¡Mata a esa chica y al zeionés, Holgazán!! ¡No quiero que dejes ni sus sombras!

                  Sus palabras acompañaron al torrente de veneno inyectándose en su cuello y sus brazos, hinchándole los músculos endurecidos con un impulso de violencia que normalmente no habría sentido. Desde que vivía en ese castillo, sentía que sus despertares eran más violentos que en el bosque. Sin embargo, la sensación de adrenalina le agradaba. Retorció una sonrisa llena del frenetismo que había olvidado al evolucionar y lanzó una descarga de puñetazos sobre la mancha verde que se interpuso entre él y el hombre de Zeio que le presentó el filo de su espada.

                  Un gecko insoportable corrió por su brazo blandiendo las hojas afiladas en sus muñecas y saltó entre sus ojos para asestarle un corte vertical, pero el simio echó la cabeza hacia atrás y lanzó un topetazo directo al zarpazo, obligándolo a apartarse antes de que su ataque fuera intercambiado por la dureza de un cráneo partiéndole varios huesos de un golpe. Juptile no quería que el humano espadachín sospechara que trataba de defenderlo del Slaking; simplemente impedía que le arrebataran a su presa. Si alguien liquidaría a ese tipo, sería él mismo.

                  —Apártate —le advirtió el hombre de azul arrojándole la espada al gorila, que la repelió con el dorso de la mano como si le hubieran aventado un mondadientes, antes de hacer una finta entre sus patas ganándole la espalda.

                  Levantó una lanza con el pie e intentó hundirla en el lomo de la bestia gigante, pero los músculos del gorila fueron suficientes para frenar la punta de hierro de su arma, partiendo el mango de madera en el acto. Hiraku sintió que su hombro casi se dislocaba por el impacto, pero pudo retroceder a tiempo antes de que un pisotón del recién despertado lo convirtiera en una sombra sobre la grieta que dejó en el suelo. Colgado de la araña, Juptile se balanceó y azotó el aire con la hoja en su cabeza liberando una lluvia de dagas verdes sobre Slaking, que rio por el cosquilleo antes de estirar una mano hacia él, obligándolo a saltar lejos mientras arrancaba la lujosa lámpara del techo y se la arrojaba divertido. Esta vez fue Talonflame quien se interpuso, aleteando con fuerza y repeliendo los cristales cortantes producidos por el estallido del objeto a pies de Juptile y devolviéndoselos al monstruo gigante junto con una corriente de aire caliente. Algunos fragmentos de cristal se le metieron en los ojos como basuras y lo hicieron trastabillar, cosa que tanto Hiraku como Juptile aprovecharon para lanzarse a sus talones cruzando dos cortes certeros que le abrieron heridas gemelas. Slaking se tambaleó, perdiendo el equilibrio, y por primera vez esbozó algo así como una mueca de dolor.

                  —No lo mates —le advirtió al reptil verde, que estaba listo para ir por la cabeza—. Necesitamos cortar su collar, con eso bastará para calmarlo… Espero.

                  —¡Vile! —gruñó el lagarto con un chasquido de su lengua, como si se resistiera a cooperar con el humano con el que instantes atrás estaba trabado en combate.

                  —Luego resolveremos lo que tengamos pendiente —le prometió Hiraku, dedicándole una media sonrisa antes de saltar lejos del cuerpo descomunal que cayó de rodillas, vencido por un peso que ya no era soportado por sus patas heridas. Aterrizó sobre el hombro de Slaking y blandió una segunda espada fijándose en el collar de acero lleno de jeringas que se clavaban a través de las cadenas apresándolo, pero el gorila lanzó un rápido mordisco que lo obligó a dejarse caer hacia atrás, y los colmillos se hundieron en su propio hombro arrancándose pelo y sangre con un rugido de rabia antes de lanzar un puñetazo al suelo, ahí donde el de Zeio había aterrizado.

                  No supo por qué su instinto le había pedido que lo hiciera, pero Juptile se arrojó sobre Hiraku y lo apartó de allí con un empujón, salvándose los dos por centímetros de ser aplastados por el puñetazo de hierro de aquel monstruo desaforado. Talonflame hubiera sido de gran ayuda de no estar luchando nuevamente contra el roedor y el perro que se lanzaban sobre Amelia al otro lado del Gran Salón, respondiendo a los desaforados chillidos de Reginald III mientras éste corría entre los cuerpos y los escombros rumbo al portón trabado por la lanza y se disponía a abrirlo para que su ejército pudiera acceder antes de tener que derribarlo.

                  Un segundo después, Juptile enfiló su carrera contra el Slaking que se arrancaba las cadenas no para ser libre, sino para usarlas como látigos para aplastar en simultáneo a Hiraku y Amelia, que fue salvada por las garras de Talonflame que la elevaron por los aires aferrándose al cuello de cordero de su chaqueta. Hiraku vio una sombra rosada acelerando desde el otro lado del salón y no dudó en arrojarle la Bola de Pocket al lagarto verde, encerrándolo antes de que el fortísimo lengüetazo de Lickilicky le rompiera algunas costillas, y pegó un salto sobre éste atrapando la esfera en el aire para arrojarla nuevamente todavía más alto, abriéndola por encima de la cabeza del gorila que partía columnas con los cadenazos que le lanzaba al ágil halcón de fuego.

                  El gecko no se permitió dudar y descargó una ráfaga de cortes sobre los hombros, cabeza y nuca del simio. Sabía que no era tan fuerte como para decapitarlo aunque quisiera, así que lanzó su ataque con todas sus fuerzas solo para aflojar el collar que lo envenenaba. Al cabo de unos segundos, una grieta desprendió el metal de la piel, al mismo tiempo que un rápido manotazo de Slaking lo atrapaba en el aire, enroscando la pesada cadena en el cuerpo y el antebrazo del simio mientras humo púrpura escapaba de las heridas alrededor de su cuello. La bestia exhibía sus colmillos presionando los huesos del reptil que se rehusaba a deleitarlo con sus gruñidos de dolor, pero vaya que le dolía.

                  Antes de desvanecerse por el agarre quebrantahuesos de Slaking, Juptile fijó sus ojos amarillos en los de Hiraku, y se encontró con una expresión de desconsuelo y desasosiego que le heló aún más su ya de por sí fría sangre.

                  Reginald III retiró la lanza tras jalar con esfuerzo un par de veces y el portón se abrió con el empuje de una veintena de soldados armados con rifles y un cañón a ruedas lleno de pólvora que habían estado a punto de disparar para ingresar al Gran Salón. Del otro lado, el Talonflame cargando a la piloto sobre su lomo era interceptado por el ancho panzazo de Lickilicky, que había enroscado la punta de su lengua a una columna a sus espaldas y se arrojó como proyectil en dirección a ellos. Amelia se abrazó al cuello del halcón y lo hizo girar de cabeza para evitar por poco el impacto, y el camaleón rosa acabó estrellándose contra la columna que se partió tras un estallido.

                  Los hombres apuntaron sus armas a Hiraku tras comprobar que Slaking estaba a punto de matar al reptil encogido en su puño. El duque estuvo a punto de dar la orden de fuego, pero un silbido llegó desde el aire, por encima del agujero que había dejado la araña colgante arrancada por el monstruo gigante. El silbido creció rápidamente, como si algo hubiera aparecido de golpe sobre el techo, precipitándose como un cañonazo disparado por el mismo cielo en su contra. De pronto, fue sustituido por el ruido frenético de un taladro encendiéndose, y el impacto de la caída hizo estallar el techo sobre sus cabezas mientras un meteorito vivo de armadura gris partía el mármol con su cuerno giratorio y aplastaba al primate cayéndole encima con todo el peso de su cuerpo. La mano de la bestia se abrió entre una nube de polvo que cegó a todo el mundo, y el reptil verde cayó a los brazos del hombre de Zeio que corrió hacia él para ponerlo a resguardo en el interior de la esfera capturadora.

                  —¡Disparen a la bestia! —ordenó Reginald III apuntando al rinoceronte bípedo que se reincorporaba sobre el cuerpo desmayado de Slaking, asomando entre la espesa cortina de polvo la silueta del monstruo que comenzó a hacer girar su cuerno en alto. Otra silueta se desprendió de su espalda con un salto: una bestia cuadrúpeda con un chico en su lomo que lo apuntó con algo en su mano, haciéndolo desaparecer como por arte de magia. La nube de polvo se tragó la balacera que siguió de largo, estallando las esferas plomizas contra la pared llena de cuadros del duque, que acabó con su rostro desfigurado por las pequeñas explosiones de pólvora sobre los lienzos—. ¡¡No a mí, idiotas!! —Chilló espantado viendo cómo su grandilocuente retrato quedaba como un queso gruyer.

                  —¡Junk! —gritó Amelia al ver al chico que a duras penas podía sostener entre sus dedos la Bola de Pocket de su Rhydon mientras Haku lo cargaba en su lomo y trotaba hacia Hiraku—. Tenemos que salir de aquí —Le dijo al de Zeio en voz baja, aprovechando la confusión desatada entre los soldados que comenzaban a aventurarse hacia la cortina de polvo en el centro del Gran Salón y soltaban exclamaciones de asombro al ver el cuerpo debilitado del monstruo más fuerte en el palacio de mármol—. ¿Puedes andar, Junk?

                  —Haku lo llevará —le dijo Hiraku acariciando el morro de Absol y dedicándole una breve sonrisa, aliviado al ver que su compañera había podido salir de la sala de emergencias bajo el laboratorio—. Démonos prisa.

                  —Absol cortó el puente para que pudiéramos escapar de los científicos —jadeó Junk ahogado por la tos mientras intentaba mantenerse consciente para no caer del lomo de la bestia blanca, aferrándose a su cuello mientras ésta corría fuera del Gran Salón seguida por Hiraku y el Talonflame que volaba con Amelia en su lomo—. No es seguro usar el elevador.

                  —Nada de lo que nos hiciste hacer en estos tres días fue seguro —rabió Amelia dándole un coscorrón antes de que su halcón levante vuelo en el jardín, alejándose de ellos—. ¡Me adelantaré para encender la Vivi Brava, ustedes usen la plataforma elevadora de todos modos! ¡Yo los cubro desde arriba!

                  Y, sacando su silbato rojo, giró una perilla en su base como si de un pintalabios se tratara y la boquilla del instrumento cambió a una pintada de blanco, que hizo sonar con un pitido mientras Talonflame se perdía en las alturas más allá de la plataforma de aterrizaje. Hiraku y Junk subieron rápidamente a la plataforma salpicada por escombros solo para constatar que ésta no se elevaba.

                  —¡Mierda! Ese derrumbe no nos ayudó demasiado —se lamentó el hombre ante la mirada tajante de Haku, que pareció querer responderle «¿Así es como me lo agradeces?» mientras Junk comenzaba a girar el engranaje al frente de una de las esferas. Sin dudarlo, soltó entre ellos a Decker, que se incorporó con un rugido lleno de vigor antes de rozar su hocico pétreo contra el rostro del chico, mostrándose tan dócil y amigable como el Rockruff de Amelia.

                  —Decker se encargará de eso —aseguró el rubio, pálido y sangrando por las mordeduras, apenándose por ensuciar el brillante pelaje níveo de la Absol—. Amigo, necesito que eleves la plataforma hasta llegar a la terraza, arriba de todo. ¿Puedes hacerlo con tus poderes de tierra?

                  —¡Don! —asintió confiado el monstruo cornado, que cerró los ojos para concentrarse y apoyó las manos en la base de la plataforma, pidiendo prestada energía a la tierra debajo suyo para invocar una columna de suelo que impulsó el elevador a toda velocidad, esquivando a tiempo una segunda ráfaga de disparos que llegaron por el patio desde el Gran Salón. Vieron en lo alto cómo dos soldados corrían empujando el cañón con ruedas y lo torcían apuntando hacia ellos para luego disparar un cañonazo en su contra, listos para volar por los aires la plataforma circular. Hiraku amagó con arrojar su Bola de Pocket para liberar al reptil arbóreo, pero Haku gruñó y negó con la cabeza. Aquello lo hizo entrar en razón: Juptile estaba demasiado débil como para exponerlo de esa forma. Pero no había tiempo de pensar, la bala de cañón les daría de lleno un segundo después.

                  Fue un portentoso coletazo férreo del monstruo de roca el que rebatió el impacto de la bala, revoleándola contra la campana en lo alto de una torre frente a ellos. El grave y súbito campanazo hizo vibrar toda la ciudad, y la gente comenzó a correr por las calles cuando la gran torre en lo alto del palacio de mármol empezó a desmoronarse, tragándose el humo a los soldados que corrían lejos de la columna de tierra invocada por Decker.

                  Desde lo alto, los científicos armados con pistolas de dardos venenosos y látigos electrificados cruzaban un puente intacto junto al que Haku había cortado con su hoz minutos atrás y le apuntaban a los humanos y bestias que intentaban escapar rumbo al aeródromo. Con pánico y furia en los rostros, los hombres de blanco intentaron interceptarlos, pero comenzaron a resbalar cuando una lluvia torrencial se precipitó sobre ellos. Aquellos que no caían sobre sus traseros y patinaban sobre el puente de piedra marmolada acababan pisando unos pequeños adoquines flotantes y puntiagudos que parecían haber salido de la nada. Levantando sus cabezas hacia el cielo aparentemente despejado, se encontraron con una única nube invocada por una criatura en forma de gota junto a un perrito asomando desde el ala de un vehículo que avanzaba lentamente por la pista de aterrizaje. La mirada de un halcón rojo aterrizando junto al perrito que se sacudía piedras afiladas del cuello como si fueran pulgas terminó por amilanar a los hombres de ciencia, que bajaron sus armas casi como si estuvieran avergonzados de haberse atrevido a atacar con ellas a los humanos a los que por algún motivo se esmeraban tanto por defender.

                  Así, Junk, Haku y Hiraku ingresaron a la Vivi Brava seguidos por los compañeros de Amelia, que guardaba el tren de aterrizaje desde la cabina de mandos y comenzaba a levantar vuelo ensordecida por el eco de campanadas, sirenas, gritos y alarmas resonando por todo el palacio y, por extensión, por toda Nova Haven.

                  —Rockruff se ocupó de averiar las otras aeronaves mientras estábamos abajo —le informó Amelia a los demás mientras el perrito de piedra saltaba a su regazo moviendo la cola, orgulloso de su hazaña—. No van a alcanzarnos.

                  —No se ve nada bien —suspiró Hiraku recostando a Junk en la camilla mientras Haku traía una cubeta llena de agua en la boca. El de Zeio humedeció un paño frío y lo apretó contra la frente del muchacho: estaba pálido y afiebrado, y sus manos y pies temblaban por el veneno que corría por su sangre rápidamente—. ¿Tenemos alguna baya medicinal en el depósito del monstruario?

                  —Usamos todas anoche en Foongu —Amelia espió por el reflejo del parabrisas a su derecha cómo Junk balbuceaba incoherencias con los ojos apretados como si estuviera sumido en una estresante pesadilla. Sus manos todavía se aferraban con alma y vida a las Bolas de Pocket que contenían en su resguardo a Nix y Decker.

                  —No todas —parpadeó Hiraku un par de veces, viendo cómo algunos costales se revolvían detrás de montículos de heno en el monstruario—. Ahí viene una rodando.

                  Amelia casi salta de su asiento mientras la Vivi Brava se ocultaba entre las nubes doradas bajo los rayos de sol, ya lejos de la ciudad blanca. Se giró para corroborar que el zeionés no estaba delirando por alguna contusión en la cabeza luego de la cruenta batalla en el palacio, y su mandíbula cayó rendida ante la imagen de una baya rosada en forma de corazón que rodaba y brincaba con una cola verde asomando a través de un agujero hasta saltar en el sofá, sobre el pecho de un Junk que ya no sabía si estaba consciente o inconsciente.

                  —¡Applipli! —chilló la Baya Pecha, como invitándolo a comerla con sus expresivos y saltones ojos verdes.

                  El gusanillo escapó del fruto tan pronto como Hiraku lo tomó en su mano y se lo arrimó a la boca a Junk, ayudándolo a morder un pedazo para tratar el envenenamiento que lo debilitaba gradualmente. Tras comprobar con una sonrisa nerviosa que el chico estaba comiendo la baya, reptó rápidamente lejos de la vista de los demás hasta refugiarse entre las frutas del costal en el monstruario, ocultándose dentro de una manzana roja como si se sintiera desnudo y vulnerable sin una fruta encima.

                  —¿Tú estás bien? —preguntó Hiraku a la chica al cabo de unos minutos, tras comprobar que el chico volvía a respirar con normalidad, mientras curaba las heridas de las mordeduras en su cuello y brazos con un paño embebido en alcohol. Amelia volaba tan rápido y tan lejos que a su alrededor ya solo veían agua.

                  —No suelo volar sin rumbo —dijo aferrándose al volante, todavía procesando el terror que había vivido en Nova Haven.

                  —No lo hagas —propuso entonces, como si lo hubiera estado meditando en su cabeza durante ya un largo tiempo. Se incorporó del sofá y avanzó por la cabina de pasajeros tomando un mapa de la mesa lleno de garabatos del Bosque Foongu y las bestias que lo habitaban, apoyando el pergamino en el parabrisas esmeralda y señalando un punto hacia el oeste del mismo—. Llévanos a Ravenhurst; conozco a alguien que puede ganarnos tiempo.


                  Continuará…

                  Comentario

                  • El_Rey_Elfo
                    Junior Member
                    SUPAR PRUEBA
                    • dic
                    • 25
                    • 🇨🇱 Chile
                    • Coquimbo

                    #24
                    Holiiiiiiiiiii

                    He vueltoooooo, no gozo de mucho tiempo en mi vida, pero quería ponerme al día con las lecturas, por lo que tendré que ir de a poco, acabo de terminar de leer el capítulo 6.

                    Pobre zeiones, le rompieron su espada, me sigue intrigando su trasfondo, no parece alguien que aguantaría que le rompieran su espada por una misión muy lejos de su hogar. Tiene cara de ser alguien con pasado trágico. Supongo que a los demás no les molestó demasiado que se deshiciera del caballero ese desagradable, pero después de su muerte parece ser que él se convirtió en la amenaza del grupo, por la forma en que trató a Amelia, sin mencionar que sus intenciones y/o motivaciones siguen siendo un misterio. Sigo teniendo la esperanza de que todos se lleven bien y sean amiguis.

                    Amelia claramente es la inteligente del grupo, para ser que suele llevar un plan B, C, D en caso de ser necesario, aunque igualmente no pudo con evitar lo de la espada.

                    Siento que los soldados cada vez son más imprudentes e impacientes, yo también lo estaría en una situación así, me dan ganas de golpearlos para que reaccionen bien y con mejor disposición. Después de la muerte del imbécil, pareciera que hace falta una figura de liderazgo que a ratos Amelia y Gareth intentan llenar cada vez que pueden. La figura del imbécil que murió no contaba antes porque el sólo imponía órdenes. Supongo que tarde o temprano tendrán que aprender a hacerlo mejor.

                    Siento que Junk usa el conocimiento a su favor, como no le pueden debatir porque no saben, termina de alguna manera manipulándolos para que hagan lo que quiera/necesita, no sé si lo hará conscientemente o no, pero insistió en los polvos de Shiinotic y le hicieron caso, a regañadientes, pero lo hicieron. Siento como si Junk aprovechase la situación para investigar más cosas de las que dice.

                    Bueno, veré cuándo sigo leyendo. Nos leemos.

                    Comentario

                    • Tommy
                      TLDR?/A tu vieja le gusta
                      SUPAR PRUEBA
                      • dic
                      • 67
                      • 🇦🇷 Argentina
                      • Buenos Aires

                      #25
                      Último día para no faltar a mi palabra, y cumplo trayendo un nuevo capítulo donde, aviso, no aparece ninguno de los protagonistas. Me parece que ya es momento de expandir un poco el mundo y conocer otras caras importantes para Vernea. Este fue de los más divertidos de escribir en el primer arco, así que espero que les guste.

                      Le respondo a El_Rey_Elfo (¡volviste! ) y seguimos.



                      ---

                      Capítulo 09: El tridente del rey

                      Imperia era el nombre de la capital de Vernea, aunque sus dimensiones y distancia con respecto al resto de las principales ciudades de la región la hacían parecer un reino aparte. Construida en una parcela rodeada por un lago en forma de sonrisa atravesado a los lados por inmensos puentes de hierro sobre los cuales cruzaba el tren que daba la vuelta por todo el hemisferio norte de Vernea, Imperia destacaba por su clima frío y sus edificios robustos, construidos en los mejores aceros, esto con la idea de poder resistir no solo el inclemente clima del norte, sino los feroces bombardeos de regiones enemigas. Un domo de hierro se plegaba por las noches cubriendo de sombra la totalidad del lugar, que durante el día era celosamente custodiado por el ejército real, tan fuerte por su cuenta que podría enfrentar a países enteros y ganar.

                      Originalmente destinada a la familia real y a los integrantes más destacados de la nobleza, el rey Godric se había comprometido a expandirla y volverla un hogar para muchas otras familias de la región, ampliándola gracias a la construcción de los puentes y de la estación ferroviaria en el sureste. Gracias a dichas obras, la gente comenzó a llegar a Imperia con esperanzas de un futuro más próspero y de la máxima seguridad que proveía el ejército del rey. Del mismo modo, le dio un centro de entretenimiento tan impresionante como el resto de su infraestructura: Corona Valor, un descomunal coliseo al aire libre de más de doscientos metros de longitud y al menos setenta de alto, con varios pisos de gradas desde donde todo vernés era invitado a contemplar los eventos que tenían lugar allí cada fin de semana. Aquellos que acudían en estampida los sábados por la noche y domingos a mediodía llegaban y se iban con sonrisas en sus rostros, siempre y cuando lo hicieran en calidad de espectadores, pues el segundo modo de acceso a Vernea aparte del ferrocarril era como prisioneros enviados a luchar por sus vidas y su libertad ante las bestias más fuertes del ejército real.

                      Aquella era una mañana de domingo especial, pues era el primero de noviembre y eso significaba que el rey en persona acudiría al evento para presenciar el desempeño de los prisioneros. Esto no solo era crucial por la importancia de recibir atención del monarca absoluto en Vernea, sino porque su juicio tras el evento determinaría si los supervivientes serían aptos para unirse a las fuerzas de su ejército (si tras acabar con los monstruos conservaban todas sus extremidades intactas), o si les otorgaría el derecho de recuperar su libertad y regresar a sus hogares (si terminaban tan lesionados que resultarían inútiles como soldados). Godric era un hombre simple, que hacía ver las decisiones sobre el futuro de su región como un sencillo cálculo matemático de suma o resta. Para él, lo mejor era enviar a los zeioneses de regreso a su región, pues fungían como un claro mensaje al abrazar a sus familias en Zeio sin un brazo. Así les enseñaba la clemencia de Vernea, pero también su implacable ferocidad para con ladrones y asesinos de tierras ajenas.

                      En el centro de la arena se apretaban diez hombres a los que Vernea les había concedido tan solo protectores de cuero en los hombros y rodillas y una pechera de latón para resguardar (al menos de los primeros ataques) sus puntos vitales, de modo que el espectáculo no se acabara en cuestión de segundos. En sus manos portaban rudimentarias espadas oxidadas y cortas, tapas de barriles de madera como escudos y las mismas cadenas largas que colgaban de los grilletes en sus muñecas. Temblaban con un murmullo metálico mientras empuñaban sus armas, observando con pavor los orificios negros a su alrededor por debajo de las hileras de gradas desde donde una multitud escandalosa vitoreaba por ellos como si fueran héroes legendarios. O tal vez lo hicieran por los monstruos hambrientos aguardando su liberación desde los barrotes de hierro que los mantenían a raya de la arena.

                      Un coro de trompetas anunció la llegada del rey a su palco: Godric ingresó escoltado por un soldado de robusta armadura platinada que se cruzó de brazos detrás del lujoso sofá en el que tomó asiento tras saludar al pueblo que celebraba su presencia. El rey no escatimaba en sonrisas para su gente, incluso aunque su espesa barba grisácea tapara casi completamente la calidez en sus facciones al sonreír. Era un hombre muy alto y muy fuerte: tal y como un rey debía verse. Su tez estaba ligeramente bronceada pese a vivir en uno de los lugares más fríos de su región, pero aquello daba cuenta de su activa participación en la guerra contra Zeio y en sus múltiples viajes no solo dentro de la región, sino también hacia regiones aliadas como Paldea y Kalos para labores diplomáticas. Tras acomodarse en su asiento y recibir un par de binoculares para apreciar con lujo de detalles los movimientos sobre la arena, las trompetas resonaron tres veces prolongadas con cierto suspenso y un súbito golpe de tambores firmó el comienzo del evento.

                      —¿Tauros negros? —preguntó el soldado de cabello rojizo entornando la mirada.

                      —Un presente del rey de Paldea —asintió Godric sin apartar la vista de los robustos astados que ingresaban galopando a la arena, dispersándose en círculos para cercar a los aterrados prisioneros que apuntaban sus armas hacia sus negros y brillantes pelajes. Las bestias agachaban sus cabezas y azotaban el suelo con sus cascos haciendo saltar la arena y levantando una polvareda a través de la cual asomaban sus cortos cuernos y sus morros resoplando, ansiosos por entablar combate directo—. Si todo marcha bien, nos visitará para las festividades. Está ansioso por conocer Corona Valor.

                      —Si no se apresura, no podrá ver a sus toros luciéndose en la arena —especuló el soldado viendo cómo dos prisioneros gritaban al hundir sus espadas en el lomo de uno de los toros antes de salir volando por los aires tras una impresionante cornada ascendente. El mismo toro bramó antes de arrancarse las espadas con los cuernos y le propinó una coz de muerte a otro que intentó agredirlo por detrás, partiendo su débil escudo de madera y abollándole el peto de latón. La patada fue tan dura que pareció como si le hubiera arrancado el alma del cuerpo, que cayó rendido bajo el galope de otros tantos persiguiendo a aquellos que, desesperados, intentaban correr fuera de la arena y trepar por los muros hacia las gradas, solo para ser repelidos por una guarnición de soldados apostados con escudos de dos metros de alto y cortas espadas de hierro con las que cortaban sus dedos antes de empujarlos para caer de vuelta en la arena de combate.

                      —¿Tú crees, sir Thane? Yo soy un poco más optimista entonces, porque confío en que estas bestias paldeanas son mucho más vigorosas que las que normalmente vemos en nuestros campos. ¡Míralos! Si hasta disfrutan del combate como auténticos gladiadores.

                      Mientras algunos prisioneros de tez oscura y músculos prominentes se unían para detener por los cuernos a un toro negro que les clavaba los ojos con una sonrisa maniática arrastrándolos contra la pared y otros con ropas harapientas de Zeio eran apartados de las gradas por los soldados que los arrojaban de vuelta a la arena, obligándolos a defenderse con espadas rotas y desafiladas de los pisotones de las bestias que hacían temblar el suelo y formaban grietas bajo sus galopes, un prisionero se reveló en el centro de la masacre acurrucado, abrazando sus rodillas. El rey Godric lo notó cuando un toro robusto saltó sobre su cuerpo ignorando su presencia y aterrizó del otro lado aplastando a tres prisioneros que intentaban refugiarse entre los muertos: tan insignificante era que pasaba más desapercibido que los cadáveres, los escudos y los sables desperdigados a su alrededor. Sus binoculares le indicaron algo que casi lo levanta de su asiento: tan solo era una chica menuda que no parecía haber abandonado del todo la adolescencia, y que ocultaba su rostro bajo mechones de cabello púrpura, cubriendo parcialmente el resto con sus rodillas blancas y raspadas.

                      —¿Qué hace una chica en la arena? —preguntó con gravedad. Sir Thane suspiró y se encogió de hombros.

                      —Sir Grey insistió en ponerla a combatir —respondió con pesar, ya imaginando la expresión de hastío que el rey pondría un instante después—. No se deje engañar por su apariencia, Su Majestad: esa chica es una asesina de Zeio, de las más letales que hayan puesto un pie en Vernea. La atrapamos cuando intentó cargarse al conde de Ravenhurst, y hay suficientes pruebas como para acusarla del magnicidio al duque de Acquabella.

                      —Vaya credenciales —sonrió Godric, aunque su gran bigote y abultada barba impedían ver que lo hacía—. Así que esa niña liquidó a Nereo Waverley, ¿eh? Era un tipo duro, más parecido a Stormmherm que a su propio hermano. ¿Y dices que los Tauros no pueden oler la sangre en sus manos?

                      —Bueno, supuestamente al mayor de los Waverley lo ahogó en veneno —rememoró sir Thane llevándose un mano a la barbilla de la que crecía una tenue barba—, así que no necesariamente habrá tenido que mancharse las manos para hacer su parte.

                      —Sangre o veneno… —agitó una mano el rey—. Si esa chica oliera a muerte, las bestias ya estarían desafiándola a combate. A menos que algo más esté protegiéndola, algo que no podamos simplemente ver.

                      —¿Quiere que intervenga? —preguntó el soldado intentando disimular la ansiedad en su tono. Godric negó suavemente con la cabeza.

                      —No, es mejor así… —murmuró, estudiando la situación en la arena donde ya pocos hombres seguían en pie luchando por sus vidas, volando y cayendo a los lados de la joven agazapada que parecía esperar ser pisoteada en cualquier momento pero que, por algún motivo, no temblaba en absoluto—. Veamos qué clase de espectáculo puede ofrecernos. Pero haz algo por mí, sir Thane: pon una flecha delante de ella.

                      El caballero ensanchó una sonrisa y llevó su mano al carcaj que colgaba de la hombrera, sacando una flecha de plata. Se arrancó un trozo de capa roja y lo enrolló en la cola de la misma antes de presentarla en la cuerda de un arco enorme con el que apuntó al centro de la arena. Sus dedos soltaron la cuerda tensada con la delicadeza con la que un músico acariciaba su arpa, y la flecha zumbó por los aires ante la sorpresa del público que la vio precipitarse en un parpadeo entre los pies de la chica agazapada. Cuando la flecha se clavó en la tierra junto con el último suspiro de un hombre que se desangraba más allá, los toros que arrastraban cuerpos con sus cuernos y azotaban el suelo con sus cascos y sus tres colas enroscadas alzaron la vista en dirección a ella: sus ojos amarillos asomaban entre sus mechones de pelo y sus rodillas sucias viendo con estupor el trozo de tela flameando como una bandera de sangre delante suyo. Aquello desató la ira de los Tauros, que bramaron con el ímpetu de un ejército y aceleraron en una auténtica estampida sacudiendo todo el coliseo.

                      La chica permaneció en su lugar, sosteniéndoles la mirada, y murmuró palabras en un idioma que nadie consiguió escuchar o molestarse en comprender, con excepción de su propia sombra, que se expandió bajo su cuerpo formando un círculo que atrapó a los monstruos al apoyar sus pezuñas allí. Incluso endureciendo cada músculo de sus robustos cuerpos, era como si algo los hubiera sujetado directamente al alma, atándolos a aquella sombra ancha que ahora abría un par de ojos más rojos que la tela atada a la flecha, junto con una sonrisa macabra que abrió sus dientes revelando una lengua rosa emergiendo de la tierra o del mismísimo infierno, como una plataforma de elevación que conectaba otro plano con éste, haciendo aparecer dos criaturas agazapadas que se interpusieron entre la chica y los toros. La primera era una menuda comadreja bípeda de pelaje azul verdoso tan oscuro que podía pasar tranquilamente por negro, con una especie de pluma roja sobresaliendo de una oreja partida casi tanto como le crecían largas y ganchudas garras blancas de las manos. La segunda era un insecto verde tan alto como un hombre joven con dos pares de alas en la espalda y brazos que se convertían en guadañas reflejando los rayos de sol en sus hojas blancas y afiladas.

                      Tardaron menos de diez segundos en acelerar levantando una polvareda con su velocidad y en dibujar destellos de luz en el aire salpicando con sangre la arena, mientras los bovinos solo podían ver su muerte llegar con impotencia, adheridos a la sombra gigante en el suelo que les sonreía con sadismo mientras la mantis y la comadreja arrojaban cortes certeros a sus yugulares. Gradualmente el público comenzó a enmudecer, y para cuando el último monstruo astado se desplomó bajo el filo de sus adversarios, algunos suspiros y gritos de pánico se apoderaron de la gente en las tribunas del coliseo. Los soldados en la primera fila unieron sus escudos para formar una muralla más alta, y reemplazaron las espadas cortas por lanzas gruesas de más de tres metros de longitud apuntando al frente. Aquello le resultó absurdo a sir Thane, en el palco principal, que podía ver claramente cómo el insecto agitaba sus alas rápidamente para despegar sus patas del suelo y cómo la comadreja había logrado correr por las paredes del anillo de contención en la arena para saltar sobre los Tauros de Paldea. ¿Qué le hacía creer a los otros soldados que dichos escudos pondrían a salvo a los espectadores?

                      —Se terminó el show, Su Majestad —gruñó posando su mano en la empuñadura de la lanza cruzada en su espalda. Sin embargo, el rey se incorporó suavemente con un brazo en alto, atrayendo la atención del público y de las bestias que rodeaban a la joven agazapada en el centro de la arena.

                      —¿Cuál es tu nombre, jovencita? —preguntó Godric con un vozarrón que retumbó en todo el coliseo, cuya acústica parecía confeccionada especialmente para que su voz desde aquel palco se superpusiera a los gritos de todos los demás. Contra ello, el rey de Vernea hablaba con calma y pausa, como si se hallara en la mesa de un café junto a la chica que abrazaba sus rodillas mirándolo de reojo con aquellos ojos amarillentos y vibrantes, resguardada por las garras mortales de sus propios demonios y por la tétrica sonrisa acrecentándose desde la gran mancha oscura que se había comido su propia sombra.

                      —¡Snee!

                      —¡Ther! —gruñeron las dos bestias bajo el Sol, desafiando al hombre de corona dorada.

                      —Conque “Sneether”, ¿eh? Suena un tanto exótico, pero no eres la primera zeionesa con un nombre tan curioso —evaluó Godric pasándose una mano por la barba que le llegaba al pecho. La chica negó rápidamente con la cabeza, sin devolverle la mirada completamente.

                      —No creo que hable nuestro idioma —dijo sir Thane entre dientes, sin apartar su mano de la lanza que sobresalía detrás de su espalda. Notaba cómo ahora las miradas de las bestias junto a la chica se fijaban en él, y en la quietud o inquietud del arma que amagaba con desprenderse de la armadura para pelear contra ellas.

                      No soy nadie —las palabras salieron mudas por sus labios al ser pronunciadas en el idioma de Zeio, pero Godric había escuchado a suficientes enemigos como para comprender vagamente su significado. O tal vez supiera reconocer lo que los ojos de la joven quisieron decirle cuando su cabeza se volvió hacia él completamente, entornando los párpados y uniendo sus cortas cejas mientras una mueca de rencor aparecía en la contracción de sus labios: «Nuestro nombre no importa aquí más que nuestra sangre: la que fluye por nuestras venas o la que derramamos sobre sus tierras».

                      Aquella segunda voz hablando su mismo idioma le produjo un ligero escalofrío al escucharla más allá de sus oídos, en su pecho y en sus dedos y en la base de sus pies, mientras la sonrisa en la sombra se ensanchaba y retorcía hasta convertirse en un principio de espiral alrededor de ella.

                      —¿Y qué sentido tiene tu vida si no eres nadie? —repreguntó el rey sin dejarse amedrentar por la voz fantasmagórica de la sombra que hablaba sobre la tímida voz de la joven zeionesa—. ¿Qué sentido tiene tu muerte si los tuyos pierden a “nadie”?

                      —«No me quieres muerta por quién soy, sino por lo que soy» —habló en su mente el demonio de sombras bajo la chica, que seguía balbuceando en zeionés palabras que escapaban a su comprensión. Godric, sin embargo, esbozó una sonrisa franca y bajó su mano delante de sir Thane para aplacar el desafío que intentaba plantarle a las bestias en la arena con la sangre de los Tauros todavía goteando desde sus garras y cuchillas.

                      —No te quiero muerta, niña tonta —aseguró ante las exclamaciones de sorpresa del público a su alrededor. Creyó escuchar tímidos murmullos de confusión e incluso de reprobación entre los verneses, incluyendo a soldados y músicos en las gradas inferiores, pero los ignoró como si efectivamente estuviera a solas con la chica, teniendo una amena conversación de sobremesa en la que nadie más tenía lugar—. Las personas con talento no sirven muertas, y la forma en la que esas bestias te obedecen sin necesidad de someterlas con cadenas o venenos es digna de interés. Desgraciadamente, todavía no puedo decir que despierte mi admiración, pero sí mi curiosidad. ¿Acaso es cierto que los de Zeio son demonios capaces de relacionarse con esos monstruos sanguinarios? ¿Hablan ustedes el mismo idioma de las bestias salvajes?

                      —«Si no me quieres muerta por lo que soy… Significa que me harás vivir para serte útil. ¿Qué más puede querer un hombre que lo tiene todo en este mundo? No hay monstruo en Zeio ni en ningún otro lado que vaya a concederte la inmortalidad, rey».

                      —Me tomas por un egoísta. Pero si aspirara a vivir semejante cantidad de tiempo, no permitiría que tus bestias permanecieran de pie en mi arena por tantos minutos —replicó Godric frunciendo un poco el ceño, pues comenzaba a inquietarle el sentir que ya no hablaba directamente con la asesina de Zeio, sino con ese monstruo cobarde que solo enseñaba su retorcida sonrisa sobre la arena poblada por cuerpos de Tauros y de prisioneros, como un cementerio en crudo azotado por un sismo.

                      —Suficiente —suspiró sir Thane dando un paso al frente y soltando la lanza. Apenas resonó la armadura al moverse, la chica en la arena extendió una mano hacia atrás y rompió contacto visual con el rey, que sintió como si su cuerpo fuera sacudido por un vendaval, arrancándolo del trance que estaba experimentando.

                      Godric se encontró con un hilo de sangre asomando por su nariz y las miradas incrédulas del mundo que lo miraba con pavor, como si hubiera permanecido petrificado en su lugar hablándole a la nada mientras el espectro sonriente jugaba con su mente sin siquiera acercársele. Pero una pisada de su caballero de máxima confianza era suficiente como para sacudir el estadio entero con el vigor de veinte toros, y su movimiento liberó a una nueva bestia que voló desde su prisión en las entrañas del Corona Valor y aterrizó con todo el peso de sus escamas naranjas mientras la llama en la punta de su cola limpiaba las sombras de un escobazo y apartaba la atención de las dos bestias asesinas del humano para enfocarse ahora en el monstruo que rugía a la chica cubriéndola con su propia sombra. La comadreja cubrió con hielo y tinieblas sus garras y la mantis desplegó las alas y blandió sus guadañas para cubrir a la joven de Zeio que por primera vez se puso de pie como impulsada por un resorte invisible, dándole la espalda al palco real para enfrentarse al lagarto de dos metros que abría sus alas para aparentar un tamaño tres veces mayor. La cadena envenenada que colgaba de su cuello era tan larga que probablemente le permitiría cubrir todo el diámetro de la arena de combate e incluso volar por todo el coliseo sin mayor inconveniente.

                      —Zacharie, que no se mueva ninguno —dijo con autoridad, y su voz pareció la única entre miles de murmullos inquietos que resonó en la cabeza del lagarto de fuego. A continuación, sir Thane se inclinó para observar los ojos bien abiertos del rey mientras deslizaba su dedo por su bigote y comprobaba que la sangre era mucho más real que un mero escalofrío arañándole la nuca—. ¿Se encuentra bien, Su Majestad?

                      —No es nada —dijo al cabo de dos segundos, mientras la chica abajo parecía transmitirle lo mismo a sus bestias para desalentar una ofensiva contra el monstruo que podría carbonizarlos a todos con un estornudo. Si alguien sabía lo fácil que era quitarle la vida a alguien más, era ella, y en ese momento se sintió tan fácil de matar como cualquier otro humano o monstruo desparramado sobre charcos de sangre en la arena del coliseo—. Sir Thane, no dejes que nadie más muera si no es estrictamente necesario. Ni esa chica ni sus monstruos aliados. Quiero que arregles una reunión con ella y sir Grey de inmediato.

                      —Con gusto, Su Majestad —sonrió el caballero volviéndose a la arena para sonreírle desafiante a la mantis y la comadreja que espiaban con desprecio por encima de los hombros mientras el imponente dragón se encorvaba sobre ellos exhibiendo sus colmillos alumbrados por el fuego que asomaba desde las profundidades de su garganta.

                      En Corona Valor los espectáculos podían durar días enteros o apenas unos minutos, de acuerdo a la valía y tenacidad de los prisioneros o a lo mortíferas que fueran las bestias designadas para su ejecución. Considerada como una exhibición de poderío por los habitantes de Imperia y de todas partes de Vernea, puesto que era un evento que convocaba visitantes de las ciudades más importantes de la región, lo cierto era que el coliseo había sido construido como un campo de pruebas para aprender todo lo posible sobre las cualidades de las bestias que intentaban comprender y dominar. Ahí el rey decidía no solo qué prisioneros podían volverse valiosas herramientas de su ejército o cuáles podían volver a casa sin suponer una amenaza para el reino, sino también qué monstruos era menesteroso conservar como armas secretas en el desarrollo de su poderío militar. Desgraciadamente para él, los Tauros de Paldea habían probado su fuerza ante humanos debilitados y acobardados, pero no parecían capaces de alterar el curso de un conflicto bélico si el enemigo era capaz de usar armas tan mortales como otras bestias adiestradas. Por esto mismo, la presencia de una nueva joven con la habilidad de hacerse escuchar por aquellos demonios acaparó su atención durante los próximos días.

                      Y mientras el público abandonaba el gran coliseo con una mezcla de sensaciones, muchos incapaces de conciliar el sueño esa misma noche, Godric comenzó a mostrarse más optimista y animado que de costumbre los días siguientes. Aquello le vino bien al mandamás, puesto que un par de semanas después tendría lugar en el palacio de Imperia la cumbre donde nombraría en persona al sucesor de Acquabella. A ella acudirían los regentes de las principales ciudades de Vernea, y ese tipo de eventos aristocráticos normalmente tenían de malas traer al rey, que no era muy dado a las reverencias y adulaciones y prefería delegar las ceremonias a su consorte, la reina Brynhild.

                      Brynhild Wulfgar era una mujer dada a las relaciones humanas que trataba generosamente a los personajes de la más alta alcurnia como a las sirvientas del palacio o a los transeúntes de Imperia que detenían su carruaje para pedirle un saludo, un gesto o una bendición para sus bebés. Siempre con una espléndida sonrisa en su rostro, parecía hecha a la medida de su puesto junto al rey, que solía mostrarse más adusto e intimidante con quienes menos lo conocían. Después de todo, Brynhild no paraba de exclamar sus deseos por el fin de la guerra y por retomar un período de paz, mientras que Godric había sido el artífice principal del estallido social contra el pueblo de Zeio. Así y todo, había algo frívolo en el humanismo de la reina, que parecía más obsesionada por decorar el mundo con belleza en lugar de sanar las profundas heridas que su familia dejaba sobre aquellos a los que no podía ver en las inmediaciones de su lujoso palacio o de las principales avenidas de la gran capital de Vernea.

                      Gracias a sus excelentes modales y su habitual cordialidad, aquella mañana había conseguido que hasta los choferes del palacio se pusieran a limpiar y ordenar el recinto hasta que en el suelo no quedara ni una sombra de polvo. Las sirvientas colgaban sendas guirnaldas con las flores más bellas de la región y los mayordomos desplegaban un alargado tapiz nuevo desde la plataforma a doble altura de la sala del trono hasta el enorme arco de acceso a la misma, bajando por una rampa desde los portones de hierro del palacio. Y aunque los predecesores de Godric habían sido categóricos en priorizar la fuerza por sobre la elegancia del palacio, reforzando sus muros, puertas y ventanas con gruesas placas de hierro que lo volvían casi lúgubre y sombrío, Brynhild se ocupó durante toda esa semana en hacer que su castillo hiciera ver al palacio de mármol de Nova Haven como una fea y vulgar pantomima de un aficionado jugando a ser rico.

                      —Estás invirtiendo demasiados recursos en una mera formalidad —le reprochó Godric alguna vez, mientras el mejor escultor de las tierras orientales de Johto cincelaba bloques de hielo para darles formas de bellas serpientes acuáticas que retorcían sus alargados cuerpos como si fueran tan suaves como la corriente marina—. Te recuerdo que son tiempos de guerra.

                      —Siempre lo son para ti, ¿no es así? —rebatió Brynhild a su señor sin dejar de sonreírle espléndidamente al menudo y canoso hombre de ojos rasgados que parecía considerablemente nervioso al ser vigilado de cerca por una docena de caballeros armados—. Pero estamos preparando todo esto nada menos que para el nuevo y flamante duque de Acquabella, y ya sabemos la importancia que le da Orion Waverley al arte y el buen gusto.

                      —Si eso es todo lo que le quita el sueño al nuevo Waverley, lo siento mucho por la memoria de su hermano —gruñó por lo bajo el rey antes de marcharse sin dirigirle siquiera una mirada al johtonés que parecía cada vez más pequeño entre los bloques de hielo y los soldados.

                      La intuición de Brynhild pareció tan acertada como de costumbre, pues los ojos del duque Waverley resplandecieron cuando su carruaje se detuvo en la noche frente al palacio de Imperia y vio los jardines decorando la pasarela hacia la sala del trono con esculturas en hielo translúcido dispuestas a los lados. En ellas reconocía perfectamente a las gráciles criaturas marinas que engalanaban los cuadros familiares de la dinastía Waverley que había gobernado la ciudad portuaria al este de Vernea con suma sensibilidad. Ahí estaban la pareja de Politoed formando un corazón con sus largas lenguas mientras saltaban por encima de una fuente que creaba una lluvia artificial sobre ellos, así como un Lumineon nadando a través de cortinas de luces multicolores que brillaban desde focos móviles instalados en el cordón de piedra junto al pasto perfectamente recortado abarcando un terreno tan amplio que no podía verse el final de los jardines. Avanzando un poco más, escoltado por sus sirvientes vestidos de un negro enlutado, sonreía como bobo nombrando en múltiples idiomas a la enorme y magnífica serpiente marina que formaba un arco saltando desde una ola de hielo sobre el portón principal del castillo, adivinando más allá la pasarela rumbo al salón del trono donde los reyes aguardaban su llegada.

                      —¡Oh, sei uno splendore! ¡Molto carina! ¡Milobellus! ¡Milokaross! ¡Milotic! —se retorcía el hombre como un muñeco inflable atrapado sobre un ventilador a toda potencia cuanto más se acercaba a la escultura, cruzando los dedos de sus manos y parando su respingada nariz para detectar el embriagador perfume que Brynhild le había indicado a las criadas esparcir por todo el recinto para recibirlo como si estuviera llegando al paraíso. Los escoltas del nuevo duque venían de un largo viaje desde Acquabella y de un duro duelo por la muerte del mayor de los hermanos, y aunque debían sonreír cordialmente a los empleados del palacio de Imperia, no podían contener algunos ceños fruncidos, hombros caídos y pesados suspiros cada vez que el excéntrico amante de la belleza saltaba alrededor de las esculturas retrasando su avance hacia la sala real.

                      Orion Waverley era en cierto modo similar a Reginald III: ambos eran hombres larguiruchos obsesionados con la belleza y el buen gusto, pero no podía decirse que los dos compartieran los mismos ideales sobre lo que significaba algo bello. Y mientras que el duque de Nova Haven priorizaba la grandilocuencia y ostentosidad material de sus riquezas y posesiones, el hombre de Acquabella buscaba más allá de lo superfluo, conmoviéndose hasta las lágrimas por el trabajo puesto en aquellas esculturas —«Iremos a Johto tan pronto acabe esta burda guerra, ¡necesito estrechar la mano del artista que creó estas obras celestiales!», le dijo a la joven criada con brazos en jarra de la que había colgado sus múltiples abrigos de varios colores como si de un perchero humano se tratase— y por las historias que representaban. Así, podía decirse que uno se conmovía al ver su reflejo en oro, mientras que el otro se esmeraba por encontrarle una nueva forma a las pepitas explotadas en las minas: el clavijero de un arpa, las patas torneadas de una mesa o el marco reluciente que otorgaba brillo y profundidad a una obra de arte pictórica.

                      Ingresó más empujado por sus sirvientas que por su propio deseo de dejar atrás la magnífica escultura en hielo saltando el marco de la puerta, y se encontró dentro del palacio real decorado por bustos de bronce y plata de diversos reyes de esa y otras tantas regiones aliadas de occidente, así como por una alfombra bordó con grabados de los escudos de las principales familias de Vernea en hilo dorado, así como a dos largas hileras a los costados de soldados, sirvientes y aristócratas que le dedicaron reverencias mientras avanzaba por el vestíbulo rumbo a la sala del trono. Las puertas fueron empujadas por robustos soldados con armaduras negras tan grandes que sus cabezas apenas se distinguían entre las hombreras, y con un pesado ronroneo de acero la luz del fuego en las antorchas dispuestas en el espacioso salón semicircular recibió a Orion Waverley en su interior.

                      —Recibamos de pie al duque Orion Waverley de Acquabella —anunció un vocero a quienes hasta ese momento permanecían sentados de cara a la plataforma elevada donde los reyes aguardaban su llegada. Una decena de personas se pusieron de pie a los lados del camino marcado por la alfombra y el juicioso mirar de tantos pares de ojos posándose en simultáneo sobre él cuando avanzó con distinción y soltura, como si estuviera desfilando para ellos por una pasarela. Orion paró la nariz y ajustó el monóculo en su ojo izquierdo, esbozando una sonrisa mientras nadaba entre aquellas miradas insondables.

                      Allí estaban los líderes de las principales ciudades de Vernea, convocados especialmente por una carta del rey para atestiguar su nombramiento oficial a cargo de la ciudad de los manantiales en la costa oeste de la región. A través del apellido familiar y de las múltiples reuniones protocolares y políticas de su difunto hermano, Orion conocía bien a todos ellos: Reginald III de Nova Haven, de quién esperaba no recibir nunca consejos decorativos para su palacio, con su eterna sonrisa forzada bajo el pronunciado bigote respingado y que parecía haber dormido bastante mal las últimas noches; Elara Vex, baronesa de Coeurville, siempre tan ligera de ropa incluso envuelta en un tapado de piel de nueve colas que podría haber cubierto bien sus vergüenzas; el más ancho que alto Ferdinand Stormmherm de Brandenburg, que se mostraba intranquilo despojado de su habitual armadura de guerra y que era el único en no sonreírle abiertamente al verlo pasar, dedicándole en cambio miradas de reprobación y gruñidos de perro rabioso cuando Orion le ofreció una pronunciada reverencia simplemente para fastidiarlo; el cardenal Gabriel Krieg y su séquito de monjas, monjes, sacerdotes y monaguillos de la Iglesia Arcana de Mons Sanctus y el inquietante Doktor Helmut Lazarus de Lamortia, menudo y cubierto por una capa harapienta que por su color parecía más un costal de arpillera viejo que un delantal médico, y de cuya capucha sobresalía una máscara de gas con forma de cabeza de cuervo con un par de enormes ojos formados por visores circulares que brillaban con neón ocultando cualquier atisbo de humanidad o emoción en su mirar. Al pasar a su lado, el aroma a veneno que desprendía encorvó un poco el distinguido andar de Waverley, que tuvo que cubrirse la boca mientras forzaba una sonrisa y una ligera reverencia que la eminencia científica del rey correspondió apenas bajando un centímetro el pico de cuero cosido a la máscara.

                      —Felicidades por su nombramiento —dijo una vocecilla ahogada en el fondo de la máscara que era la única pista de que bajo ese disfraz había un humano y no un monstruo—. Espero que podamos trabajar juntos, confío en que los barcos de Acquabella estarán más dispuestos a visitar mi isla de lo que lo estaban cuando su hermano dirigía la ciudad. Que sus restos reposen en orden y paz, por cierto.

                      —«En orden y paz» —repitió Orion en su cabeza mientras un rictus de nerviosismo le crispaba un párpado mientras se esforzaba por sostenerla la ¿mirada? al Doktor Lazarus. Era un tipo que le había producido pavor desde que era un niño, hacía ya más de quince años, y sin embargo todavía conseguía erizarle la piel solo con su presencia. Sintió repulsión por la forma en la que había expresado sus condolencias sobre la muerte de Nereo, reduciéndolo simplemente a miembros o huesos acomodados en un cajón sepultado. Sin embargo, pensó que no podía esperar mucha más humanidad que esa de su parte, y asintió con gentileza antes de erigirse nuevamente—. Gracias, será un placer cooperar en todo lo posible con sus investigaciones. Organizaré una visita a Lamortia cuanto antes.

                      —¡Espléndido! —aplaudió el Doktor como un niño al que le prometían una paleta de caramelo.

                      Como si aquello los hubiera animado, el resto de los invitados a la sala del trono aplaudieron en efecto dominó cuando Orion Waverley prosiguió su caminata hasta detenerse a los pies de la plataforma desde la que tres tronos, dos de plata a cada lado y uno de oro en el centro apuntaban hacia el resto. Recién cuando el nuevo duque hincó una rodilla en la alfombra y bajó su cabeza en señal de respeto, el rey y la reina de Vernea se pusieron de pie, y al hacerlo todo el resto de la sala bajó la vista en reverencia. A espaldas de los reyes, un muro de vidrio templado revelaba un enorme acuario de diez metros de profundidad en su interior en el que nadaban variopintas criaturas marinas: desde peces alargados como flechas hasta anguilas eléctricas, pirañas, tiburones y medusas de todo tipo. El fuego de las antorchas rebotaba en el cristal y dibujaba un manto de llamas y burbujas reflectadas desde el estanque artificial.

                      —Nos complace recibirlo en Imperia, duque Waverley —sonrió divinamente Brynhild Wulfgar asintiendo con la cabeza, mientras su esposo al centro de la plataforma no paraba de mirar con impaciencia el trono vacío a su izquierda.

                      —Es un honor para mí, Majestades —ahora Orion parecía intentar competir con la excelsa sonrisa de la reina, en vano, porque todas las miradas en la sala se dirigían ahora a ella y nadie podía prestar atención a la embobada expresión del hombre de Acquabella al tener delante de sus ojos a la alta nobleza de Vernea—. Permítame agradecerle, por cierto, la exquisita decoración con la que fui recibido; han sabido entibiar el afligido corazón de un hombre que ha perdido a su hermano en tiempos recientes.

                      —Bienvenido, duque de Acquabella —dijo el rey sin sonreírle, sino más bien todo lo contrario: su dura mirada sobre el flacucho hombre de cabello pálido parecía más bien querer regañarlo por unir en una misma oración su gusto por las superfluas frivolidades con la muerte de Nereo Waverley. Aunque si algo mantenía el humor de Godric por los suelos, eran las ausencias en la sala. Hizo un gesto con el puño cerrado cuando Orion quiso abrir la boca para decir alguna tontería o continuar lamiéndoles los zapatos a su esposa y a él, y dirigió la vista al portavoz al otro lado del salón—. ¿Dónde están los demás? Cuento representantes de seis de mis ciudades aquí.

                      —El conde de Ravenhurst envió un ave con un mensaje de disculpas —explicó el portavoz atolondradamente, hurgando el interior de su saco y sacando un pergamino enrollado con una cinta negra—, aparentemente hubo problemas en la prisión y debió tomar cartas en el asunto personalmente, pero le desea lo mejor al nuevo duque.

                      Godric se lo pensó un momento tras recibir el pergamino de manos de su esposa y echarle un rápido vistazo a la misiva. Aquella letra tosca y vaga de Vincent Blackwood era inconfundible para él, y tras un pesado suspiro lo enrolló apuntando al trono vacío a su izquierda.

                      —Imagino que si pregunto por la líder de Imperia tendré una respuesta sobre el paradero de mi hija, ¿me equivoco?

                      —Matará dos pájaros de un tiro —murmuró entre risas el Doktor Lazarus antes de que el vocero real pudiera responder afirmativamente.

                      —La princesa ordenó clases de esgrima extracurriculares —explicó el hombre con cara de que él pagaría las consecuencias por las decisiones de los demás—, y Soldia Riggs se ofreció en persona a tutelarla, ya que todos los soldados maestros concurrieron a este evento.

                      —¡Ah, mi Caballero Número Uno! —se llevó una mano al rostro el rey antes de girar por encima de su hombro y dedicarle una mueca al guardaespaldas apostado como una estatua entre él y el enorme acuario a sus espaldas—. ¿Oíste eso, sir Thane? Son buenas noticias para ti: en cualquier momento voy a destituir a esa rebelde sin causa. Tal vez cuando puedas ganarle un solo duelo a ella o a cualquiera de sus bestias.

                      —No reniego del lugar que ocupo, Su Majestad —replicó Thane sin dejar de mirar al frente, y Godric sonrió por primera vez al percibir el fuego encendiéndose en los ojos del joven caballero.

                      —Es una pena que la princesa Linnea no esté presente, pues traje un presente especialmente para ella —se lamentó Orion Waverley, encogiéndose de hombros—. Pero supongo que debe esa pasión heroica por el arte de la espada a su tenaz padre. Estoy seguro de que desea ser tan fuerte como usted para proteger Vernea algún día, Su Majestad.

                      Aquello arrancó una carcajada en Godric. Y aunque Brynhild lo miró con mala cara de reojo, acabó aceptando que al menos era mejor eso a tenerlo de mal humor el resto de la ceremonia. Orion Waverley parpadeaba con perplejidad ante la confirmación de que no solo era un hombre bello y sensible, sino además muy afinado para el humor.

                      —¿Realmente piensa que esa niña malcriada está preparándose para defender Vernea a capa y espada? —reía el rey ante el silencio profundo de los invitados y la inquietud de las bestias marinas revolviéndose en el acuario a sus espaldas como si quisieran poder oír el chiste de nuevo para ver si ellas también se reían como él—. ¡Bah! ¡Linnea solamente quiso saltearse esta soporífera formalidad para llevarle la contra a la corona! Y estoy seguro de que Soldia Riggs no tenía tantas ganas de darle lecciones de esgrima a ella como de tomarse un descanso de sus obligaciones como la líder designada de Imperia. Los tiempos de paz pueden tenderle trampas a la intuición, duque Waverley, pero puedo aceptar el presente que trajo para mi obstinada hija de su parte.

                      Al pronunciar esas últimas palabras, Godric desvió ligeramente la vista hacia su mujer, que no borraba la espléndida sonrisa de su rostro mientras le devolvía fugazmente una tajante mirada como si se estuviera imaginando lo que pensaba en verdad el rey sobre aquellos presentes que se empecinaban en darle a su hija cuando ésta ni siquiera se dignaba a hacer acto de presencia durante las reuniones políticas en el palacio real. Mientras los reyes se disputaban una furtiva lucha de miradas recriminatorias mutuamente, Waverley se apartó unos pasos chasqueando los dedos con la frente bien en alto nuevamente, lleno de gozo y dicha, y llamó a sus sirvientas a ingresar por la pesada puerta de hierro cargando una bandeja con algo rectangular cubierto por una manta de terciopelo brillante. Acompañándolas, un violinista y un flautista tocaron una fanfarria para crear atmósfera.

                      —Se trata de un humilde regalo como muestra de respeto y lealtad, Su Majestad —parloteaba Orion mientras le daba vueltas al objeto cubierto intentando crear una expectación que las caras de los allí presentes no parecían sentir en absoluto, pues se mostraban aburridos e impacientes más que otra cosa—. Y aunque originalmente fue pensado para su hija por su condición inofensiva, por extensión es un obsequio para la familia real en su conjunto. Permítanme presentarles… ¡El dorado brillo de la perseverancia!

                      Y tirando de la manta con una voltereta sobre sus talones, Orion Waverley reveló una pecera de aguas cristalinas en las que flotaba un inexpresivo pez con largos bigotes, ojos saltones y una pequeña corona en su cabeza. Aquella criatura era tan común en lagos, ríos y mares de todo el mundo que le habría costado la cabeza al duque de Acquabella por su irrespeto a la figura del rey, y sin embargo, incluso los más reticentes a su pomposidad en el salón del trono dejaron escapar suspiros de sorpresa y admiración al ver a dicha criatura, pues sus escamas doradas no se parecían a nada que hubieran visto antes.

                      —¡Santos Arcanos! ¿Un karpa dorado? —se sobresaltó el vocero real dando un respingo.

                      —Tal como lo ven, este ejemplar de Magikarp es único en su especie —se jactó el duque con una mano en el pecho hinchado de orgullo, ante la fascinada sonrisa de la reina Brynhild y la inescrutable expresión del rey que apoyaba la mejilla en sus nudillos desde el trono central—; pues de entre todos los karpa que pueden hallarse nadando en las múltiples lagunas de Acquabella, es el único que presenta una pigmentación dorada en sus escamas gracias a un código genético irrepetible. ¡El brillo del oro en su cuerpo lo vuelve tan raro y fascinante como una estrella fugaz a plena luz del día! Y da testimonio visual de esta majestuosa especie que siempre ha destacado por su tenacidad y resiliencia, ¡enorgulleciendo a cualquier casa de Vernea por ser un símbolo de perseverancia! ¡Tal y como usted, Su Majestad! ¡Este implacable guerrero luchará contra las corrientes más férreas y contra las cascadas más densas y saldrá adelante guiando a su nación con el brillo ineludible de su presencia!

                      —Es maravilloso, duque Waverley —aplaudió con gracia Brynhild, y su aplauso forzó al resto de los presentes a repetir el gesto congratulando el raro obsequio del nuevo líder de Acquabella. Todos menos Godric, que se limitó a ponerse de pie y bajar los peldaños de la plataforma hasta detenerse frente al hombre y su pecera. Era tan alto que su mera presencia inquietó ligeramente al pez dorado, que hasta ese momento permanecía flotando con calma en el agua y que ahora comenzaba a dar vueltas y chapotear con sus largos bigotes temblando.

                      —Es una criatura interesante —reflexionó un segundo encorvándose sobre la pecera, dejando que el brillo dorado de las escamas se meciera reflejado en sus ojos por el movimiento del agua. Orion Waverley intentó fingir que aquellas palabras de gratitud le resultaban suficientes, y le dedicó una reverencia a su rey. Fue entonces cuando la pesada mano del hombre cayó sobre su hombro como una guillotina, flexionándole las rodillas—. Pero cometes un error al suponer que la belleza de las cosas tiene algo que ver con mi reinado. Una nación no se levanta gracias al “brillo ineludible de la presencia” de su rey. Se levanta gracias a la fuerza que demuestre y a los riesgos que esté dispuesto a tomar para obtener lo mejor de su pueblo. Pareces haber estudiado mucho sobre estos peces, Waverley, entonces dime… ¿Sabes exactamente cuántos consiguen vencer a las corrientes y cascadas contra las que luchan diariamente para salir adelante?

                      Orion no se atrevió a responder. Ni siquiera a devolverle la mirada al hombre que todavía parecía hacer presión con su enorme mano apretándole el hombro hasta el punto de hacerle daño. Sintió las miradas divertidas de Elara Vex y Ferdinand Stormmherm a sus espaldas, y creyó oír el murmullo del rezo de los monaguillos menores de Mons Sanctus pidiendo por un descanso pacífico para su alma, como si aquellos fueran sus últimos momentos con vida. Godric le concedió solo cinco segundos, los más largos que había experimentado en su vida, y al no obtener una respuesta le soltó el hombro y llamó con la mano a alguien del otro lado de la alfombra.

                      —Solo uno de cada cien —dijo la voz del hombre detrás de la máscara de pájaro, que hizo volar la capa alrededor de su cuerpo con un brazo para revelar un dispositivo con forma vasija con una alargada aguja sobresaliendo al frente y una pera insufladora del otro lado—. El resto es arrastrado de vuelta por la corriente, y más de la mitad se vuelven presas de las aves que los cazan aprovechando sus inútiles saltos fuera del agua para subir las cascadas.

                      —Es decir, que la tenacidad no sirve de nada si no tienes algo más con lo que salir adelante —concluyó Godric ante el asfixiante silencio que se produjo en la sala cuando expuso de esa forma las flaquezas en el discurso con el que Orion Waverley le había presentado su regalo—. Por supuesto, la belleza es incluso menos valiosa que el coraje. Pero no creas que no puedo apreciar tu obsequio… Y aunque seguramente mi testaruda hija podría convertirlo en una especie de mascota y tenerlo salpicando en alguna de las fuentes del jardín, no puedo ignorar que estos monstruos ocultan muchas veces el potencial para ser mucho más que solo eso. Doktor.

                      Solo necesitó llamarlo de ese modo para que Helmut Lazarus girara una pequeña boquilla de metal que sobresalía a un lado del pico, inhalando una correntada de aire que purificó con un mecanismo de filtros internos antes de darle un golpecito con el dedo a la punta de la extraña jeringa en su mano izquierda. La levantó por encima del recipiente de cristal y hundió la aguja en el agua, apenas unos milímetros por debajo de la superficie, oprimiendo la pera insufladora para liberar un chorro de toxinas de un verde brillante que se esparcieron rápidamente por el agua dándole una coloración fluorescente que alumbró las penumbras de la sala. El Magikarp dorado vio sus pupilas dilatadas y comenzó a abrir y cerrar la boca rápidamente, como si se asfixiara en su propio elemento, dando vueltas en el espacio reducido hasta golpear sus costados contra los muros de vidrio intentando salir. Sus bigotes azotaban el vidrio como látigos y amagó con saltar por fuera del agua antes de temerle a la puntiaguda aguja que el Doktor todavía sostenía apuntándole desde arriba.

                      Reginald III se hubiera matado de risa en cualquier otra circunstancia, pero frotaba sus dientes con inquietud al ver el macabro espectáculo que Helmut Lazarus estaba dedicándole a todos con el presente del duque de Acquabella. El rey no sonreía particularmente entretenido, y sus ojos preferían enfocarse en el rostro pálido del hombre que le había llevado esa rara variante de karpa antes que en la débil y patética criatura agonizando en el agua por el veneno que le habían insuflado. Elara y Ferdinand ya no sonreían, y el viejo y barbudo cardenal de Mons Sanctus le daba palmaditas en la espalda a dos jóvenes integrantes de su curia, que rezaban ahora por la bestia y no por el hombre. Uno de ellos, el mayor de los jóvenes, se apartó del lado de una monja de cabellos rubios asomando bajo su hábito y se puso en medio del camino de la alfombra, a espaldas de los hombres cerca de la plataforma del trono. Las miradas se desviaron hacia él, mientras su corazón se aceleraba dentro de su pecho.

                      —Por favor, detengan esta tortura sin sentido —pidió con un tono más calmado de lo que realmente estaba. Era un monje de ropas amarronadas como su cabello corto y su mirada sincera, con la piel bronceada por los días de peregrinación en las altas cordilleras que rodeaban a Mons Sanctus y las mangas arrancadas de su ropa revelando brazos ejercitados y envueltos por aros de marfil y acero. No debía tener más de dieciocho años, pero había algo maduro en su presencia que le valió una mirada por parte de Godric.

                      —¡Hermano Markham, vuelve aquí! —lo llamó en un susurro la monja mirando nerviosamente al robusto cardenal a su derecha, que levantaba sus cejas sorprendido sin abrir los ojos bajo su par de gafas.

                      —Ninguna tortura carece de sentido —dijo el rey, que ya había dejado a Orion Waverley y a la pecera detrás de su larga capa—. ¿Crees que soy cruel con esta bestia insignificante por rencor o placer?

                      —En cualquier caso, no creo que necesite serlo, Su Majestad —insistió el monje sosteniéndole la mirada. Creyó escuchar la suave caricia de una hoja rozando una vaina desde adentro en algún rincón de la sala, o quizás en varios, pero permaneció firme en su lugar—. Estoy seguro de que a la princesa no le haría feliz que ensuciara de esa forma un presente de Acquabella. Y tampoco a la memoria de Nereo Waverley.

                      —¡¿Cómo te atreves?! —gruñó Ferdinand Stormmherm del otro lado de la alfombra, poniendo en guardia con su rabia a dos escoltas armados con los mejores aceros de Brandenburg.

                      —Suficiente —levantó un brazo el rey, y tan pronto como lo hizo los guardias escoltando al duque de Brandenburg notaron sobre sus espaldas la silenciosa presencia de sir Thane, que se había desplazado de un extremo al otro de la sala del trono sin ser detectado y que les sonreía de forma amistosa mientras los dedos bajo sus guantes de acero repiqueteaban sobre la empuñadura de una espada corta en su cinturón. Helmut Lazarus asomó una divertida risilla bajo el pico curvo de su máscara de cuero—. Doktor, explíquele a nuestra joven y pura alma de Mons Sanctus por qué no debe preocuparse tanto.

                      Y mientras la monja agarraba al muchacho del brazo y lo arrastraba consigo de vuelta al grupo de escoltas del cardenal Krieg, Helmut Lazarus guardó la extraña jeringa bajo su capa y sacó un diminuto cubo de algo parecido al azúcar que enseñó a los presentes como un mago a punto de hacer su truco.

                      —Es lo que tiene la ignorancia, Su Majestad —suspiró el doctor de plagas haciendo saltar el cubo en la palma de su mano, dándole un rodeo a la pecera y revelando en ella que el pez dorado parecía ahora adormecido, recobrando una especie de calma incluso suspendido en un estanque de veneno corrosivo que comenzaba a desteñir el dorado de sus escamas—. Cualquiera que haya leído algo sobre los Magikarp puede decirle al monaguillo que estas bestias sobreviven en todas las aguas, y por eso son tan comunes en todo el mundo: aguas dulces, aguas saladas, aguas de pantano, aguas de cloacas, aguas envenenadas. A ellos les da igual, en realidad, pues son terriblemente eficientes para adaptarse a su entorno.

                      —La adversidad tiene todo el sentido del mundo si queremos sacar lo mejor de nosotros mismos, monje —proclamó el rey dándole la espalda y volviendo a enfocarse en la criatura cada vez menos dorada en la pecera contaminada—. No lo envenenamos para matarlo: lo hacemos para volverlo fuerte. Su mejor versión posible —Subrayó ahora mirando por encima de la pecera al derrotado duque de Acquabella, cuyas delgadas piernas todavía temblaban más de lo que Magikarp había agitado las aguas antes de sumirse en una calma inquietante. Fue entonces cuando Helmut Lazarus dejó caer el cubo de su mano, y éste se disolvió tan pronto como se zambulló en el agua, esparciéndose delante de los ojos y la boca abierta y sorprendida del pez cuyas escamas medio rojas y medio doradas comenzaron a brillar con un fulgor fosforescente que obligó a los demás a apartar la vista durante el instante que duró el destello cegador. Los visores del Doktor se contrajeron mientras giraba nuevamente la válvula en su máscara para limpiar el aire que inhalaba, y un murmullo de fascinación salió por el pico de cuervo cuando los cristales de la pecera comenzaron a agrietarse.

                      —Será mejor que retroceda un poco, duque Waverley… —murmuró haciendo lo propio cuando un chorro de agua salió expulsado de una de las grietas abriéndose en el cristal—. O mucho.

                      Algunos fuegos en las antorchas alrededor de la sala del trono se apagaron cuando el estallido de agua los alcanzó. Orion Waverley se cubrió el rostro con los brazos corriendo hacia atrás cuando los fragmentos de vidrio salieron disparados en todas las direcciones. Los hombres de Brandenburg cubrieron el rostro de su comandante con los brazos de acero de sus armaduras, mientras que Elara Vex se limitó a sonreírle a los fragmentos que se atrevieron a herir su bello rostro congelándolos en el aire con una mirada que los detuvo a centímetros de su piel. Reginald III agradeció estar al lado de ella en ese momento, porque lo salvó por los pelos de acabar con un corte de bigote que no le habría sentado nada bien. Los de Mons Sanctus se sobresaltaron un poco, especialmente los más chicos que parecían estar presenciando un exorcismo en vivo y en directo, pero ni las ráfagas de agua ni los vidrios cortantes parecieron rozar a ninguno de ellos, como si estuvieran resguardados por una fuerza superior. La espada de Thane cortó un torrente de agua antes de que pudiera mojar los ropajes de su rey, mientras que Godric extendió su brazo por encima del hombro de su caballero y atrapó en su puño un fragmento de cristal que podría haberle abierto una profunda herida en la mejilla al interponerse. Sir Thane se giró sorprendido ante el gesto del monarca, pero su atención parecía puesta únicamente en la bestia que se retorcía sobre sus cabezas y que agitaba la araña de diamantes que pendía en lo alto del techo.

                      —Miren bien eso, amigos míos —sonrió Godric por primera vez, ensanchando su bigote grisáceo y permitiéndose un brillo de esperanza en la habitualmente oscura mirada. Brynhild no se atrevía a mirar aquello, pero consiguió divisar esa figura roja y demoníaca más allá del reflejo en el acuario a espaldas de su trono—: el resultado de la crueldad puede volverse algo tan bello como poderoso.

                      Ahí donde había estado el Magikarp dorado se posaba ahora una serpiente marina de más de diez metros de longitud, sacudiéndose el agua de la corona en tres puntas creciendo sobre su cabeza, con su boca bien abierta exhibiendo colmillos que podrían masticar piedra como caramelos y una familia de escamas tan rojas que quemaba solo mirarlas. Orion Waverley notó que la bestia infernal le devolvía una mirada condescendiente desde las alturas: aquello distaba mucho de ser bello, pero definitivamente era más impresionante que la escultura de Milotic en la entrada del palacio. Tragó saliva oyendo el motor encendiéndose en la garganta del monstruo, gorjeando un gruñido acompañado por los rezos de los religiosos de Mons Sanctus a un lado de la alfombra ahora empapada. El destino no podía ser tan cruel y burlesco como para acabar con la vida de los dos Waverley en un mismo mes, pensó. Se aferró a esa creencia al no creer en los dioses arcanos, cuando la bestia agachó la cabeza y cerró sus ojos de cara al rey.

                      —Los monstruos podrán ser aterradores, pero ellos también pueden temer —dijo Godric acariciando los cuernos que brotaban entre los ojos de la bestia roja—. Te agradezco el presente, Orion Waverley de Acquabella. Me aseguraré de cuidar a este Gyarados hasta que Linnea tenga edad suficiente como para hacerse cargo de una fuerza semejante.

                      El duque suspiró con alivio, bajando los hombros y dedicándole una sentida reverencia a su rey. Helmut Lazarus ya estaba abriendo un pesado collar de hierro para ponerle a la bestia aturdida por el veneno y la confusión cuando Godric Wulfgar le hizo una seña con la mano para que espere.

                      —Tengo entendido que el duque de Acquabella no es el único interesado en agasajarnos con un presente el día de hoy —dijo en voz bien alta, y ésta resonó con fuerza por toda la sala. Desde la plataforma del trono, la reina alzaba su vista por encima de los presentes hasta fijar su mirada de plata en el hombre de bigote respingado que parecía inquieto en su lugar—. Hoy estuvo más callado que de costumbre, duque de Nova Haven. ¿Acaso teme que su obsequio no esté a la altura de semejante espécimen?

                      —Parece tener algo importante que decir hace rato —observó Elara Vex, apartándose un poco de su lado, pues los chasquidos de sus dientes blancos de cascanueces comenzaban a producirle escalofríos.

                      —Mientras no sean más bestias repulsivas… —gruñó Ferdinand Stormmherm cruzándose de brazos y escudriñando al hombre de impoluto blanco al otro lado de la mujer que retrocedía un par de pasos. Tras aclararse la garganta acomodando la gargantilla alrededor de su cuello y peinándose las entradas hacia atrás con las dos manos, Reginald III rompió la fila y se posó en la alfombra de cara al rey enmarcado por la monstruosa silueta gigante de la criatura que acababa de evolucionar forzosamente por efecto y gracia de aquello que el Doktor le había dado.

                      —Me temo, Su Majestad, que lo que traje hoy para usted viene acompañado por una nota agridulce —reconoció el de Nova Haven sin su habitual petulancia rimbombante. Su ceja se crispaba en un rictus nervioso al igual que la comisura de sus labios que parecía esforzarse por dibujar una sonrisa mentirosa. Chasqueó los dedos para llamar al hombre que lo acompañaba como una sombra silente a sus espaldas, y el mayordomo Iveroy se acercó con una caja de mármol que el propio Reginald III destapó, llevándose una serie de murmullos y exclamaciones de sorpresa al revelar una docena de esferas metálicas de plata y bronce en su interior, divididas en dos partes unidas por un engranaje dorado que las sellaba. Helmut Lazarus avanzó como deslizándose a espaldas del hombre de Brandenburg y por delante de la mujer de Coeurville y se encorvó como un ave de rapiña sobre lo que el de Nova Haven exhibía.

                      —¿Y eso? ¡Se parecen a mis bombas tóxicas! No estarás intentando adulterar mis inventos… —susurró como una serpiente enjaulada mientras los visores en su máscara se volvían locos enfocando los artefactos de metal en la caja.

                      —Verá, Su Majestad —continuó Reginald III ignorando las furtivas advertencias de Lazarus y apartando la caja de sus garras cuando intentó hurgar entre las esferas—, en Nova Haven llevamos un tiempo trabajando en prototipos de jaulas portátiles, mucho más eficientes y seguras que las que usamos normalmente para la contención de los monstruos a nuestro servicio. El científico jefe de mi palacio, Johannes Bohr, y su equipo de ingenieros, han desarrollado auténticas cápsulas de captura que pueden atrapar a esas bestias sin importar su tamaño. Un logro revolucionario que podría ser la clave del progreso que Vernea ha estado anhelando desde hace mucho tiempo. Sin embargo, temo informarle que la última semana un intruso de los suburbios se coló en mi palacio y robó varios de estos objetos, así como los planos y apuntes para su fabricación, y otras tantas piezas clave sin las cuales no podemos continuar desarrollando este proyecto. Quise guardarme la sorpresa, y espero disculpe mi ingenuidad, para cuando todo estuviera listo para producirlas en masa para usted, Mi Señor, pero… ¡Esa sucia rata de Scraptown, con la complicidad de un Escoria de Zeio y una piloto rebelde nos atacaron por sorpresa, cometiendo una traición gravísima no solo contra Nova Haven, sino contra todo el reino!

                      Parecía demasiada información para soltarle de repente a cualquier persona, pero Godric Wulfgar no era una persona común y corriente, y tras acariciar su barba grisácea un segundo se acercó a Reginald III haciendo ondear su capa ante la sumisa y apocada mirada de la serpiente roja que agachaba su cabeza. Helmut Lazarus se apartó con un gruñido cuando la mano del rey se estiró hacia la caja que el duque de Nova Haven le ofreció con el ceño bien fruncido, tomando una de las esferas para sopesarla y agitarla cerca de su oído. Sintió un agudo sonido magnético vibrando en su interior desde un núcleo imantado que parecía agitarse pesadamente mientras era suspendido en el centro de la cápsula recubierta por metal. Levantó las cejas con sorpresa antes de mirar por encima del hombro a la criatura que ahora se atrevía a mirar con anhelo al resto de bestias marinas que, desde el acuario, contemplaban la escena como espectadores de lujo en primera fila.

                      —Entonces, aseguras que estos objetos pueden encerrar incluso a bestias tan grandes como esa.

                      —Querido, ten mucho cuidado —los dedos de Brynhild se entrelazaban en una plegaria a los dioses cuando la bestia reptó pesadamente sobre los peldaños, viendo su reflejo con curiosidad en el vidrio templado que contenía a una decena de bestias que la veían con respeto desde el agua—. Si es solo un prototipo, quiere decir que puede salir mal…

                      —No —zanjó Godric dándole la espalda al duque de Nova Haven—. Para que a un hombre como él se le dificulte tanto fingir una sonrisa, debe ser un asunto serio. No pondría ante mis ojos una mera baratija escarbada en su basural; esto parece ser un trabajo bien hecho —Estudió la esfera haciéndola rebotar un par de veces en su mano: era lo suficientemente densa como para no romperse, y lo suficientemente ligera como para alcanzar una buena distancia al ser arrojada con fuerza moderada—, y se ve bastante intuitivo además.

                      Y así, se limitó a girar el engranaje a rosca en el aro que unía las dos mitades, separándolas y apuntando a la serpiente marina que fue atrapada por una descarga magnética disparada por la esfera. Un torbellino de vapor envolvió a la bestia encogiéndola ante los ojos atónitos de todos los presentes, y con una potente succión ingresó de vuelta al núcleo del receptáculo que se cerró con un “¡Click!” en la mano firme del monarca. Brynhild se había llevado las manos a la boca, conmocionada, y bajó corriendo por los escalones para asegurarse de que su esposo no hubiera sufrido algún daño. Incluso el imponente caballero Thane a su lado se encontraba perplejo ante la sonrisa de Godric, que adivinaba la silueta reducida del monstruo atrapado en el interior del objeto. Tras algunos segundos donde solo reinó el burbujeo de las bestias alarmadas en el acuario y el nervioso rezo de la comitiva de Mons Sanctus, Godric se giró nuevamente a un Reginald III que le sostenía la mirada con los puños apretados y las puntas del bigote crispadas como si hubiera recibido una descarga. En su interior, le carcomía los nervios haberle cedido semejante poder a otro, incluso cuando ese otro fuera el mismísimo rey de Vernea.

                      —Y dices que ese chico de Scraptown se robó todo lo necesario para continuar haciéndolas —Reginald III asintió tanto que su cuello acabó agotado. El rey se lo pensó un segundo y miró de soslayo al hombre enmascarado antes de pasarle una esfera vacía de la caja. Éste se puso a abrirla e inspeccionarla de inmediato regulando neuróticamente la válvula de aire junto a su pico y rotando con un ronroneo mecánico los visores en su rostro—. Dígame, Doktor, ¿cree que puede replicarlas?

                      —¿Replicarlas? —ladeó la cabeza el extraño hombre como si la pregunta le ofendiera ligeramente—. Puedo mejorarlas. Todo está aquí, no hay que preocuparse por planos o componentes faltantes. Esto es un… punto de partida más que decente.

                      —¡S-se equivoca! —atinó a exclamar el duque de Nova Haven apuntándole a Helmut Lazarus con el dedo—. ¡No cualquiera puede hacer algo así!

                      —Si ese inútil de Bohr en su laboratorio pudo, será pan comido —sacudió la mano el Doktor.

                      —Además, aunque se hayan robado los planos, estoy seguro de que los ingenieros en su castillo podrán trazarlos nuevamente para cooperar en la producción de otras —asintió Godric mirando a Reginald III con severidad. Aquello hizo que el de Nova Haven pegara un sobresalto, pues con una observación tan simple lo había puesto completamente en jaque.

                      —¡Su Majestad, le aseguro que es menester encontrar a esos ladrones! —gimoteó exasperado—. ¡Son una amenaza para Vernea!

                      —Está muy nervioso, Reginald —agravó su voz el rey—. Debería alegrarse: me hizo un regalo tan impresionante como cien bestias doradas —Y remarcó aquellas palabras mirando de refilón a Orion Waverley, que se había incorporado a la fila junto a la alfombra entre Elara Vex y Ferdinand Stormmherm, aunque sin sentirse particularmente cómodo cerca de ninguno de los dos—. Vaya a los jardines a tomar una copa y disfrutar de la brisa del norte, yo me ocuparé de lo demás aquí.

                      Así, la reunión para honrar al nuevo duque en Acquabella acabó súbitamente. El hombre agasajado acabó saliendo de la sala del trono con la cara tan pálida como el humillado regente de Nova Haven. Varios de los líderes de Vernea abandonaron Imperia tan pronto como dejaron el salón, pues no tenían interés en socializar o disfrutar de las elaboradas decoraciones que la reina había preparado para Waverley, pero otros permanecieron en las inmediaciones por pedido expreso de Helmut Lazarus, que confeccionaría una lista de recursos de sus ciudades para la producción inmediata de las Monster Balls, tal y como decidió llamarlas en el acto.

                      Al cabo de una hora, sir Thane abrió el portón de hierro con una mano e ingresó al recinto arrastrando con su mano libre una jaula con ruedas que en cada barrote tenía tres pesadas cadenas unidas en el centro por un cinturón que apretaba los brazos de una joven a su cuerpo. La chica fue recibida apenas por la tenue luz brillante del acuario y por las sombras de las olas meciéndose cuando las bestias marinas se relajaban en su elemento ignorando su presencia. Estaba acostumbrada a ser ignorada, pero por motivos muy diferentes y, en cierto sentido, prácticos para su labor. Al ver al rey apoyando la mejilla en su puño desde la magnificencia de su trono, más cerca de lo que jamás lo había visto en su vida, sintió el impulso de cortar los barrotes de acero con la hebilla en forma de aguja que llevaba bajo el cuello de su yukata, justo entre los omóplatos. Sin embargo, la presencia del hombre al recibirla y la inconmensurable serpiente roja que nadaba a sus espaldas retorciendo libremente su cuerpo y formando un infinito en el agua paralizó incluso sus pensamientos.

                      —Lamento haberte hecho esperar —murmuró el rey. Ella entornó sus ojos amarillentos y mordió fuerte bajo sus labios: le indignaba que el tipo le hablase como si fuera normal dirigirse a una persona envuelta por al menos cien cadenas de hierro dentro de una jaula andante—, pero mi posición me exige estar disponible primero para responder a los intereses de mi reino, y luego a mis inquietudes egoístas. Y tú, zeionesa, después de lo que hiciste en Corona Valor te ganaste toda mi curiosidad. Me encantaría preguntarte cómo hiciste lo que hiciste, o cómo tus bestias aliadas hicieron lo que hicieron-- Oh, no te preocupes por ellas, me aseguré de que Sir Thane las pusiera a salvo en un calabozo especial bajo la mejor vigilancia de Imperia —Añadió al notar cómo las cadenas envolviendo a la menuda jovencita se sacudían en su lugar, mecidas por la ira desbordante en su cuerpo como las olas agitándose en el mar—. La cuestión es que no gozamos del tiempo suficiente para tener la conversación que quisiera tener contigo, pero quiero brindarte una oportunidad. Es una en un millón, ¿eh? Así que escúchame bien: lo que hiciste en mi coliseo fue soberbio, impresionante… Le he concedido un puesto entre las principales cadenas de mando de mi ejército a tipos que hicieron menos que tú ahí afuera. Pero no es nada comparado a lo que puedes lograr si aceptas esto que te propongo: quiero que encuentres a alguien y hagas lo que mejor sabes hacer.

                      —Weix tenía razón… —murmuró ella en un vernés rudimentario. Sir Thane la miró con curiosidad, pues aunque se había esmerado desde que se la llevó del coliseo unos días atrás, no había conseguido arrancarle más que insultos zeioneses y miradas hostiles en el mejor de los casos—: Ustedes solo saben usar a los demás.

                      —¡“Weix”! Así que tus monstruos tenían nombre después de todo —sonrió divertido Godric Wulfgar, ignorando olímpicamente lo que ella acababa de afirmar sobre él—. Imagino que así llamas a la sombra tan sonriente y conversadora que se metió en mi cabeza. Fue una experiencia bastante desagradable, ¿sabes? Pero no soy un necio: entiendo que tu posición tampoco es la más cómoda ahora.

                      —Sabe que no mataré por usted.

                      —No te traje para pedirte favores —entornó la mirada el rey, soltando un pesado suspiro ante la rápida negativa de la joven. Luego miró a su caballero y asintió con la cabeza mientras se encogía de hombros—. Suéltala.

                      Sir Thane apenas arqueó un poco su ceja rojiza antes de acercarse a la jaula y sacar un juego de llaves de un estuche atado a su cinturón. Abrió la puerta con una y destrabó en un solo movimientos el pesado juego de intrincadas cadenas que cayeron con un estruendo de metal a los pies de la chica, que sintió como si hubiera adelgazado unas cuantas decenas de kilos en el acto. Pero ella no esperó a recuperar el aire que aquella presión le había arrebatado, y tan pronto como sintió la ligereza volver a su cuerpo, se arrojó fuera de la jaula en línea recta corriendo a toda velocidad mientras quitaba la larga aguja detrás de su nuca y la blandía como una daga saltando sobre la corona de Godric. La puerta de hierro se abrió justo cuando Thane extendió su brazo hacia la lanza que descansaba junto a la jaula, robando su atención el valioso segundo que ella demoró en girarse para hundir el objeto punzante en la sien del monarca antes de permitirle parpadear.

                      —¡No la maten! —pidió la voz desesperada del muchacho que entró por la fuerza a la sala del trono y cayó de rodillas en el suelo. Ella se quedó paralizada en su lugar, con la punta de la aguja a centímetros del cráneo de Godric, mientras el rey le devolvía la mirada por encima de su hombro casi con lástima y con los ojos bañados en sombras que ni el brillo en su corona podía alumbrar.

                      Todo había sucedido incluso más rápido de lo que ella había fantaseado en su mente durante los últimos años: había tenido la oportunidad de terminar con la guerra en un sencillo movimiento, y la había desperdiciado por el grito de un entrometido monje de Mons Sanctus antes de que otras tres bestias que la rodearon súbitamente pudieran liquidarla incluso si se salía con la suya. Pero… ¿Qué más daba su propia vida si conseguía matar al tirano vernés? La joven gruñó con rabia más que por dolor cuando las garras del úrsido que se abalanzó por su izquierda le arrancaron la aguja de las manos. Del otro lado, un imponente dragón con escamas que parecían de piedra y placas doradas en los fibrosos brazos la inmovilizó por completo con una toma de judo, retorciéndole el brazo hacia atrás mientras su pesado cuerpo la tendía en el suelo a los pies de Godric. Sobre su cabeza, la sombra de una anguila eléctrica gigantesca que había asomado por fuera del acuario parpadeaba con la luz de la electricidad que formaba en su boca redonda poblada de terribles colmillos, capaz de matarla de un bocado o una descarga.

                      —¿Otra vez tú? —gruñó Thane con un puño cerrado en alto para que las bestias que habían atrapado a la asesina esperaran su orden para hacer cualquier otro movimiento. Ella podía sentir el pestilente aroma a carne y sangre en la boca del oso pardo con un ojo verde y el otro casi completamente negro mientras se le acercaba para olfatear su olor, quizás intentando adivinar qué tan delicioso sería su sabor. A sus espaldas, el dragón hacía sonar los cascabeles al final de su larga cola mientras le gruñía con calma arrimando su largo hocico a sus oídos, casi como si intentara advertirle que no hiciera movimientos estúpidos si quería conservar todos sus huesos intactos.

                      —¡Lo pido que lo disculpe, Su Majestad! —exclamó consternada la joven monja rubia que corría por el vestíbulo al otro lado de la puerta y se inclinaba sobre el monje, envolviéndolo con sus brazos—. ¿En qué estabas pensando, Hermano Markham?

                      —Lo siento, Hermana Vitalis —respondió el joven sin sacarle los ojos de encima al rey del otro lado de la sala del trono—. A veces uno simplemente siente que el deber lo llama.

                      —¿Y sentiste acaso que tu deber moral era venir a proteger a esta joven asesina? ¿Qué no es ese el mayor de los pecados? —replicó Godric con el ceño bien fruncido, aunque con cierta curiosidad por el modo de actuar tan impertinente de ese monje. Pero el muchacho se limitó a negar una sola vez con la cabeza, mientras Sir Thane lo escudriñaba bien de cerca con una mano en la empuñadura de su arma.

                      —Lo es —dijo sin titubear—, y yo me encargaré de que no tenga que ensuciar sus manos de nuevo.

                      —¡Ja! Estos arcanos son tan divertidos —se relajó un poco el caballero al escuchar las santurronas palabras del monje capturado por la muchacha de hábitos negros y blancos que lo ayudaba a incorporarse sin sacarle las manos de encima, casi como si temiera que fuera a hacer otra estupidez si lo soltaba—. Una Escoria de Zeio no puede enderezar su camino por mucho que intentes rezar por su alma. Ya ves lo que hacen apenas les sacas de encima las cadenas.

                      —Déjenme acompañarlos —le pidió el chico al caballero, tomándolo por sorpresa tanto como a Godric, que parpadeó antes de soltar una carcajada de buena gana, expandiéndose su grave risotada en ecos por todo el salón.

                      —¡Caleb! —protestó la chica apretándole un brazo con las dos manos, y éste le dedicó una triste mirada con sus opacos ojos sinceros antes de devolverle una sonrisa.

                      —Lo siento, Aurora —de verdad parecía sentirlo, pero se sacó sus frágiles manos de encima y avanzó a paso firme hasta detenerse frente al rey. Para cuando llegó hasta la plataforma elevada de los tronos, Sir Thane estaba a sus espaldas apuntándole con una lanza—. Su Majestad —Hincó una rodilla al suelo, y Godric se encontró entonces con la lanza apuntándole directamente al pecho. El caballero de armadura oscura chasqueó la lengua y apartó la trayectoria del arma de su máximo soberano, sin saber si ese maldito monje había hecho aquello como señal de respeto para con el monarca o para burlar la amenaza de su arma—, por favor, si me concede el permiso, quiero asegurarme de que encuentren a los responsables del robo en Nova Haven. Le aseguro que los traeré ante usted sin necesidad de que se derrame sangre.

                      —Estás muy confiado de tus aptitudes, monje… —advirtió Sir Thane con una sonrisa mordaz—. Aunque el duque de Nova Haven no sea el pez más gordo en el estanque, atacar así su palacio no es cosa de novatos. No creas que podrás simplemente dialogar con esa gente para purificar sus almas.

                      —Entonces confiaré en ustedes dos, si las cosas se me complican —le sonrió el muchacho con sencillez, levantando la vista un segundo hacia él antes de volver a agacharla atolondradamente cuando notó que el rey no le había devuelto la palabra para concederle el permiso de alzar la cabeza.

                      —De acuerdo, chico… —dijo Godric al cabo de unos segundos, sin saber realmente cómo evaluar la petición del joven, y mirando por encima a la monja al otro lado de la sala, que parecía apretar su pecho con el puño solo para que el corazón no se le saliera del lugar por la angustia que le hacía pasar aquella situación. A sus espaldas, la asesina de Zeio seguía maldiciéndolo en un idioma que sonaba extraño incluso para alguien de ese país—. Pero no puedo fingir que acepto que simplemente quieras emprender este viaje para guiar el alma de esta chica hacia el cielo. Bien saben tus dioses que deben pedirme permiso a mí antes de concederle la salvación eterna a un alma oscura de Zeio. Así que déjate de heroísmos y dime qué te interesa tanto de esos ladrones en realidad.

                      —Yo… —balbuceó el joven, intranquilo con sus recuerdos, mientras sus pupilas se movían inquietas bajo sus párpados entornados—. Conocí a alguien de Scraptown, muchos años atrás. Creo que es él quién puede estar detrás de todo esto, y que tal vez no se trate de otra cosa que una confusión.

                      Godric no necesitó mirarlo para confirmar que sus palabras eran ciertas: la reacción de espanto en la monja y mano derecha de Gabriel Krieg le hizo saber que debía tratarse de otro de esos huérfanos sin rumbo ni hogar acogidos por el noble manto de la Iglesia Arcana. Cómo había llegado un alma descarriada desde Scraptown hasta Mons Sanctus, lo ignoraba. Pero si sus sospechas eran ciertas, no podía dejar pasar la oportunidad de que ese monje lo ayudara a dar con el ladrón de las Monster Balls. Y si, en el peor de los casos, resultaba ser otro traidor buscando reencontrarse con un viejo amigo para ayudarlo a escapar de sus garras, estaría más que complacido de saber que Thane se habría ocupado de matar a dos pájaros de un tiro. Tres, si el viento soplaba a favor y esa Escoria de Zeio asesina intentaba nuevamente ir por un cuello demasiado duro para sus armas.

                      —Muy bien, joven monje, con el debido permiso de las autoridades de Mons Sanctus, entonces… —pero Aurora Vitalis, la monja que parecía estar a punto de echarse a llorar de un momento a otro, no pareció capaz de decir ni que sí ni que no ante su resolución—. Te pido que traigas a Imperia a ese ladrón escraptonita. Sir Thane, por supuesto, dirigirá la misión como la punta más filosa de este tridente. Y cuídense bien las nucas de nuestra joven promesa de Zeio, por cierto.

                      —¡Me cortaría todos los dedos antes de hacer nada por usted, déspota! —alcanzó a traducir en su cabeza algunas de las amables palabras que la joven reducida le bufaba por detrás, como si intentase en vano convertir sus palabras en cuchillas más afiladas que la aguja con la que había intentado matarlo momentos antes.

                      —¿Comenzamos la búsqueda por Nova Haven, Su Majestad? —preguntó Sir Thane ignorando los chillidos en zeionés que los músculos de su dragón peleador aplacaban con la presión de sus brazos—. Lo más probable es que hayan sido bandidos de Pecaxo, de todos modos. Tal vez tengan contactos en Vetusmare que les compren las piezas robadas para contrabandearlas fuera de Vernea.

                      —Por el momento no será necesario que molestemos a Reginald III —sonrió Godric, mirando de reojo el acuario a sus espaldas y fijándose en la feroz mirada del Gyarados rojo que se retorcía en el agua sin sacarle los ojos de encima—, ya parece haber sufrido suficientes percances en su palacio de mármol como para incordiarlo con nuestra presencia. Además… Llámalo corazonada, Thane, pero me parece que ir tras los bandidos de poca monta de Pecaxo sería ingenuo de nuestra parte. No… Yo creo más bien que podríamos preguntarle a nuestro inestimable conde de Ravenhurst, algo me dice que él nos conducirá hacia los ladrones más rápido que nadie. Si junto al ladrón había un Escoria de Zeio, Vincent Blackwood lo conocerá.


                      Continuará…
                      Editado por última vez por Tommy; 30/09/2025, 12:27:45.

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                      • Tommy
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                        SUPAR PRUEBA
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                        • 🇦🇷 Argentina
                        • Buenos Aires

                        #26
                        Capítulo 10: Vincent Blackwood

                        Caía la noche mansamente sobre Chuuza, un pequeño poblado rural en las afueras de Hirazanawa, ciudad famosa por su industria agrícola y principal proveedora de Zeio. La guerra había estallado hacía tan solo unas semanas, por lo que la producción se había reanudado con fuerza luego del breve parate debido a los primeros bombardeos sobre la capital. Las caras de los pobladores eran largas y las muecas compungidas mientras araban la tierra y cargaban costales con vegetales secos. Aun así, los más pequeños todavía podían permitirse jugar y soñar, correteando libres entre los angostos callejones y baldíos del pueblo en una muestra de rebeldía ante los llamados de atención de sus madres que, preocupadas, les advertían que no se apartasen demasiado de casa.

                        Dos de ellos no habían hecho caso, y se encontraban a ya varias calles corriendo entre los granjeros y pastores mientras hacían zumbar por los aires las puntas de un par de ramitas que habían recogido de un árbol caído tras un fuerte temporal. El niño le había elegido la rama más recta y firme a su compañera de travesuras para darle ventaja de cara al combate que disputarían tal y como habían pactado, a orillas del Río Tege. Ella era varios años menor que él, que tan solo tenía diez, pero lo había desafiado insistentemente durante días tras una tonta disputa por un dulce en la tienda caramelera de los Ginkgo. Al final, él había accedido a un combate a tres toques.

                        Blandiendo la rama corta y torcida, rebatió las primeras estocadas de la niña mientras saltaba entre charcos de agua y se burlaba de ella cuando tropezaba por hundir sus pies descalzos en el barro. Al final, la niña rompió en llanto sobre un charco rodeado de maleza y a él no le quedó más remedio que ofrecerle su espada improvisada para que se sujetara y así ayudarla a salir de allí. Aquella fue la oportunidad que la niña aprovechó para sorprenderlo con un chorro de agua directo a la cara, cegándolo el tiempo necesario para agacharse y darle una estocada palanca entre los tobillos, derribándolo finalmente. Con una risa triunfal, la pequeña saltó sobre el estómago del chico y le apuntó con su dedo.

                        —¡Débil! ¡Hira-kun débil! ¡Te dije que ganaría como sea!

                        El niño hizo una mueca de disgusto, y asomó una segunda rama partida con la mano bajo su espalda, listo para sacársela de encima. Fue entonces que oyeron fuegos artificiales festivos silbando en el cielo nocturno que palideció ante un gran estallido.

                        —¡Pide un deseo! —exclamó la niña con los brazos en alto mirando las diminutas estrellas expandiéndose en el cielo nublado de Chuuza—. ¡Seguro quieres ser más fuerte para ganar la próxima vez!

                        —Sumi, esos no son… ¡Cuidado!

                        Arrojó una de las ramas al piso y rodó sobre ella cubriéndola con su espalda de un estallido que expandió una ola de calor arrasadora encendiendo el cielo, sus nubes y estrellas durante largos segundos. Sintió cómo se le pegaba la ropa a la espalda y ésta ardía, pero contuvo un grito para no asustar a la chica que, confundida, lo miraba perpleja sin poder ver más allá de sus enormes y expresivos ojos amarillos centellando más que lo que fuera que estaba estallando con estruendos más arriba. La levantó mordiéndose la lengua para mitigar el dolor en su espalda y echó a correr con ella a cuestas tirando de su mano.

                        —¡Mira mi espalda, y nada más que mi espalda! —le gritó cuando recobró el aliento, deseando que la niña no hubiera atinado aún a ver cómo el mundo se desmoronaba a su alrededor. De las casas que se incendiaban salían familias enteras corriendo y chocando en las calles con otras desorientadas, aturdidas por la luz, el ruido, el calor y el temblor del suelo asediado por miles de pisadas yendo y viniendo para dar forma a un mar de confusión.

                        Sumire, tal era el nombre de la niña que no debía llegar ni a seis años de edad, se esforzó por no apartar la vista de aquella espalda cubierta por tela negra que se deshilachaba conforme corrían doblando esquinas y saltando charcos y esquivando codos y rodillas de pueblerinos ahuyentados oyendo los gritos que brotaban del fuego acompañados por armas largas y humeantes que disparaban sin piedad, cercando cualquier posible salida de Chuuza.

                        —¡¿Qué está pasando, Hira-kun?! —lloró entonces la niña intentando aguantar el ritmo del joven, que se detuvo súbitamente dejando pasar al pescadero Tojiko, que corría arrastrando sus pies con una lanza clavada en la espalda seguido de cerca por un soldado de armadura negra que galopaba sobre un corcel de fuego y que ignoró la presencia de los niños al pasar de largo frente a ellos. El niño puso sus brazos en jarra y se encorvó delante de ella, volteándose con la sonrisa más difícil que debió esbozar en su corta vida.

                        —Súbete, llegaremos a casa más rápido si no seguimos el ritmo de tus pasos de Zenigame.

                        La niña ensombreció la mirada y se dejó cargar por el mayor, que aceleró al doble su carrera por el pueblo en llamas ignorando los gritos de auxilio desde las cabañas humeantes, los disparos que estallaban contra las débiles espadas y escobas con las que los vecinos intentaban repeler la invasión e incluso los rugidos y ladridos de jaurías enemigas que parecían mofarse del fuego y revitalizarse con las llamas creciendo a lo largo y ancho del poblado. Había recorrido las calles de Chuuza durante toda su infancia, y hasta ese día creyó conocer el pueblo como la palma de su mano, pero ante aquella situación, con la temblorosa Sumire en su espalda y sus lágrimas salpicando su flequillo oscuro, el niño sintió que hallar el camino de vuelta a casa era una tarea titánica. No sabría hasta llegar que aquello acabaría resultando imposible, incluso si la casona de piedra y madera seguía en la misma calle de siempre, junto al árbol de cerezo.

                        —No tengas miedo, papá es el más fuerte de Zeio —le dijo al bajarla cuando finalmente llegaron. Hubiera querido dedicarle otra sonrisa, pero no estaba seguro de poder formarla en su rostro al ver cómo el tronco retorcido se desplomaba tras un corte de espada que partió en dos también a un vecino que no alcanzó a reconocer. Dos soldados voltearon hacia su posición cuando la arrastró consigo a través de una tabla partida del cerco que bordeaba el jardín delantero de su casa, indicándole en un susurro que lo siguiera sin hacer mucho ruido.

                        Se sintió casi aliviado al constatar que ninguna bomba había estallado en los jardines ni en la fachada, y que el único humo en su casa brotaba con paz a través de la chimenea. Normalmente se divertía observando a un grupo de búhos que aparecían junto a ella por las noches para calentar sus regordetes y emplumados cuerpos, pero no le sorprendió ver el espacio vacío luego de lo que acababa de azotar al poblado entero. Tiró de la mano de Sumire y avanzó por el largo pasillo lateral de la casa para colarse por un ventanal contiguo que conectaba la cocina con el patio trasero. Allí había un viejo y pequeño dojo familiar donde su padre guardaba sus espadas: estaba seguro de que lo encontraría preparándose para enfrentar al enemigo. Quizás ya no serviría al ejército zeionés, pero ese viejo lobo todavía podía intimidar a soldados con la mitad de su edad y el doble de su físico.

                        Él era un niño orgulloso: nunca se había permitido decirle a su padre lo mucho que lo admiraba, y se prometió confesárselo cuando el caos en el pueblo cesase y pudieran expulsar a los invasores con su fuerza. Esbozó una tonta sonrisa cuando pensó en la cara de idiota que pondría al escucharlo decirle aquello por primera vez, y le ilusionó imaginar que tal vez el gesto impresionaría tanto al hombre que le cedería su vieja y legendaria espada para que siguiera sus pasos. Cuando oyó la voz de su padre en el patio trasero, se sintió un genio por haber adivinado su paradero. Pero cuando la voz se transformó rápidamente en un gruñido ahogado y en sonidos guturales inentendibles, pues una mano de hierro apretaba su mandíbula y le rompía los dientes al intentar morder el guante metálico que la protegía, el niño sintió como si su alma abandonara su cuerpo, llevándose consigo todo atisbo de calidez.

                        Y aunque el fuego iluminaba el cielo convirtiendo en rojo el azul, el pasto se veía más oscuro y sombrío que nunca, y los muros del dojo más viejos y grises, incluso más distantes. Le costó, pero sostuvo la mirada durante todo el proceso: su padre estaba encorvado y con una rodilla hincada en el suelo, sobre un charco de sangre en una porción de pasto enmarañado que regaba con el goteo rojo manando de su quijada. Su largo cabello oscuro era sujetado con firmeza por un soldado muy alto y prácticamente acorazado con una armadura negra tan imponente que podría eclipsar al mismo Sol si fuera de día. Su otra mano apretaba el rostro de su padre dejando ver solo sus ojos, que parecían primero furiosos y combativos pero que, apenas se fijaron en el par de niños asomando sus rostros pálidos por el marco de la ventana al otro lado de la casa, dieron paso al horror.

                        —¡¡VETE DE AQUÍ!! —gritó con un desgarro en su voz cuando dejó de morder la mano que apretaba su mandíbula. Al principio, el soldado vernés que lo inmovilizaba pensó que era otro insulto en aquel extraño idioma, las únicas palabras zeionesas que habían conocido en sus vidas. Pero luego oyó el pasto revolviéndose detrás del borde de la casa y al niño que, lejos de obedecer a su padre huyendo a toda prisa de la zona de peligro, se adentraba en ella apuntándole con su rama corta empuñada a dos manos como una wakizashi—. ¡¡HIRAKU!!

                        El chico corrió a través del camino de sangre y sombras directo hacia su padre. En su mente, imaginó al astuto y experimentado comandante del escuadrón de asalto zeionés poniendo una mano sobre otra para hacerle de soporte a sus pies e impulsarlo por encima de su cabeza, en un salto magnífico e inesperado con el que podría hundirle la rama con punta afilada en un ojo a ese maldito soldado de casco abierto. Estaba resuelto a dejarlo ciego aprovechando la apertura del visor, a oscurecer completamente esos ojos negros que lo miraban con desconcierto y temor. Esbozó una sonrisa confiada cuando estuvo a tan solo dos metros de alcanzar su objetivo, y le hizo llegar un grito de guerra resuelto que seguro llenaría de orgullo el corazón de su padre, incluso si sus gritos lo regañaran en primer lugar. El vernés emitió un sonido agudo a través de la cubierta que tapaba su boca y nariz para protegerlo del humo de las explosiones: le sonó como a un chiflido corto que se repitió dos veces, casi como el bello canto de un ave al amanecer. Fue todo el músculo que ese maldito tuvo que mover para que, una fracción de segundo después, una mancha blanca descendiera de un salto por el tejado interponiéndose entre el niño y los hombres.

                        Encorvada y con sus cuatro patas fuertes y largas flexionadas todavía, la bestia con una gigantesca hoz coronándole el cráneo le dedicó una mirada del rojo más opaco y profundo que hubiera visto en su vida. Sintió como si se sumergiera en un hondo charco de sangre al ver aquellos ojos, y el aura desprendida por la criatura lo arrastró instintivamente hacia atrás. La rama se desprendió de su mano con un espasmo en sus dedos torpes. La bestia arañó la tierra y el pasto con sus garras al oponérsele, pero el niño ya estaba apretando la mano de Sumire para sacarla de ahí. Antes de aceptar definitivamente que no era más que un cobarde, se giró con lágrimas en los ojos de vuelta a su padre, intentado ignorar aquellos ojos terroríficos que se le acercaban demasiado lento.

                        Durante los próximos años, no creería en aquella sonrisa que su padre le dedicó.

                        —No temas —le dijo mientras el hombre lo levantaba por el aire sujetándolo del pelo y desenvainando su espada—. Papá se encargará de este tipo y luego te alcanzará.

                        Aprovechó la mano que dejaba su rostro para ocuparse de empuñar la espada y, beneficiado por los dientes rotos nadando en el mar de sangre que era su boca, le escupió un chorro rojo al visor cuando estuvo lo suficientemente cerca de su captor. El soldado apretó los ojos y su agarre flaqueó, y Hiraku se volteó con un último arrebato de esperanza al escuchar cómo su padre le robaba un cuchillo de la vaina y lo extendía hacia su cuello. Mientras se alejaba oyendo a Sumire gimotear entre lágrimas y mocos y su corazón rompiéndole el pecho desde dentro, creyó escuchar el baile de metales cruzándose en el patio trasero, un corte certero y seco en la carne y un gorgojo sangriento que se apagó cuando salió de la casa, llevándose a la niña por un camino flanqueado por muertos tendidos en las calles.



                        Catorce años después, abrió sus ojos con el rostro pálido y empapado en sudor, y se incorporó bruscamente del futón tanteando su espada a la derecha. Su mano, sin embargo, se posó sobre algo mucho más terrorífico que la tachi: el suave roce de los dedos de Amelia Starling casi lo hizo rodar por el suelo como si se hubiera clavado las espinas de un Harysen. Del otro lado llegaba un claqueteo de metales junto con luces intermitentes, revelando una habitación tan pequeña que le habría dado claustrofobia a un roedor. Ahí tan solo había espacio para dos futones separados por centímetros y una mesa angosta con una banqueta en la cual Junk Pocket parecía trabajar a la luz de una adormecida lagartija eléctrica. Sobre sus cabezas, un foco roto colgaba del techo junto a un cuadrado con bisagras que parecía ser una trampilla alcanzada por escaleras. En el aire flotaban motas de polvo, el aroma a moho y humedad crujiendo con las paredes de madera y el vicio de pólvora y vapor enturbiando la vista. El murmullo distante de pisadas y voces sobre el techo le hizo pensar que debían hallarse en el sótano de un sótano.

                        —¿Qué pasó? —atinó a preguntar cuando el fuerte dolor de cabeza producto de la pesadilla comenzó a disiparse. Aun podía sentir el eco distante de los latidos golpeando en sus oídos. Amelia suspiró.

                        —Tu idea de venir a Ravenhurst fue tan buena que, apenas llegamos para hablar con Blackwood, el tipo te noqueó de un golpe y nos encerraron aquí.

                        —Así que fue eso… —murmuró llevándose instintivamente la mano a la cabeza, y sintiendo un ligero chichón asomando en su sien. Pudo visibilizar en sus recuerdos tumultuosos la imagen del puño de Blackwood viajando rápidamente hacia su cráneo antes de quitarle la consciencia, así como su característica mirada hostil con el único ojo que le enseñaba al mundo. Ya estaba muy débil para cuando llegaron a Ravenhurst, y estaba seguro que, de no haber sido por los incidentes en Wreckstone, Foongu y Nova Haven, habría podido resistir ese puñetazo del viejo y devolvérselo por diez.

                        —Dormiste un día entero —continuó la piloto acercándole un vaso de cerámica con té caliente, que tomó tras ver una hoja pequeña flotando en la superficie aportándole dulzor a la infusión—, empezaba a preocuparnos que no despertaras.

                        Hizo el ademán de acariciar el lomo de Haku, que siempre dormía acurrucada contra su torso o a sus pies, y se alarmó al no encontrarla. Al igual que su espada, no estaba a su lado para protegerlo. La chica señaló la mesa donde Junk, oculto bajo sus enormes goggles con múltiples lentes de aumento, trabajaba ajeno al despertar del hombre de Zeio.

                        —¿Puedes calmarte por un segundo? Haku y los demás están a salvo en las Bolas de Pocket que nos dio Junk, ¿recuerdas? —Amelia no mentía, y Hiraku suspiró de alivio al ver unas nueve esferas junto a tantos otros bártulos que el rubio había desperdigado sobre la madera. Al zeionés todavía no le agradaba del todo la idea de tenerlos encerrados ahí, y Junk pareció notar aquello en la mirada que puso al comprobar que en el interior se distinguían las siluetas de Haku, Muryo y el Juptile que los había atacado en Foongu.

                        —Están mejor ahí que en las auténticas cárceles en los subsuelos de Ravenhurst, ¿eh? —comentó mientras ajustaba cuidadosamente algunas tuercas a unos tornillos que atravesaban una especie de vaina de hierro, ante la atenta mirada de la manzana con ojos que, ahora podía recordar mejor, le había salvado la vida en la Vivi Brava apenas huyeron del castillo de Reginald III.

                        —Necesitamos saber qué está tramando Blackwood —cortó Amelia con gravedad, apartando los ojos de Hiraku de las esferas capturadoras y de Junk de lo que sea que estuviera armando en la mesa atiborrada de chatarrería—. No parece tener intenciones de hablar conmigo ni con Junk, y algo me dice que la noticia de lo que pasó en Nova Haven se está extendiendo rápidamente por toda la región. No tardará en llegar a oídos del rey. Hiraku, ¿al menos tienes idea de si estamos aquí por seguridad o si nos están reteniendo en este sótano hasta que el ejército de Imperia venga a buscarnos? ¿Estás seguro de que podemos confiar en él?

                        —Descuida, ya comienzo a recordar por qué me habrá golpeado… —gruñó el zeionés al incorporarse de la cama, sintiendo sus huesos más pesados que de costumbre. Encontró nuevos vendajes envolviéndole la mitad inferior del torso y ungüentos improvisados tapando sendas heridas en el pecho y hombros, y entornó la mirada en dirección a Amelia que, con un leve rubor asomando bajo sus pecas, desvió la vista nerviosamente cuando fue demasiado evidente que se había estado ocupando de sus heridas luego del asalto al palacio de mármol. Hiraku ignoró aquello y simplemente tomó su yukata doblada sobre el respaldo de la silla en la que estaba Junk y se la colocó por encima de los hombros—. Seguro le preocupó no ver a Haku a mi lado. Imagino que no le dijeron nada sobre las esferas.

                        —Por supuesto que no. Si lo hacíamos, seguro nos las terminaba confiscando —receló Junk su invento—. Y ya tuve suficiente con que el líder de una de las grandes ciudades se robara mis cosas y secuestre a mis amigos.

                        —¿Y tú en qué estás trabajando tan obsesivamente? —recordó preguntarle Hiraku al ver que, mientras refunfuñaba pensando en el duque de Nova Haven, seguía ajustando y desajustando tuercas para introducir por una hendija lateral del artefacto unos diminutos tubos de gas. Se volteó hacia Amelia, que simplemente se encogió de hombros como diciendo «A mí no me veas, estuvo así desde que nos encerraron aquí».

                        —Se ve que ese puñetazo te hizo olvidar más de lo que pensaba —sonrió el rubio mientras atornillaba la división de la vaina y oprimía un gatillo bajo la guarda para soltar con un silbido dos chorros de vapor por unas rendijas laterales que le arrancaron una tos a las bestias en la mesa y a Amelia, que se había asomado por el borde para espiar con curiosidad la labor del joven inventor—. Te hice una promesa cuando salimos de Dendrowth, ¿recuerdas? Voy a reparar tu espada como sea.

                        Hiraku parpadeó sin disimular demasiado bien su perplejidad, y ladeó su cabeza hacia un lado como Haku hubiera hecho de estar fuera de la esfera.

                        —¿Esa es mi espada?

                        —¡Estoy intentando que vuelva a serlo! —le sacó la lengua Junk, y Amelia suspiró pesadamente luego de casi ahogarse por la tos que le produjo ese chorro de vapor a traición que le dejó el pelo ondeando hacia atrás.

                        —Le advertí que no era lo mismo forjar armas que construir sus máquinas extrañas —dijo la piloto, que aunque no era experta ni en una cosa ni en la otra, sí tenía nociones suficientes gracias al mantenimiento de su vehículo y a haber crecido en Brandenburg, el pináculo de la herrería y la forja de Vernea. Hiraku apenas entornaba un poco los ojos y arqueaba levemente una ceja, como si aquello que hacía el chico tuviera poco y nada que ver con el proceso de restauración de espadas que le había visto hacer a su abuelo durante sus primeros años con consciencia verdadera. Finalmente, le dio la espalda a ambos y puso un pie sobre el polvoriento escalón que conducía a la trampilla en el techo.

                        —Como sea, iré a hablar con Blackwood. Intenten que esto no vuele por los aires en mi ausencia.

                        —Está cerrada desde afuera —se cruzó de brazos Amelia.

                        —Se puede entrar, pero no salir —añadió Junk mientras continuaba con su labor, pero un “¡Clak!” seguido del chirrido de la madera elevándose desvió su mirada de las piezas de metal en la mesa. Hiraku había levantado dos tablones de madera contiguos al cuadrado sellado de la trampilla y se impulsaba con su brazo libre para salir de ahí tras espiar que el perímetro estuviera despejado.

                        —¡Espera! ¿Cómo sabías…?

                        —Esta es una vieja casona inspirada en las viviendas de Zeio durante el inicio de la guerra —informó inspeccionando los alrededores—. Vernea robó mucho más que solo nuestra libertad; gran parte de Ravenhurst se levantó tomando como base el hogar de sus prisioneros, probablemente porque muchos de ellos tuvieron que trabajar como esclavos construyéndolos por orden del rey. Para refugiarse de los ataques con bombas y las invasiones enemigas, estas casas siempre tienen un segundo subsuelo con una entrada y una salida diferenciadas.

                        Junk y Amelia guardaron silencio, como esperando que Hiraku continuara su explicación. Desafortunadamente para ellos, el zeionés se limitó a corroborar que la zona estuviera lo suficientemente despejada para emprender su camino hacia el paradero de Blackwood, por lo que se limitó a bajar suavemente los tablones de madera y espió por última vez a sus compañeros antes de partir con rápidos y silenciosos pasos.

                        Conocía ese lugar, sus trucos y sus vicios. Ravenhurst no era la ciudad más popular de Vernea, sino todo lo contrario, y por eso mismo se sentía como pez en el agua subiendo rápidamente por las escaleras fuera del sótano de la vieja casona de estilo oriental. Tuvo que atravesar un jardín con árboles de cerezo y evitó mirarlos para no recordar el oscuro sueño en el que había estado inmerso momentos atrás. No había guardias aparentes, al menos no con forma humana, pero ahí estaban los ojos y los oídos y las narices olfateando el aire y la tierra. Él no les temía, pero cualquier otra persona se hubiera inquietado al descubrir las oscuras siluetas de cuervos y lechuzas posados en los tejados, con sus enormes ojos brillando a la luz de la luna, y de perros sarnosos con agudos colmillos asomando entre sus fauces merodeando entre los árboles y las verjas de piedra.

                        No recordó preguntarle la hora a Junk y Amelia, así que miró al cielo y la posición de las sombras torciéndose hacia el oeste bajo sus pies y concluyó que debían ser tempranas horas de la noche. Se había perdido por poco un triste atardecer, pero era difícil apreciar ningún momento del día desde esa ciudad hundida en una pronunciada depresión geográfica que se asentaba todavía más en el epicentro de la urbe, en una fosa tan oscura y profunda que debía ser custodiada por un muro alto elevándose como un faro hueco con una torreta de vigilancia en lo más alto. Casi todas las casas de Ravenhurst eran lo suficientemente bajas como para que el puesto de vigilancia permitiera observarlas a todas desde ese punto, y por eso se había convertido en el lugar favorito de Vincent Blackwood para custodiar la paz en su ciudad.

                        Hiraku bajó unas cuantas calles dejándose ayudar por la gravedad y saltó desde un árbol hacia el marco de una ventana en la torre levantada sobre la fosa. Nadie que no estuviera bien armado se atrevía a subir por las escaleras caracol internas de la construcción, pues los murmullos fantasmagóricos que el eco llevaba desde lo hondo del agujero negro podían volver loco a cualquiera que no tuviera las agallas de un demonio. Él no le temía a esas voces de lamento, sino a las memorias que ese lugar desolado encendía. No quería convertirse, como todos los zeioneses prisioneros en las celdas más profundas de Little Zeio, en una mera voz atrapada por las sombras y guiada por la merced del eco que se expandía entre los muros de piedra de aquella torre. Tampoco pasar el resto de sus días insultando a Blackwood y a los demás verneses al servicio de Godric Wulfgar en idiomas que casi todos ellos ni siquiera se tomaban la molestia de aprender. Pensó en qué haría para sacar a Junk y Amelia de esa situación, andando a hurtadillas en su mente para no imaginárselos convertidos en prisioneros de ese terrible lugar, mientras escalaba con la agilidad de un Ohnyula de Hisui por los bloques de piedra y marcos sobresalientes hasta llegar a un estrecho balcón con barrotes de hierro desde el cual pudo ingresar a un espacio alfombrado en negro con un pasillo curvo que lo condujo a la oficina del conde.

                        Dos esculturas de acero rojas, grises y doradas se apostaban a ambos lados de la puerta de cedro frente a una serie de espadas enmarcadas que daban vuelta al desfiladero circular. Hiraku las conocía bien, así que las esculturas no le cortaron el cuello cuando puso un pie entre ellas y llamó a la puerta con el nudillo.

                        —¡¿Quién molesta?! —exclamó una voz grave y ronca con la garganta todavía burbujeando retazos de alcohol.

                        —Soy yo —respondió sin amedrentarse por el rugido, y el silencio del otro lado de la puerta le otorgó todo el permiso que necesitaba para girar el pomo dorado y acceder al despacho del líder de Ravenhurst.

                        Se habría asqueado al notar cuánto había crecido la colección de espadas zeionesas en la oficina de Blackwood, pero el tipo no le dio tiempo a apreciar la decoración renovada, pues un destello brillante desde su escritorio zumbó por el aire rumbo a sus ojos y se desvió justo a tiempo para que el cuchillo se hundiera en el marco de la puerta, dibujándole apenas el esbozo de una línea en la mejilla. No había conocido mucho del resto del mundo, pero estaba convencido de que en otros lugares recibían a la gente con besos ahí en lugar de cortes.

                        —No necesitas decir que me extrañaste —dijo con calma cruzando su mano izquierda para arrancar el cuchillo por la empuñadura, pero el bulto sombrío del otro lado de la oficina saltó por sobre el escritorio tirando botellas y copas sobre la alfombra y corrió a toda velocidad en medio del estruendo de cristales estallando hasta hundirle el antebrazo en el cuello, asfixiándolo con su propia mano aferrada al cuchillo que no parecía tener intenciones de abandonar el cálido vientre del cedro. El único ojo útil de Vincent Blackwood miraba el único ojo que Hiraku podía mantener abierto mientras se esforzaba por respirar.

                        —¡¿Te atreves a volver aquí buscando ayuda después de lo que hiciste en Nova Haven?! ¡¿Tienes idea de lo que arriesgaste, niño imbécil?! ¡Te aseguro que es más valioso que tu propia vida!

                        Vincent Blackwood era un hombre que no se veía tan joven como mostraba su fuerza, ni actuaba con la sabiduría con la que uno supondría debería comportarse un reconocido excomandante de las fuerzas de ataque del ejército vernés. Había luchado desde mucho antes de que estallaran las primeras guerras con los países del este, y por eso su cuerpo se mantenía en buen estado físico incluso habiendo pasado hacía rato los cincuenta años de edad. Sin embargo, las cicatrices de guerra se hacían visibles no solo en el profundo tajo rosáceo que cruzaba su frente y partía su ceja oscura y su párpado apretado hasta hundirse en el pómulo de su mejilla con barba incipiente, sino también en el modo en el que pasaba sus días: solo, recluido en su oficina en lo alto de la ciudad hundida, rodeado por el alcohol y los ocasionales vicios que Elara Vex le enviaba desde Coeurville. Y aunque todos le temían, nadie lo respetaba realmente. Nadie excepto Hiraku, que le había concedido solamente a él el derecho a darle un apellido que no le pertenecía. Y solo porque al hacerlo le había salvado la vida.

                        —No necesito tu ayuda —replicó entre dientes, enseñándolos como un perro mientras arrugaba el ceño. Ese maldito Blackwood era tan fuerte vistiendo ese sucio y viejo ropaje oscuro como lo había sido años atrás cuando todavía portaba la armadura de Imperia—. Solo vinimos a recoger un poco de combustible y nos iremos de inmediato.

                        —Debieron pensar en esa inmediatez cuando dejaron el palacio de Reginald III —Blackwood, también como un perro, parecía comunicarse más con ladridos que con palabras, especialmente cuando estaba tan ebrio como aquella noche—. ¡¿A dónde piensan huir exactamente?! ¡Godric empapelará toda Vernea con un decreto real exigiendo sus cabezas antes de que puedan ver el Sol asomando por el mar del este! Ya perdieron su oportunidad de un escape triunfal. ¿Y qué me traen aquí exactamente? Ah, sí: ¡Su patético fracaso!

                        Comenzó a ver borroso por efecto de la asfixia, y sintió el hondo y amargo impulso en el estómago de rebatirle un poco de veneno a ese viejo apestoso que solo sabía odiar. Pero lo cierto era que nada de lo que le gritaba estaba errado, y que más de una vez se había dejado llevar por el impulso. Y guiado por ese mismo impulso, cerró sus ojos y agachó la cabeza tanto como el duro brazo del hombre contra su cuello le permitió.

                        —Discúlpame.

                        Fue todo lo que tuvo que decir para que Blackwood realmente considerase lo que estaba haciendo. Finalmente, el líder de Ravenhurst se apartó algunos pasos, tambaleando y mirando de reojo por encima del hombro que todavía quedara alguna botella de sake o whisky sobre su escritorio.

                        —¿Acaso olvidaste para qué cuidé de ti todo este tiempo, chico? ¿O ya no tienes el anhelo de ser libre?

                        —Nunca seré libre —replicó Hiraku, y Blackwood entornó su único ojo con una mueca reprobatoria enmarcada por los mechones de barba negra que asomaba por su rostro en varias puntas, como los rayos de un sol oscuro—. No mientras Wulfgar siga gobernando este lugar.

                        —Este lugar es Ravenhurst, muchacho —lo corrigió Blackwood dando un puñetazo sobre la mesa y haciendo saltar vasos y tazas vacíos—. Y aquí el único que manda soy yo.

                        Hiraku sintió que hablaba con un niño al que intentaban quitarle su juguete favorito.

                        —Sabes que no me refiero a tu mala imitación de Zeio —gruñó—. ¡Vernea es el problema! Y todos esos cerdos a tu nivel que se vuelven más poderosos encerrando a personas y bestias por igual. ¿Cómo esperabas que soportara trabajar para un imbécil como Reginald III, sabiendo la forma en que se maneja?

                        Blackwood se cruzó de brazos mientras recostaba su cuerpo contra el marco del escritorio, observando al hombre que todavía no parecía atreverse a despegar su espalda de la puerta cerrada.

                        —Tienes razón —concedió finalmente—, el novahavenista es un imbécil. Pero confiaba en que tú serías un poco mejor que eso, y que podrías mantener la maldita boca cerrada y la espada en su vaina. ¡Y ni siquiera la trajiste contigo! —Notó por fin las ropas sucias y remendadas del zeionés desprovistas de cualquier clase de correa con un arma atada a ella. Hiraku se revolvió un poco en su lugar, como si el recuerdo le pesara tanto que lo desestabilizaba.

                        —Sucedieron cosas en Dendrowth… —murmuró, casi con miedo a que decirlo en voz alta reviviera el recuerdo al punto de volver a agrietar la hoja de la espada en la que Junk parecía estar trabajando sin descanso—. Pero el chico aseguró que la repararía.

                        —Y por eso no lo entregué a las autoridades de Nova Haven cuando pasaron por aquí esta mañana —rabió Blackwood tensando sus brazos cruzados, aparentemente ya arrepentido de aquella decisión tomada en sobriedad—. Pero no te creas que voy a pretender durante mucho tiempo que oculto a tres traidores a la corona, uno de ellos zeionés, y a una aeronave prófuga en el galpón para máquinas. ¡¿Tienes idea de lo difícil que fue conseguir una lona lo suficientemente grande para cubrir por completo a ese insecto de hojalata?!

                        —Lo siento —dijo sentidamente Hiraku, dedicándole una reverencia sutil ahora que no tenía su propio brazo y el de Blackwood superpuestos contra su garganta. La cortesía de Zeio era una de las cosas que más exasperaban al viejo Blackwood, y el espadachín se permitió un esbozo de sonrisa cuando oyó al tipo ladrando mientras le daba otro puñetazo a la mesa tirando algunas botellas más al suelo.

                        —De cualquier forma, sabes que yo podría reparar esa vieja tachi mucho mejor de lo que cualquier escraptonita excéntrico de diez años podría hacerlo nunca.

                        —No puedo pedirte eso —replicó el de Zeio tajante, sosteniéndole la mirada. Blackwood fue ahora el que sonrió con un dejo de melancolía, y su mirada se ensombreció un poco más.

                        —Ah, ¿no…? ¿Acaso revuelve tu consciencia que yo mismo repare la espada con la que me quitarás la vida?

                        Hiraku no respondió, y su silencio fue llenado únicamente por el distante eco de las voces agolpándose contra el subsuelo de la oficina y por el licor revolviéndose en el vaso de cristal que el conde de Ravenhurst llenaba para combatir la sequedad de su boca. Si en algo le habían pasado factura los años a cambio de mantener fuertes sus brazos, era en lo mucho que se le dificultaba gritar como estaba acostumbrado. Cada año le dolía más su propia voz. Se limpió el alcohol de la barba con el dorso de la mano y dio algunos pasos al frente mientras parecía recordar algo importante.

                        —En fin, ¿dónde está Absol? Si me dices que la rompieron como a tu tachi, te mato ahora mismo.

                        —Haku no es tan frágil como el acero —gruñó el de Zeio—. Junk la puso a salvo con su invento.

                        —Sí, me imaginé que por ahí irían los tiros… —reflexionó el conde apretándose el tabique—. Esas esferas son auténticas bombas de tiempo. Tal vez sus bestias estén más seguras ahí por el momento, pero ustedes definitivamente se exponen más al llevarlas consigo. Escuché que algunos soldados de Nova Haven están por implementarlas, pues son mucho más ligeras que las armas tradicionales y almacenan un poder superior —Llenó otro vaso con alcohol y se lo bebió de un solo trago, soltando un pesado «¡Aaah!» como poseído por un dragón escupefuego—. La Era del Acero está llegando a su fin —Concluyó mientras su ojo repasaba con melancolía las espadas exhibidas en las paredes de su oficina.

                        —No nos preocupa en lo inmediato —se apresuró a decir Hiraku, quién también había estado observando de reojo las armas cortantes enmarcadas y consiguió distinguir empuñaduras con los símbolos y marcas de Zeio grabados en ellas—. Junk dice que las que quedaron en poder de Nova Haven están obsoletas, y que todavía falta un componente esencial para poder fabricar modelos completamente funcionales para su propósito.

                        —No tienen pensando dejar Vernea después de todo… —Blackwood sonrió con resignación—. ¡JA! Incluso con la soga alrededor del cuello tienen las agallas de tensar todavía más la cuerda.

                        —Starling conoce los cielos de Vernea mejor que nadie —dijo Hiraku ignorando el carcajeo del borracho al otro lado de la oficina—. Creo que podría llevarnos a Sandveil en un par de horas.

                        —Dudo que los conozca mejor que Godric Wulfgar —la voz de Blackwood resonó con gravedad—. Y si van al desierto, volarán demasiado cerca de Brandenburg. Sabes que ningún zeionés puede acercarse a ese lugar si valora al menos un pedazo de su vida.

                        Hiraku sonrió.

                        —Me conformo con menos que eso para seguir viviendo.

                        —Hiraku… —la voz de Blackwood parecía pelearse cada vez con más fuerzas contra su garganta para salir, pero estaba abatida por el agotamiento y la lluvia de alcohol—. ¿Realmente eres tan idiota como para dejar todo atrás solo para ayudar al escraptonita?

                        —Pienso en la imagen más grande —se encogió de hombros—. Tú también quieres verlo, Vince, por mucho que quieras evadirte ahogándote con el sake de tus muertos: un mundo en el que todos puedan ser un poco más libres.

                        Vincent Blackwood soltó un agrio suspiro mientras dirigió sus pasos hacia los ventanales laterales de la oficina. A través de ellos se detuvo a contemplar las siluetas distantes de varios cuervos agolpándose en los cables que cruzaban los techos de Ravenhurst y de los cuales pendían faroles de papel que bañaban con su luz cálida las oscuras calles empinadas de la ciudad.

                        —Así que encerrarlos es un modo de concederles otra forma de libertad, ¿eh? —meditó en voz alta—. Dudo que en Imperia piensen así.

                        —Una cabeza no puede pensar fuera de su cuerpo —sugirió Hiraku al aire, y Blackwood solo necesitó apoyar su dedo índice sobre el cristal de la ventana para agrietarlo con su fuerza, torciendo su cabeza por encima de su hombro para mirarlo como un auténtico depredador desde las sombras de su mente.

                        —No quiero que vuelvas a insinuar nada como eso en mi presencia, ¿está claro, chico? —le advirtió con aspereza—. Que me haya apiadado del alma de un niño asustado no significa que vaya a hacerlo por la de un hombre que hace tiempo dejó su inocencia atrás. Aunque, por las cosas que dices… ¡JA! Quizás me esté apresurando en afirmar que ya no eres un tonto e ingenuo chico que no sabe cómo funciona el mundo en realidad.

                        —Los fuertes lo hacen funcionar como les place —murmuró Hiraku al cabo de unos segundos, tras deslizar suavemente una mano por debajo de la manga ancha de su yukata—. Tú me enseñaste eso. Entonces… Solo debemos ser más fuertes que ellos para cambiar las reglas.

                        Blackwood se giró hacia él y llevó instintivamente su mano a una katana colgada verticalmente junto al marco de la ventana astillada en un enorme asterisco de vidrio cortante. Apretó los dientes, listo para el momento, pero todo lo que su discípulo hizo fue girar el engranaje al frente de la esfera que ocultaba bajo la manga para soltar sobre la alfombra a una bestia blanca que no dudó en lanzarse sobre él con un salto de muerte. Haku tendió a Vincent en el suelo encharcado con olor a alcohol y restos de vidrio que le arañaron la nuca, y su ronroneo juguetón acompañado por lamidas en sus mejillas rojas por la ebriedad lo desarmaron completamente, arrancándole una carcajada.

                        —Aquí está la clave —sonrió Hiraku con seguridad, sosteniendo al frente la Bola de Pocket abierta—: esto cambia las reglas para siempre.

                        —¡Esto se llama golpe bajo, chico! —intentó gruñir Blackwood entre risas, sin poder resistirse al cariño de Haku. Aunque solo habían pasado unos cuantos días, parecía que no se hubieran visto en años—. No dejé a la Absol contigo para que me tendieran esta clase de trampas.

                        —¿De qué trampas estás hablando? —se encogió de hombros Hiraku—. Ella simplemente te extrañó.


                        Cuando la trampilla del subsótano se abrió, una cortina de vapor y humo se expandió desde el interior cegándolos por un momento. Vincent Blackwood bajó por las escaleras tosiendo y sacudiendo la mano como un abanico para despejar el aire viciado, y para cuando puso un pie en la reducida habitación y pudo abrir su ojo se encontró de frente con las dos Remorguns de Junk apuntándole, con Nix echando chispas y una manzana de ojos saltones soltando algo así como un gruñido contenido, con un Rockruff gruñéndole entre las piernas de una chica que, sentada en el futón más alejado, le apuntaba con una esfera metálica que parecía quemar en su mano. Junk bajó las pistolas cuando vio a Hiraku asomando entre la cortina de humo tras el líder de Ravenhurst.

                        —¡¿Qué rayos creen que hacen en mi habitación para huéspedes?! ¡Tienen que aprender a ser más discretos que eso! —los regañó el conde Blackwood con un puñetazo sobre la mesa, haciendo que Nix y Ureka pegaran un salto hasta ocultarse tras los hombros de Junk—. ¡¿O prefieren que los lleve a la terraza así hacen sus señales de humo para que las vean desde la maldita Imperia?!

                        —¡¿Bromea?! —se levantó Junk de su asiento con tal ímpetu que la silla habría caído al suelo de haber contado con más espacio, pero una pared la sostuvo inclinada—. ¡Creo que estuve mejor preso en Nova Haven que aquí! Al menos las celdas en las torres del palacio tenían mejor ventilación que este cuchitril.

                        —Uhm, para que alguien de Scraptown diga eso, debe ser verdad… —reflexionó Blackwood ante la torcedura de cabezas de los otros tres, que esperaban cualquier respuesta del sujeto menos una no agresiva. Deslizó un dedo por el pasamanos de la escalera y miró el polvo arremolinándose en la yema antes de rascarse la barba como si una pulga temeraria le hubiera saltado con un grito de guerra inaudible—. Supongo que a este lugar siempre le faltó el toque femenino —Añadió arqueando una ceja mientras volteaba en dirección a Amelia, que se refugió tras un viejo almohadón de arpillera y tras los colmillitos que Rockruff le enseñaba al hombre de negro.

                        —Es una lástima que no planee quedarme más tiempo para ayudar con eso —replicó la chica, desafiante, revelando apenas sus ojos detrás del almohadón. Luego se dirigió a Hiraku—. ¿Conseguiste combustible? Con dos o tres bombas de vapor y un costal de carbón para la caldera bastará.

                        —Consiguió algo más valioso que eso —irrumpió Vincent, a quién no parecía agradarle ser ignorado, mientras se desplomaba en el futón contiguo a Amelia cruzándose de brazos y piernas como la estatua de un dios reflexivo—: que les perdone la vida, por empezar.

                        —No creo que valgamos más que un par de bombas de vapor —se encogió de hombros Amelia, apartándose un poco del sujeto. Incluso si el aura que lo rodeaba no hubiera sido tan siniestra, aún quedaba por resolver el asunto del fuerte olor a alcohol.

                        —¡Hey! —protestó Junk dándole un golpe con los puños a la mesa justo cuando estaba por volver a sentarse, manteniéndose de pie. Aquello arrancó una carcajada en Vincent Blackwood, sobresaltando aún más al chico.

                        —Vaya amigos te conseguiste, Hiraku —reía dándose golpes con la palma abierta sobre el estómago—. Y yo pensé que morirías joven sin haber hecho ni uno solo. Me quedo tranquilo sabiendo que al menos me equivoqué en una parte de mi sospecha.

                        Mientras Junk y Amelia intercambiaban miradas de extrañeza e incomodidad por las palabras del líder de Ravenhurst, Hiraku se limitó a ignorarlas mientras desplegaba un viejo papiro en la mesa y posaba su dedo sobre un punto hacia el este. Nix colaboró apoyando sus patitas para que el papel no se doblara y encendió sus luces para que los demás pudieran observar el mapa con nitidez.

                        —Esto es Sandveil, ¿a dónde tenemos que dirigirnos exactamente para conseguir lo que te falta? —preguntó a Junk, que ladeó un poco la cabeza intentando encontrar similitudes entre ese antiguo mapa del desierto y los que había estudiado en su taller y en la Vivi Brava. Tras algunos segundos, dibujó un círculo a lápiz en un punto hacia el norte.

                        —Aquí deben estar la mayoría de nidos de areneros —explicó—. Hay muchas bestias capaces de producir arena en grandes cantidades, y de hecho así pensamos que se formaron muchos desiertos, pero en este punto de Sandveil habitan especies con la particularidad de producirla a altas temperaturas, lo que agilizaría mucho el proceso para fabricar la corteza interna de vidrio que contendrá a las capturas. De todos modos, tengo que recordarles una vez más que no fui personalmente durante mi primera expedición junto a Nix y Decker, así que en este caso no podré advertirles sobre los peligros que pueda depararnos ese lugar.

                        Amelia sacudió la mano.

                        —No es como si tus conocimientos nos hubieran aliviado especialmente el viaje en Wreckstone o Foongu de todos modos —al ver que la mirada de Junk se ensombreció un poco ante su reproche, Amelia ablandó su expresión y le dedicó una cálida sonrisa. Era un chico tan brillante y valiente que era fácil olvidarse de que solo tenía catorce años—. Como sea, arena habrá en todo el desierto. Siempre podemos contar con Talonflame y Muryo para calentarla.

                        —¡Tienes razón, Amy! —iluminó su sonrisa Junk al pensar en ello, pues desde un principio había dado por hecho que no podría utilizar el fuego ardiente de las bestias ya que solo contaba con Nix, Decker, Ureka y los gemelos Remo y Rema, ninguno de los cuales podía producirlo. Apenas se dio cuenta de que la había llamado “Amy”, su rostro ardió tanto como necesitaba que la arena ardiera para crear vidrio, y agradeció la irrupción de Hiraku justo a tiempo para desviar la atención de la bochornosa expresión que se le había quedado en la cara.

                        —Lo bueno de Sandveil es que no hay soldados montando guardia, al menos no por el momento —evaluó mirando a Blackwood de reojo, que se limitó a asentir levemente para certificar sus palabras—. Lo malo es que estaríamos completamente expuestos si cualquier aeronave sobrevuela el terreno.

                        —Eso no me preocupa —sonrió Junk golpeando los cristales de sus goggles con el dedo, jactándose de ellos—. En realidad, Sandveil es el mejor lugar para esconderse. Y lo que buscamos se encuentra justo en el punto con mayor afluencia de tormentas de arena.

                        —La Vivi Brava se ocultará bien ahí —asintió Amelia con un chispazo de ilusión en la mirada. Sin embargo, un gruñido de Blackwood le arrebató la luz a su sonrisa creciente, truncándola de sopetón.

                        —El verdadero problema no son las tormentas de arena o los centinelas del aire —opinó cruzado de brazos—, sino que todos los ojos de Vernea estarán buscándolos. Y el lugar al que piensan ir es uno con un ojo contra el cual no podrán confiarse —El conde apoyó pesadamente su dedo índice sobre el círculo que Junk había dibujado en el virgen océano de arena—. Este es un mapa viejo, chico, así que no refleja con precisión la realidad de Sandveil. Esto que voy a decirles es en cierto modo confidencial, aunque todas las cabezas jerárquicas de Vernea lo sepan: hace algunos años, el propio rey le cedió parte de los terrenos desérticos al sultán Barzim Ajhraj, brindándole refugio luego de ser derrocado por su pueblo en Turem. Allí se encuentra a resguardo en un palacio construido con ayuda de Reginald III, y supongo que podrán imaginarse que ningún amigo de Reginald III puede ser amigo nuestro.

                        Junk recordó al duque de Nova Haven mencionando que el sultán de Turem le había obsequiado la alfombra que engalanaba su gran salón, pero en aquel momento esa había sido la menor de sus preocupaciones.

                        —¿Crees que nos estará buscando? —le preguntó Hiraku a Blackwood, pero éste se limitó a encogerse de hombros.

                        —Lo importante es que ustedes no se lo encuentren a él. No traté mucho con ese tipo, pero tan solo pensar en ese rostro me retuerce el estómago. Y, créanme, tengo estómago para mucho. Me parece que ni el mismo Godric Wulfgar puede fiarse completamente de ese hombre, incluso habiéndole dado asilo en Vernea. En cualquier caso, sepan que tendrá una guardia mixta entre soldados verneses y criminales de Turem como ladrones y asesinos de la peor calaña trabajando para él. Probablemente muchos de ellos estén asentados en Pecaxo, del otro lado del desierto.

                        —Iremos con cuidado —le aseguró Amelia, percibiendo la intranquilidad creciendo en Blackwood a medida que les contaba de ese sujeto, como si estuviera vaticinando una devastadora tormenta a punto de desatarse en sus vidas.

                        Pero iremos —puntualizó Junk, rascando la cabeza de Nix—. Además, esta pequeña se muere de ganas por visitar su hogar.

                        Fue entonces cuando el ruido de un picoteo sobre sus cabezas llamó a la trampilla tres veces, sobresaltando a Junk y Amelia mientras que Hiraku se limitó a levantar la vista y Blackwood a agarrarse la frente con las manos. Acto seguido, una voz chillona que sonaba como si un ave intentara imitar el lenguaje humano resonó a través de la madera.

                        ¡Mensaje urgente del frente! ¡Mensaje urgente del frente!

                        —Hiraku, puedes abrirle —dijo Blackwood en un lamento, preso de un estrés que comenzaba a subírsele hasta la cabeza poniéndolo más pálido de lo que normalmente se veía. El de Zeio hizo lo propio, levantando los tablones contiguos tan solo unos centímetros para que una mancha oscura y emplumada pudiera colarse revoloteando sobre la estrecha habitación. Era un cuervo pequeño con el pico amarillento y retorcido y una cresta de plumas negras en la cabeza que asemejaba su forma a la de un sombrero.

                        ¡El duque de Nova Haven está aquí para verlo, señor! ¡Vino con dos escoltas a caballo! ¡Se lo ve impaciente!

                        —Mierda, me lo imaginaba… —castañeó los dientes Blackwood, que aún no parecía decidir si le asqueaba más pensar en el rostro alargado y bigotudo de Reginald III o la gorda y barbuda cara de sapo del sultán de Turem. En cualquier caso, al de Nova Haven lo conocía bastante mejor como para estar seguro de lo mal que le caía. Como el cuervo se posó sobre su cabeza aguardando una respuesta con la cabeza ladeada, al líder de Ravenhurst no le quedó más remedio que ofrecerle una para que memorizara y pudiera repetir en el acceso a la ciudad, desde donde había volado—. ¡Diles que estaré con ellos en un segundo o dos! ¡Estoy saliendo de mi resaca!

                        ¡Resaca! ¡Resaca! —repitió el cuervo desplegando sus cortas alas, y Blackwood lo agarró del pico antes de que pudiera irse.

                        —¡Hey! ¡Dales el mensaje completo, no seas así de traicionero, maldito pajarraco!

                        ¡Dile pajarraco! ¡Pajarraco!

                        —Vete de una vez —lo soltó con más resignación que confianza, vencido por el cuervo que salió volando a través de un tubo de ventilación más allá del tablón de madera que Hiraku sostenía con el antebrazo. Apenas volvieron a encerrarse en el estrecho refugio, Blackwood se incorporó del futón como si estuviera cargando una enorme piedra sobre sus hombros y se desperezó con un apestoso bostezo antes de darse golpecitos en las mejillas para espabilar—. ¡Bueno! Será mejor que nos pongamos en movimiento. Ustedes coman algo y luego Hiraku los conducirá hasta los galpones, él se ocupará de las provisiones y el combustible para su viaje a Sandveil. Enviaré un cuervo aquí apenas esté el camino despejado para que puedan dejar este lugar. Y no quiero volver a verlos por mi ciudad, ¿está claro?

                        —¡Gracias! —asintieron Junk y Amelia con un saludo militar que pareció desagradar a Blackwood, quién se limitó a darles la espalda aún encorvado mientras sacudía una mano junto a su cabeza como si intentase ahuyentar moscas invisibles. Hiraku se limitó a soltar un casi mudo “¡Tsk!” cuando el tipo le dio una palmadita en el hombro y le dedicó una media sonrisa antes de desaparecer a través de la salida secreta junto a la trampilla sellada.

                        Cuando se vieron solos de nuevo en ese lugar, el aire de calma que debían estar respirando junto al polvillo y la humedad fue sustituido por una creciente inquietud, especialmente en Junk, que movía las pupilas cafés como si se le agolparan los malos pensamientos en la cabeza. Finalmente, se puso de pie y comenzó a revisar las opciones para munición de sus Remorguns.

                        —Oye, Hiraku… —le dijo al de Zeio mientras éste desplegaba una manta sobre el futón revelando algunos bollos de algas y arroz y bolas de pan tibias que aparentemente Blackwood le había dado luego de la accidentada visita a su oficina—. Cuando llegamos a esta ciudad noté que, a diferencia de Nova Haven, aquí no parece haber un ejército como tal en las calles.

                        —A Blackwood nunca le gustó la idea de militarizar la ciudad —respondió Hiraku arrojándole un bollo de arroz y algo de pan a la mesa, parte del cual fue interceptado en el aire por la hambrienta Nix, mientras Rockruff hacía lo propio mordisqueando un pan que Amelia le ofrecía mientras se acurrucaba entre sus piernas—. Aunque lo más apropiado sería decir que el rey no está dispuesto a cederle hombres. El caso es que todo el poder militar aquí se concentra en la fosa.

                        —¿“La fosa”? —preguntó Junk, y Amelia suspiró.

                        —Así le dicen ellos a lo que acá conocemos como “Little Zeio”.

                        —Pero si todos los guardias están vigilando a los prisioneros… ¿Quién protege a Ravenhurst de posibles ataques externos?

                        Hiraku ladeó un poco la cabeza, como si las moscas invisibles que asediaban a Blackwood intentaran meterse ahora en los oídos del zeionés. Con una mueca de desagrado, miró de reojo a Junk con sus ojos afilados.

                        —¿No es obvio?


                        —¡¡BLACKWOOD, DESGRACIADO!! ¡NO PUEDES TENER ESPERANDO A UN DUQUE! —chillaba Reginald III dándole pisotones a la tierra húmeda como si pudiera ver decenas de cucarachas caminándole entre los pies con la cara de Vincent Blackwood dedicándole una sonrisa maliciosa.

                        Frente a él, un enorme portal de madera con un arco sobre el cual se apostaban varios cuervos negros en hilera era custodiado a los lados por guardias lanceros ataviados con armaduras oxidadas y endebles que habrían sido el hazmerreír entre los soldados de Nova Haven o Imperia. Custodiando la espalda del Duque Blanco, un par de caballeros ataviados con cascos y visores ignífugos montaban corceles con largos cuernos y pelaje blanco que parecía amarillento por la luz del fuego crepitando en sus crines y patas como estandartes de puro estatus.

                        Había enviado algunos hombres en la mañana para comunicarle a Blackwood lo sucedido en Nova Haven dos días atrás, luego de alarmarse por su ausencia en la reunión convocada por el rey en Imperia. Aunque en un principio no le había dado suficientes motivos para desconfiar, pues a todas luces el Escoria de Zeio podría tranquilamente haber traicionado también al conde de Ravenhurst que le había encomendado el trabajo de escolta para Nova Haven, lo cierto era que la respuesta vaga y desinteresada que recibieron sus soldados fue más que suficiente para tomárselo como una ofensa y una burla a su persona.

                        Había estado histérico desde que dejó Imperia, sintiéndose subestimado y ridiculizado luego de que ese maldito enano escraptonita pusiera su palacio patas para arriba, y no permitiría que ese maldito Blackwood se burlara también de Nova Haven subestimando la gravedad de la implicación del zeionés en ese golpe. Y aunque el rey había proclamado que se ocuparía de resolver el asunto por sus propios medios, Reginald III era lo suficientemente obstinado y vanidoso como para no querer llevarse una porción del pastel para su castillo, así que decidió aprontarse en persona en Ravenhurst para demostrarle a Blackwood lo serio del asunto. Por supuesto, no podía llamar demasiado la atención ahora que toda Vernea comenzaría a movilizarse para dar con los tres prófugos, así que no le quedó más remedio que galopar junto a un grupo reducido de escoltas una vez que su dirigible aterrizó en Coeurville desde Imperia, con la promesa de discreción de Elara Vex.

                        Ahora solo podía soportar con bochorno las miradas intranquilas de los guardias silenciosos que no podían abrir el portal hasta no recibir autorización expresa de Blackwood, pues Ravenhurst no era una ciudad como cualquier otra, sino especialmente una prisión de máxima seguridad, y de los pajarracos desgarbados en las alturas que lo miraban curiosos y divertidos con sus ojos rojos y sus picos retorciéndose en aparentes sonrisas socarronas.

                        Al cabo de un rato, uno de esos cuervos llegó volando desde las entrañas de la ciudad hundida en una inmensa depresión, como si alguna vez un descomunal asteroide hubiera impactado en esa porción de tierra, y se posó con calma en el centro de la hilera, abriendo su pico y sus alas con todo desparpajo.

                        ¡Diles que estaré con ellos en un segundo o dos! ¡En un segundo o dos! ¡O dos! ¡Estoy saliendo de mi resaca! ¡Resaca! ¡Dos resacas!

                        Así estuvo durante media hora, hasta que Reginald III se hartó de los grillos y las estrellas sobre el oscuro cielo y se arrimó al portón de madera de más de diez metros de altura arremangándose la camisa. Los guardias observaron atentamente sus movimientos de reojo, pero ni por asomo lo encontraron lo suficientemente amenazante como para apretar con vigor las lanzas que sostenían a los lados de sus cuerpos. Levantó una pierna torciendo el cuerpo hacia atrás y se dispuso a darle una patada con todas sus fuerzas para abrirla por las malas. Cuando arrojó su zapatazo al frente, la línea de unión en el centro chirrió y se expandió, abriéndose el portón hacia adentro y dejándolo pasar de largo saltando sobre un pie y tropezando finalmente sobre el suelo embarrado, cayendo de bruces a los pies del hombre que acababa de abrirle el paso a Ravenhurst. Vincent Blackwood, que apenas llevaba unas sandalias desgastadas, se rascó el tobillo mientras lo observaba desde arriba con expresión somnolienta.

                        —¡Blackwood, maldito…! —chilló con rabia Reginald III mientras sacaba el rostro del lodo—. ¡ESE CONDENADO PAJARRACO LLEVA CANTANDO QUE VENDRÁS EN UN SEGUNDO O DOS HACE COMO UNA HORA!

                        El conde de Ravenhurst se rascó la nuca elevando la vista al arco sobre el portal y soltó un largo silbido de sorpresa.

                        —Vaya. Entonces deberé pedirles que vuelen más lento la próxima vez.

                        Aquello crispó todavía más los nervios del duque de Nova Haven, que se puso de pie rápidamente.

                        —¡No habrá próxima vez! ¿Crees que no sé que ese Escoria de Zeio está refugiado bajo tu ala?

                        —Refugiado, ¿eh? Pensé que les gustaba más el término “Presos” —se acarició la barba y la mandíbula Blackwood, entornando el ojo—. Pero sí, tengo unos cuantos encerrados ahí abajo —Asintió finalmente señalando con el pulgar hacia el fondo de su ciudad, que se hundía como un embudo hacia el agujero rodeado por la torre alta desde la que custodiaba todo.

                        —No intentes pasarte de listo conmigo, Blackwood —gruñó Reginald III—. Siempre te creíste demasiado bueno por haber cortado algunos cuellos en Zeio, pero tus días de gloria ya quedaron muy atrás. ¡¿De verdad creíste que podrías ignorar un llamado de Imperia poniendo una excusa barata cuando era obvio lo que realmente estabas tramando a espaldas del rey?! Y deberías agradecer que me tomara la molestia de venir en persona, y recibirme como es debido, para comunicarte que Godric Wulfgar ya está al tanto de lo ocurrido en Nova Haven, y de la implicación crítica de tu hombre de confianza. ¡Que, por cierto, es un pésimo escolta! ¡Así que ni sueñes con que voy a pagarte lo que acordamos!

                        Blackwood pareció tomarse en serio las últimas palabras de Reginald III, y reflexionó sobre ellas durante largos segundos.

                        —Un momento, Reginald…

                        —¡Es Reginald III!

                        —Reginald, ¿dices que mi discípulo no hizo un buen trabajo como escolta? Porque tengo entendido que el chico escraptonita regresó a Nova Haven en una sola pieza, tal y como nos pidió. Y la verdad, después de lo que habrán tenido que pasar más allá de las Drylands, yo lo considero un trabajo estupendo. ¡Ah, ya sé! ¿Por qué no dejamos esto en buenos términos y me paga solamente el doble de lo pactado, en lugar del triple? Precio de amigos.

                        La sonrisa sobre el punto sacó de quicio al duque de Nova Haven, que comenzó a erizar las puntas de su bigote como el lomo de un gato arisco a punto de lanzarse con garras y colmillos sobre su presa.

                        —Ya que lo mencionas, Blackwood, tengo algo para ti… —murmuró con aspereza el hombre de blanco (ahora amarronado) mientras desprendía unos botones de su chaleco de lino y tomaba del interior una pequeña esfera de bronce teñido en dorado que entraba perfectamente en la palma de su mano. Los guardias parecieron reconocer el objeto, y esta vez sí que aferraron las lanzas con sus dos manos mientras los caballeros montados de Nova Haven hacían lo propio deslizando las empuñaduras de sus espadas fuera de las vainas atadas con correas a los corceles de fuego. La tensión comenzaba a masticarse en el ambiente como un chicle amargo, pero Blackwood ensanchó su sonrisa viendo con intriga la esfera con la que el duque le apuntaba directo a los ojos, y Reginald III extendió los dedos de su mano libre hacia sus escoltas, amainando su guardia alta—. ¡Ch ch ch! Yo me ocupo de esto, soldados. ¡ROBERTO, ENSÉÑALE!

                        Con su chillido más agudo y aguerrido, el Duque Blanco arrojó la cápsula contra el rostro de Blackwood, que cruzado de brazos se limitó a flexionar las rodillas y echar su cabeza hacia atrás dejándola pasar de largo hasta hundirse contra el barro a unos cuantos metros. Reginald III rugió de rabia aplastando su zapato en el barro y comenzó a arrojar otra esfera, y otra, y otra, siendo todas y cada una de ellas esquivadas con simpleza por los tambaleantes e impredecibles movimientos del de Ravenhurst, hasta que seis en total acabaron desperdigadas por el suelo empinado. Ante el rostro pálido del duque, uno de los soldados montados se aclaró la garganta y se atrevió a realizar una sugerencia.

                        —Creo que tiene que girar el engranaje central antes de arrojarla, Su Excelencia.

                        —¡Ay, estos científicos explican cosas simples de manera innecesariamente complicada! —soltó el duque con una risita aniñada mientras corría de puntitas hacia las Bolas de Pocket embarradas y se agachaba entre ellas para seleccionar cuidadosamente una que intentó, en vano, abrir haciendo lo que el soldado le había propuesto. Cada vez que intentaba destrabarla girando la rueda frontal hacia un lado o hacia el otro, ésta se detenía súbitamente y la esfera soltaba un breve pitido echando dos chorros de vapor cortos hacia los lados, a través de las ranuras en la mitad superior—. ¡¿Hacia qué lado se supone que tengo que girarla?! —Rabió girándose por encima del hombro hacia sus soldados.

                        —¡En el único posible, Su Excelencia! —respondió el primero de ellos.

                        —¡¡Está trabada, idiota!! —ladró Reginald III con ganas de morder esa maldita esfera hasta abrirla con sus dientes.


                        —¿Creen que estará todo bien allá afuera? —preguntó Amelia, ya habiéndose puesto la chaqueta de cuero y las botas, esperando ansiosa el momento de dejar ese lugar que comenzaba a darle una severa claustrofobia. Se habían sumido en un incómodo silencio para agudizar sus oídos y estar completamente alertas a cualquier señal de libertad o de problemas en el exterior por encima de sus cabezas, aunque Junk parecía lo suficientemente entretenido terminando de armar una vaina para la espada de Hiraku. El rubio soltó una risa mientras ajustaba las últimas tuercas.

                        —No sé Vincent, pero estoy seguro de que Reginald III debe estar histérico ahora mismo.

                        Sentado en los peldaños más bajos de la escalera, Hiraku acariciaba a Haku. La bestia blanca parecía la única encantada con el lugar que Blackwood había escogido para refugiarlos.

                        —¿Qué hiciste exactamente con las esferas que confiscaron en la Vivi Brava? —soltó finalmente, pues el joven inventor dejaba escapar irritantes risas como si esperara ansioso que alguien formulara esa pregunta.

                        —Bueeeno, ponerles explosivos me parecía demasiado arriesgado —empezó el rubio, y el rostro de Amelia se puso blanco como el pelaje de Absol—. Así que simplemente ajusté especialmente el mecanismo de apertura para que el engranaje principal deba girarse en una combinación específica para abrirlo. Solo se activaría luego de atrapar a su objetivo, pues detecta la alteración de temperatura gracias a su núcleo, así nos aseguramos que no puedan liberarlos sin esa combinación.

                        —¿Y qué hay de los monstruos? —insistió Hiraku, ligeramente alarmado aunque la piloto parecía haber encontrado terriblemente chistosa la imagen del duque de Nova Haven volviéndose loco para abrir una de esas esferas hasta con los dientes.

                        —Ellos están más seguros adentro que afuera —aseguró Junk, encogiéndose de hombros—. Y no es como si fueran a asfixiarse o sufrir claustrofobia, comprobé que pueden aguantar unos cuantos días encerrados con total placidez. Al menos hasta donde pude probar con Decker.

                        —Los Sihorn y Saidon no son precisamente rápidos ni en cuerpo ni en mente —entornó la mirada el zeionés—. Quizás no todos procesen el encierro del mismo modo.

                        —¿Tú crees…? —titubeó Junk finalmente, comenzando a dudar de su idea al convenir que ciertamente Decker no era el más espabilado de todos. Sin embargo, Hiraku acabó negando con la cabeza y esbozando una leve sonrisa para calmarlo.

                        —No, tienes razón. Conociendo a Blackwood, definitivamente estarán más seguros dentro de ellas.


                        Reginald III prácticamente saltaba sobre las esferas metálicas y les chillaba exasperado como si en algún momento fueran a responderle motu proprio, salpicando barro sobre sus zapatos recién lustrados y hundiéndolas más y más en el suelo lodoso de Ravenhurst. Desde el portón de acceso, los guardias lanceros se semblanteaban con los caballeros montados de Nova Haven, en un duelo de miradas que Blackwood pareció dispuesto a zanjar acercándosele a Reginald III y bajando a cuclillas a su lado mientras le sonreía y se abría la vieja capa oscura.

                        —¿Necesitas ayuda con eso? —le preguntó amistosamente, pero Reginald III lo ignoró y le pegó una patada a la esfera.

                        —¡¡MALDITO BOHR, HASTA ME HICISTE GUARDAR A HOLGAZÁN EN UNA DE ESTAS PORQUERÍAS!!

                        —Tal vez con un pequeño corte baste —sugirió Blackwood sacando un cuchillo curvo de un estuche de cuero bajo su capa. Tan pronto vio el reflejo metálico por el rabillo del ojo, el duque de Nova Haven se apartó de un salto y le apuntó con el dedo bien estirado soltando un grito de espanto.

                        —¡YA LO VIERON TODOS! ¡LO VIERON BIEN, ¿NO?! ¡¡ME AMENAZÓ DIRECTAMENTE, SOLDADOS!! —exclamaba ya casi totalmente afónico mientras retorcía el cuello hacia sus hombres sin dejar de señalar al aparente culpable de todos sus males y desgracias, que pestañeaba incrédulo mientras sujetaba el cuchillo entre los dedos como si sostuviera un pez pequeño por la cola—. ¡¡EL CIELO Y EL REY SEAN TESTIGOS DE ESTE ESCANDALOSO INTENTO DE MAGNICIDIO POR PARTE DE VINCENT BLACKWOOD DE RAVENHURST!!

                        Los chillidos del Duque Blanco no eran tan agudos como para estallar los cristales de las ventanas en las casas cercanas, pero sí para despertar a los vecinos que comenzaron a encender las luces de sus habitaciones y a asomarse por los balcones para ver el escándalo que comenzaba a formarse en torno al portón de entrada. Estaban acostumbrados a que los gritos llegaran ocasionalmente desde la torre que custodiaba a la fosa, pero aparentemente Reginald III tenía cuerdas vocales capaces de rivalizar con cientos de lamentos. Quizás por su sentido del deber o por su deseo de acallar de una vez a su Señor, los dos caballeros montados empuñaron las espadas desenvainadas en una mano y las riendas de cuero en otra y espolearon a los corceles de fuego para iniciar su carga, repeliendo las lanzas que los guardias apostados a los lados del camino cruzaron para salvaguardar al duque de Nova Haven.

                        —¡Fuego! —mandaron con las espadas en alto jalando del bocado de cobalto en los caballos para abrir sus fauces echando sus cuellos hacia atrás y apuntando en dirección a Blackwood mientras las bestias comenzaban a cargar un torrente de fuego en sus bocas, listas para expulsarlo a quemarropa sobre el conde de Ravenhurst.

                        Vincent Blackwood, sin embargo, no se apartó de su lugar. Apenas y alzó la vista, medio cegado por el incandescente ardor en las crines que se cernían sobre él y de las bolas ardientes creciendo frente a los morros de los equinos. Atinó a cubrirse con una mano sobre la frente y a entornar la vista mientras Reginald III se echaba con los brazos sobre la cabeza a un lado del camino para no ser abrasado por las llamas. Los chorros de energía calórica al rojo vivo fueron expulsados tras una carga con las pezuñas delanteras levantadas, y la silueta de Blackwood se perdió entre un torbellino de luz ardiente que apenas y llegó a acariciar su cabello, echándoselo hacia atrás como una mera brisa veraniega. Reginald III espió bajo su brazo y comprobó con espasmo cómo el maldito seguía ahí, de pie, con una mano en la frente y una sandalia cruzada sobre su pantorrilla, rascándose aún las pulgas como si estuviera contemplando un distante amanecer.

                        —Eso no fue muy educado de tu parte para ser un duque —opinó Blackwood mientras el torrente de llamas se arremolinaba dibujando un siniestro contorno oscuro a su duro rostro. El mismo infierno parecía huirle en su propio territorio, y así se lo demostró una vez más cuando con un chiflido hizo emerger de las llamas a la bestia capaz de devorárselas desde su interior: un perro negro y esbelto que parecía salido de la peor de las pesadillas, pues el fuego se adhería a su pelaje como un rocío matinal y de sus músculos en las patas y el lomo brotaban huesos expuestos que le conferían un aspecto demoníaco. Con dos largos cuernos curvos emergiendo detrás de su cabeza, el can miró a Reginald III con voracidad, aunque algo en sus oscuros irises parecían querer decirle en realidad que estaba seguro de que no sería tan sabroso como las llamas de sus débiles bestias.

                        Los corceles retrocedieron arriados por sus jinetes, que rebatieron como pudieron las estocadas de lanzas cuando una lluvia de plumas bajó desde el marco del portal e hizo estornudar a uno de ellos. Por encima suyo ya no había solo unos cuantos cuervos oscuros, sino también varios buitres con cráneos sobre el plumaje pardo y un ave muy alta y muy blanca, erguida como si imitara la postura de un aristócrata importante antes de levantar vuelo bajo el cielo nocturno acarreando entre sus garras dos enormes pedruscos que dejó caer tras trazar algunos círculos fijando la posición de los soldados de Nova Haven y sus aterrados corceles.

                        —¡Cuidado, Señor! —advirtió uno de los soldados sin percatarse de la cigüeña que acababa de enviarles un pesado obsequio desde el aire, quedando sepultado bajo el proyectil pétreo. El otro corcel relinchó pegando un salto a tiempo para evitar la roca y se alejó al galope a toda velocidad tirando de su lomo a su jinete, que fue arrastrado por el barro mientras pendía de las espuelas enganchadas a la montura.

                        —No hace falta que lleguemos a semejantes extremos —concilió Blackwood tras frenar con un chiflido el corte que lanzó una bestia a espaldas de Reginald III. El duque de Nova Haven recién supo el peligro que había corrido su cabeza cuando una ráfaga de aire le agitó la gorguera y el bigote. Volteó instintivamente antes de insultar al conde una vez más, y sus dientes comenzaron a castañear cuando se halló frente a la hoja de una espada negra y rojiza—. Samurott, escuchemos antes lo que tenga para decir.

                        Haciéndole sombra a su ahora insignificante figura encogida junto a las llamas que acababa por devorar el perro negro al otro lado, un león marino de pelaje azul oscuro, barbas blancas creciéndole rebeldes como olas rompientes más allá del hocico y patas fuertes que empuñaban dos pesados sables de concha que adhería como placas reforzando sus extremidades. Sobre su cabeza de mirada hostil y taciturna, un enorme casco con cuernos protuberantes y retorcidos coronaba la apariencia aterradora de la bestia. Sumándoseles a los dos monstruos de pesadilla, la cigüeña blanca aterrizó suavemente levantando una cortina de polvo alrededor de sus plumas majestuosas, sonriéndole más allá de su pico al Duque Blanco como si fuera capaz de compadecerse por un momento y verlo como a un igual.

                        —¿No prefiere que lo discutamos con una copa de por medio? —le sonrió a Reginald III, disfrutando cada segundo de su miedo, y cada gota de sudor que resbalaba por su rostro estupefacto.

                        —¿D-Discutir? —los dientes mordisqueaban el aire neuróticamente como si estuviera sufriendo una descarga eléctrica en medio de la nieve. Algunas lágrimas huyeron libres de sus ojos—. ¡¿Q-Qué se supone que d-debería discutir yo contigo, Blackwood?!

                        —Ah, vaya. Pensé que era obvio… —se rascó la nuca el conde de Ravenhurst antes de ensanchar una sonrisa amarillenta en su rostro—. Discutir los términos de entrega de los prófugos de Nova Haven. Me interesa saber qué puedes ofrecerme a cambio de ellos, si no quieres que el rey se te adelante.


                        Soltó sobre la hierba el cuerpo sin vida del Yamada. Había cumplido con su misión cabalmente, pero el charco de sangre a sus pies no lo intranquilizaba tanto como el rastro alejándose de ahí. Por eso mismo, elevó su voz en dirección a la bestia cuya guadaña resplandecía bajo el tenue brillo plateado de la luna.

                        —Síguelos —ordenó sin expresividad, aunque una nota helada oscilaba alrededor de sus palabras—. No dejes que otros soldados los vean.

                        Absol no necesitó más indicaciones que esa, y aceleró sobre las huellas de los niños perdiéndose en las sombras del pueblo arrasado por la guerra.



                        Continuará…

                        Comentario

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                          • dic
                          • 67
                          • 🇦🇷 Argentina
                          • Buenos Aires

                          #27
                          Capítulo 11: Kyokugaru

                          Un cuervo voló sobre Ravenhurst enmarcado por el tenue resplandor de las estrellas salpicando tímidamente el firmamento. Estaba nublado, como solía estarlo en esa parte de la región, y en las nubes aún podían verse orificios de las aeronaves que cruzaban el cielo como balas haciéndoles daño. Atravesó la avenida principal esquivando las tejas de las casas y los postes con cables de los que pendían farolas de papel, dejando llover sus plumas negras sobre los adoquines poco transitados mientras algunos comerciantes comenzaban a bajar las cortinas de sus establecimientos. Se dejó llevar por el viento, planeando casi en picada por la depresión de la ciudad embudo, y dio un rodeo a la torre que se erigía en el centro de todo, para luego escabullirse silenciosamente por una ventana en un edificio de dos plantas sobre el nivel del suelo, y otras dos subterráneas. Plegando las alas a su cuerpo y apuntando al frente con su pico amarillento, el cuervo ingresó por un tubo de ventilación zambulléndose en las profundidades de la residencia celosamente custodiada por algunos hombres armados con viejas katanas y monstruos de pelaje negro que parecían reír maliciosamente mientras rastreaban los alrededores.

                          Tras salir del tubo de ventilación en el segundo subsuelo, corrió una alfombra con sus patas y llamó tres veces con su pico a una trampilla oculta. Una segunda ubicada a su lado se abrió casi inmediatamente, pues habían estado esperando su llamado durante al menos dos horas. Ingresó sin volar, pegando saltitos mientras bajaba cada peldaño de la sucia escalera dentro de la reducida habitación que Vincent Blackwood había preparado para ellos.

                          ¡Hora de irse! ¡Hora de irse! ¡Si mueren, háganlo lejos de mi ciudad! ¡Lejos! ¡Lejos! —graznó el ave negra ante las sonrisas cómplices que comenzaban a surgir entre los rostros de Junk, Amelia y Hiraku cuando cruzaron miradas. El zeionés acarició el sombrero emplumado y le agradeció el mensaje, y antes de volar lejos de ahí, el cuervo recibió un trozo de pan por parte de Amelia, asintiendo diligentemente antes de salir disparado con las migas llenando su pico.

                          —Esperen mi señal —les dijo Hiraku subiendo la trampilla mientras Junk terminaba de apretujar sus herramientas en un bolso de cuero que Amelia le había prestado no sin cierto pesar—. Debemos bordear la torre en el centro de la ciudad para llegar a los galpones de aeronaves del extremo oeste. Es fácil ubicarlo porque está oculto tras una pequeña cascada en la quebrada de un arroyo.

                          —¿No sería mejor usar a Decker para excavar un túnel? Con él podríamos salir del otro lado sin que nadie nos detecte —opinó Junk enganchando las Bolas de Pocket a unos mosquetones en su cinturón. Hiraku fue categórico al negar severamente con un movimiento de cabeza.

                          —No podemos ir más bajo de lo que ya estamos sin terminar cayendo en las fosas de prisioneros.

                          Al decir eso se produjo un breve silencio en el que Amelia se limitó a mirar con una mezcla de preocupación e intriga al de Zeio, que chasqueó la lengua cuando notó el peso de sus ojos sobre él.

                          —No me veas así, conozco esa mirada —soltó como si leyera incluso los pensamientos que la mujer no se atrevía a formular en su mente—. Hice un acuerdo con Blackwood. Liberaré a los inocentes cuando obtenga el favor del rey, o cuando el rey haya muerto.

                          —Pues no me da la sensación de que te preocupe demasiado ganar el favor de nadie luego de lo que pasó en Nova Hav-- ¡Hiraku! —exclamó interrumpiéndose a sí misma, y de la impresión casi suelta al adormilado Rockruff que cargaba entre sus brazos—. No estarás pensando--

                          —Aprovechemos ahora —zanjó él levantando completamente la trampilla oculta y saliendo en silencio, haciéndose a un lado para dejarlos pasar.

                          Ataviados con capas de viaje remendadas que Hiraku les arrojó, se escabulleron por los angostos pasillos en elevación de la casa de estilo tradicional oriental viendo las sombras de las hienas y los guardias que parecían haberse alejado apenas vieron volar al cuervo lejos de ahí. No estaban seguros de que Vincent Blackwood hubiera orquestado todo para liberarles la vía de escape, pero si Hiraku confiaba tanto en él, resolvieron para sus adentros que ellos también podrían hacerlo.

                          Les sorprendió ver una noche tan cerrada en el cielo casi totalmente cubierto, y sintieron el aire húmedo y la gravedad pesándoles más que de costumbre en los hombros. Junk miró a Amelia con la misma decepción que ella no podía ocultar en su rostro: que incluso luego de salir de esa prisión encogida y enterrada varios metros por debajo de la tierra, no se sentían particularmente libres al andar por las calles noctámbulas de Ravenhurst. Aunque su arquitectura era intrigante y vistosa y las farolas de papel encendieran aureolas cálidas y anaranjadas sobre las calles de empedrado y las casas de tejas azules, había un aire frío y seco filtrándose por sus grietas, emergiendo como un lejano murmullo de lamentos a coro que se agolpaban contra las suelas de sus zapatos. Era como si miles de almas estuvieran pujando por salir, y se sentían culposos corriendo hacia su propia libertad a través de las calles en bajada rumbo a la torre que se alzaba en el centro de las penumbras.

                          Corrieron reduciendo al mínimo el ruido de sus pisadas evitando calles principales, escabulléndose por pasadizos, recovecos y callejones poco iluminados, aferrándose a sus armas, herramientas y elementos personales de metal para evitar ese llamativo tintineo al agitarse. Seguían la espalda de Hiraku, guiándolos en silencio y sin voltear en ningún momento. Junk veía el cabello Amelia encendiéndose y apagándose al caer bajo la luz de los faroles o las sombras de la noche, como si latiera al ritmo de sus palpitaciones. Sintió un nudo en el estómago: había recordado que, en todo el tiempo que habían pasado juntos desde lo de Nova Haven, nunca les había agradecido por ayudarlo a liberar a Nix, Decker e incluso a Ureka, que había estado esperándolo oculta en los rincones del palacio hasta poder reencontrarse con él. Les debía más que solo su vida.

                          Estuvo a punto de soltar un tosco “Gracias” socavado por la falta de aire en sus pulmones al correr cuando una nueva sombra se interpuso en su camino, apareciendo un transeúnte que salía de un bar en el callejón que transitaban, chocando de frente y cayendo el debilucho chico de Scraptown al suelo mientras el sujeto se agarraba el estómago con una mueca de hastío.

                          —¿No deberías estar durmiendo, niño? No son horas de andar corriendo por la calle —gruñó dándole un golpe en la coronilla antes de alejarse. Hiraku se había detenido más adelante, entornando la mirada por encima de su hombro. Amelia suspiró y se llevó una mano a la cabeza, con el corazón todavía latiendo acelerado tras el choque entre Junk y aquel tipo.

                          —Menos mal que no me reconoció —levantó un pulgar el rubio tras reincorporarse, sonriéndole despreocupadamente a la chica. Ella se encogió de hombros.

                          —Supongo que aún es muy pronto para que nuestras caras se hagan conocidas en toda Vernea —sin embargo, Hiraku no parecía tan relajado ante ese supuesto.

                          —No debemos tentar a la suerte —les advirtió—. Si no somos precavidos, aquellos que sí nos conozcan no nos darán tiempo a reaccionar ni harán preguntas. Reginald III ya debe haber puesto un buen precio por nuestras cabezas.

                          —¿Y qué hay del rey? —tragó saliva Junk arrugando el entrecejo. Hasta ese entonces, había estado tranquilo por suponer que el duque de Nova Haven era demasiado cobarde como para pedir ayuda a ese hombre luego de haber intentado capitalizar la información sobre las Bolas de Pocket—. Quizás ya dio aviso a Imperia de lo que pasó.

                          —Estamos lejos de ahí, nos dará tiempo a escapar antes de que lleguen sus mercenarios —intentó calmarlo Hiraku, pero la piloto ladeó su cabeza como si una mosca se le hubiera metido por la oreja.

                          —Tal vez, pero no olvides que no somos los únicos con alas en Vernea —dijo muy seria—. Las distancias del cielo son muy relativas en comparación a las que podríamos recorrer a pie o incluso a bordo del tren.

                          —¡Entonces confiemos en nuestros pies y no nos detengamos! —apuntó Junk al frente, aunque estaba bastante más atrás en el camino que Hiraku y Amelia. Esta última se puso un dedo en los labios, apretando los dientes.

                          —¿Qué pasó con el sigilo? Mejor asegúrate de no volver a chocar con nadie, o podrías acabar desparramando las Bolas de Pocket por el suelo.

                          Fue aquel liviano regaño de Amelia el que desestabilizó a Junk casi tanto como el choque con el tipo saliendo del bar.

                          De pronto, sintió un vacío en el estómago y se lo apretó con los brazos instintivamente, y luego comenzó a hurgar en el cinturón bajo su larga chaqueta que las Bolas de Pocket con Nix, Decker y Ureka en su interior continuaban ahí bien aseguradas. Palpó la riñonera a un lado donde guardaba sus herramientas más importantes, y deslizó aún intranquilo sus dedos hacia un estuche adherido con abrojo al otro lado del cinto, corroborando por fin su sospecha ante la falta de lo que eso debía contener. Pálido como la nieve, levantó la vista hacia Amelia y Hiraku, que ya le daban la espalda, listos para retomar su partida más allá de la torre central de Ravenhurst. Con un tímido balbuceo, sintió que el espíritu le abandonaba el cuerpo al hablarles.

                          —No está.

                          —¿Nh? —Amelia se volvió arqueando mucho una ceja, como si no pudiera ni quisiera creer que realmente ese chico fuera capaz de perder tan tontamente a las criaturas que los habían puesto en ese apremio en primer lugar—. Tienes que estar bromeando.

                          —No —agitó la cabeza con la desesperación de alguien asediado por un enjambre de insectos—. ¡Ese tipo me robó la empuñadura de la tachi!

                          Hiraku se detuvo, petrificado por un instante antes de dar un firme paso adelante.

                          —¡Ay, Junk! —se agarró la cabeza la piloto—. ¡Eso no es tan importante ahora!

                          —¡Por supuesto que importa! —bufó el adolescente como si le hubieran arrancado el corazón en lugar del mango de una espada rota—. Te hice una promesa, Hiraku, y voy a cumplirla.

                          Y como arrastrado por una ráfaga de imprudencia, pegó media vuelta y se alejó corriendo a toda prisa por el callejón donde instantes atrás se había chocado con ese ladronzuelo de manos rápidas.

                          —¡Para ser un genio, eres un idiota! —le gritó Amelia, histérica, y estuvo a punto de apuntarle con la esfera contenedora de Talonflame para mandarlo a buscar, pero Hiraku la detuvo con calma.

                          —Yo voy tras él. Adelántate y ve encendiendo la Vivi Brava, te alcanzaremos enseguida —aseguró con una mano sobre el hombro de la chica, que lo miró de reojo con desconfianza.

                          —Puedo ir sobre Talonflame —atinó a proponer ella, pero el de Zeio negó categóricamente con la cabeza.

                          —Es muy arriesgado —explicó—, Ravenhurst está celosamente vigilada por las aves de Blackwood. No creo que ese tipo se haya tomado la molestia de avisarles a todas y cada una de ellas que no se alarmen si ven sobrevolando la ciudad a un halcón rojo que no es común en esta parte de la región y en medio de la noche.

                          —O sea que las calles llenas de delincuentes son más seguras —chistó Amelia.

                          —Si no quieres atraer la atención de Reginald III, sí.

                          Estaba a punto de seguir protestando, pero ya habían perdido demasiado tiempo, y el tiempo era de las pocas cosas realmente valiosas que aún tenían, junto con sus monstruos de bolsillo y la Vivi Brava que los sacaría a todos de ese pozo oscuro. Resignada, la chica asintió pesadamente y siguió de largo soltando un escueto «No los esperaré más de una hora». Cuando su cabello en llamas desapareció tragado por las sombras en la lejanía, Hiraku liberó a Absol de su confinamiento.

                          —Necesito que la custodies desde las sombras —le pidió con un dejo de culpa, porque aquello implicaba volver a separarse de su compañera. La bestia blanca asintió obediente, recibió una caricia y se marchó en silencio tras los pasos de la piloto, pues sus ojos rojos podían ver en la noche con más claridad que en el día, y el aroma a cuero y tabaco en la chaqueta de la chica eran ya inconfundibles para ella.

                          Hiraku se encontró a Junk no muy lejos de allí, agarrándose de las rodillas y jadeando exhausto tras haber corrido endemoniadamente eludiendo cestos de basura y vidrios rotos desperdigados a lo largo del callejón cuesta arriba. Cualquier persecución se le habría dado muy mal a Junk, pero hacerla en subida era prácticamente una misión imposible para el escuálido muchacho. Al lado del zeionés, parecía hecho de papel, aunque Hiraku sabía como pocos que la tenacidad de ese chico no era algo que pudiera subestimarse.

                          —¿Pensabas correr sin rumbo en medio de la noche? —preguntó al detenerse a su lado. Junk pegó un salto del susto, pues sus oídos zumbaban tanto por la exaltación que no lo había escuchado llegar. Pese a todo, el hombre de Zeio le sonreía con serenidad—. No es tan fácil encontrar a alguien que intenta ocultarse.

                          —Sacudiré toda la ciudad con Decker —jadeaba Junk intentando enderezarse, pues la altura y el porte recto y estoico del espadachín lo hacían sentir como un bicho raro y patético a su lado—, seguro que así ese tipo caerá rodando por las calles empinadas hasta aquí.

                          —No será necesario —dijo Hiraku—. Esta clase de hurtos siempre terminan en el mismo lugar.

                          El de Zeio avanzó tan seguro por las calles nocturnas de Ravenhurst que Junk no pudo evitar preguntarse si tal vez conocería mejor ese lugar que su propia región. Se le ocurrió entonces que no tenía idea de su origen, y le angustió imaginar que quizás fuera arrancado de sus raíces siendo aún muy joven. Antes de poder figurarse otras posibilidades, nadando en sus imaginaciones para ignorar el agotamiento de sus pies al recorrer el empedrado y deprimido relieve de aquella ciudad-embudo, llegaron a un viejo negocio vestido con rejas de hierro y tablones de madera cruzados en las ventanas polvorientas al frente. De no haber un modesto letrero alumbrado por un farol de papel sobre el marco de la puerta que rezaba las palabras “Souvenir Shop” en vernés y zeionés, pensó Junk, ningún transeúnte se habría percatado de su rubro. Al ver la fachada, sin embargo, le pareció que incluso iluminado por vibrantes luces de neón ahuyentaría a cualquier cliente potencial. ¡¿Quién en su sano juicio querría, de todos modos, llevarse un recuerdo de su paso por Ravenhurst?!

                          —Un balazo en el hombro sería suficiente recuerdo… —murmuró mientras Hiraku abría la puerta sin contemplaciones haciendo sonar una campanilla y el crujido de madera dentro del establecimiento.

                          —O un corte en el rostro —añadió el hombre de Zeio soltando la puerta, que amagó con cerrarse pesadamente cuando Junk la detuvo con su pie, escabulléndose tras él con cuidado de no tropezar con ningún hueso o cuchillo oxidado tirado por el suelo. Incluso dándole la espalda, Junk no pudo evitar pensar en la alargada cicatriz que partía su rostro en dos mitades: la superior, con sus afilados ojos de un amarillo saturado al punto de parecer blanco, y la inferior, con su boca que solo parecía capaz de sonreír cuando se permitía momentos de relax en compañía de Haku.

                          Avanzaron a lo largo de un estrecho pasillo cercado por repisas de acero que parecían haber sido robadas de la enfermería de un hospital, repletas de baratijas encerradas en burbujas de cristal, frascos llenos de plantas y tierra, cráneos de moradores de cavernas, juguetes tenebrosos de madera con hilos colgando como telarañas, lámparas de luces giratorias que emitían una hipnótica melodía desafinada y marcos con retratos de personas a las que no parecían distinguírsele bien los rostros. Junk miraba cada cosa con curiosidad, deseando haber visitado ese lugar en una circunstancia más amena y con más tiempo a su disposición, porque se le ocurrían mil maneras en las que podría mejorar esos viejos títeres y esas lámparas de mecanismo musical. De no haber crecido en medio de un basural, seguramente habría pensado que ese lugar apestaba, pero gracias a su particular procedencia, simplemente le resultó tan pintoresco como idóneo para que Bob Stone adquiera alguna de las antigüedades que luego revendía en su local de Scraptown.

                          —No te distraigas demasiado —dijo Hiraku antes de detenerse frente al mostrador al final del pasillo. Hizo sonar una campanilla con botón y enseguida apareció por la puerta del depósito al otro lado del estante un hombre que se veía demasiado anciano para moverse tan rápida y enérgicamente. Caminaba y movía los ojos en todas las direcciones como una araña, y a Junk le alivió ver que no era el único con aspecto de bicho raro junto a Hiraku. El anciano abrió bien grande sus pequeños ojos celestes ocultos tras varias capas de cristal empañado en sus gafas, sorprendido por la visita del zeionés.

                          —¡Oh! ¡Tanto tiempo sin verte, muchacho! —se alegró finalmente, enseñando no menos de tres dientes dorados al sonreír—. ¿Qué te trae por aquí? ¿Andas patrullando como en los viejos tiempos con el bueno de Vincent?

                          —Descuida Jiro, no venimos a arrestarte —respondió sin devolverle la sonrisa—. Bueno, depende de lo que nos respondas.

                          —¿Vino un hombre apurado a venderle una empuñadura de tachi modificada? —preguntó Junk hablando a toda velocidad, apoyando las manos en el mostrador como si quisiera detenerlo de salir volando por el techo.

                          La sonrisa bonachona del comerciante se borró tan súbitamente como se detuvo la melodía mecánica de la lámpara giratoria en el estante. Se acomodó las gafas para mirar mejor el fervor con el que Junk aguardaba una respuesta, y torció una mueca antes de esbozar nuevamente una sonrisa.

                          —Así es —respondió finalmente—. ¿Les interesa comprarla? Desgraciadamente, no me dieron tiempo a tasarla todavía… Pero si están apurados, puedo dejárselas a, digamos, el triple de lo que la pagué. Sino, pueden volver mañana durante el día y les haré un precio más razonable.

                          Hiraku puso una mano delante de Junk cuando éste estuvo a punto de gritarle algo al anciano, mientras con la otra hurgó suavemente la abertura de su kimono.

                          —Se me ocurre un precio razonable —sacó del interior una de las Bolas de Pocket y apuntó con ella al hombre—. ¿Qué me dices de un trueque?

                          —¡Santos Arcanos! ¿Pero qué tenemos aquí? —el vendedor intentó tomarla entre sus manos para examinarla carcomido por la curiosidad, pero Hiraku la apartó de su alcance mientras apoyaba su dedo índice y pulgar alrededor del pequeño engranaje que sellaba el receptáculo en el centro. Frustrado ante la evidente reticencia del zeionés a dejarla caer en sus garras, el viejo emitió algo así como un gruñido mientras se revolvía bajo su saco considerando la oferta—. Mhm, parece un objeto interesante, Harcourt, no voy a decirte que no. Sin embargo es, quizás, un poco rústico para mi gusto. No creo que sea un trueque justo por una tsuka tan rara como la que acabo de adquirir.

                          Y aunque sus palabras mostraban desdén y reticencia, sus pequeños ojos azules brillaban inquietos ante el metal plateado de la cápsula sostenida por Hiraku y los dedos en sus manos se retorcían como patas de araña. A todas luces estaba desesperado por hacerse con ese objeto, incluso a pesar de seguramente no tener la más remota idea de su funcionamiento. O tal vez fuera ese preciso misterio el que lo volvía irresistible para el comerciante.

                          —No te estoy ofreciendo un trueque por esta esfera —el acento de Zeio de Hiraku se marcó con fuerza al arrastrar la lengua entre sus dientes—, te estoy ofreciendo un trueque por tu vida: danos la tsuka y podrás conservarla, Jiro.

                          El anciano creyó ver algo refulgiendo entre los arcos de metal en la parte superior de la esfera, como un par de ojos demoníacos clavándosele amenazantes. Aquella mirada brillante en medio de la oscuridad lo paralizó de miedo, y su confusión fue aprovechada por Junk, que saltó sobre el mostrador a un lado del vendedor y corrió entre cajas llenas de bártulos hasta desaparecer tras la puerta que conducía a la despensa, seguro de que allí encontraría lo que buscaba. Cuando el viejo se dio la vuelta intentando atraparlo el brazo de Hiraku se cerró alrededor de su cuello, inmovilizándolo.

                          Dentro de la despensa, una habitación repleta de cajas tenuemente alumbrada por una lámpara de queroseno apoyada en un escritorio alargado, Junk se encontró con un hombre gordo sentado en una banqueta a punto de abrir con sus herramientas la empuñadura que con tanto esmero había modificado para Hiraku. A su lado, recargado contra la pared y cruzado de brazos, el sujeto con el que se había chocado en el callejón mordía un cigarro antes de dedicarle una mirada de refilón al recién llegado. Antes de que nadie pudiera decir nada, Junk se dejó llevar por la desesperación y sacó rápidamente una Remorgun del estuche junto al cinturón, apuntándoles con el pulso lo más firme que pudo.

                          —¡Devuélvanmela! —ordenó, pero antes de poder mover su dedo índice hacia el gatillo, un tercer hombre asomó de entre las pilas de cajas en penumbras y le dio un golpe seco detrás de la cabeza con la vaina de su katana, arrebatándole la consciencia en el acto.

                          —Tsk, debiste ser más discreto, Dalton —gruñó el de la katana sujetando a Junk por el cuello ancho de su chaqueta para evitar que cayera como un peso muerto al suelo. El ladronzuelo tomó una honda bocanada de humo entre los dientes y se encogió de hombros.

                          —No me sermonees, ya pareces mi esposa… —estuvo a punto de esbozar una sonrisa socarrona cuando Hiraku saltó desde la puerta hundiéndole un rodillazo en la mejilla al de la katana y estrellándolo contra una pila de cajas.

                          En medio del estrépito de cajas desperdigándose por el suelo, la Remorgun que el inconsciente Junk soltó cayó cerca del tipo que fumaba contra la pared. Tanto él como Hiraku se percataron al mismo tiempo de ello, y aunque el de Zeio era más rápido y cazó la katana del otro en el aire, listo para desenvainarla y propinarle un corte en el mismo movimiento, el sujeto ya empuñaba la peculiar pistola con forma de Remoraid y le apuntaba directo a la cara, jalando el gatillo sin preocuparse por la munición que contendría. Grande fue su sorpresa cuando expulsado por el cañón del arma salió un chorro de esporas que se esparcieron como una nube envolviendo el rostro de Hiraku y llenando la despensa de un aroma embriagador. El espadachín se conformó con ver un corte abriéndose en la cara del maldito que le había disparado antes de desvanecerse por el potente efecto de las esporas. Y antes de que los malvivientes pudieran cantar victoria, la cortina de esporas se esparció tan rápidamente en el pequeño y cerrado ambiente que todos cayeron rendidos en un sueño profundo.


                          El aire viciado por el polvo, el humo y el alcohol le impidió conciliar el sueño demoledor, despertándose del potente nocaut químico con la sensación de que se asfixiaba. Experimentó la familiar sensación de las cadenas abrazando sus muñecas a sus espaldas, y sus ojos se cegaron tan pronto se abrieron, al mismo tiempo que sus oídos se sacudieron con el batiburrillo de gritos, risas, cánticos e insultos a su alrededor.

                          Tenía el torso desnudo y el cabello dorado revuelto bajo la ardiente luz de tres gigantescos reflectores a los que se pegaban insectos gigantes creando sombras de patas alargadas sobre la arena en la que estaba sentado. Le habían quitado la gorra y las botas, pero al menos le habían permitido conservar los pantalones y los enormes guantes de cuero, o quizás los tuviera tan adheridos a las manos que se rindieron fácilmente tras intentar arrebatárselos. A su alrededor, una valla metálica con altos barrotes daba forma a una especie de domo enjaulado salpicado por arena, plumas y manchas de sangre por doquier. Del otro lado de la valla, una multitud de aspecto sucio y raído golpeaba los barrotes con sus brazos y lanzaba monedas de plata alentando a las bestias encerradas junto a ellos a continuar el espectáculo: exhaustas, como si hubieran estado haciéndolo durante todo el día, un puñado de aves de maltrecho plumaje y picos jadeantes se chocaban en el centro de la plataforma de combate, demasiado débiles para volar, pero también para hacerse más daño del que ya habían recibido.

                          —Hiraku… ¡Hiraku! —le susurró Junk al hombre maniatado junto a él, que parecía todavía inconsciente, de rodillas y con la cabeza colgando boca abajo con su largo cabello oscuro revelando reflejos azules bajo la ardiente luz blanquecina del techo sobre el domo. El joven le dio varios golpes con el hombro, pero el zeionés parecía inmerso en aguas demasiado oscuras. Frente a ellos, plumas pardas y anaranjadas saltaban por los aires, y el brillo de las monedas plateadas destellaba sobre la arena confundiendo a las aves que se lanzaban las unas contra las otras, algunas hasta caer rendidas en el suelo, incapaces de continuar.

                          Justo cuando pensaba que no podrían salir de ahí, buscando desesperadamente cualquier posible vía de escape con los ojos, notó al sujeto que le había robado entre la multitud, discutiendo con otro entre risas mientras presumía en su mano tres esferas de metal. El otro, el gordinflón que había intentado desarmar la empuñadura que había reparado para Hiraku, hacía girar en su dedo pulgar una Remorgun llevándose exclamaciones de sorpresa y admiración por parte de la gente a su alrededor. “¡Pruébala! ¡Haz una demostración!”, lo incentivaban entre risas ignorando la débil matanza dentro de la jaula, y el gordo se encogió de hombros con aire de altanería y asomó el cañón del arma entre los barrotes, jalando del gatillo y disparando una bola de plomo del tamaño de una canica que se hundió en la pata de un polluelo que escapaba de dos pájaros que lo picoteaban por la espalda. El polluelo tropezó y soltó un chillido desgarrador, girándose cegado por la luz y expulsando una balacera de bolas de fuego que obligó al público a alejarse de los barrotes. Una de las ascuas vomitadas trazó una curva por el aire, eludida por poco por un pájaro que voló brevemente hacia un lado, y se precipitó sobre Junk. Su rostro se tiñó de luz y calor, pero el fuerte golpe de un hombro a su lado lo empujó a tiempo para salvarlo de una grave quemadura. Hiraku había despertado.

                          —¡¿Dónde rayos estamos?! —gruñó Junk tumbado sobre la arena caliente, todavía con la cabeza dándole vueltas por el alboroto alrededor. Hiraku, cuyas manos estaban sujetas por enormes grilletes capaces de contener a osos de las montañas, espiaba de refilón el sitio al cual habían sido confinados y detuvo su mirada en el polluelo anaranjado que corría por el borde de la jaula al otro lado escapando de fragmentos de vidrio que le arrojaban los de afuera como reprimenda.

                          —¡TAL PARECE QUE LOS POBRES DIABLOS NO TUVIERON SUERTE Y SIGUEN CON VIDA! —anunció una voz a través de tres parlantes sobresaliendo entre los focos de luz en el techo, despertando un coro de abucheos—. ¡¿SERÁ QUE ATRAERÁN LA ATENCIÓN DE LAS BESTIAS DISPUTÁNDOSE LA FINAL DEL CAMPEONATO DOMINICAL DE LITTLE ZEIO?! ¡¿O QUIEREN APOSTAR CUÁNTO DURAN ANTE LOS CANES DEL INFIERNO?!

                          —Aléjate de los barrotes, Junk —le advirtió Hiraku, jalándolo hacia adelante aún con las manos atadas a su espalda cuando estuvo a punto de ser atrapado por una docena de brazos extendiéndose entre las rejas de hierro para inmovilizarlo y clavarle botellas de vidrio partidas—. Estamos en la Pajarera, uno de los peores lugares… del mundo, probablemente. ¡Oye, ten cuidado! —Alertó a un pichón de plumaje café que, desorientado, casi corre sobre una hoguera crepitando en la arena luego del disparo de ascuas del polluelo. Hiraku se anticipó pateando arena sobre las llamas para apaciguarlas y ahuyentar al pájaro, que voló como pudo con su única ala sana antes de desplomarse a sus espaldas, temblando de miedo.

                          —¡CANES DEL INFIERNO! ¡CANES DEL INFIERNO! —gritaban ebrios y viciados por la euforia los enajenados espectadores del cruento festival de violencia en las profundidades de Ravenhurst, bendiciendo la arena de combate con botellazos de alcohol que estallaban cortando con sus vidrios a los prisioneros y reavivando las llamas esparcidas por el ave anaranjada.

                          —Entretenlos un segundo —dijo el de Zeio corriendo entre los estallidos de vidrio y fuego hasta proteger con su espalda al polluelo acobachado en el centro de la jaula, recibiendo por él un botellazo que le abrió un pequeño corte entre los omóplatos.

                          —¿Entretenerlos? ¡¿Quieres que me ponga a bailar en un momento como este?! —exclamó Junk antes de recibir el murmullo gutural entre colmillos que progresivamente mutó en gruñido.

                          Una puerta camuflada entre los barrotes se abrió y cerró rápidamente, dejando pasar a dos perros negros con largas correas de metal sujetadas por un hombre fornido y de tupido bigote, que sonreía con sadismo viendo el festín que sus bestias se darían esa jornada. Cuando Junk vio a los perros deleitándose con el humo del fuego y el aroma a sudor y miedo en sus potenciales presas, no tardó en comprender que probablemente él se vería más apetitoso y tentador que cualquiera de los pájaros magullados corriendo, saltando y volando torpemente alrededor de la jaula. Con una sonrisa de la que asomaban ganchudos colmillos, las bestias oscuras avanzaron por la arena hacia él.

                          —¡Vamos, chicos! ¡El primero en comerse al enano gana! —los alentó el forzudo hombre que tenía que enroscar las cadenas de las bestias a sus brazos y hombros para que no se le soltaran.

                          Ya se había enfrentado a bestias potencialmente mortíferas antes, más veces de las que cualquier chico de su edad debería. Más de las que le enorgullecía contar. Algunas terminaban sorprendentemente bien, como aquella que le permitió conocer a Decker y volverlo su amigo tras probarle que podía aguantarle un par de rounds y compartir algunas deliciosas manzanas después. Claro que, con este par de Canes del Infierno —estaba convencido de que el Profesor Batheust los llamó “Houndour” (XXX) en su libro— no parecía tener tan buen pronóstico, al menos no en una circunstancia como aquella. Por eso atinó a correr con todas sus fuerzas bordeando los barrotes, con la esperanza de escapar de los vidrios que le arrojaban del otro lado y, al mismo tiempo, de lograr que los perros que le daban caza pisaran alguno de ellos para entorpecer su carrera. Los ladridos rabiosos se superponían a los insultos y a las risas taladrándole los tímpanos mientras pegaba un largo rodeo a la jaula, torciendo su recorrido siempre que veía más adelante un ave luchando por su vida.

                          Pese a sus esfuerzos, sus persecutores no dejaban de ser dos, y no tardaron en comprender que para tener éxito en su misión debían seguirlo desde flancos diferentes. Así que, cuando Junk se detuvo a pocos metros de Hiraku, que parecía hablar en su propio idioma con el polluelo tiritando en el centro de la arena, tuvo que echarse cuerpo a tierra para que uno de ellos siguiera de largo saltando directo a su yugular. Los canes chocaron entre sí y se ladraron en reproche antes de encarar nuevamente al adolescente que reptaba por la arena como una serpiente de Sandveil. Profirieron un hondo gruñido, y Junk creyó ver sus colmillos tiñéndose de rojo por una luz asomando entre la oscuridad de sus fauces. Notó la arena chamuscada bajo sus patas negras al avanzar hacia él.

                          Incluso tan atemorizado como estaba, no perdía de vista que aquellas criaturas eran mucho más que seres terroríficos y agresivos: también albergaban poderes en su interior de los que podía sacar provecho en todo momento. Así, mientras uno de los perros tomaba la iniciativa y se lanzaba sobre él con la boca bien abierta para el primer bocado, Junk se giró justo a tiempo impulsándose con los pies hacia adelante y levantando como pudo sus brazos maniatados delante de su espalda. Separó con todas sus fuerzas las muñecas encadenadas; no era la primera vez que recibía el abrazo del metal y el arrullo tintineante de las cadenas. Y el mordisco llegó, tan certero como él necesitaba que lo fuera: allí donde estaba su garganta un instante atrás, ahora estaba la cadena masticada por el perro negro que derritió el acero con sus feroces colmillos.

                          —¡Gracias y perdón! —dijo antes de sacárselo de encima con una torpe patada, rodando lejos de un segundo mordisco del otro antes de sacudir la cadena que partió con ayuda del calor y arrojarles a ambos una cortina de arena sobre los ojos. Las bestias le ladraron con tal vigor que el fuego se les escapó de las fauces, arañándole la espalda su calor, pero Junk buscó rápidamente con la mirada a los malditos que los habían llevado hasta ahí en primer lugar. Cuando los divisó, atónitos por la manera en la que se había librado de sus improvisadas esposas, les apuntó con el enorme dedo índice de su guante—. ¡Ustedes devuélvanme lo que es mío!

                          —¡No sabemos de qué hablas, mocoso! ¡Te metiste en el callejón equivocado! —sonrieron exhibiendo con petulancia las esferas metálicas entre sus dedos. Ahí estaban no solo las de Nix, Decker y Ureka, sino también las de Haku, Muryo y Juptile. Afortunadamente para él, tenía más de seis dedos en las manos, y en un rápido movimiento mordió uno de sus guantes y se lo arrancó revelando en su mano desnuda unos curiosos dedales cubriendo sus uñas, de colores rojo y azul metalizado.

                          —Debieron alejarlas de mí un poco más si querían conservarlas en primer lugar, idiotas —masticó entre dientes las palabras, cerrando un ojo para apuntar bien extendiendo la mano con los dedos tensados. Sintió la vibración magnética propia de los imanes que había extraído con cuidado de los cuerpos de los Magnemite caídos en Wreckstone. La potente energía de aquellas entidades, aún incomprensible en muchos niveles para él, solo podía ser contenida por aquellos guantes que su abuelo le había dejado, quizás sabiendo o sin saber lo útiles que serían para él tantos años después. Y ante la estupefacta expresión de los ladrones entre la multitud, los polos de los imanes en sus dedos se entrelazaron con los de las Bolas de Pocket en las manos ajenas, arrancándoselas con una fuerza de atracción tan grande que estampó el rostro del tipo contra los barrotes, dejándolo aturdido mientras tres de las seis esferas volvían a manos del chico de Scraptown.

                          —¡Dour! —ladró uno de los perros detrás de él, indignado por la grave falta de respeto que suponía que el que ahora consideraba un oponente digno le diera la espalda. Si les había arrojado una patada y arena a los rostros, aquello ya contaba como un desafío a duelo para cualquier bestia entrenada en el arte del combate. El otro, por su parte, enfrentaba ahora a Hiraku, acercándosele sigiloso por la espalda mientras éste intentaba convencer de algo al polluelo.

                          —¡Danos eso, enano de mierda! —rugió el ladrón con el barrote marcado en la frente y la nariz sangrando, arrebatándole de las manos a su gordo compañero la Remorgun y apuntándole con ella a través de las rejas.

                          —¿Y para qué las quieren ustedes? ¡Estoy seguro de que ni siquiera saben usarlas! —les sacó la lengua Junk antes de hacerse a un lado de un salto, dejando pasar al Houndour que se lanzó sobre él con un placaje y girando el engranaje frontal para destrabar el receptáculo, arrojándolo sobre la arena y liberando de su interior a la lagartija eléctrica que rápidamente repelió al perro con una descarga chispeante. Aquello arrancó exclamaciones de sorpresa, admiración y estupor por partes iguales entre el público, además de largos segundos de silencio entre muchos de los que, pálidos y anonadados, comenzaron a alejarse instintivamente de la jaula—. ¡Nix! Esos Houndour no son nuestros verdaderos enemigos… Pero si consigues paralizarlos, no estaría de más.

                          —¡Heli! —profirió una sonrisa aguerrida la reptil desértica, que parecía más cómoda que nunca sobre la arena caliente. Cuando los monstruos estuvieron a punto de intercambiar ataques, el ladrón del otro lado de la jaula presionó el gatillo y disparó otra esfera plomiza contra Junk, pero ésta rebotó como una mísera canica sobre la acorazada armadura pétrea de la bestia que acababa de liberar a sus pies, subiéndose a su lomo mientras Decker se desperezaba tras un largo confinamiento y sacudía el recinto entero con su mera presencia.

                          La aparición del Rhydon fue más que suficiente para desatar un caos entre los espectadores, que comenzaron a huir y chocar entre sí buscando la estrecha salida al fondo del salón. Incluso los Houndour se encogieron en sus lugares ante la sombra de la mole de músculo y piedra que hizo girar su taladro una sola vez para amedrentar al tipo con la Remorgun, haciéndole soltarla con un agudo grito antes de intentar alejarse corriendo, pero algo se movió más rápido que él detrás de la bestia soltada por Junk. Apoyando los pies descalzos sobre los barrotes y extendiendo un brazo a través de ellos para cazar al tipo por el cuello, Hiraku le clavó la mirada mientras el petrificado individuo contemplaba el balanceo de la cadena pendiendo chamuscada de su muñeca.

                          —Asegúrate de que a Jiro le llegue el mensaje —susurró el zeionés antes de levantar su otro brazo y dejar caer un durísimo cadenazo en el cráneo del malviviente, mientras su gordinflón compañero salía corriendo dando tumbos y empujando a la multitud. Las otras tres Bolas de Pocket rodaron por el suelo, ya ajenas al interés del público que estaba a varios metros de distancia del zeionés capturado. Azotando el suelo con la cadena como un látigo, las esferas saltaron una tras otra de regreso consigo, atrapándolas en el aire mientras miraba por encima del hombro al polluelo obnubilado pisándole la sombra—. Gracias, Achamo, estarás a salvo ahora. ¡Junk!

                          —¡Por fin te acuerdas de que existo! ¿Crees que ya los entretuve lo suficiente? Muchas gracias, por cierto, pero pude salvar mi pellejo sin tu ayuda —exclamó el chico sobre el Rhydon, que cobijaba a las aves enroscando su pesada cola alrededor de ellas para resguardarlas del fuego esparciéndose con el alcohol por la arena de combate.

                          —Yo me ocupo de los Houndour, necesitamos que Nix paralice al gordo antes de que escape —hizo un movimiento de cabeza para señalar al tipo apretujándose junto a medio centenar de borrachos y malvivientes que se agolpaban contra la puerta de salida, maldiciéndose entre todos y pisoteando a los que caían, ahuyentados por el agudo chillido metálico del cuerno taladro de Decker.

                          —¡Ya lo oíste, Nix! —llamó el rubio a su compañera, que canceló una descarga paralizante sobre el atemorizado Houndour y se echó a correr a toda velocidad como si patinara sobre la arena, saltando entre los barrotes y escabulléndose ágilmente entre las piernas de los tipos intentando escapar, trepando por ellas y saltando de espalda en espalda y de hombro a hombro hasta aterrizar sobre la ancha y gorda nuca del ladrón atrapado en el embudo humano.

                          Mientras tanto, Hiraku liberó a Juptile de su Bola de Pocket, y el reptil verde no esperó a recibir ninguna indicación por su parte. Agitando un brazo en dirección al grandulón que aún sujetaba las cadenas de los Houndour, arrojó una ráfaga de hojas cortantes que giraron por el aire como shurikens y le arrancaron las cadenas de los dedos, y los dedos de las manos. El tipo se arrastró por el suelo chillando de dolor mientras los canes siniestros recuperaban una sensación repentina de liviandad que no experimentaban en mucho tiempo. Al parecer fue todo lo que necesitaron para desistir de su hostilidad, sacudiéndose la arena del pelaje mientras se apartaban un poco más del Rhydon que parecía ignorar su presencia en medio del tumulto. Pronto, las sirenas de alarma comenzaron a retumbar por todo el lugar a través de los altavoces en los que antes parloteaba un eufórico comentarista.

                          —No podemos irnos antes de curar a los heridos —dijo Junk tras deslizarse por la espalda de Decker como si fuera un tobogán, arrodillándose junto a las aves heridas que tiritaban ante su cercanía. El joven les sonrió y liberó a Ureka de su Bola de Pocket, y los ojos de los pajaritos se iluminaron al ver el dulce fruto rojo del que hacía su hogar. La Applin pegó un salto lejos de ellos, pero Junk juntó las manos en señal de rezo—. ¡Por favor, Ureka! Si les convidas solo un poco, sanarán más rápido. Tal y como hiciste conmigo cuando dejamos Nova Haven. Si lo haces, te prometo que te conseguiré una manzana todavía más grande y jugosa para que habites.

                          Luego de pasar días enteros confinada en el palacio de mármol, Ureka apenas estaba recuperándose de las pesadillas que le provocó soportar, oculta desde las sombras, las histéricas y falsas risas siniestras que el duque de Nova Haven le dedicaba a sus sirvientes cada vez que se les caía algo de las manos por el miedo que despertaban las bestias que lo custodiaban, o luego de hacerlos llorar tras decirles que su comida era asquerosa. Tal vez por eso, la sonrisa sincera y cálida de Junk le resultó un bálsamo de esperanza, y tras ver el hambre y la carencia en los rostros de aquellos pájaros acurrucados contra la cola de Decker, cerró sus ojos con resignación y brincó un par de veces impulsada por su cola, acercándoles el fruto que portaba como armadura.

                          —Plin, plin —asintió finalmente, y fue como si todas esas pobres almas pudieran olvidar por fin que tenían alas y patas rotas, plumas arrancadas, moretones, agotamiento, falta de sueño y de oxígeno y de libertad. Uno tras otro, los pájaros enjaulados comenzaron a picotear tímidamente la manzana y a recuperar nutrientes y energía a toda velocidad.

                          Mientras las criaturas encerradas y obligadas a luchar como gladiadores en miniatura se alimentaban, el gecko verde se acercó cargando entre sus manos a uno de plumaje naranja que parecía casi inconsciente. Lo depositó gentilmente sobre la arena, y los demás se apartaron con saltitos para dejar que Ureka se le acerque, acariciándole la mejilla con la cola para despertarlo. El pequeño polluelo abrió débilmente los ojos, y el Juptile cortó un gajo con las hojas de sus brazos para arrimárselo al pico. Así, masticó el primer alimento que había tenido en muchos días, y sintió cómo una llama dentro suyo comenzaba a arder nuevamente. De entre todos sus compañeros de espectáculo en la Pajarera, el pollito fue el primero en dar un paso al frente con el pecho inflado y la determinación en sus oscuros ojos de atravesar esas rejas para plantarle cara a los malditos cobardes que se agolpaban contra la puerta de salida para huir. Piando con fuego ardiendo en la punta del pico, llamó la atención de Hiraku, que hasta entonces había estado vigilando cómo Nix paralizaba finalmente al gordinflón, desplomándolo tieso entre pies que corrían de acá para allá.

                          —No te aconsejo seguir ese camino, Achamo —le dijo Hiraku, pero el pollo de fuego escupió una balacera de ascuas ardientes sobre los barrotes de hierro, dejándolos al rojo vivo. Acto seguido, el propio Juptile corrió hacia ellos y arrojó dos cortes cruzados que quebraron el acero como si fuera manteca, creándoles una abertura lo suficientemente amplia para que todos pudieran pasar por ahí.

                          —¡Chic! ¡Tor! —pio el pollo con gallardía dando un paso al frente, resuelto a quemar hasta el último rincón de ese lugar, cuando un alboroto de piadas y aleteos a sus espaldas llamó nuevamente su atención.

                          —¡Este Pidgey no tiene fuerzas ni para masticar! —llamó Junk a Hiraku, cargando en brazos un pájaro de plumaje café que no parecía moverse y tenía la mirada perdida y desenfocada.

                          —Tsk, no podemos perder más tiempo.

                          —No lo dejaremos morir, Hiraku —entornó los ojos Junk, pero el zeionés se lo quitó de las manos y lo acobijó en la chaqueta que tomó prestada del ladronzuelo inconsciente contra las rejas partidas.

                          —¿Y quién dijo que lo haríamos? Lo curaremos en la Vivi Brava. Si permanecemos aquí, solo encontrará la muerte más rápido.

                          Tras prometerle al resto de aves confinadas que pondrían a salvo al Pidgey moribundo, los pájaros salieron volando de la jaula a toda velocidad, perdiéndose en las luces nocturnas de Little Zeio fuera del salón de peleas clandestinas. Junk le pidió a Decker que lo espere un segundo, y corrió fuera de la jaula hasta detenerse junto al cuerpo del gordo paralizado por Nix, que saltaba en su espalda orgullosa de su hazaña. Hurgó bajo su campera y dio pronto con la empuñadura de madera y metal que había reacondicionado para Hiraku, que se le acercó escoltado por Juptile, ya sin matones en los alrededores con ánimo alguno de atacarlos. El salón estaba casi completamente despejado ahora, y en el suelo tan solo quedaban refrescos y botellas de alcohol desparramadas entre cuerpos de malvivientes pisoteados o noqueados. Las sirenas de alarma seguían sonando con fuerza, y aquello no podía ser buena señal.

                          —Menos mal que estos idiotas no dejaron nada de lo que nos robaron en la tienda de recuerdos —suspiró Junk calzándose una chaqueta que encontró por ahí y guardando las Bolas de Pocket en un bolsillo con cierre interno, tras regresar a una Ureka de manzana carcomida a su interior y agradecerle por su ayuda. Hiraku se encogió de hombros, viendo de reojo cómo el pollo de fuego picoteaba con rabia al granuja que le había disparado del otro lado de las rejas.

                          —Tenían más para perder que para ganar conservando todo esto en su negocio —aseguró—. Blackwood tiraría ese lugar abajo si se entera de a quiénes le robaron; les convenía más intentar vender eso directamente acá, en Little Zeio.

                          Junk asomó fuera de la puerta y subió unos escalones hasta salir a una villa de negocios levantados rudimentariamente con chapas, lonas y toldos viejos, con cables cruzados de un lado al otro de los que pendían farolas de papel alumbrando tenuemente los muros altos de piedra que se elevaban hacia la sombría superficie. Un diminuto punto de luz rojo en las alturas parecía indicar el final de la fosa, en cuyas paredes se apreciaban orificios abarrotados como celdas desde las que siluetas humanas parecían contemplar los incidentes de las profundidades. Abriéndose paso entre la multitud que corría hacia túneles y cuevas o buscaba refugio en los comercios cerrados, un par de aves altas y de fornidas patas, con plumaje castaño inflado y tres cabezas encrestadas con picos largos e intimidantes se abrían paso, montadas por soldados con uniformes negros y azules similares a las ropas tradicionales con las que Junk había conocido a Hiraku en el palacio de Nova Haven.

                          —Este lugar es genial… —murmuró Junk con los ojos tan abiertos como la boca, alzando la vista hasta donde llegaba la tenue luz de la noche en ese pozo perdido a cientos de metros de profundidad. El trino de las aves resonó cuando fue detectado tan pronto como las calles de la villa se despejaron completamente, y Nix saltó a su hombro encendiendo luces en sus orejas mientras le dedicaba un gesto desafiante a las bestias de montura. Hiraku caminó hacia afuera, poniendo una mano delante del rostro de la Helioptile.

                          —No, no lo es —le dijo a Junk con frialdad, recordándole que no era solo otro pintoresco pueblo vernés, sino una auténtica prisión donde cientos de hombres, mujeres e incluso niños de Zeio y otras naciones del este veían pasar sus días y años confinados en las sombras dentro de aquellos inmensos muros de piedra y tierra, esperando más una muerte prematura o un futuro como esclavos antes que la verdadera libertad—. Yo me encargaré de mantener ocupados a los guardias, tú regresa a la jaula y comienza a cavar un túnel con Decker. No tenemos otra forma de salir de aquí.

                          —¿Estamos tan profundo que aquí todavía no se enteraron de la invención de las escaleras? Nova Haven hasta tenía plataformas de elevación —suspiró Junk, aunque muy en el fondo se moría de ganas por darle el gusto a Decker de sacar a relucir su cuerno taladro para librarlos de ese berenjenal.

                          —Hay cientos de ellas, ¿cómo crees que nos trajeron aquí en primer lugar? Pero los caminos ocultos desde la fosa hacia Ravenhurst nunca suelen conducir a buenos lugares. En el mejor de los casos, acabaríamos asomando las cabezas bajo la alfombra en la que Reginald III estaría parado ahora mismo, seguramente ya en lo alto de esa torre —señaló hacia arriba con un leve movimiento de cabeza cuando el reptil verde asomó acompañado por el aguerrido pollo de fuego, muerto de ganas por presentar batalla a los uniformados que tiraron de las bridas en las múltiples cabezas de sus transportes, deteniendo a las aves corredoras a pocos metros del zeionés.

                          —¿Qué hace un Escoria de Zeio fuera de su celda a estas horas de la noche? —preguntó uno de los guardias arrugando el entrecejo. El ave que montaba, Dodrio (XXX), a la que Junk conocía bien pues su abuelo le había contado anécdotas de él corriendo carreras de joven con su mejor amigo en las formas pre-evolucionadas de ellas, parecía hacer que sus tres cabezas coincidieran por primera vez en la jornada al observar fijamente el lugar del que Hiraku y Junk asomaban: la Pajarera de Little Zeio no parecía ser el sitio más alegre de patrulla para esas aves, que ensombrecieron las miradas y agacharon las cabezas, tal vez reviviendo oscuros recuerdos de su paso por la jaula. Junk notó que Hiraku se había percatado de lo mismo, por lo que el insulto del guardia le entró por un oído y le salió por el otro al espadachín.

                          —Kusari, no te molestes —le dijo al gecko arbóreo cuando éste blandió las hojas en sus brazos como sables, resuelto a bajar a esos imbéciles de los lomos de los Dodrio. Con un rápido movimiento de su mano izquierda, el hombre de Zeio lo regresó a la Bola de Pocket antes de que pudiera iniciar una masacre en ese lugar—. ¡Junk! Apresúrate.

                          —De acuerdo, de acuerdo… Solo te pido que la cuides bien, y que intentes no ensuciarla demasiado con sangre, ¿sí? Me costó horrores repararla —antes de regresar por donde vino, Junk le extendió la empuñadura que acababa de recuperar. Hiraku lo observó con un cariz de duda antes de cerrar el puño sobre la herramienta, notando detenidamente su guarda circular con los mismos grabados en el acero del Clan Yamada.

                          —Te agradezco el cuidado con el que rearmaste la tsuka, Junk, pero sin la hoja no podré hacer mucho…

                          —¿Todos aquí son tan poco imaginativos? —dijo Junk haciendo rodar las pupilas—. Solo gira la guarda y presiona el botón en la base.

                          —¿El… botón? —Hiraku vio el reverso de la empuñadura y notó que, efectivamente, bajo el mango trenzado se camuflaba un pequeño botón circular ligeramente convexo. Bajo éste notó a la criatura envuelta en la chaqueta, solo con fuerzas para luchar por su vida un tiempo más. Pero el tiempo no sobraba en abundancia, y trenzarse en un combate contra los guardias de Little Zeio no parecía una buena idea en esas circunstancias. Debía ganar tiempo suficiente para que Junk y Decker crearan la vía de escape, pero no tanto como para arriesgarse a dejar morir a ese pequeño Pidgey en sus brazos.

                          —Oye, ¿ese tipo no te recuerda al chico que andaba con Blackwood? —murmuró el soldado más joven al tipo que sacó una linterna y lo alumbró de pies a cabeza, viendo las cicatrices en su torso y en su rostro, haciéndosela arder un poco bajo la luz cegadora de la herramienta.

                          —No sé qué es más extraño entonces… —sonrió el hombre ajustando el disco de luz al casco para luego desenvainar una espada curva de la alforja atada al cuerpo de su montura—. Si el hecho de que un zeionés haya escapado en una pieza de la Pajarera, o que el zeionés favorito de Blackwood haya terminado aquí abajo en primer lugar. En cualquier caso, muchacho, este sitio no es lugar para ti… Aunque, bajo mi manera de verlo, no hay lugar más apropiado para alguien como tú en toda Vernea. ¿Qué hiciste ahí dentro para ahuyentar así a los malvivientes de los suburbios?

                          —Solo vine a dejar algunos pájaros volar —replicó Hiraku dando un paso adelante mientras dejaba que los cinco dedos de su mano aseen la empuñadura y se familiaricen con su particular densidad y textura—. Ya saben: una jaula no es el lugar más apropiado para hijos del viento como ellos.

                          —No todas las aves están hechas para volar libres por el cielo… —rio el guardia mayor, acariciando el pico alargado y puntiagudo de una de las cabezas de su Dodrio, que no parecía muy contenta con el mimo burlón de su jinete. El hombre cortó el aire a su lado con la hoja de su espada curva y la hizo girar en su muñeca un par de veces, semblanteando al extranjero—. Y ningún Escoria de Zeio está hecho para salir de esta fosa. ¡No bajo mi supervisión!

                          El guardia espoleó al ave de patas largas y ésta trinó cargando rápidamente contra Hiraku. Éste se apartó rodando y el ave clavó las garras de su pata contra el marco del portal por el que había salido, torciendo su carrera hacia el zeionés mientras su jinete levantaba la espada y la dejaba caer sobre el hombro expuesto de su presa. Nuevamente rodó lejos del retumbar metálico de la hoja partiendo la tierra, ganándole la espalda a la bestia emplumada que, sin embargo, torció dos de sus cabezas para no perderlo en ningún momento de vista, y le arrojó una dura patada de revés arañándole el pecho con las garras blancas en su pata. Hiraku retrocedió con una mueca de dolor, pero no les regaló el gusto de gruñir. Sin embargo, el aire fue perforado a sus espaldas por tres picos de la montura del guardia joven, obligándolo a rodar hacia atrás entre las patas del segundo Dodrio para evitar un ataque que podría haberlo liquidado súbitamente.

                          —¡Déjamelo a mí! —le ordenó el otro, desenterrando su espada y espoleando nuevamente a su ave de transporte—. ¡Tú ocúpate del chico que se metió en la Pajarera! ¡No lo dejes escapar!

                          Blandiendo su espada curva, el guardia mayor arrojó a su ave montura nuevamente contra Hiraku, lanzando ahora un corte horizontal para abarcar mayor rango con la hoja afilada, pero el de Zeio saltó flexionando las rodillas para dejar pasar el ataque de largo, quedando ahora a merced de un picotazo de la cabeza diestra que casi le perfora una oreja, pero que pudo evitar torciendo el cuello hacia un lado, arrancándole solo algunos mechones de cabello. Tomó impulso con el hombro del guardia y saltó por segunda vez ganando más altura, levantando la empuñadura de su tachi mientras giraba con su dedo pulgar e índice la guarda aún sin asimilar del todo bien las palabras de Junk, y se dejó guiar a ciegas por ellas presionando con el brazo extendido el botón en su base. A continuación, un mecanismo interno de la herramienta modificada por el escraptonita hizo vibrar la empuñadura, que comenzó a calentarse y a expulsar un chorro de vapor que rápidamente se expandió formando una enorme cortina de espeso y asfixiante aire condensado, como una blanca bruma, y a través de la guarda emergió desde el interior, en tres segmentos superpuestos, una larga hoja de acero. Como si su tachi hubiera renacido cual fénix de sus cenizas.

                          —¡Mátenlo! —vociferó el guardia, sin tiempo para preguntarse qué rayos veían sus ojos, y las aves extendieron sus largos cuellos haciendo girar los picos con un silbido infernal.

                          Pero Hiraku ya estaba demasiado alto, y con un rápido movimiento de su brazo moldeó el aire con su tachi revivida cortando los cables que cruzaban las calles de Little Zeio sujetando los farolillos de papel iluminados por velas en su interior. Cazó el cable cortado con su otra mano y lo hizo girar una vez antes de arrojarlo sobre el Dodrio que intentaba en vano darle caza, envolviendo sus tres cuellos hasta dejarlo hecho una especie de ornamento festivo con luces que lo encandilaron. Confundida, el ave comenzó a correr en círculos chocándose contra los puestos y carpas alrededor, hasta que finamente el guardia cayó bajo el peso de sus plumas. Cuando pudo reincorporarse apenas unos segundos después, el zeionés había desaparecido entre un campo de bruma que lo cubría todo. Gruñó y mordió un silbato haciéndolo sonar sin ruido alguno, despertando de su siesta a un cacareo de hienas negras y a sus respectivos cuidadores en una garita al otro lado de la avenida subterránea. Ocultos entre grietas en la piedra y bajo los toldos caídos de los comercios precarios, algunos hombres del submundo le gritaron al fantasma oculto entre la bruma.

                          —¡Regresa a tu maldita jaula, Escoria de Zeio!

                          —¡No te queremos aquí, miserable!

                          —¡Vuelve a tu celda, basura!

                          Como una tenue silueta oscura en medio del cálido vapor que todavía expulsaba la empuñadura de su tachi, Hiraku fijó la mirada en el largo filo reconstruido por Junk. Incluso se había tomado la molestia de grabar los símbolos que había tenido la original antes de ser despedazada por el martillo de ese hombre en Dendrowth. Y aunque el acero no era el mismo, y probablemente hubiera usado el sobrante de los Magnemite en Wreckwood, le pareció que había trazado finas líneas doradas entre los segmentos de su hoja como su abuelo en Hirazanawa le había enseñado a hacer con los objetos rotos no para disimular las heridas, sino para resaltarlas y otorgarle un significado particular a cada una de ellas. Instintivamente llevó su mano a la cicatriz que partía en dos su rostro, quizás por el ardiente calor vaporoso filtrándose en la marca de su herida más profunda. Al rozarla con la yema de sus dedos, pudo sentir vivo el roce de aquella hoja de metal mientras aquellos ojos amarillos como la luna lo veían con un rencor que mutaba rápidamente en sorpresa.

                          Pensó en su padre de rodillas bajo el cielo iluminado por el fuego, en la bestia blanca que lo hizo correr con todas sus fuerzas para nunca volver, en la niña a la que no pudo proteger. Entonces, oyó la risa lejana de las hienas sacando sus garras mientras corrían hacia él, y la espada curva del guardia desmontado buscándolo entre la neblina. Oyó el trino del segundo Dodrio en el interior de la Pajarera, y recordó que no podía aferrarse más a las sombras de su pasado, pues en ese mismo lugar todavía quedaba gente que lo necesitaba. Antes de correr dentro de ese terrible antro de tortura y vicio, levantó su vista y divisó los muros altos diluyéndose entre las olas de vapor elevándose por el aire seco, y a todas y cada una de las siluetas agolpándose contra las rejas en los cientos de orificios minados en la piedra.

                          —Volveré —se prometió, embebido por el ardor que arañaba su cicatriz. Y acariciando las cuerdas rugosas en el mango de su espada y las plumas tibias del ave arropada bajo su otro brazo, le dio la espalda a Little Zeio para desaparecer dentro de la Pajarera.

                          Al ingresar al establecimiento comprobó que el único que necesitaba su ayuda ahí era el guardia joven, a quién un ave bípeda de fornidas piernas de plumaje rojizo había bajado de su montura, azotándole duras patadas que lo hacían rodar por el suelo indefenso mientras Nix ponía a raya al Dodrio en otro rincón del antro, trazando barreras de electricidad que deslizaba por el suelo hasta sus patas. Más adelante, dentro de la jaula con barrotes partidos, una nube de polvo se levantaba a medida que el monstruo de piedra se zambullía con su cuerno taladro haciendo vibrar la tierra bajo sus pies. Junk lo animaba sentado en el borde del túnel, tan despreocupado como si estuviera en su propia casa.

                          —¿Le pusiste algo a la manzana de Applin? —preguntó Hiraku guardando finalmente la hoja de su tachi dentro de la empuñadura y girando la guarda para asegurarla. Junk se encogió de hombros.

                          —Claro que no, Achamo evolucionó porque quiso. Debió juntar suficiente experiencia atrapado en este maldito lugar. Por cierto, ¿cómo se llama ahora?

                          —Wakasyamo —suspiró el de Zeio viendo cómo el pollo de fuego finiquitaba al guardia levantándolo por los pelos con sus garras blancas y desmayándolo con una fugaz patada de giro. El fuego todavía crepitaba en diversos puntos del antro, y si alguno de los tipos en el suelo había recobrado ya la consciencia, con toda seguridad estaría fingiendo su desmayo para evitar llevarse más golpes por parte de esa criatura—. ¿No tuviste suficiente? Podrías venir con nosotros y buscar oponentes más fuertes. Estos de aquí ya no están a tu nivel —Llamó la atención del ave de corral, pero ésta negó una vez antes de posicionarse con los brazos cruzados delante de la puerta por la que se filtraba algo de vapor. Las bestias de la noche enviadas a cazarlos para impedir su escape ya estaban casi sobre ellos, y finalmente parecía que esa bestia de plumas doradas y rojizas estaba lista para abrazar su destino como campeona indiscutida dentro de la Pajarera.

                          Hiraku sonrió.

                          —Mantente con vida —le pidió, y Wakasyamo apuntó con su garra a aquello que abrazaba contra su pecho envuelto en ropajes. Hiraku vio al Pidgey esforzándose por respirar, y asintió con gravedad devolviéndole una mirada firme al ave de pelea—. Yo cuidaré de ella.

                          —¡Ken! —el pico se curvó en un esbozo de sonrisa mientras adoptó posición de combate. Las primeras siluetas oscuras fueron expulsadas por la cortina nebulosa al otro lado del portal, y dos fieras cuadrúpedas de lomo peludo y negro saltaron con sus fauces abiertas listas para comerse al peleador de un bocado, pero solo se llevaron un codazo y un rodillazo de salto giratorio que las estampó contra los marcos de la puerta. A ciegas, el ave sopló un chorro de fuego por el pico y cambió la bruma por llamas fuera de la Pajarera, frenando en seco a los guardias y hienas que intentaran cruzar su límite. Se tronó algunos huesos del cuello y desapareció en el fuego cuando Junk llamó a Hiraku saltando sobre el lomo de Decker.

                          —¡Todo listo, nos vamos! —exclamó con una sonrisa mientras Nix corría de regreso con él, zambulléndose en la capucha de la campera que había tomado prestada.

                          El Rhydon se ocupó de cubrir el orificio excavado en la tierra con un montón de piedras que revolvió con su larga cola para retrasar aún más a cualquier potencial persecutor. Aunque en tierra firme era una criatura lenta, se desplazaba sorprendentemente bien bajo tierra, nadando con sus robustos brazos y piernas mientras el fornido cuerno en su frente pulverizaba la grava abriéndose un camino que pronto comenzó a ir en subida. Hiraku y Junk se aferraban a las protuberancias en su lomo mientras se cubrían la cabeza con las camperas para que la tierra desprendida en el túnel no los ahogara, y para resguardar todo lo posible al pichón herido en brazos del zeionés. Quizás consciente del apremio por la salud del Pidgey, Decker parecía esmerarse al máximo por cavar su túnel lo más rápido que podía en dirección noroeste. Si subían lo suficiente, aseguró Hiraku, llegarían por fin a los galpones salientes de Ravenhurst donde, esperaban, Amelia estaría aguardando su llegada junto a la Vivi Brava.

                          —Gracias —escuchó entonces Junk entre la lluvia de tierra sobre su cabeza y el silbido chispeante del taladro perforando el concreto mientras ascendían—. Hiciste un trabajo sorprendente con esa empuñadura.

                          —Ah, no es nada… Solo reciclé algunos conceptos que usé con las Bolas de Pocket —murmuró con modestia el rubio que, sin embargo, no podía contener una sonrisa de oreja a oreja ante el cumplido. Últimamente sus inventos eran más apreciados que de costumbre, y por primera vez no intentaban matarlo o encerrarlo a raíz de ellos—. Sabes que no te cobraré por eso, pero… ¿Al menos podrías decirme por qué era tan especial para ti esa espada?

                          Hiraku la tomo con el brazo que abrazaba al Pidgey arropado contra su pecho y giró suavemente la guarda, dejando salir solo el segmento inferior de la hoja compartimentada para ver en su acero plateado el reflejo de la línea que cruzaba su rostro por debajo de los ojos. Esbozó una tenue sonrisa antes de guardarla nuevamente y miró hacia arriba entornando los ojos.

                          —Porque me permite recordar qué es lo realmente estoy buscando en este lugar —respondió finalmente—. En Zeio, aquello que es importante recibe un nombre. Por eso le di uno a Haku, a Muryo… A Kusari. El nombre es la manera en la que atamos el alma a la mente, otorgándole valor a lo que nos rodea. Un árbol, una comida, un aroma familiar, un recuerdo. Aquí no se nos permite tener uno, solo somos mumei. Escoria de Zeio. Pero no dejaré que este lugar me arrebate mis recuerdos. Y para eso necesito poder empuñar esta espada.

                          —Imagino entonces que ella también tiene un nombre —dijo Junk observando la empuñadura atesorada por Hiraku, y éste sonrió.

                          —Kyokugaru —respondió con nostalgia, como si hubiera pasado un abismo de tiempo desde la última vez que la había llamado por su nombre—. Significa “Ten memoria”.

                          Al cabo de un rato, el cuerno atravesó la tierra y se dejó bañar por el brillo plateado de la luna cuando Decker asomó, por fin, fuera del túnel. Junk y Hiraku se deslizaron por su lomo y su cola, quitándose el polvo y la tierra de encima mientras una ráfaga de viento colándose por la pendiente hacía el resto. El suelo de piedra en la boca del barranco desde el cual se veía perfectamente la totalidad de Ravenhurst estaba adornado por costales llenos de material, contenedores de hierro apilados, una grúa vieja y unos cuantos vehículos cubiertos en su mayoría por lonas polvorientas. Apenas un par de los tubos de luz en el techo iluminaban parpadeantes el olvidado galpón de la ciudad, pero alguien ahí dentro no se había olvidado de ellos, y el ronroneo del motor les hizo sentir que aquella aeronave con forma de libélula de los desiertos los había extrañado. Asomando por la puerta lateral, Amelia acarició la barbilla de Haku y les sonrió sin poder disimular su enorme alivio, incluso cuando pareciera que acababan de ser vomitados por el mismísimo infierno.

                          —Me preocuparon un poco los temblores subterráneos, pero imaginé que solo ustedes tendrían una idea tan mala para llegar hasta aquí —los saludó la piloto acompañada por los ladridos entusiastas del Rockruff asomando entre sus botas.

                          —Si no fuera por Decker, habrías tenido que esperarnos bastante más —acarició Junk el revestimiento pétreo de su compañero antes de regresarlo a su receptáculo. Amelia chasqueó la lengua, haciéndose a un lado rápidamente para dejar subir a Hiraku y notando de reojo que llevaba en brazos a un débil Pidgey agonizante.

                          —Eres demasiado ingenuo si crees que hubiera esperado por ustedes toda la noche —se encogió de hombros Amelia, sin poder borrar la sonrisa en su rostro. Junk subió las escalerillas desplegadas y le dio una palmada en el hombro a la chica.

                          —Tienes razón, probablemente no habrías aguantado las ganas de volar hasta la fosa para rescatarnos.

                          —La… ¿Fosa? Esperen un momento, ¡¿realmente vienen de ahí abajo?!

                          —No importa de dónde venimos —se cruzó de brazos Junk, viendo de reojo cómo su compañero de desventuras depositaba al Pidgey suavemente en un montículo de heno del monstruario y vertía agua fresca mezclada con bayas exprimidas sobre su pico para comenzar a sanarlo. El rubio esbozó una sonrisa y le dedicó una mirada llena de determinación a Amelia, dirigiéndose a la cabina de mando y sentándose en el asiento de copiloto mientras desplegaba un mapa y abría el libro de Batheust sobre su regazo—, sino hacia dónde vamos. ¡Starling, llévanos de inmediato a Sandveil!

                          Se moría de ganas por darle un buen coscorrón en ese enmarañado cabello rubio, pero lo cierto era que estaba tan feliz de verlos a salvo y de poder volar nuevamente la Vivi Brava, que se sentó con una sonrisa de oreja a oreja calzándose las gafas de aviación y dejando que el Castform levitando frente al parabrisas le indique la mejor ruta para evitar tormentas. Con el combustible recién cambiado y las turbinas reemplazando el plácido ronroneo por un rugido de liberación, la nave aceleró por la rampa de despegue al borde de Ravenhurst y ahuyentó a algunos cuervos partiendo el cielo nocturno en dos con la estela llameante de sus turbinas.


                          Continuará…

                          Comentario

                          • El_Rey_Elfo
                            Junior Member
                            SUPAR PRUEBA
                            • dic
                            • 25
                            • 🇨🇱 Chile
                            • Coquimbo

                            #28
                            Holis, he vuelto, otra vez. Leí el capítulo 7.

                            Me gusta el hecho de que se hayan separado para darle más espacio a los personajes que no son protagonistas, los 3 con bombas de tiempo andantes y los pusiste en un lugar bastante peligroso, mira todo el desastre que dejaron en el bosque, pensé que se les haría más difícil actuar juntos, pero se las tuvieron que arreglar, supongo que los 3 entienden que la misión está por encima de sus potenciales diferencias, eso hace que ma agraden. Me gustó mucho la descripción del passimian, especialmente en su actuar rabioso por las esporas.

                            Esos shiinotic que se veía/leían bastante tétricos, que buena escena, la manera en que entraron, fue como un encuentro con alienígenas, donde sabes que te abducirán o algo así, que miedo encontrar algo así en un bosque, me imagino la desesperación.

                            El encuentro inesperado con el lagarto verde, no sabía si era un grovyle o un sceptile, así que lo busqué mientras escribía esta parte, puse juptile y me llevó a un grovyle, bastante fiero y rencoroso, yo pensé que se había ido a la libertad. Me gustó que Amelia le pidiera al castform ayudar al zeiones con un clima frío y nevado, aun así el grovyle fue más fuerte. Pero parece que Amelia tomó un lado, pues apareció Junk a salvar el día con esas armas que referencian a los remoraid, cuyos nombres ya no recuerdo, pero espero que Junk los vengue, que bueno que Junk salga con sus inventos, después de todo esa una de sus características como personaje.

                            Pobre Garreth, se va a quedar sin hablar, y ya va a volver el Reginald ese a la historia, pensé que demoraríamos en volver a verlo, seguro que el Watchog, creo que era un watchog, les fue con el chisme. Pero quizás sea otra cosa, tu me prometiste que el emperador o rey era peor que Reginald.

                            Nos leemos. Ciao.

                            Comentario

                            • Tommy
                              TLDR?/A tu vieja le gusta
                              SUPAR PRUEBA
                              • dic
                              • 67
                              • 🇦🇷 Argentina
                              • Buenos Aires

                              #29
                              Y habiéndome pasado un par de días, llegamos al final del primer arco. Acá nos metemos en la parte más sobrenatural del mundo imaginado para esta historia, y hasta diría que hubiera sido un gran especial de Halloween. Pero ya juzgarán ustedes qué les pareció.

                              Respondo el comentario de El_Rey_Elfo sobre el 7 y concluimos esta primera parte del fic.



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                              Capítulo 12: Rigor mortis

                              Al repartidor de diarios de Scraptown le encantaba su trabajo. Era el único en todo el pueblo y debía pedalear en su vieja bicicleta cuesta arriba, hacia Nova Haven, para recibir diariamente las nuevas tiradas que entregaría con diligencia en cada casa y comercio del pueblo que haya requerido su servicio. La paga era modesta, pero suficiente, y se sentía importante siendo la única persona capaz de mantener al tanto a sus vecinos de todo lo que sucedía en otras grandes ciudades de Vernea, así como las novedades sobre los conflictos bélicos con los países del este y los hallazgos más sorprendentes acerca de los monstruos que atemorizaban a la humanidad. Era, tal vez, el único vínculo tangible que tenía la olvidada y empobrecida Scraptown con el resto de la civilización vernesa. Sin embargo, cuando en el canasto de su bicicleta quedaba un último ejemplar por entregar, la cara del repartidor cambiaba abruptamente, borrando todo atisbo de sonrisa y orgullo en su rostro, pues ese era el ejemplar que debía entregar en el taller del basural. Aunque parecía un mendigo chiflado, por algún motivo al Viejo Pocket le encantaba estar al pendiente de lo que sucedía en el mundo.

                              Se dejó caer por la empinada pendiente y clavó los frenos a tiempo tras eludir algunas pilas de basura cuando el terreno se allanó. Vio la rudimentaria construcción de chapas, maderas, ladrillos y lonas superpuestas como si un tornado hubiera arrasado una pequeña villa, arrancado del suelo diferentes edificaciones que acabaron revueltas entre la chatarra, y tras darle un par de vueltas encontró la puerta retorcida pintada de rojo, verde y amarillo custodiada por una pila de metal verde azulado que parecían brazos retorcidos de un juguete roto con el que jugaría un gigante.

                              —¡Diario! —exclamó una sola vez sin mucho entusiasmo, y arrojó el bulto de papel enrollado contra la puerta. Pegó media vuelta para alejarse rápidamente, pues prefería evitar el contacto directo con ese anciano raro, pero la puerta del taller era tan endeble que acabó cediendo tras el impacto del periódico, cayendo súbitamente dentro de la casa y levantando una nube de polvo—. Oh, rayos… ¿Está bien?

                              Retrocedió sobre la bicicleta y se detuvo delante del orificio donde instantes atrás estuvo la puerta. Oyó un murmullo al otro lado de la cortina de polvo cubriendo el interior del viejo taller, y vio la silueta de un hombre encorvado con una galera sin tapa acercándose al periódico enrollado. Estuvo a punto de suspirar de alivio al comprobar que la puerta no le había caído encima a él ni a los niños que había adoptado, cuando notó algo retorciéndose sobre el hombro del sujeto, estirándose por sobre su cabeza y luego extendiéndose rápidamente hasta cazar con un par de garras ganchudas el diario sobre la puerta caída, como una bestia capturando a su presa. El repartidor casi se cae de la bicicleta, pero mantuvo el equilibrio hasta que vio cómo de su galera emergía un ventilador que comenzó a girar rápidamente para disipar el polvo, arrancándole un grito del susto.

                              —¡Es un monstruo! —chilló pedaleando con todas sus fuerzas y dándose tumbos contra las pilas de chatarra mientras se alejaba a toda velocidad cuesta arriba, desafiando a la gravedad y las fuerzas de sus piernas. El Viejo Pocket lo observó con curiosidad antes de arrugar el entrecejo y darle unas palmaditas al periódico polvoriento, regresando mientras el brazo retráctil se ocupaba de levantar la puerta y taponear con ella la abertura en el frente de su casa.

                              —¡Bah! —gruñó al cabo de unos segundos, tras repasar a toda velocidad las noticias principales del día. Con desdén y cierta decepción, arrojó el periódico sobre un sofá rosa chillón destartalado—. ¡Otro día de puras malas noticias!

                              Aquellas sonaban como las favoritas del curioso niño que paró la oreja detrás del respaldo del sillón, asomando la nariz sigilosamente cuando el anciano siguió de largo camino a su mesa de trabajo y tomando con una sonrisa el periódico. Se sentó con las piernas cruzadas y ojeó las primeras páginas moviendo frenéticamente sus ojos café, hasta que el entusiasmo en su expresión se fue deshaciendo conforme incorporaba más y más información. Al final, cerró el diario con resignación.

                              —¡Pero si aquí no hay nada escandaloso! —bufó—. Solo chismes, deportes y tiras cómicas… ¿Dónde están los explosivos combates aéreos sobre la frontera con Zeio o hallazgos de bestias de pesadilla merodeando los alrededores de Krasno?

                              —¿De verdad creíste que dejaría esos horrores al alcance de mis tiernos nietecillos? —rio el Viejo Pocket sacudiendo sobre su cabeza un puñado de hojas de diario que había apartado concienzudamente antes de arrojar el resto sobre el sillón. Tan conforme estaba con la cómica expresión de cachetes inflados del joven castaño que no se percató cuando un segundo niño, mucho más menudo y sigiloso, tomó la garra extensible que había dejado en un mueble junto a la entrada y presionó el gatillo para alargar el brazo mecánico, tomando entre sus pinzas las hojas que sostenía el hombre en la mano y arrebatándoselas de un tirón—. ¡Oye, Junk!

                              —¡Vamos, Caleb! —llamó el joven de rubia melena corriendo junto al sofá mientras hacía flamear las hojas prohibidas ante la sorpresa del otro chico, que volvió a florecer una sonrisa en el rostro antes de saltar y escabullirse junto a él a través de una ventana frente a la pequeña cocina.

                              Tras contener las risas oyendo los gruñidos ofuscados del viejo dentro del taller y su pesado suspiro de resignación antes de volver al trabajo, los dos chicos intercambiaron miradas cómplices bajo el marco de la ventana, encima de una de las pocas porciones de tierra en el patio trasero donde todavía crecía hierba, y abrieron entre los dos las hojas amarillentas cargadas de las principales noticias de interés general en Vernea.

                              En la portada, la tenebrosa ilustración de un hombre envuelto en una larga túnica oscura con una máscara demoníaca de colmillos protuberantes hacia arriba y hacia abajo les heló la sangre. Bajo el tétrico dibujo, el titular rezaba: “¡El fantasma de Coeurville vuelve a matar!”. Junk tragó saliva y desvió rápidamente la mirada del crudo recuento de asesinatos en primera plana, retorciendo una incómoda sonrisa hacia su hermano, que parecía a punto de vomitar mientras leía los cruentos detalles.

                              —Caleb… ¿Dijiste que tu parte del diario traía tiras cómicas? —balbuceó Junk, y Caleb le pasó las hojas finales del periódico tras un suspiro. Rápidamente el rubio comenzó a reírse mientras su hermano continuaba informándose sobre los últimos acontecimientos relevantes en Vernea. Al cabo de unos minutos, Junk ya había visto todas las tiras cómicas y se puso a hacer figuras de origami con las hojas de diario que su hermano ya había leído, cosa que pareció crispar los nervios de éste.

                              —Si sigues encerrado en tu mundo de fantasías, jamás vas a tener la fuerza necesaria para sobrevivir en el real —soltó tras cerrar completamente el diario, con la tez aún pálida por los desastres que había leído. Junk le arrebató las hojas de las manos, sentado alrededor de un pequeño ejército de criaturas como gatos, caballos, aves y dragones hechos en papel de diario, ignorado el reproche de su hermano. Irritado, Caleb abrió la boca para añadir algo más, pero una garra extensible fue gatillada por el rubio desde uno de sus bolsillos, emergiendo la garra retráctil que apretó por sorpresa la nariz del mayor, sobresaltándolo—. ¡Ay!

                              Junk estalló en carcajadas.

                              —¿Qué decías acerca de sobrevivir allá afuera? —lo desafió finalmente, tras dejar de reír, viendo a su hermano sobarse la nariz enrojecida por el fuerte agarre de la manopla que le había arrebatado a su abuelo—. Me parece que el que no está preparado para eso es otro, hermanito.

                              —¡Tsk! ¡Eso solo funciona para hacer bromas pesadas! —bufó con voz gangosa y una lágrima asomando por el rabillo del ojo—. Te aseguro que no durarías ni media hora en el Bosque Wreckwood, incluso si vas equipado con ese artilugio. Es más… ¡Te desafío, Junk! Demuéstrame que estoy equivocado, si tan preparado te sientes. Te prometo que te cubriré con el viejo.

                              Esa misma noche compartieron una cena tan modesta como de costumbre, los platos de Caleb y Junk por la mitad mientras que el de Silas Pocket apenas condimentado con cáscaras y raciones mínimas y probablemente menos frescas que las de sus nietos. Pese a que solía ser un momento feliz y ameno para todos, pues el coro de tripas rugiendo por la tarde se volvía tan notorio en el viejo taller como las explosiones producto de los experimentos del anciano, aquella vez se hicieron evidentes las caras largas y los intercambios de miradas desafiantes entre los niños, que masticaban con fuerza sus purés de papas con cáscaras y arrancaban los trozos de pan con un vigor inusitado e innecesario.

                              —¿Tan duro está eso? —le preguntó el Viejo Pocket a Caleb al ver cómo despedazaba sobre su plato su rebanada de pan kalés, dejando caer una lluvia de migas sobre su cena.

                              —No tanto como su cabeza —masticó Junk un trozo de zanahoria hasta que sus dientes quedaron anaranjados, sin sacarle la desafiante mirada de encima a su hermano mayor. El abuelo suspiró, apretándose el tabique con los dedos.

                              —Uhm, deberé pedirle al repartidor que deje de traer el diario…

                              —¿Por qué? ¿Somos tan idiotas que no merecemos saber la verdad de lo que nos rodea? —inquirió Caleb con una mueca de disgusto, y Junk le dio un golpe a la mesa con los puños cerrados.

                              —¡Hey! ¡No le hables así al abuelo!

                              —A decir verdad —contuvo el anciano a Junk antes de que saltara sobre su hermano mayor—, sí pienso que son bastante idiotas —Puntualizó con una amplia sonrisa, limpiándose algunas migas de la barba entrecana con el mantel antes de comenzar a revolver la bebida en su vaso girando la muñeca. Junk y Caleb se quedaron petrificados, apenas atinando a intercambiar miradas atónitas de reojo—. Si fueran tan listos habrían sido más discretos a la hora de tramar sus travesuras nocturnas, niños —Prosiguió tras un suspiro, y con la mano que no mecía el vaso sacó de su oreja un diminuto adminículo metálico en forma de cono que se retraía y expandía girando sus dedos índice y pulgar sobre la base, haciéndolo ver como una especie de bonete retráctil de menos de tres centímetros de extensión—. Con este pequeñín pude oír perfectamente lo que susurraban allá afuera. ¡Ah, pero no vayan a pensar que soy un viejo chismoso, eh! Saben que estoy quedándome un poco sordo, así que llevo usando esto hace algún tiempo —Puntualizó, divertido al ver cómo las expresiones de sus nietos mutaban del desconcierto a la rabia más pura y salvaje, castañeando sus dientes como si intentaran masticar el mejor bistec de vaca rosada—. Por cierto, Caleb… Si pensabas dormirme mezclando un par de setas en mi bebida, y si no ibas a tomarte la molestia de conseguir las mejores en Foongu, al menos deberías haberte asegurado de usar las de cangrejo parasitario. Estas, en el mejor de los casos, solo me producirán una buena constipación. ¡Ay! Ni siquiera las machacaste bien con el mortero. ¡Mira este pésimo trabajo! —Regañó al mayor de los dos enseñando el líquido en la superficie del vaso, desde el cual salían a flote notorios grumos de hongo. Mientras el rostro de Caleb se llenaba de rubor, el de Junk estallaba en una ancha carcajada que estuvo a punto de tirarlo de su silla al echarse hacia atrás azotando la mesa con la palma de su mano.

                              —¡Bah! —ahogó su vergüenza el joven de cabello castaño cruzándose de brazos con fuerza—. Como si todas esas fantasías sobre bosques encantados con criaturas mágicas capaces de hacerte dormir en el acto fueran ciertas.

                              Silas Pocket se puso de pie con vehemencia, tirando su propia silla al suelo y dándole un puñetazo a la mesa que silenció el carcajeo de Junk. Caleb se quedó helado en su lugar.

                              —¡Por supuesto que todo eso es cierto! Ya verás que sí, niño maleducado… ¡No! Mal aprendido, que yo aquí te he educado requete bien —se corrigió con una mueca de rabia más infantil incluso que la que habían enseñado sus nietos mientras eran regañados por él, hundiendo la mano bajo su enorme abrigo harapiento y sacando de un bolsillo interno un envoltorio de papel de diario que contenía en su interior una pequeña seta de un rojo brillante salpicada por pintitas blancas. Llevó la misma hacia la vela que alumbraba tímidamente la mesa en la que comían, como un mago levantando expectativas sobre el público antes de ejecutar su truco maestro, y ante la esquiva y recelosa mirada de los chicos, comenzó a quemar un borde del tallo del hongo, liberando de éste un hilo de humo blanco que se elevó entre la amplia sonrisa destartalada del anciano—. Tan solo olfatear un poco de esto puede tumbar a un adulto sumiéndolo en un profundo sueee--

                              Tan poderoso fue el efecto que la seta no le permitió completar la sentencia, y Silas Pocket se desplomó sobre la mesa con un estrépito de platos, cubiertos y vasos que rodaron hasta besar el suelo y estallar en pedazos. Caleb se agarró la cabeza del susto mientras que Junk levantó rápidamente la poblada barba del viejo para que no se quemara con el fuego de la vela. Se miraron incrédulos entre sí mientras el silencioso taller se llenaba únicamente con los ronquidos del anciano que ahora dormía plácidamente, aún con la petulante sonrisa estampada en su rostro vencido por el somnífero. Junk se guardó la seta quemada en un bolsillo, dispuesto a estudiarla más a fondo después, y chocó los cinco con su hermano antes de salir a toda prisa por la puerta trasera de la vieja casa del basural.

                              —¡Muy bien! ¡Ahora que no quedan zeioneses en la costa de Vetusmare, podemos emprender nuestra prueba de valor y supervivencia en Wreckwood! —proclamó Caleb con el pecho muy inflado apuntando a un frente donde las entrañas del lúgubre bosque cubierto por el manto de la noche se abrían para ellos como el gran estómago de un monstruo durmiente esperando que sus alimentos viajaran solos hacia su perdición. Los árboles retorcidos se alineaban perfectamente dando forma a un camino que parecía una larga columna vertebral cercada por anchas costillas de madera y moho. Junk sonreía más por nervios que por convicción, y se imaginó más divertido encerrado en el taller hasta altas horas de la noche inspeccionando aquella seta adormecedora que jugando en el bosque prohibido con su envalentonado hermano mayor.

                              —Ehm… ¿Estamos seguros de que es una buena idea, Caleb?

                              —¿Bromeas? Si el viejo no quisiera que lo exploremos, no nos haría vivir justo al lado de este maldito bosque. O bosque maldito… ¡Como sea! Estoy seguro de que es otra de sus pruebas para ver qué tan valientes son sus nietos en realidad.

                              —De acuerdo, de acuerdo —gruñó Junk sacudiendo la cabeza—, pero luego no quiero escuchar tus llantos de bebé —Y calzándose los goggles sobre los ojos, encendió una pequeña linterna entre ellos alumbrando el frente con un halo de luz fría. Caleb crispó una ceja, pues su hermanito siempre salía con un invento nuevo que claramente le otorgaría ventaja.

                              —Nos adentraremos hasta alcanzar el árbol partido por el rayo y arrancaremos un trozo de madera negra de su interior para probarle al otro nuestra hazaña —determinó Caleb apuntando a las entrañas de Wreckwood. Junk no necesitaba tenerlo enfrente para visualizar en su cabeza aquel imponente roble abierto en dos por el hachazo centellante de un rayo solitario que había caído allí hacía tan solo unos meses atrás. Su abuelo les había contado que dicho suceso había alterado bastante el ecosistema en torno al bosque, poblándolo de especies fantasmagóricas y de otras criaturas atraídas por la fuerte actividad eléctrica y ahuyentando a casi todas las aves durante una temporada completa. Más pensaba Junk en escarbar el interior carbonizado del árbol partido y en que su mano toque el sombrío manto de un espectro y menos ganas tenía de seguir adelante con el reto, pero ya no podía echarse atrás o su hermano no lo dejaría en paz—. Echemos una moneda para decidir quién irá primero, el otro esperará aquí por si el viejo se despierta.

                              —Muy bien —asintió el rubio haciendo un esfuerzo por no titubear—. ¿Tienes una moneda?

                              —Ay, por supuesto que no… —suspiró Caleb enseñando el revés de sus bolsillos, de los que ni una polilla escapó. Le dio unos momentos la espalda a Junk y hurgó entre los trastos apilándose contra el taller como un monumento a la decadencia y exhibió con orgullo una pequeña tuerca hexagonal que estuvo a nada de provocar un pequeño derrumbe—. Esto servirá.

                              —Sé que el genio entre nosotros no eres precisamente tú, pero… —le arrebató la tuerca Junk y la dio vueltas sobre su dedo índice frente a los ojos de Caleb—. ¿Cómo rayos vamos a saber cuál es cara y cuál es cruz?

                              —¡Rayos! Está bien, entonces... Hagamos esto: la arrojaré y haré una marca donde cayó, y el que la aviente más lejos será el primero en adentrarse al bosque.

                              —Hecho —asintió un enérgico Junk sin pensárselo demasiado, y Caleb arrojó la vieja tuerca con todas sus fuerzas, desapareciendo el brillo plateado de la misma en las oscuras entrañas más allá de los árboles visibles en las primeras filas de Wreckwood.

                              —Debo haberla enviado lejísimos. ¡Jeh! No tendrás oportunidad de ganarme, hermanito —sacó pecho el mayor de los dos, despeinando la rubia maraña de pelos de Junk antes de adelantársele con un ágil trote para recoger la tuerca tragada por la sombra.

                              Junk permaneció ahí unos minutos mordiéndose la lengua con frustración, pues estaba convencido de que no tendría ni la mitad de energía que su hermano para arrojar tan lejos ese minúsculo trozo de acero. Intentó patear una piedrita que dormitaba contra la punta de su bota, pero ésta siguió de largo sin siquiera conectar el golpe. Junk se sintió en ridículo por un momento, temiendo que las criaturas del bosque lo hubieran visto o, peor aún, su propio hermano de regreso con la tuerca. Fue entonces cuando un súbito escalofrío le arañó la nuca.

                              —… eh, ¿y cómo sé que no va a hacer trampa? —parpadeó unas cuantas veces, cayendo en la cuenta de su grosero error—. ¡Seguro me dice que la arrojó más lejos de lo que realmente cayó! ¡Agh, Caleb, eres un tramposo!

                              Y arremangándose con una vena hinchada y largas zancadas, se adentró a Wreckwood intentando alcanzar rápidamente al mayor de los dos. Una brisa helada peinó la hierba tras sus pisadas, y las sombras se lo tragaron al cabo de pocos metros recorridos entre la arboleda.

                              Pero a Caleb no se le había ocurrido la idea de faltar a su palabra y honor, y simplemente esbozó una sonrisa de satisfacción cuando divisó el brillo plateado de la tuerca respondiéndole a la luna oculta entre el frondoso manto cetrino sobre su cabeza. Había caído a los pies de un árbol más pequeño que el resto, con una madera tan oscura que hacía ver al musgo que crecía en ella como si flotara suspendido en medio de las penumbras. Afortunadamente para él, la tuerca había aparecido en su camino mucho antes de que la razón y, por consiguiente, el miedo tomaran posesión de sus sentidos, y se agachó sin borrar su sonrisa para recoger orgulloso el pedazo de metal. Arrancó una ramita del árbol enano y trazó con ella una línea en el punto exacto donde había caído la rosca, retrocediendo para extender la marca hasta el camino de tierra por el que había avanzado para que Junk supiera el límite que debía traspasar si quería ganarle la contienda.

                              Se incorporó con el pecho hinchado de orgullo e hizo girar la ramita en el aire, ansioso por regresar sobre sus pasos para presumirle su hazaña a su hermano menor, cuando algo se arrastró detrás de él y pudo sentir algo así como una seca respiración llamándolo por la espalda.

                              —¿Junk? —alcanzó a balbucear mientras se volteaba, y la tuerca entre sus dedos se encendió con el brillo rojo del ojo que asomaba entre las grietas negras del árbol que parecía haber cobrado vida tras serle arrancado un trozo de madera.

                              Treee —gruñó aquella criatura cuyas raíces expuestas se retorcían como patas de araña para trasladarlo entre la negrura de Wreckwood, y las ramas alargadas a sus lados se astillaban como brazos vigorosos acabados en garras de madera. Su único ojo no le sacaba la vista de encima, y la deformación en las grietas del tronco que daba forma a su cuerpo y a su rostro exhibió una expresión de ira y malicia que hizo trastabillar al castaño, rodando la tuerca lejos de su mano cuando un brazo del árbol maldito se extendió rápidamente hacia él.


                              A unos doscientos metros de allí, Junk se había desviado más de lo debido. Tras encender la linterna entre los visores de sus goggles, el destello de luz repentino ahuyentó a dos lechuzas de enormes ojos rojos que con su aleteo y ululeo ahuyentaron al mismo tiempo al propio Junk, quien se apartó rápidamente del camino reptando cual lagartija entre la hierba alta para no ser descubierto. Ya lejos del camino de tierra entre los elevados pastizales de los que brotaban árboles raquíticos con troncos imposiblemente retorcidos sin desplomarse sobre su cabeza, Junk se reincorporó y giró sobre su eje buscando retomar el rumbo por el que seguramente habría seguido su hermano mayor.

                              Se hallaba a los pies de un claro despojado de árboles, por donde el murmullo del agua condujo su atención hasta detenerse en una silueta sentada sobre unas rocas en la orilla de la rivera. Se entusiasmó por un instante creyendo que ese podría ser Caleb, pero, aunque Caleb era bastante más alto que él, no era tan alto como para asemejarse a un adulto de vigorosa complexión en la distancia. Ni era tan grande como para que su silueta pareciera la de un hombre enfundado en una robusta armadura tan negra que la noche que la enmarcaba parecía casi una luminosa mañana en comparación. Estaba envuelto, además, por una larga capa de viaje con bordes deshilachados y una capucha ancha que no permitía ver las facciones de su rostro.

                              Intranquilo, se ocultó tras uno de los últimos árboles en delimitar el claro alumbrado por tímidas estrellas salpicadas por el cielo de tonos azules y verdosos, y ajustó los lentes en sus goggles aumentando las capas de espejuelos para enfocar mejor al extraño que parecía lavar algo hundiéndolo parcialmente en el agua. Cuando divisó exactamente de qué se trataba, los dedos que sujetaban los lentes tiritaron como si hubiera sido transportado a los helados bosques muertos de Krasno: el hombre de negra armadura lavaba nada menos que una imponente espada roja, drenando el rojo de su acero con el baño del río y esparciendo su mancha carmesí sobre la superficie, tiñéndola de una muerte que Junk jamás había sentido tan peligrosamente cercana en toda su vida.

                              Retrocedió un paso instintivamente, y su pie estuvo a punto de partir una rama entre la hierba. Observó de reojo cómo el susto casi lo delataba en medio del silencio opresivo de Wreckwood, pero su corazón no pensaba callar sus miedos, y los acelerados latidos en su pecho parecieron ser suficiente alerta para que el extraño sobre las rocas se volteara en dirección a él. Junk se ocultó tan rápido como una cucaracha detrás del tronco —afortunadamente para él, no era un árbol tan raquítico como para no poder ocultarlo eficientemente, pues Junk seguía siendo un niño tan flaco y menudo como seguiría siendo muchos años después, y muchos dirían que hasta podría haberse refugiado tras el tallo de una amapola—, pero el giro del tenebroso desconocido le permitió ver por una fracción de segundo que lo que había bajo esa capucha distaba mucho de ser un rostro humano, sino el de una especie de demonio con rostro cadavérico, dientes expuestos y ganchudos con dos largos colmillos desbordando su boca abierta y enmarcando amenazantes un par de cuencas grandes y negras de las que apenas asomaba un tenue brillo carmesí.

                              Desviando rápidamente su vista y cubriendo su boca con las dos manos para que no pudiera encontrarlo por el castañeo de sus dientes, Junk intentó alejar su mirada todo lo que pudo del amenazante monstruo encapuchado, solo para encontrarse de frente con un despojo sombrío que emergió de las vetas en la madera del árbol que le brindaba refugio, y que ahora había adoptado la forma de un pequeño ser de cuerpo sombrío con una cabeza de madera con dos largos cuernos retorcidos a los lados y un par de expresivos ojos rojos que lo observaban con sorpresa.

                              —¡Thump! —lo llamó el pequeño espíritu del bosque, agitando sus brazos. Junk tan solo atinó a estirar una mano hacia él, intentando cubrirle el orificio en la cara de madera que parecía usar como boca para chillarle una advertencia que no podía decodificar. Estaba demasiado aterrado como para imaginar que ese fantasmita podía estar intentando advertirle del peligro inminente aproximándose desde el claro.

                              —¡Sssh! ¡Guarda silencio, tú también podrías salir herido! —siseó Junk entre dientes, todavía cubriéndose la boca, pero el fantasmita retorció su larga cola despojada de color y con ella oprimió el botón sobre el marco de sus goggles, apagando la linterna que el chico había dejado encendida. Tras notar que la luz en su torpe cabeza se extinguió, Junk supo que había delatado su posición sin necesidad de hacer ruido alguno, y tragó saliva al tiempo que el fantasma tiró de la mano que tapaba su boca y jaló con todas sus fuerzas para arrastrarlo consigo lejos del árbol.

                              Junk corrió encorvado, sin saber a dónde intentaba llevárselo ese monstruo del bosque que no podía intimidarlo tras haber visto la escena que había presenciado, pero un instante después se sentiría en deuda con el espectro, pues en el lugar donde había apoyado su espalda la madera del árbol se partió con un crujido lleno de astillas y mudo dolor, atravesado por la alagada hoja de la espada plateada y salpicada por sangre que el monstruo al otro lado no terminó de purificar. Junk vio con terror cómo el árbol caía vencido con una simple estocada, revelando la figura tan cercana y terrible del hombre —si acaso podía llamársele hombre a eso— de dos metros de altura, con una armadura de bordes angulosos, casi tan filosos como la hoja de la espada que hizo a un lado dejando ondear su capa rotosa y las luces inquietas buscándolo más allá de las cuencas de su máscara de la muerte. El fantasmita tiró con todas sus fuerzas de los dedos de Junk, pero éste se encontraba totalmente petrificado a medio camino de una huida y una estrepitosa caída entre la hierba alta enredándose en los cordones desatados de sus botas.

                              —Este no es lugar para los vivos —dijo una voz de ultratumba del otro lado del rostro endemoniado, al que Junk consiguió distinguirle teniéndolo más cerca un par de cuernos curvos emergiendo frontalmente sobre las cuencas oscuras de los ojos. Recién entonces fue cuando se le vino a la cabeza la imagen que ilustraba la noticia de portada en el periódico que habían leído esa mañana junto a Caleb, y no hubo lugar a dudas para él: se trataba del mismísimo Fantasma de Coeurville—. ¿Quieres acabar como ese espíritu del bosque?

                              —N-no, por favor… Solo estoy buscando a mi hermano —tembló Junk, retrocediendo como podía entre el pasto crecido sin las fuerzas suficientes para reincorporarse y correr.

                              —Quizás él sea tu hermano —opinó el Fantasma con siniestra jocosidad, sacudiendo las astillas de su espada y haciéndola girar con un movimiento de muñeca como si fuera un simple mondadientes. La hoja de metal salpicada por sangre cortaba el aire con la misma facilidad con la que había probado cortar ese árbol por la mitad, y Junk no tuvo dudas de que sus débiles huesos no opondrían más resistencia que la madera.

                              Se le erizó la piel de la nuca tan solo con imaginar la remotísima posibilidad de que aquello no hubiera sido una broma de pésimo gusto. Y no era para menos: famosos eran los rumores acerca de Wreckwood, que parecía un cementerio natural repleto de almas vagando sin rumbo entre sus árboles irregulares, perdidas por siempre en un laberinto frondoso en su búsqueda por el más allá. Muchos niños extraviados acababan volviéndose parte del bosque, adoptando la forma de aquellos espíritus de la naturaleza que se mimetizaban progresivamente con los árboles y las plantas a su alrededor. En la circunstancia en la que se hallaba, ahora parecían ser más que solo cuentos para desalentarlos de adentrarse en la arboleda. ¡Cuán estúpido se sentía por haber aceptado el desafío de Caleb!

                              El Fantasma de Coeurville, famoso por cargar más muertes sobre sus hombros que el peso del acero de la armadura que orgullosamente portaba bajo aquella capa oscilante de tela remendada, dio un paso al frente arrastrando la punta de la espada que trazó una zanja en la tierra. Junk sintió como si la tierra fuera una extensión más de su cuerpo en ese momento, de su propia carne, y su piel palideció con pánico ante la certeza de que aquellos podían ser sus últimos instantes en este plano. Sin embargo, aquel que ya había cumplido sus días como humano le gruñó a la bestia armada e invocó con los cuernos encendidos por un verde fulgor una serie de tubérculos entre la hierba que se enredaron alrededor de los tobillos del asesino. El espíritu del bosque sabía que aquello no podría detenerlo más que los segundos en los que el Fantasma observó con gracia cómo esa insignificante criatura depositaba todos sus esfuerzos en frenarlo con la débil técnica de manipulación natural, pero fue más que suficiente para darle una estocada con los cuernos a Junk obligándolo a pararse de un salto y empujándolo por la espalda para que corriera de una vez. Y así lo hizo: cuando el hombre enmascarado levantó la vista de vuelta hacia su presa, ésta había huido, perdiéndose nuevamente entre la oscuridad de Wreckwood.

                              De la mano del espíritu con cabeza de tronco, Junk comenzó a inquietarse al notar que su apremio por alejarlo del asesino a como diera lugar quizás no tenía que ver con el peligro que él mismo corría ante su espada, sino con aquello a lo que podría estar enfrentándose Caleb. Haciéndolo correr en zigzag eludiendo árboles y saltando pendientes en la tierra sin soltar el dedo índice de su mano, acabó conduciéndolo hasta un espacio de Wreckwood desprovisto casi completamente por su abrumador dosel forestal. En aquel árido rincón donde ni el pasto parecía crecer más que como un exiguo musgo, un pilar de oscuro fuste de apenas un poco más de dos metros de altura se erigía como monumento al terror, desencajando la expresión del rubio. Al ver a su hermano mayor aprisionado por las alargadas ramas como brazos del árbol arácnido, que parecía drenar sosegadamente la energía vital de su presa embebiéndose con un halo verdoso, Junk se soltó de un tirón del pequeño que lo había guiado hasta ese lugar y sus tremulosos dedos se cerraron en un puño lleno de rabia cuando corrió al rescate de Caleb.

                              —¡Quítale tus ramas de encima! —ordenó con un grito desaforado, sin importarle su propia integridad ni el hecho de que alzar la voz en ese lugar taciturno podía atraer la atención del enmascarado. Y aunque sintió su energía revitalizada para arrojar un buen puñetazo al engendro que le sonreía con malicia detrás del inconsciente Caleb apresado por sus brazos extendidos a los lados, el árbol maldito hizo centellar su único ojo para invocar, tal y como el otro había hecho antes contra el asesino, un par de gruesos tubérculos de la tierra que envolvieron a Junk por el tobillo, levantándolo como si pesara todavía menos de lo que realmente pesaba, y con un sacudón lo arrojó lejos de allí.

                              A toda velocidad, Junk hurgó instintivamente en el bolsillo de su chaqueta y sacó la herramienta de garra extensible que había tomado prestada de su abuelo, apuntándole a la cabeza al árbol maldito y disparando en pleno aire la garra extensible, jalando del gatillo hacia abajo para cerrarla en torno a uno de los cuernos laterales y presionando nuevamente para retraer el mecanismo. El monstruo del bosque hundió sus raíces en la tierra para no dejarse arrastrar por la fuerza hidráulica del brazo, pero aquello solo benefició a Junk, que comenzó a acercarse por el aire acortando la distancia hasta que pudo hundirle un puñetazo en el ojo a la bestia. El árbol fantasma apretó el ojo con un rugido de rabia soltando a Caleb, y Junk lo abrazó en la caída rodando lejos de un zarpazo que el depredador arrojó trazando tres hondas franjas en la tierra.

                              —¡Caleb, Caleb! ¡Despiértate de una vez! —zamarreó a su hermano mayor arrastrándolo tan lejos como podía del monstruo que arrojaba zarpazos sombríos al aire, cegado por el certero puñetazo de Junk. Caleb ya no parecía desmayado, pero una mueca de dolor y agobio en su rostro le indicaba al menor que no podría reincorporarse tan rápido como deseaba. Consciente de esto, el pequeño fantasma con cabeza de tronco voló interponiéndose entre los humanos y el árbol arácnido, extendiendo sus cortos brazos a los lados y negando con la cabeza.

                              —¡Pha-pha! —chillaba mientras el monstruo enderezaba nuevamente su largo cuerpo de madera y fijaba su ojo ardiente en el chico que lo había atacado.

                              —¡Apártate, te va a matar! —le gritó Junk desesperado al espíritu que hacía de escudo entre ellos y el furioso árbol que se limitó a teñir de negro sus garras ganchudas, listo para quitar del medio a aquella molestia que lo alejaba de sus verdaderas presas.

                              Con la sonrisa macabra intacta en su rostro mustio, el monstruo de Wreckwood lanzó un zarpazo horizontal. Un zumbido llegó por el sudeste, un manchón cerceta se abrió paso ante los incrédulos ojos de Junk y del ya reincorporado Caleb, y el corte mortífero retumbó con un estruendo de metal antes de conectar sobre su objetivo. Las hojas en el cinturón de árboles a su alrededor se agitaron, y cuando el eco producido por el choque de madera y acero amainó, el árbol se apartó con sus raíces como patas de araña fijando su ojo en aquello que lo había bloqueado sin inmutarse: una máquina voladora de cuerpo circular, como un disco grueso hecho de acero puro, que pronto se reveló como un ser viviente con dos fuertes brazos con tres garras en cada uno y un par de ojos rojizos que se movían frenéticamente entre los espectros y los niños humanos. Junk y Caleb cruzaron miradas de circunstancia cuando reconocieron al interventor, y tragaron saliva al ver que de su cabeza bajaba con un saltito el Viejo Pocket, encorvándose y doblando las rodillas como si hubiera sido la mayor proeza física que realizara en décadas.

                              —¿Cuántas veces se los tengo que repetir, mocosos? —gruñó Silas Pocket más allá de su abultada barba, que estaba más enmarañada que nunca luego de haber cruzado Wreckwood sobre aquella bestia de acero que levitaba a un metro del suelo sin bajar la guardia ante el árbol fantasma que gruñía amedrentado por la dureza de su cuerpo. Los chicos jamás habían visto tan furioso a su abuelo—: Este lugar solo es apto para personas fuertes, o con fuertes deseos por morir.

                              ¡¡Treee!! —rugió el árbol arañando la tierra entre sus raíces, e invocando dos alargados lazos entre la hierba detrás de Junk y Caleb. Los tubérculos extendidos se lanzaron sobre los cuellos de los niños, listos para estrangularlos aprovechando la distracción por la intervención del anciano inventor, pero el monstruo de acero extendió uno de sus brazos y frenó en seco uno de los tentáculos con una expansión de energía psíquica que aturdió al agresor. Caleb, con todos los reflejos de los que era capaz incluso debilitado por el drenaje de energía que le propinaron momentos atrás, se arrojó sobre su hermano menor y rodó con él por el suelo, lejos del ataque traicionero que acabó enredándose en raíces que el fantasma pequeño invocó con un chillido para contrarrestarlo, peleándose el pequeño bosque viviente como serpientes hipnotizadas por fuerzas del más allá.

                              —¡No interrumpas a un viejo cuando habla! —le gritó al árbol predatorio torciendo el cuello en dirección a él, y su voz bastó para que la criatura metálica acelerara plegando sus brazos con un sonido mecánico adoptando la forma de una pequeña aeronave magnética que no necesitó tomar impulso para hundirse rápidamente con una embestida en la corteza bajo la boca desencajada de la bestia. El golpe fue tan portentoso que el árbol se tumbó con un quejido crujiendo entre las astilladas placas de madera que revestían su cuerpo, y su ojo se desvaneció viendo el brillo de las estrellas antes de oír el lamento del fantasma pequeño volando hacia él—. ¿Están bien ustedes dos? —Suspiró finalmente asegurándose de que a ambos solo les quedaba una expresión de shock y desconcierto en el rostro, pero ninguna herida mortal aparente. Tras esbozar una tenue sonrisa de alivio, prosiguió—. Quise ponerlos a prueba haciéndoles creer que inhalé las esporas de ese hongo, pero no era más que un delicioso shitaque. Oh cielos, estuvo tan cerca…

                              —¡Caleb, lo siento! —rompió en llanto Junk, mientras su hermano mayor lo contenía rodeándolo por los hombros con su brazo y miraba al viejo con un filo de rencor en los ojos. Al otro lado de los humanos, el pequeño espectro con cabeza de tronco también lloraba, pero sobre el cuerpo herido del árbol que casi les cuesta la vida. Ambos parecían compartir angustias y culpas similares, pero en ese momento Junk estaba demasiado impotente y consternado como para entablar una conversación desigual con el pequeño espíritu que también lo había salvado esa noche.

                              Mientras Caleb intentaba, en vano, consolar a un Junk que solo podía morderse las lágrimas y apretar los puños hasta que le dolieran las palmas de las manos, Silas se apartó unos pasos y hurgó en el morral de cuero que colgaba de uno de los brazos del monstruo de acero, sacando algunas bayas y haciéndolas rodar bajo el fantasmita que llorisqueaba junto a su semejante. Con un tono piadoso y suave, el viejo llamó la atención del pequeño.

                              —Dáselas y volverá a estar como antes, pero espera a que nos vayamos de aquí.

                              El pequeño espíritu silvano levantó las dos bayas y observó dubitativo al monstruo caído junto a él. Tras pensárselo unos segundos, le dedicó una triste sonrisa al Viejo Pocket y se alejó con el suave lamento de su vuelo hasta desaparecer más allá de las copas de los árboles.

                              —Ah, conque eso era…

                              —¿Qué sucedió? ¿Por qué no lo ayudó? —preguntó Junk sorbiéndose los mocos. El viejo le revolvió el cabello con ternura, sin sorprenderle que su nieto menor fuera curioso incluso luego de haber experimentado algo tan terrorífico.

                              —Esos pequeñines son conocidos por acá como “niños perdidos del bosque” —explicó—. No son otra cosa que espíritus de aquellos que, extraviados en este laberinto natural, acabaron perdiendo sus vidas. No soy un hombre supersticioso, pero parecen encarnar la viva imagen de almas en pena que no pueden hallar la paz, por lo que vagan durante la eternidad sin rumbo fijo dentro del bosque que los vio perecer.

                              —Creí que esa cosa podía ser su padre —murmuró Caleb por lo bajo, entornando los ojos con desconfianza hacia la bestia que había intentado drenarlo hasta la muerte. Silas negó con resignación.

                              —¿Cómo saberlo? —respondió—. También puede que ese árbol vagabundo haya sido el mismo que le arrebató la vida al niño que alguna vez fue. Es un ciclo triste de muerte y renacimiento, pues es muy probable que ese niño perdido algún día se convierta en un árbol vagabundo, consumido por la oscuridad de Wreckwood, y acabe con la vida de otro chico extraviado en el bosque. Recuerden bien esto, niños: todos los seres vivos de este planeta son capaces de dar amor y ayudar a otros, pero también de ser corrompidos por la locura y por los instintos ancestrales que viajan a través de su sangre. No siempre escaparán del peligro con ingenio o diálogo, es importante que estén preparados para enfrentarse al mundo salvaje que los rodea. Y si no son lo suficientemente fuertes para hacerlo… Será mejor que no se alejen de nuevo de casa. ¿Está claro?

                              —Y si ese monstruo asesinó al “niño perdido” como insinúas —insistió Caleb, inconforme por la explicación con moralina adosada del viejo que los había dejado correr a los brazos de la muerte solo por ponerlos a prueba—, ¿por qué lloraba sobre su cuerpo?

                              —¡Uf! ¡Vaya energía tienes, Caleb! —se secó el sudor de la frente el anciano antes de ajustarse nuevamente el largo sombrero de copa agujereada, deteniéndose a medio camino entre ellos y su compañero de metal—. Probablemente fuera empatía. Debía saber que ese árbol vagabundo alguna vez fue un niño asustado como él, y como ustedes dos, atrapado en un bosque sin salida. Ahora volvamos, antes de que alguno de esos otros árboles que nos rodean despierte de su siesta con apetito.

                              Mientras Junk y el Viejo se cargaban al hombro al debilitado Caleb y la criatura metálica descendía sobre la hierba para subir al chico sobre su plana superficie circular, una brisa acompañada por el ruido de hojas secas aplastadas en la distancia devolvió la palidez al rostro del pelirrubio. Con los ojos desencajados repentinamente, el niño zamarreó a su abuelo dándole la espalda a la monstruosa arboleda retorcida en la periferia.

                              —¡Esperen! ¡Tengo que decirles algo! —se alarmó, y aunque Silas Pocket posó una mano en el hombro de su nieto para tranquilizarlo, sus ojos no se apartaban de la fuente de aquellos crujidos, como si algo estuviera moviéndose en dirección a ellos desde las entrañas de Wreckwood—. Hace un rato, cuando estaba buscando a Caleb, ese niño perdido me salvó de un tipo enmascarado con una capa de viaje y una armadura. ¡Tenía una espada enorme manchada con sangre! ¡Abuelo, hermano, estoy seguro de que era el Fantasma de Coeurville!

                              Y como invocado por la mención de su escalofriante apodo, la silueta del hombre con rostro de demonio cubierto por una ancha capucha asomó entre las tenues luces de la luna y las estrellas, desparramando un aura oscura con cada firme pisada hacia el claro. Junk no dudó en hundir la mano en el bolsillo frontal de su chaqueta, sacando la pistola de gancho y apuntándole con ella, mientras que Caleb hizo lo propio enseñando sus propios nudillos al frente, adoptando posición de combate. Aunque le sacaba una cabeza y algo más a su hermano menor, seguía sin ser suficiente para alcanzar el pecho del hombre que se detuvo entre dos árboles partidos envuelto en un halo de misterio y peligrosidad. Silas Pocket entornó los ojos, abriéndose paso entre los niños con calma mientras su compañero metálico se rodeaba por un aura psíquica con la que se elevó por encima de su cabeza, fijando sus ojos rojos como linternas programadas para ver en la más absoluta oscuridad en el hombre con una espada gigante cruzada sobre su espalda.

                              —Imagino que tú no estás aquí para conversar precisamente —le dijo el viejo al asesino, sin dudar ni por un segundo de la peligrosidad que le advertía su nieto menor.

                              La energía psíquica que elevaba al ser de acero por el aire también arrancó varias hojas de los árboles y hierba de la tierra, formando un torbellino verdoso progresivamente más agresivo que danzó alrededor del grupo envolviendo también al enmascarado. Cuando las plantas cayeron de nuevo al suelo con la plácida calma de la gravedad, comprobaron que el acechador ya no se encontraba allí. Aquello intranquilizó todavía más a los niños, pero el Viejo Pocket se permitió un suspiro de alivio tras mirar de reojo por un segundo a su compañero, que aterrizó con un murmullo para que pudieran subirse a él.

                              —Vámonos, niños —llamó a sus nietos con gravedad—. Este lugar ya no es seguro ni para los fuertes.


                              Afilando la hoja de acero con una piedra blanca, el hombre de armadura reposaba a orillas del lago cubierto por la pesadez de su gruesa capa de viaje y por la temerosa luz mortecina de la luna en medio del cielo despejado, confiriéndole un brillo azulado que rebotaba desde el agua reflejando su figura monstruosa. Hacía esto con la calma con la que una ancianita bordaba una manta para sus nietos, y con una delicadeza inusitada para alguien que tenía todo el aspecto de atemorizar a las bestias más peligrosas y salvajes de ese bosque. Tanto que los peces se alejaban de sus botas negras y de los bordes deshilachados de su capa que caían desordenados sobre el lago como si fueran los tentáculos de una medusa.

                              Levantó la vista cuando por la arboleda asomó una figura idéntica a él, cargando una espada tan grande y ensuciada por sangre como la que él parecía ya haber desistido en limpiar. Sin embargo, la presencia de aquella sombra perfecta y en tres dimensiones no lo perturbó, y enterró su espada entre las piedras esperándolo como si fuera a reencontrarse con un viejo amigo.

                              —¿Y bien? —le habló a través de los colmillos alargados y retorcidos de su máscara demoníaca. El otro llevó una mano a la suya y la apartó de su rostro, revelando un hocico alargado por el que caían mechones de pelaje blanco cenizo con las puntas rojizas y desordenadas, meciéndose de forma ondulante y confiriéndole un aspecto etéreo y esponjoso. Los ojos rasgados de la bestia disfrazada de humano eran rojos y amarillos, quizás solo ligeramente menos terroríficos que las cuencas vacías en la máscara del hombre sentado a la orilla del lago—. Muéstrame qué te hizo huir.

                              La bestia cerró sus ojos para rememorar, y se dejó envolver por un torbellino de sombras espectrales que deshicieron la capa y la armadura sobre su cuerpo, reemplazando incluso su cabeza de zorro por la apariencia exacta que tenía Junk cuando se lo encontró en el claro entre la arboleda en las profundidades de Wreckwood. Acto seguido, se envolvió nuevamente por la espiral negra para revelar la imagen más alta y desafiante del aguerrido Caleb enseñando los nudillos. Finalmente, su aspecto se desdibujó hasta reconfigurar la figura encorvada del anciano con sombrero remendado y barba ancha y grisácea. Aunque su rostro estaba surcado por arrugas y suciedad, la mirada del anciano era tan feroz como la del mismísimo monstruo ilusionista que acompañaba al Fantasma de Coeurville. Recién al reconocer a Silas Pocket en su piel fue que un movimiento sórdido de su cuerpo detrás de la espada denotó que algo lo había sacudido de su aparente calma. La máscara siempre sonreía de forma grotesca y amenazante, pero el hombre bajo ella no tenía por costumbre hacerlo, y sintió sus facciones rígidas al esbozar una con naturalidad por primera vez en mucho tiempo.

                              —Tal y como se rumoreaba… —le susurró al monstruo, a la noche, al bosque y a su reflejo oscilante sobre el agua oscura—. Mira dónde vino a parar.


                              Ocho años después, el tímido amanecer comenzaba a barrer sombras en Ravenhurst, y el sonido de una lanza perforando el suelo de madera ahuyentó a un grupo de cuervos adormilados fuera de la torre más alta. Apostados a ambos lados de la entrada a la oficina del conde, los rígidos guardianes de acero rojo se estremecieron por el sobresalto inesperado, pero sabían que no debían intervenir luego de que el caballero real ingresara al recinto.

                              —¡No me vengas con cuentos, Blackwood! —bramó sir Thane empuñando el mango de su larga lanza, hundida hasta la mitad bajo el piso de la oficina decorada con cientos de espadas. Frente a él, a resguardo tras su alargado escritorio y con los pies cruzados encima de éste mientras desayunaba con calma una tostada y una taza con café, el hombre tuerto de cabello oscuro hizo crujir el pan entre sus dientes, restándole importancia al agravio del recién llegado—. ¿Esperas que no piense que ocultas aquí a tu protegido zeionés? Tu ciudad no es más que una enorme ratonera llena de alimañas correteando bajo nuestros pies.

                              —Si te sirve de consuelo la posibilidad de haber empalado a un cuervo o una araña de seis patas, te invito a comprobarlo saliendo de mi oficina y bajando las escaleras —respondió tras un extenso sorbo a su todavía humeante taza de café. Thane arrancó la lanza del suelo y le enseñó la punta de acero impoluta, demostrándole que no había sangre en ella. Vincent Blackwood abrió bien grande su único ojo—. ¿La usaste sin matar a nadie? Te estás ablandando, caballero.

                              —Mira, Blackwood —intentó controlarse Thane, consciente de que el rey no le había concedido la autoridad para liquidar a uno de los grandes líderes de Vernea a menos que fuera estrictamente necesario. Y sabía que ese maldito Blackwood estaba convencido de lo mismo, y por eso se atrevía a responderle con semejante altanería—, respeto todo lo que hiciste por Vernea durante la gestación de la guerra… Pero la guerra está muy lejos de terminar, y tú dejaste de lado tu investidura como soldado hace ya mucho tiempo. Solo dime dónde demonios ocultas a esa Escoria de Zeio antes de que lo encuentre por mis propios medios. Créeme, a los dos les conviene que así sea.

                              Blackwood pareció considerarlo mientras se terminaba el último trozo de pan tostado y limpiaba las migas de su barba. El haber apadrinado a nada menos que un joven prisionero traído directamente de Zeio lo había convertido en una especie de paria frente al grupo jerárquico de Vernea. E incluso habiéndose ganado el respeto de Godric Wulfgar por sus servicios y su probada habilidad en combate, sabía que su imagen estaba manchada ante los ojos del rey. Pero precisamente por eso se permitía una vida relativamente tranquila en la ciudad que regía apartado de las grandes luces de la región: prefería que todos sospecharan de su fidelidad al reino y que apartaran la vista del insignificante esclavo que había convertido en su mano derecha para hacer el trabajo sucio en Little Zeio. Finalmente, esbozó un suspiro y revolvió algunos documentos en su escritorio, extendiéndole al caballero un pergamino todavía con tinta fresca y con la firma más pretenciosa que sofisticada de Reginald III y el sello de lacre dorado de Nova Haven.

                              —Temo decirte que se te adelantaron por un pelo de bigote, sir Thane —dijo como con un gruñido, encogiéndose de hombros como si le incordiara reconocer que había entregado a los prisioneros de Ravenhurst al mandamás de Nova Haven—. Cumplí con mi deber tal y como juré al rey tras ser nombrado conde en esta ratonera, y los entregué a la máxima autoridad que llegó bajo la promesa de llevárselos en persona hasta Imperia. Como sabes, yo debo permanecer aquí cuidando de las ratas más conflictivas allá abajo.

                              Esperaba otro rugido encaprichado del joven caballero, quizás otro sector de su oficina destrozado, algunas espadas partidas por la lanza o que llamase a aquella bestia de fuego alada que lo escoltaba para intimidarlo un poco más, pero Thane se limitó a fruncir el entrecejo mientras arrugaba el papel bajo su puño tras leer el acuerdo de traspaso de tres prisioneros capturados de Ravenhurst a Nova Haven y, posteriormente, a Imperia. Dio media vuelta haciendo ondear la capa en su espalda y abrió la puerta con un manotazo que casi la arranca de su sitio, sobresaltando nuevamente al par de bestias metálicas que miraban al frente.

                              Blackwood apoyó el mentón en el nudillo y se inclinó hacia adelante sobre el escritorio, viendo con el ojo entornado cómo el caballero favorito de Wulfgar tomaba una esfera imantada del antebrazo en su armadura y giraba un engranaje frontal, liberando sobre el balcón al lagarto anaranjado que le prestó su lomo para ser montado, levantando vuelo con un vigoroso aleteo que barrió con una sola ráfaga de viento los papeles en su escritorio, haciéndolos volar por toda la oficina ante la consternada expresión blanquecina en el rostro del conde.

                              —Algún día nos permitirán reducir a cenizas este pozo sin fondo de corrupción y decadencia, Zacharie —gruñó Thane aferrándose a los cuernos en la cabeza de la bestia que desplegaba sus magníficas alas ahuyentado a los cuervos de sombrero oscuro allí por donde volaba, esquivando los edificios más altos de la tradicional Ravenhurst mientras los primeros rayos solares del amanecer revitalizaban la llama ardiendo en la punta de su cola.

                              Aterrizó en una saliente de tierra al otro extremo de la ciudad, donde una aeronave plateada de Imperia se hallaba aparcada. Sentado en la escalera de abordaje, el monje de cabello castaño curaba las heridas en el brazo emplumado de una criatura amarilla y roja con pico corto magullado y garras alargadas manchadas con hollín y sangre. La bestia no parecía del todo cómoda con el tratamiento recibido, y le arrojaba ocasionales picotazos al escolta de Mons Sanctus cuando éste intentaba hundir un algodón con alcohol en las heridas más profundas de su cuerpo. Al ver en qué invertía su valioso tiempo, Thane crispó una ceja mientras regresaba a su monstruo de fuego a una de las esferas que Helmut Lazarus había confeccionado en tiempo récord especialmente para la misión de captura que el rey les había encomendado. Estuvo a punto de protestar por verlo congeniar con ese gallo con cara de pocos amigos, pero entendió rápidamente que quizás solo era su patético método de acercamiento para convencer a esa criatura de dejarse encerrar en una de las recientemente denominadas «Monster Balls» por el equipo de desarrollo tecnológico de Imperia. Finalmente, le dio la espalda y contempló a la aún durmiente ciudad hundida, como si aquel último vistazo pudiera darle una pista más certera sobre lo que tramaba Blackwood entregándole al zeionés, a la piloto y al escraptonita a ese bufón de Reginald III.

                              —¡Markham! ¿Dónde está la otra? Nos vamos a Nova Haven —resolvió finalmente con tono autoritario, y el muchacho terminó de envolver un improvisado vendaje alrededor del brazo herido al gallo que le gruñía por lo bajo.

                              —Sacándole información a los de abajo —respondió esbozando una sonrisa al comprobar que el monstruo comenzaba a ejercitar su brazo arrojándole jabs veloces que esquivaba con facilidad—. Pero no me llevo muy bien con los métodos extorsivos que emplean ustedes, la verdad, así que preferí quedarme a cuidar la nave.

                              —No te veo cuidándola tan bien como cuidas de esa bestia —observó apoyando con firmeza la lanza sobre su hombro, y el sonido metálico obligó al gallo peleador a ponerse en guardia, como si recién entonces hubiera reparado en la presencia del caballero real. Thane le dedicó una sonrisa desafiante, y pareció considerarlo durante un segundo, pero acabó cambiando de semblante cuando sus ojos se desviaron ligeramente hacia el ala sobre la cabeza del monje—. Mira nada más, si hasta permites que se posen sobre nuestra nave sin siquiera percatarte. ¡Sí que eres sigilosa como una sombra, niña! —Carcajeó finalmente, sobresaltando al monje cuando notó que ésta se hallaba de pie sobre el ala, su bufanda roja ondeando al viento como dos largos chorros de sangre brotando de su cuello blanquecino.

                              —Estuvieron en un centro de peleas clandestinas hace tres noches —informó la joven kunoichi, que cubría ahora su rostro con una máscara de kitsune blanca y roja que le puso los pelos de punta al enviado de Mons Sanctus. Su tono neutro y apático la hacía ver como una de aquellas autómatas de las fábulas que su abuelo le leía de pequeño—. Muchos vieron a un chico rubio y a un zeionés usando esferas capturadoras y peleando junto a los monstruos.

                              —Maldición —gruñó Thane tras procesar rápidamente la información fresca—, coincide con la fecha de traslado en el documento que me enseñó Blackwood. Pero todavía no puedo fiarme de su palabra.

                              Dentro de la nave ajustó las coordenadas sobre un tablero con un grabado del mapa completo de la región, girando interruptores ubicados sobre distintos puntos específicos para indicarle al vehículo hacia dónde dirigirse. De este modo, una serie de brazos mecánicos encendieron las válvulas hidráulicas en las calderas y las turbinas del moderno avión imperial echaron un torrente de vapor que formó nubes bajas sobre Ravenhurst mientras despegaban y aceleraban con rumbo a su próximo destino. Sentados en los acomodados sofás bajo la cabina de mando, Thane tomaba notas en un pequeño cuaderno de viajes mientras espiaba de reojo al joven monje que lustraba con obsesión las esferas capturadoras que Lazarus le había entregado antes de partir. Dentro de una de ellas descansaba el obstinado gallo de peleas que había logrado convencer para unirse a su peculiar cruzada. En la otra punta de la nave, donde el ruido de los motores hacía parecer imposible un instante de distensión, la joven prisionera de Zeio parecía meditar cruzada de brazos. Cuando sobrevolaron un manchón verde musgo cerca de la costa, el monje se levantó y apoyó la frente contra una ventanilla, observando el peculiar paisaje.

                              —¿No estás acostumbrado a volar, Markham? —sonrió Thane con cierta soberbia—. Estoy seguro de que tienes vistas más espectaculares desde lo alto de Mons Sanctus.

                              —Por favor, hagamos una parada aquí.

                              Hasta ese punto, en comparación a la distancia recorrida de Imperia a Ravenhurst, el viaje fue muy corto. Tras alterar las coordenadas en el tablero de mandos, Thane aterrizó la nave cuando el medidor de distancias en el mapa de Vernea se detuvo sobre el punto marcado en Foongu, a unos seis kilómetros de Ravenhurst. Con un chicharreo metálico y estridente, les informó a los pasajeros que habían llegado a destino, y tras asomar por la puerta lateral de la aeronave, Thane confirmó que un inmenso paisaje verde musgo salpicado por el rojo, azul y magenta de los hongos creciendo altos entre sus árboles se extendía más allá de su vista.

                              —No nos hagas perder mucho tiempo —le indicó al monje que descendió de un salto sobre las escaleras y seleccionó una de las seis esferas que ajustaba a dos correas cruzadas sobre su torso.

                              —Tuvieron que pasar por aquí antes de terminar en Ravenhurst —explicó el castaño, girando con paciencia la rueda frontal del receptáculo en una combinación determinada de movimientos. La única garantía de seguridad que tenía el caballero real acompañado por ese monje rebelde y esa asesina zeionesa era, aparte de su propia confianza en su fuerza y habilidades, el mecanismo de cierre y apertura de las Monster Balls que les otorgó Helmut Lazarus. A excepción de las que le habían confiado a él, las que tenían los otros dos eran mucho más difíciles de abrir, dándole tiempo suficiente de reacción a Thane si intentaban tenderle una emboscada con sus bestias encapsuladas.

                              Tras un minuto lidiando con el mecanismo, el monje liberó a un reptil bípedo de piel verde y crema, con una especie de casco en forma de hongo sobre la cabeza. Tenía patas robustas y fuertes, pero un par de brazos tan cortos que de ellos apenas se veían las garras rojas asomando bajo la gargantilla en forma de flor en la que terminaba su cuello.

                              —Verti, necesito que busques algún rastro de su paso por el bosque —le pidió a la bestia que mecía su larga cola esbozando su entusiasmo por hallarse inmersa en su hábitat natural—. Eran un joven bajito de pelo rubio, una piloto pelirroja, un zeionés con una enorme cicatriz horizontal en el rostro y un par de soldados de Nova Haven acompañados por sus propias bestias aliadas. Quizás puedas hablar con otros como tú para traer información.

                              —¡Bre! —asintió éste antes de acelerar con el cuerpo echado hacia adelante, perdiéndose en un santiamén entre la alta maleza que se sumergía en la arboleda.

                              —Estás muy convencido de que las bestias del bosque van a cooperar —dijo Thane con la espalda recostada en el marco de la compuerta lateral de la aeronave, viendo cómo el reptil se fundía con el verde de Foongu en la lejanía.

                              —Las bestias no solo sirven para pelear —respondió el monje con una sonrisa calma—, también pueden hablar.

                              En menos de una hora, el monstruo regresó cargando entre sus brazos un imponente mandoble de acero oscuro cubierto por moho y barro que Thane reconoció de inmediato, bajando a toda prisa de la aeronave para recibirlo.

                              —¡Buen trabajo, Verti! —congratuló el monje a su compañero, dándole palmaditas en la redondeada cabeza de hongo mientras el caballero real le arrebataba el arma negra e inspeccionaba el grabado sobre la guarda con una ceja crispada.

                              —Esto es de Imperia —murmuró entre dientes verificando las marcas sobre la gruesa hoja de damasco—. Reginald III dijo que esos traidores se cargaron a un renegado de la capital que contrató para escoltar al escraptonita.

                              —No creo que el chico haya hecho algo semejante —se encogió de hombros el monje Markham—. A duras penas pudo levantarlo Verti, y ella es mucho más fuerte que cualquier escraptonita.

                              Pero aquello no sirvió de consuelo para Thane, que ignoró al monje y fijó su aguda mirada en la criatura que había vuelto de las profundidades de Foongu.

                              —¿Estás segura de que no viste algún cuerpo o restos de armadura negra entre la hierba alta, bestia? —inquirió con dureza, a lo que la reptil negó rotundamente.

                              —¡Loom! —le gruñó, como si la desconfianza del caballero fuera tan ofensiva para ella como un golpe.

                              —Uhm… —se llevó éste una mano al mentón, apoyando el robusto mandoble sobre la hombrera de su armadura como si aquello fuera una mera caña de pescar. El monje no podía evitar inquietarse por la fuerza bruta de la que parecía capaz la mano derecha del rey, pero la presencia de Verti fuera de ese intrincado receptáculo le otorgaba al menos un par de garantías en caso de que ese sujeto perdiera la cabeza. Finalmente, Thane dio media vuelta y regresó a la aeronave levantando la capa con la brisa que discurría entre la hierba—. Aunque no me fío de Blackwood, menos puedo hacerlo de Reginald III. Si vamos a Nova Haven solo nos recibirán con sonrisas falsas y mentiras biensonantes, y no estoy de humor como para tener que darle explicaciones al rey sobre por qué solté un puñetazo a uno de sus duques. Mejor vayamos al lugar donde todo empezó: Wreckstone.


                              El vehículo plateado descendió suavemente sobre el manto verde brillante del valle a los pies del cinturón de laderas, justo enfrente de la grieta oscura abriéndose en la piedra que se alzaba imponente delante de ellos. Esta vez, el caballero real le indicó a la zeionesa que no podía esperarlos en el vehículo, pues necesitaría la colaboración de ambos para desenmarañar lo que verdaderamente había ocurrido durante la expedición ordenada por Reginald III. De este modo, los tres dejaron la aeronave bajo la custodia del lagarto de fuego de Thane, Zacharie, a quién le pidió que no permitiera que ninguna otra bestia se acercara.

                              —Y si no regreso en una hora —añadió cuando los otros dos se le adelantaron rumbo al acceso a la caverna, mirando de reojo a su bestia por encima del hombro—, ya sabes qué hacer.

                              Dentro de la cueva, Thane liberó de su Monster Ball a la anguila eléctrica que encendió los aros amarillos en su alargado cuerpo petróleo, iluminando el interior del recinto pétreo con un destello dorado. A lo lejos podían escuchar el murmullo de las criaturas de la montaña que nadaban entre la tierra y la piedra como si fuera un mar sórdido y grisáceo, pero las advertencias de Wreckstone parecían tener sin cuidado a los enviados del rey. Rápidamente, el monje comenzó a dar golpecitos con los nudillos sobre los muros de piedra, avanzando hacia la oscuridad hasta detenerse en un punto agrietado donde parecía haber tenido lugar un derrumbe recientemente.

                              —Esta es hueca al otro lado —dedujo con un débil eco de su voz, y comenzó a destrabar el mecanismo de su receptáculo para liberar a una bola de pelos blanca con nariz de cerdo y mirada hostil que no esperó orden alguna para reventar el muro de piedra con un férreo puñetazo. Al otro lado, la luz de la anguila develó una pronunciada rampa natural que conducía hacia los túneles subterráneos.

                              La bestia de Thane les prestó su lomo para descender por los recovecos de la caverna, oscilando con su suave levitar entre las estalactitas hasta llegar a una recámara varios metros por debajo del suelo donde un enorme halo de luz bajaba por un boquete bañando un manantial de aguas cristalinas. En torno a la luz, cíclopes de acero esféricos con imanes a los lados flotaban suspendidos como en un trance hipnótico. Thane los ignoró, y fijó su atención en la caverna que los rodeaba, y en los cortes visibles sobre los muros de piedra, así como en los restos negros de una descomunal armadura tendida sobre una mancha oscura de tierra carbonizada. Cerca de ella, un viejo yelmo parecía haber rodado solitario hasta detenerse contra algunas rocas a la orilla del acuífero.

                              —¡Bingo! —exclamó con una sonrisa de oreja a oreja, la primera que el monje y la zeionesa le veían desde que emprendieron viaje desde Imperia. Thane corrió junto a la armadura y, tras verificar que pesaba más de lo que debía y que el yelmo, de igual forma, parecía haber ganado peso al contener todavía una cabeza en su interior, se volteó hacia la joven con cierto frenetismo en la mirada—. ¡Tú, Mumei! Tienes contigo a ese fantasma, ¿no es así?

                              —Weix —replicó ella sin disimular su aversión por el caballero. Thane sacudió una mano como restándole importancia al nombre de la criatura.

                              —Dile que llame al espíritu de este tipo —ordenó, levantando la visera del yelmo para revelar los ojos grises y bien abiertos del hombre decapitado. El monje sintió un impulso por vomitar, y apartó la mirada mientras se detenía entre Thane y la zeionesa.

                              —¡No podemos hacer eso! —exclamó—. Va en contra de todos los principios de la Iglesia Arcana de Mons Sanctus.

                              Thane borró la sonrisa de su rostro.

                              —Pero eso no detuvo tus deseos egoístas por participar de esta misión, ¿me equivoco, escraptonita? —lo desafió, con especial énfasis en el “escraptonita”—. Si tanto quieres reencontrarte con tu hermano para despedirlo antes de que lo colguemos de una horca por grave traición, te conviene mantenerte callado y dejar que los adultos trabajemos aquí. ¡Zeionesa! ¡El fantasma!

                              La Mumei miró con desconfianza a Thane, y luego desvió sus ojos dorados hacia un Caleb Markham que parecía haber recibido un hondo puñetazo en la boca del estómago solo por oír la amenaza del caballero pelirrojo. Éste, tan serio como una piedra, asintió una sola vez devolviéndole la mirada a ella, y aquello pareció ser el empujón que necesitaba para confiar en su petición, pronunciando en un susurro casi inaudible el nombre «Weix» antes de que éste emergiera desde su propia sombra, ensanchando su sonrisa maliciosa y fijando sus ojos rojos en los de la humana frente a él.

                              Thane avanzó con largas zancadas y presentó el mandoble corroído que hallaron en Foongu entre el fantasma sonriente y el cadáver revestido de metal.

                              —Habla con él —le indicó a Weix, y al espectro le tomó por sorpresa la desfachatez con la que era capaz de dirigirse a él sin ponerse a tiritar por su mera presencia, borrándole la sonrisa del rostro—. Dile que puede ocupar su vieja arma para ponerse de pie.

                              El fantasma miró con inquietud a su compañera, y ésta asintió una sola vez sin pestañear.

                              —Está bien, puedes hacerlo —lo animó, y Weix volvió a ensanchar una traviesa y casi malévola sonrisa en su rostro oscuro, extendiendo un brazo sobre la enorme espada empuñada por Thane y formando una bola de tinieblas en la palma de su mano que hundió en la densa hoja de hierro.

                              Cuando la esfera de energía mortuoria fue absorbida por el mandoble que había empuñado el Yelmo en vida, éste comenzó a liberar tentáculos sombríos que azotaron cada espacio de la enorme cavidad subterránea, ahuyentando a los Magnemite que se elevaron en espiral por el halo de luz hasta envolver con su ráfaga negra a algo que fue atrapado dentro de la espada nuevamente. Caleb observaba el aterrador y profano espectáculo desatado por Thane, y cómo el mandoble oxidado, mohoso y corroído que Verti encontró para ellos en el bosque se desprendía de la mano del caballero real, rodeándose por un aura oscura mientras su acero parecía lavarse y mutar frente a sus ojos incrédulos.

                              Se maldijo por un segundo, pues de él había sido la idea de detenerse en Foongu, ilusionado con la posibilidad de que Junk podría haber estado allí buscando esos hongos más eficaces de los que alguna vez el Viejo Pocket les había hablado. De no haberlos llevado ahí, probablemente no estaría viendo ahora en ese lugar abandonado por la vida, donde ni la luz del supremo Dios Arcano parecía llegar, cómo del arma brotaba un largo cinto de tela azul como un fuego fatuo bordado que se enroscaba cual serpiente alrededor del brazo diestro del cuerpo sin cabeza. Un segundo después, la armadura comenzó a retorcerse, como si el cadáver hubiera tardado todo ese tiempo en presentar sus primeros estertores, y se incorporó lenta y pesadamente recibiendo de manos del eufórico Thane su yelmo nuevamente. Lo presentó sobre su torso y lo hizo girar un poco, ajustándoselo como un tornillo, y su mirada muerta pareció ver de nuevo el rostro extasiado del caballero real.

                              Cuando los labios del muerto renacido se partieron bajo el yelmo, una voz de ultratumba brotó como un quejido a través del acero.

                              ¿QUÉ… PASÓ…? —dijo el Yelmo desde la espada que parecía empuñarlo a él más que él a su espada. Caleb retrocedió unos cuantos pasos, pálido como una hoja de papel, y notó cómo el imponente y pesado mandoble se había convertido, por obra y gracia del espíritu de la Mumei, en una espada más corta y ligera, con una serie de nuevos detalles sobre el acero de la vaina formada sobre su hoja que parecían dos ojos cerrados y una boca dentada en medio, como una máscara mortuoria, con un tercer ojo resplandeciente en el centro que parecía observar con atención a Thane, y cómo éste, pese a sonreírle al muerto viviente, empuñaba con una mano tras la espalda la alargada lanza cruzada sobre su capa.

                              —Te moriste, Decklham —respondió Thane como si fuera lo más evidente—. La pregunta importante es: ¿quién te hizo esto?

                              El monje sentía que explotaría por los nervios, y rezó para sus adentros intentando serenarse mientras el caballero poseído por el fantasma de su espada parecía reorganizar los trémulos recuerdos que comenzaban a danzar de regreso a su cercenada cabeza.

                              ESE… ESCORIA… DE ZEIO…

                              Caleb veía cómo el ojo abierto en la espada se movía inquieto sobre el puño cerrado de la armadura, virando desde Thane hasta el fantasma que levitaba entre los dos, y luego en él mismo, haciéndolo estremecer del horror al hacer contacto visual por primera vez. Luego, se detuvo en la silenciosa chica detrás de Weix, y encogió el iris negro en medio del azul para agudizar la mirada en sus facciones: piel muy blanca, ojos rasgados de un amarillo antinatural… Los dientes pútridos del cadáver bajo el yelmo castañearon una sola vez, los huesos de la mano apretaron con rabia el mango de la espada y el muerto en vida se lanzó con todas sus fuerzas preparado para empalar a la zeionesa. Thane, rápido de reflejos, se interpuso a tiempo y retorció el brazo envuelto por la cinta azul del arma fantasmal. Sin embargo, la espada se soltó del agarre desenvolviendo la tela al final de la empuñadura y se elevó cortando el aire con un giro de su hoja, descendiendo a toda velocidad sobre la cabeza de la Mumei. Ella apenas atinó a levantar la vista y a arrugar el entrecejo, y aunque sabía lo rápida que era, jamás se había enfrentado a algo así. Fue el puño de Caleb, que tensó cada músculo en su brazo hasta sentir que se lo dislocaría, el que agarró a tiempo el mango de la espada y giró sobre su propio eje, estrolándola con todas sus fuerzas contra el muro de piedra al otro lado y hundiéndolo en un cráter que aturdió al espíritu encerrado en el acero.

                              Azotando el aire con la cinta unida al mango y retorciéndose fuera de la piedra como un pez sacado del agua, la espada desenvainada se encontró ahora de frente a la demoníaca sonrisa del espectro que, no sin poco rencor por haberse atrevido a atacar a su ama, ahora formaba una enorme esfera de sombras delante de su único ojo, apuntándole con la palma de la mano extendida. A sus espaldas, el cuerpo del caballero se había desarticulado completamente, y la armadura había caído como un peso muerto de nuevo al suelo, rodando lejos de ella el yelmo decapitado. Thane suspiró con pesadez.

                              —Te lo dije… —jadeó Caleb, secándose el sudor de la frente con el brazo entumecido por el esfuerzo que le había supuesto torcer la trayectoria asesina de esa espada sobre la chica—. El escraptonita no lo hizo.

                              —¡Jah! ¡Por supuesto que no hubiera sido capaz! —exclamó Thane cazando a la espada levitadora por el mango y llevándola de nuevo al encuentro con la mano del cadáver. El arma envolvió nuevamente su cinta en el brazo inerte como un parásito buscando su huésped con voracidad, y éste cobró vida una vez más, recuperando su cabeza y sus recuerdos—. No cualquiera le ganaba a este tipo estando vivo —Aseguró señalando al hombre que era tan alto como él, o incluso unos centímetros más gracias a la visera del yelmo levantada—, aunque muerto también parece ser capaz de dar pelea. ¡Vamos, Decklham! ¿Por qué no te relajas un momento? Aprovecha que recuperaste la cabeza para ordenar un poco tus ideas y charlar con un viejo colega de Imperia. Además, a ti nunca te importó tanto tu buen nombre y honor como el dinero que podías hacer a cambio de las cabezas indicadas. Digamos que no tuviste mucha suerte como guardaespaldas, pero es que eso nunca fue lo tuyo… —Al hablar estudiaba el comportamiento del renacido, que se dejó caer pesadamente sobre una piedra mientras el ojo en la espada no paraba de estudiar con recelo a la zeionesa oculta tras el cuerpo casi etéreo de Weix—. Así que, ¿qué me dices? ¿Por qué en vez de desperdiciar tu filo en esta niña zeionesa no nos cuentas qué tenía pensado ese chico para la expedición? ¿Crees que puedas darnos alguna pista de dónde buscarlos?

                              Decklham, el caballero del yelmo, pensó por unos segundos antes de partir sus labios nuevamente, contrayéndolos tan rígidos como estaban para pronunciar sus palabras con aquella voz que daba escalofríos a Caleb.

                              PRIMERO AQUÍ… WRECKSTONE… —arrastraba las palabras como si le costara que salieran vivas de su boca cadavérica—. DESPUÉS… FOONGU…

                              —Ya pasaron por Foongu —replicó el monje con impaciencia.

                              ENTONCES… —recordó el muerto en vida—. SANDVEIL.


                              Los últimos días en Nova Haven adolecieron su habitual esplendor y sofisticación, tan propios de los ciudadanos de alta alcurnia que solían transitar por sus calles con sus sonrisas anchas y sus miradas vacías recorriendo las vidrieras de los comercios más opulentos del centro comercial. El ataque a Reginald III en el palacio de mármol había sacudido a toda la ciudad y generado una serie de protestas por parte de los habitantes que Scraptown, que se apostaban en la entrada amurallada para exigir respuestas a las autoridades por los rumores de secuestro y tortura que habían sufrido varios de sus habitantes, especialmente el niño en boca de todos por haber causado un impresionante derrumbe en el salón principal del castillo: Junk Pocket.

                              Con una mezcla de rabia contenida y éxtasis inconmensurable, el duque contemplaba orgulloso y con sus dientes relucientes bien apretujados cómo ese repugnante escraptonita le devolvía una mirada relajada del otro lado de los barrotes de metal reforzado en su celda en la torre más alta. Junto a él, en celdas separadas por gruesos muros de piedra oscura, la piloto Starling y el zeionés lo observaban con la misma indiferencia. Todos ellos tenían las manos, pies y cuellos envueltos por sendas cadenas que los hacían ver como títeres de carne y hueso ante el hombre que podía hacer de sus vidas un infierno si movía los hilos adecuadamente. Y Reginald III se moría por hacerlo. Junto a éste, agazapado detrás de sus piernas y con el pelaje de su lomo erizado por la rabia, el Persian bufaba a los prisioneros mientras, un poco más apartado, del otro lado de la guarnición de soldados que hacían guardia en las celdas con sus lanzas y espadas presentadas en alto, el mayordomo permanecía en silencio con sus manos detrás de la espalda.

                              —¿Qué sucede, basuras? —provocó el duque a los tres, acercando su respingada nariz a los barrotes para olfatear al menos una pizca de miedo por parte de cualquiera de ellos, sin éxito—. Actúan como si Ratontón les hubiera comido la lengua, pero todavía no le di ese placer a mi mascota.

                              No obtuvo respuesta ni de Junk, ni de Amelia ni, por supuesto, del siempre taciturno Hiraku. Para llenar el hueco que dejó la ausencia de voces en el aire, Iveroy se aclaró la garganta.

                              —El shock por la traición de Blackwood debe haberlos sobrecogido a todos —explicó el hombre cano ante la atenta mirada de reojo de su señor—. Especialmente al zeionés, Su Excelencia. Era el protegido del conde de Ravenhurst, así que todavía debe estar asimilando el puñal en su espalda.

                              —¡¿YA LO VES, ESCORIA?! —chilló Reginald III de repente en dirección a Hiraku, sobresaltando a un par de guardias que se aferraron con alma y vida a las empuñaduras de sus armas para no tropezar por el susto—. Si hubieras hecho lo que te encargué desde un principio, te habría pagado hasta el último gear que pactamos. ¡Pero no! —Rio burlón y despectivo—. ¡Depositaste toda tu confianza en el mismo sujeto que masacró a los tuyos hace diez años! ¡Te lo mereces, ¿escuchaste?! ¡Mereces estar encerrado como un perro!

                              Pero Hiraku no respondía a sus provocaciones ni a sus insultos. No parecía mostrarse culposo, angustiado, ofendido o iracundo en absoluto, y en cambio le devolvía al trastocado duque de Nova Haven la sonrisa más serena y apacible que hubiera visto jamás. Eso le puso los nervios de punta, y uno de los guardias interpretó el hartazgo de su amo levantando una lanza en dirección a los barrotes tras los cuales el zeionés lo observaba impertérrito.

                              —Puedo hacerlo hablar cuando usted me lo ordene, Su Excelencia —dijo el soldado con el pecho hinchado de vigor, dispuesto a lucirse delante de todos, pero el duque se mordió el labio y sacudió una mano con desdén.

                              —Ah, cuánto me gustaría —se lamentó—. Pero me comprometí a enviarlos en una pieza rumbo a Imperia.

                              Fue entonces cuando oyeron los pasos contundentes de alguien ascendiendo por las escaleras caracol. Las sombras de las profundidades escupieron la figura imponente del caballero real enfundado en su armadura negra, con la larga capa rojiza ondeando por la brisa que llegaba desde las ventanas ahogadas en lo alto, y con la sonrisa tan determinada y narcisista que incluso era capaz de descolocar al mismísimo Reginald III en sus aposentos. Varios metros más abajo, en el salón en remodelación que cierto monstruo de cuerno perforante había derrumbado casi en su totalidad, un Slaking lleno de vendas y moretones dormía intranquilo con ronquidos que sonaban más a quejidos ante la atenta mirada de Caleb y la Mumei. Un poco más apartado, un hombre imponente se apostaba más rígido que las esculturas a sus lados mientras el ojo en su espada examinaba el recinto con curiosidad.

                              Thane se paseó entre las filas de guardias por el largo pasillo circular de la torre viendo con atención a los prisioneros en sus celdas hasta detenerse junto al duque. Se acarició la rojiza barbilla en su marcada mandíbula mientras una sonrisa se extendía tanto como le era posible por su rostro, afilando su mirada y enseñando sus colmillos ante la irritada expresión de incredulidad por parte de Reginald III, que no podía tolerar cómo esos malditos enviados de Imperia paseaban por su palacio como si fuera su hogar. Cuando estuvo a punto de ponerlo en su lugar con otro de sus clásicos chillidos, Thane lo interrumpió dirigiéndose directamente a los prisioneros encadenados al otro lado de los barrotes.

                              —Así que ustedes son… —dijo casi con admiración, hinchando una vena en la sien del gobernador de la ciudad—. Tal y como pensaba —Se dirigió entonces a Reginald III, guiñándole un ojo con falsa camaradería—: si quiero que me estafen, Nova Haven siempre será el lugar indicado.

                              —¡¿Cómo dijiste?! —aulló Reginald III con un pisotón, llevándose una mano al pecho como si sus palabras se hubieran clavado directamente en su corazón. Los guardias presentaron las puntas de sus armas en dirección a Thane, incluso sabiendo su jerarquía y la multitud de historias que se contaban sobre sus hazañas en la guerra.

                              —Por favor, no se molesten —se encogió de hombros el caballero real, arrancándole en un movimiento imperceptible de las manos una lanza al guardia más próximo a él, el mismo que instantes atrás quiso vanagloriarse delante de su regente al apuntarle su lanza a Hiraku. Dándole vuelta al mango y a la punta romboide con una ceja arqueada, Thane inspeccionó los detalles sofisticados y los grabados con marcas en dorado sobre sus guardas y empuñaduras—. Estas son muy bonitas y refinadas, pero al lado del metal de Imperia no son más que mondadientes glorificados.

                              —¡Maldito…! —gruñó el duque temblando de la frustración, y Thane dejó caer su pesada mano sobre su hombro en un gesto de consuelo que acabó doliéndole más de lo que lo confortó.

                              —No te culpo, Reginald III, el viejo Blackwood es muy astuto… —concedió por un momento sin apartar su mirada de reojo del Junk encerrado que no se movía ni temblaba ni parecía reaccionar de ninguna manera ante los eventos que tenían lugar delante de sus ojos ambarinos—. Pero tanto él como yo conocemos a las bestias un poco mejor que el promedio de aristócratas con las narices demasiado paradas como para ver lo que está frente a sus ojos.

                              —Sir Thane, por favor —murmuró Iveroy, más alarmado por una ligera mutación en las expresiones de los prisioneros que por la rabieta que hacía su amo bajo la pesada mano del caballero. Thane le devolvió la mirada por un segundo, levantando una de sus cejas rojas despeinadas por encima de la hombrera negra antes de esfumar completamente la sonrisa soberana de su rostro.

                              Y antes de que el mayordomo pudiera decir algo más para evitar que hiciera lo que había ido a hacer allí, el caballero de Imperia giró el torso y sacudió el brazo con una fuerza que ahuyentó a los guardias apostados a su lado, arrojando la lanza con una precisión endemoniada entre dos barrotes y atravesando con su punta el pecho de Junk, que acabó con su espalda apretujada contra la pared al otro lado de la celda, sujetando con sus débiles manos el mango caoba del arma que perforó su corazón.

                              Las cadenas se agitaron cuando los puños de Amelia y Hiraku se aferraron a los barrotes, y sus narices se apretaron entre éstos mientras le gruñían con rabia y desolación al hombre de pelo rojizo. Reginald III retrocedió incrédulo, con los ojos tan abiertos y desencajados como su boca, encogiéndose poco a poco al ver cómo los rostros de sus prisioneros comenzaban a alargarse y a perder su típico color, reemplazando la piel blanca por pelaje negro, los dientes por ganchudos colmillos predatorios y los gruñidos por rugidos feroces y salvajes. Los dedos se volvieron garras rojas arañando el metal con impotencia, y sobre sus cabezas brotó una melena rojiza recogida por un orbe azul claro. Thane, sin embargo, miraba con estoicismo cómo Junk moría aferrado a la lanza desdibujando sus facciones delgadas y su rostro sorprendido, encogiéndose progresivamente en un barrido a negro que borró la ilusión delante de sus ojos, revelando su verdadero aspecto como el de un débil cachorro de zorro negro que se esfumó antes de poder emitir siquiera un leve quejido.

                              Iveroy se acercó temblando a la celda del medio y vio cómo ese pequeño quedaba duro entre la lanza y la pared. Ajustó el monóculo en su ojo malo y levantó la frente mientras se volteaba hacia el caballero real, que le sonrió como un niño orgulloso luego de haber terminado una pintura con crayones sobre una pared blanca y recién pintada. Todo lo que tenía para decirle a ese hombre era poco, pero nada podía salir de sus labios ante una escena semejante. Incluso si debiera hacerlo, y no debía, el mayordomo se sintió una vez más inútil ante su propio temor.

                              —Tienes suerte de que hoy haya tenido un buen día —le dijo a Reginald III dándole la espalda mientras los zorros negros, maestros del engaño y las artes místicas e ilusorias, aullaban con rabia y dolor asomando sus hocicos por los barrotes de sus celdas y luchaban impotentes contra las robustas cadenas que los apresaban. Los guardias temblaban de horror, y el duque se dejaba caer de rodillas viendo incrédulo el goteo de sangre oscura que brotaba de la herida en el pecho del pequeño zorro que había confundido por Junk—. Le diré al rey que lo de Ravenhurst fue una falsa alarma. Quién sabe si Blackwood no creía realmente que estas bestias malditas fueran nuestro objetivo. Algunos monstruos pueden asumir formas muy humanas… Pero no todos lo consiguen, por mucho que se esfuercen.

                              Y dejando tras de sí el débil goteo de la sangre formando un charco que se escurrió más allá de su celda y el sollozo ahogado de Reginald III y los zorros negros olfateando la muerte del pequeño, Thane desapareció bajo las escaleras con la calma de un hombre que había hecho su trabajo.


                              Continuará…

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                              • El_Rey_Elfo
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                                #30
                                Holis, he leído el capítulo 8.

                                Dios mío. No me esperaba esto, ir en contra del imbécil de Reginald tan pronto, pero admito que estuve todo ese momento leyendo esperando que no los atraparan, que pudieran salir bien de ahí, aunque les costó bastante, salieron heridora, envenenados, cortados, golpeados, de todo, pero lo lograron. Al principio pensé que había sido algo fortuito, que solo había aprovechado el escape del grovyle y que todo había sido una improvisación, pero al ver que Amelia tenía todo planeado para el escape, me convenció evidentemente de lo contrario. Ella cada vez me cae mejor.

                                Siento que el grovyle y el zeiones terminarán llevandose bien, o al menos habrá una relación de mutuo respeto, algo así como rivales, y que el Grovyle evolucionará en elagún momento y vencerá al zeionés, pero no lo matará, ya me armé toda una película en mi mente.

                                Sabía que el applin estaba vivo, tenía que estarlo. Me encanta que Junk se haya reunido con sus pokémon, ya había pasado mucho tiempo sin ellos, como que le hacía falta un equipo.

                                Estúpido Bohr, me había olvidado de su miserable existencia. Ya quiero ver si el Rey en algún momento le da algún castigo a esta gente por guardarse lo de las regiballs para ellos mismos.

                                Me pregunto si Gareth y Crixa volverán en algún momento, como para ayudar o para algún cameo.

                                Las batallas me gustaron mucho, toda la acción, especialmente las descripciones, me lo imaginé todo, a Junk corriendo por el puente y siendo botado por el tarado de Bohr, el grovyle sobre la araña que colgaba en el salón, el slaking despertando y destruyendo todo a su paso, los zubat, golbat y woobat mordiendo a Junk, Rhydon impactando en medio de todo, el lickilicky usando su lengua herida, todo, todo me lo imaginé, me encanta cuando una lectura me hace imaginar así.

                                Ahora el camino se vuelve muy incierto, más allá de que se tienen que esconder, no se me ocurre qué rumbo tomará la historia. Nos leemos.

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