Minna no Tabi: Global Conquest

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    [Fanfic] Minna no Tabi: Global Conquest

    Y aquí está el otro fic que había publicado en paralelo a AT. Es un proyecto que me gustaría poder acabar este año, pues me lo planteé como algo corto, originado del trasfondo de ciertos personajes que tendrían que aparecer mucho después en la línea principal de la historia. Aun así, ha sido desafiante darle la forma que más me agradaría, sobre todo al tener un enfoque algo distinto a la otra historia que estoy publicando ahora mismo.

    También lo tengo disponible en el Docs, si a alguien le interesa adelantarse un poco.


    Índice de capítulos





    Capítulo 001 — Ambición
    Capítulo 002 — Antagonismo

    Capítulo 003 — Anatema
    Capítulo 004 — Admiración
    Capítulo 005 — Bestia

    Capítulo 006 —
    Capítulo 007 —
    Capítulo 008 —
    Capítulo 009 —
    Capítulo 010 —
    Editado por última vez por Souji Fujimura; Hace 2 días.
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    #2
    Fichas de personajes [Próximamente]

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      #3
      Nociones generales de Gerdasch [Próximamente]​

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        #4
        Capítulo 01 — Ambición


        Derdalle, mediados de mayo, Año 91 AW

        Edelweiss sólo podía maravillarse cada vez que visitaba Derdalle, una joya arquitectónica cuyos acueductos y fuentes databan de épocas de emperadores ya olvidados. De no haber sido por el amor que sentía por su natal Düsselbarr, la habría considerado la ciudad más hermosa de todo Gerdasch.

        Incluso con la abierta antipatía que le mostró cada transeúnte que se cruzó en su camino.

        Habría preferido que fuese de otro modo, pero era inevitable: para toda esa gente, ella era la villana que había arrebatado a su querida campeona regional la oportunidad de hacerse con el título nacional.

        Intentó disfrutar igualmente del paseo, hasta que llegó a su destino: el último piso de un lujoso edificio de departamentos. Apenas salió del elevador, percibió el aroma de las galletas y pasteles que Lise debía estar horneando mientras esperaba su llegada. ¡Iban a darse todo un festín!

        —¡Por fin llegas, Edel! —exclamó su amiga al entornar sus sagaces ojos azules, sabiendo de sobra la razón de su retraso—. Deberías haber venido con tu Talonflame —añadió mientras la dejaba pasar.
        —Lo siento, Lise. Sabes que me encanta recorrer la ciudad a pie —se excusó al dejar su abrigo en el perchero.
        —Sólo para ver si la gente cambia mágicamente de opinión sobre ti —rezongó antes de suspirar con cansancio. Para ser la entrenadora más calculadora que conocía, su amiga parecía tener demasiada fe en la buena voluntad de los demás.
        —Hablando de magia… ¿hoy no llevas el disfraz de bruja? —preguntó con expresión pícara al pellizcar sus mejillas.
        —¡Sabes que sólo lo llevo para los combates! —contestó indignada, no por la pregunta, sino porque la estaba tratando como a una niña. Una de las cosas que más detestaba en el mundo.

        Sin embargo, el Espeon y el Umbreon apoltronados en el sofá no fueron tan indulgentes y dedicaron miradas de desaprobación a la que consideraban una intrusa. Ésta sencillamente les dirigió una sonrisa confiada, a la que contestaron con bufidos. Sólo cuando Lise se acercó para acariciarlos volvieron a mostrarse mansos.

        —No puedo evitar preguntarme cuánto tiempo seguirán molestos por aquello —comentó Edelweiss mientras se disponía a preparar algo de té. Aunque le pesase, los humanos no eran los únicos capaces de albergar un resentimiento tan arraigado.
        —Que no te extrañe. Ambos estaban muy orgullosos de su poderío hasta que conocieron a tus Pokémon —respondió Lise sin dejar de acariciarlos. Esperaba que, con el tiempo, aquello les sirviese como motivación para alcanzar nuevas alturas.

        Edelweiss asintió. No necesitaba más para saber exactamente qué estaba pensando Lise.

        El relajante aroma y el sabor levemente amargo del té acompañaron perfectamente los dulces preparados por Lise. Era un pequeño ritual que repetían en todos sus encuentros desde que se conocieron en Düsselbarr, en la víspera del más reciente Torneo de Campeones de Gerdasch. Aquel en el que Edelweiss se había alzado como la campeona nacional.

        —Delicioso como siempre —comentó Edelweiss al llevarse una mano a la mejilla tras probar un trozo de pastel con la esponjosidad y dulzura justas.
        —Eso dices siempre. A veces temo que lo digas por compromiso —respondió Lise con una falsa expresión de indignación antes de echarse a reír.

        «Si tan sólo toda esa gente pudiera ver esto», pensó Lise con un suspiro. No podía culpar a la gente fuera de Westnalia de tener tanta ojeriza a su amiga. No temían a la chica de apenas dieciséis años, sino al linaje que la precedía.

        El apellido Dietrich todavía causaba resquemor en muchos de los habitantes de Gerdasch, incluso tras la abdicación de su último emperador, Heinrich von Dietrich. Casi cien años de república poco podían hacer para borrar de la memoria colectiva varios siglos de conquistas y guerras con otros imperios de antaño, como los de Paldea o Kalos. Y la ambición de Edelweiss no ayudaba demasiado a calmar tales temores.

        —Entonces, ¿qué era eso tan importante de lo que querías hablarme? —preguntó Lise al servir más té para ambas.

        Sabía que debía tratarse de algo serio. De otro modo, Edelweiss no habría insistido en ir a verla a pesar de las apretadas agendas de ambas, entre obligaciones con sus respectivas federaciones y, en el caso de Lise, su último año de secundaria.

        —Directa al grano, como siempre. ¿Recuerdas el libro que me recomendaste hace un mes, el de regulaciones de la Federación Internacional? Hallé algo muy interesante ahí, así que he decidido iniciar la ruta de las medallas de Sanhalt y Holswig dentro de dos semanas —anunció con la naturalidad de quien va a dar una vuelta al parque, a pesar de saber sobradamente lo que implicaban sus palabras.

        Lise estuvo a punto de soltar la taza de la que estaba bebiendo, sin poder evitar quemarse un poco la lengua con el té.

        —¿¡Quieres unificar los altos mandos de las tres regiones!? ¡Sabes el revuelo que vas a causar con esa locura, Edelweiss! —la regañó sin contenerse ni importarle si los vecinos oían aquello.

        Otros ya lo habían intentado, sin éxito. Pero ninguno de ellos cargaba con el legado de los Dietrich. Y la sonrisa de Edelweiss ante la reacción de Lise sólo confirmó los peores temores de esta última.

        Lise respiró hondo, intentando recobrar su compostura.

        —Edel, te lo digo porque te aprecio como a nadie en el mundo… estás corriendo un riesgo enorme con esto —dijo, con las manos temblando todavía—. El solo hecho de pasearte por Derdalle ya es una provocación para muchos —añadió al recordar la primera vez que se habían reunido allí, en un café. Desde entonces, había preferido recibirla en su propio piso.

        Edelweiss lo vio claramente en su mirada. Su amiga no temía en absoluto perder su título, pues aquello era una consecuencia inevitable de la vida que habían elegido. Nunca se había sentido tan dichosa por tener a Lise en su vida como en ese instante, pero tuvo que contener las ganas de darle un buen abrazo. No con la respuesta que estaba a punto de darle.

        —Lise, sabes que siento lo mismo por ti. Aun así, voy a hacerlo, cueste lo que cueste —sentenció. Sus ojos violeta dejaron claro que nada la haría cambiar de parecer.

        Por primera vez desde que dejó su hogar de la infancia, Lise no tenía una respuesta ingeniosa preparada.

        —¿Por qué? —se limitó a preguntar con voz queda.

        Edelweiss apretó los puños al verla así, pero tuvo que hacer de tripas corazón para seguir. Su objetivo también importaba, aunque perseguirlo pudiese tener un costo personal enorme.

        —Gerdasch ha pasado demasiado tiempo fragmentado, y si sigue así, seremos incapaces de enfrentar como es debido los nuevos retos del mundo —explicó ceñuda, dejando que todo aquello calase en su amiga.
        —¿¡Pero de qué retos estás ha…!?

        Lise calló de golpe al recordar el comunicado confidencial que su federación regional había recibido hacía poco más de un mes, sobre la organización del primer Campeonato Mundial en Unova dentro de cuatro años.

        —Nos preciamos de nuestra disciplina y poderío como entrenadores, pero el mundo es un lugar muy grande, y muy pocos de nuestros compatriotas han tenido el valor de salir a buscar esos desafíos —explicó Edelweiss con severidad, harta de semejante displicencia.

        Lise tan sólo asintió. Era una verdad incómoda que no podía negar.

        —Hilda von Weiss lo sabía: vivimos en una burbuja. Ella enfrentó los retos del mundo y triunfó allá donde fue. No dudo de que incluso le habrá dado una buena tunda a la parca que nos la arrebató —añadió con cariz nostálgico.

        El deseo imposible de Edelweiss era poder enfrentarse a su gran ídolo. Su inspiración. La entrenadora más fuerte que conocía.

        —Quiero que todos sepan que Gerdasch tiene a los mejores entrenadores del mundo, y sé que no puedo lograr esto sola. Pero antes de siquiera soñar con ese título, debo derribar los muros que nos separan como nación, al menos en cuanto a las batallas Pokémon —concluyó.

        Edelweiss se dejó caer de espaldas en la butaca, hundiéndose en ella mientras se ponía colorada de la vergüenza. Sabía que había sonado tan grandilocuente como sus antepasados y no podía evitar desear que la tierra se la tragase.

        Lise se habría reído de aquello, de no ser porque había quedado totalmente encandilada por semejante discurso. Su amiga solía mostrarse fría como el hielo en batalla, pero dentro de ella ardía una pasión como nunca había visto en su limitada experiencia. Y seguramente había muchos otros como ella en el mundo que se abría para ambas.

        Y por primera vez en mucho tiempo, se sintió avergonzada de sí misma. Adoraba combatir y descubrir nuevas formas de hacerse más fuerte junto a sus Pokémon, pero había dejado de cuestionarse hasta dónde quería llegar con ello. Se había contentado con ser la campeona de Sanhalt, pero su amiga deseaba más, muchísimo más.

        —Digamos que estoy de acuerdo con este loco plan tuyo —concedió con una sonrisa sagaz, la misma que mostraba cuando se enfrentaba a un reto intelectual—. ¿Qué rol quieres que cumpla en todo esto? —inquirió, sospechando ya su respuesta.
        —Que seas mi piedra de afilar, Lise, y yo la tuya. Tú y todos quienes formen parte del alto mando nacional con el que afrontaremos el Campeonato Mundial —declaró con convicción.

        Lise sólo pudo sonreír ante aquella invitación. Por primera vez, esa ambición sin límites no le resultó incómoda.

        —Pero para eso, primero tendrás que vencer a mis padres, y después, a mí. Por más que seas la campeona nacional, no creas que será sencillo —replicó, desafiante. Todo aquello le resultaba extrañamente emocionante.
        —¡Esto era precisamente lo que quería oír! —respondió Edelweiss, sin dejarse amedrentar.

        Tras aquella conversación, por fin podría emprender su conquista de Gerdasch. Y después, del mundo.

        Editado por última vez por Souji Fujimura; Hace 4 días.

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          #5
          Capítulo 002—Antagonismo

          Düsselbarr, inicios de junio, Año 91 AW

          Mochila, lista. Las seis Poké Balls en su cinturón, aseguradas. Ropa de viaje, idónea para el tiempo que hacía. En cierto modo, Edelweiss volvió a sentirse como aquel día en que partió de su hogar para realizar la ruta de las medallas de Westnalia.

          Se despidió de sus padres y cruzó la puerta con paso firme y una sonrisa radiante… que se borró enseguida al ver quién la esperaba en la otra acera, con el ceño fruncido.

          —Siegfried… —dijo entre dientes antes de suspirar con hastío.

          Sabía de sobra por qué estaba ahí. Por eso mismo decidió ignorarlo y caminar a toda prisa hacia la plaza más cercana. Como temía, aquel fornido muchacho pelirrojo no dudó en seguirla por la acera de enfrente, sin perderla de vista.

          Semejante escena llamó la atención de muchos de los transeúntes, pero al reconocerlos, no hicieron más que poner los ojos en blanco. Ya estaban demasiado acostumbrados a verlos comportarse así entre ellos.

          Cuando Edelweiss por fin llegó al espacio abierto que necesitaba, liberó a un imponente Talonflame que clavó las garras en las hombreras de su abrigo, mientras ella se aferraba con fuerza a sus poderosas patas.

          —¡Vamos, Pfeil! —ordenó al halcón, queriendo alejarse antes de siquiera oír la molesta voz de su perseguidor a lo lejos. Bastante había hecho ya arruinando su plan de un tranquilo paseo hasta la siguiente ciudad.

          Así, ambos levantaron el vuelo para dirigirse a toda velocidad hacia el oeste.

          —Obcecada como siempre —se lamentó Siegfried al llegar a la plaza, antes de sacar a su propio Pokémon para alcanzarla.

          Aunque el sentimiento era mutuo, Edelweiss esperó a que, por algún milagro, ese sujeto se hubiese rendido, para luego admitir que estaba pidiendo demasiado. Tras un par de kilómetros de vuelo, se giró apenas para comprobar sus temores: ahí estaba, montado sobre un gallardo Dragonite que se mantenía a una distancia constante de Pfeil.

          Detestaba que fuese tan condescendiente con ella, intentando amedrentarla con su mera presencia, como si aquello fuese a bastar para disuadirla. Harta, hizo una señal a su Pokémon para que aterrizase en un claro cuando atravesaron el límite occidental de la ciudad. Como esperaba, su perseguidor también descendió.

          —¡Edelweiss, por fin has entrado en razón! ¡Sabía que no tardarías en darte cuenta de lo necia que es la empresa que te habías propuesto! —dijo pomposamente cuando la vio guardar a Pfeil, por lo que decidió hacer lo mismo con su propio Pokémon.

          Aquello fue la gota que colmó el vaso.

          —¡No, Siegfried! ¡Estoy cansada de que te metas en mis asuntos! ¿¡Es que no tienes algún evento social al cual asistir en lugar de acecharme!? —le increpó, harta de que se empeñase en llevarle la contraria en todo lo que se proponía.
          —¡Asuntos que no sólo te afectan, Edelweiss! ¡Vas a poner a todo el país de cabeza por tu ambición y echar por tierra el esfuerzo, sudor y lágrimas de los miembros de los altos mandos regionales! —respondió airadamente, conociendo en carne propia el sacrificio necesario para llegar a esa posición.

          «Así que se trataba de eso», pensó, decepcionada.

          A pesar de desagradarle la grandilocuencia y pomposidad con las que Siegfried solía actuar, respetaba su poderío como entrenador. De todos los que había enfrentado en su consecución del título de Westnalia, era él quien más pelea le había dado. Que pareciese tan preocupado por su propio estatus era algo que podría haber esperado de otros, pero no de él.

          —Para lo mucho que presumes de la nobleza y fuerza de tus dragones, confías muy poco en ellos. ¿O acaso temes ser incapaz de hacer aflorar todo su poder? —le reprochó.

          Semejante acusación tomó a Siegfried por sorpresa, pues no se había incluido en el grupo al que intentaba defender. Aunque quizá para ella, todos eran lo mismo.

          Hacía mucho que había aceptado que Edelweiss era un muro de fuego infranqueable, un glaciar inamovible para casi todos los entrenadores aún vivos en Gerdasch. Incluso él mismo, el domador de dragones más reconocido de su generación en la familia Bergliez, había tenido que hincar la rodilla ante su aplastante superioridad. Sin embargo, ésta parecía haberla cegado ante el legado que llevaba a cuestas, uno que no debía tomarse a la ligera por el bien de su país.

          —Hoy me estás subestimando más que de costumbre, estimada Edelweiss. ¡Y la soberbia siempre precede a la caída! —replicó desafiante al coger una Ultra Ball.

          Edelweiss puso los ojos en blanco. Ya se imaginaba qué vendría a continuación.

          —¡Edelweiss von Dietrich! ¡Por mi honor como domador de dragones de la familia Bergliez, te reto a duelo! ¡Si gano, renunciarás a conquistar Sanhalt y Holswig! —bramó, sabiendo que era su obligación moral devolverla al camino correcto, como habían hecho sus antepasados en calidad de consejeros y ministros de los Dietrich durante siglos y siglos.

          Edelweiss sólo pudo llevarse la mano a la sien, incrédula de que Siegfried hubiese utilizado una costumbre prácticamente olvidada de los nobles de antaño para intentar detenerla. Por fin había tenido la oportunidad de sacar provecho de su afición por la historia antigua, algo que ella respetaba… y que también pensaba emplear a su favor.

          —¡Y si pierdes, dejarás de entrometerte en mi viaje! ¡A menos que todo ese honor del que tanto presumes sea mera fanfarria! —declaró con convicción al tomar también una Ultra Ball de su cinturón.

          Acto seguido, liberó a un enorme Abomasnow. Un bramido de aquella bestia precedió a la formación de una violenta borrasca que abarcó unos veinte o treinta metros a la redonda.

          Siegfried tragó saliva. Su rival no había dudado en escoger a uno de sus Pokémon más fuertes, por lo que él debía corresponder esa cortesía, a pesar de la enorme desventaja para su Pokémon. Acopió aplomo antes de liberar a su confiable Salamence.

          —¡Lanzallamas! —ordenó de inmediato para aprovechar la mayor velocidad del dragón.

          El torrente de fuego avanzó amenazadoramente hacia el Pokémon gélido, pero como había practicado tantas veces con su humana, éste dio fuertes azotes al aire con sus gruesos brazos cubiertos de un resplandor verde. La borrasca pareció someterse a su voluntad, bloqueando el ataque ígneo hasta disiparlo antes de que Abomasnow siquiera sintiese el calor.

          —¡Colmillo Ígneo! —pidió a continuación, comprendiendo que atacar a distancia sería infructuoso.

          A pesar de saberse en desventaja, el dragón no se amilanó y llenó sus fauces de fuego al abalanzarse sobre su oponente. Edelweiss se limitó a suspirar, sabiendo que esos dos no eran nada dados a las estratagemas ni a las sutilezas, sino que preferían luchar de frente, con total transparencia. Una cualidad admirable, pero fatal contra ella.

          —Hagel, ya sabes qué hacer —ordenó, lacónica.

          Su Abomasnow supo entonces que quería una victoria rápida y contundente. No tardó en exhalar un viento gélido que su oponente intentó eludir con hábiles giros, mas la borrasca a su alrededor se lo hacía imposible.

          «No te rindas. ¡Sé que puedes!», pensó Siegfried. No quería gritar y distraer a su Pokémon en un momento tan decisivo.

          Aun con su movilidad mermada por culpa de la escarcha adherida a sus alas, Salamence hizo un esfuerzo descomunal para cerrar la distancia entre ambos y asestarle una dentellada flamígera. Sin embargo, Hagel extendió sus brazos cubiertos de hielo para cogerlo de las aletas laterales de la cabeza y detenerlo en seco a apenas un par de palmos de su rostro.

          Soportando la desagradable cercanía de aquellas fauces llameantes, Hagel abrió la boca mientras sus ojos brillaban como el hielo. Así, expelió una potente onda de viento frígido que congeló al dragón en el acto antes de empujarlo varios metros hacia atrás. El violento choque contra el suelo hizo añicos su prisión helada y dejó ver que ya estaba fuera de combate.

          —Gran trabajo, Hagel —le agradeció Edelweiss antes de guardarlo en su Ultra Ball, con lo que la borrasca desapareció como por arte de magia.

          A pesar de sentir el peso de la derrota, Siegfried se negó a dejarse caer de rodillas. No de nuevo. Guardó a su Pokémon tras agradecer su esfuerzo y procuró mantener toda la dignidad posible mientras caminaba hacia Edelweiss, quien le dedicó una leve sonrisa triunfal.

          —¿Por qué has usado tu mejor baza tan pronto? —preguntó cuando estuvo ya a un metro de ella, todavía sobrecogido por la visión de aquel Frío Polar.
          —Contra oponentes tan persistentes, debía asegurarme de ganar antes de que hallaran una oportunidad de ponernos en aprietos —reconoció tras dar un largo suspiro. Con su objetivo en juego, le había resultado imperativo minimizar el riesgo.

          Siegfried quedó atónito por tales palabras. Era la primera vez que Edelweiss les hacía un cumplido. A pesar de haber perdido, sentía que había ganado algo de todo ello… incluso con el resquemor de tener que honrar su palabra y no interferir en su viaje.

          —Sigo pensando que lo que te propones es una idea pésima, pero voy a honrar mi palabra —dijo, resignado—. ¡Sin embargo, esto no ha acabado aún, Edelweiss! ¡Aunque derrotes a Raizam y Liselotte en sus propias regiones, tendrás que revalidar tu título aquí! ¡Será entonces cuando pondré fin a esta locura tuya! —añadió con ferviente determinación.
          —¡Valientes palabras, Siegfried! ¡Espero que tengas la fuerza para respaldarlas cuando nos enfrentemos de nuevo! —respondió con convicción.

          Y sin darle oportunidad de replicar, liberó a Pfeil para marcharse de ahí. No necesitaba oír su voz durante lo que quedaba del mes.

          Normalmente habría mirado atrás para asegurarse de que no la estaba siguiendo. Aquella vez no hizo falta. Aunque odiaba admitirlo, Siegfried había sido en realidad su primera piedra de afilar, el primer entrenador que se había empeñado en desafiarla a pesar de verse superado en cada ocasión. Quizá había algo en lo que nunca podría vencerlo: su actitud positiva y el tesón que ponía en su rivalidad. Quizá, sólo quizá, sin él no habría sido la campeona que era. Pero no era algo que pudiese decirle abiertamente, a riesgo de que se le subiesen los humos.

          Edelweiss se permitió una leve sonrisa mientras se dirigía hacia su primera parada en Sanhalt.


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            #6
            Capítulo 003 — Anatema


            Edlin, finales de septiembre, Año 91 AW

            Edlin era una de las ciudades con más historia de Sanhalt y su antigua capital antes de la infame revuelta de los señores de Derdalle. En su límite septentrional se alzaba un imponente castillo de piedra negra, en cuya estancia principal dos temibles criaturas se enfrentaban sin cuartel.

            —¡Ya lo tienes, Hydreigon! ¡No lo dejes escapar! —ordenó la líder de gimnasio, una mujer en sus cuarentas, de cabello cenizo y penetrantes ojos azules.

            El dragón tricéfalo se valió de su considerable fuerza para contener el embate giratorio del Cetitan de Edelweiss e hincarle con saña las fauces de sus “manos”, mientras se preparaba para asestarle una Llamarada a quemarropa. Sin embargo, el mayor tamaño del cetáceo acabó imponiéndose en ese pulseo, con lo que siguió girando aun bajo la presión y el calor de tan potente ataque para embestirlo y hacerlo caer derrotado a los pies de Katharina.

            —¡Hydreigon es incapaz de continuar! —decretó la réferi, dirigiendo una inquieta mirada de soslayo hacia la cada vez más enfurecida líder—. ¡La retadora Edelweiss gana el combate! —añadió, procurando mostrarse imparcial ante el resultado.

            Katharina entornó los ojos con frustración antes de guardar a Hydreigon, a quien dedicó dulces palabras mientras su expresión se relajaba apenas por un instante. Tras un largo suspiro de resignación, se dispuso a cumplir con su deber, por más que le pesase en el alma.

            —Excelente trabajo, Levi —le felicitó Edelweiss antes de guardarlo en su Peso Ball.

            Se giró hacia la líder y la réferi con semblante serio, preguntándose cómo se comportarían tras ese resultado. Ambas demostraron su profesionalidad al cumplir el protocolo al dedillo, si bien Katharina hacía poco por ocultar su hastío. Edelweiss no se permitió suspirar siquiera, a pesar de haber conseguido ya lo que necesitaba de ese lugar.

            —Supongo que ya estarás contenta —dijo Katharina con tono condescendiente al llegar a la salida, adonde se había empeñado en acompañarla.

            Por supuesto, la líder había aguardado hasta estar fuera de la vista de las cámaras de la arena para hacerle un desplante. «Más sabe el diablo por viejo que por diablo», pensó con resignación.

            —Lo estoy. Con esto podré participar por fin en la liga Sanhalt —contestó con naturalidad, queriendo medir su reacción.

            Aquella percibida insolencia acabó de colmar la escasa paciencia de Katharina.

            —¡Condenada Edelweiss! ¿¡Cómo te atreves siquiera a considerarte amiga de mi Liselotte cuando pretendes arrebatarle todo aquello por lo que ha trabajado tan duro!? —le recriminó ya sin tapujos, hecha toda una furia.

            Sabía que ocurriría tarde o temprano. Recién en ese momento, Edelweiss se permitió dejar ir toda la tensión acumulada desde su llegada al gimnasio en un gran suspiro. Sabía que debía encarar a esa mujer, por más que fuese la madre de su mejor amiga. No. Exactamente por eso.

            —Le guste o no, es el destino de todo campeón ser vencido algún día. Ni Lise ni yo somos la excepción —sentenció adustamente, haciendo especial énfasis en el apelativo que su amiga prefería.

            A pesar de su indignación, se había contenido. Una parte de ella quería gritar al mundo por el oprobio al que la había sometido cada líder de gimnasio que había enfrentado durante su viaje por Sanhalt. Sí, su determinación podía ser férrea, pero seguía siendo una adolescente.

            Por su parte, Katharina apenas contuvo sus ganas de abofetearla, reconociendo que tenía razón. No obstante, su instinto maternal la empujaba a guarecer a su retoño de toda amenaza, real o imaginaria.

            —¡Aunque eso sea cierto, no tienes derecho a estar a su lado si vas a intentar arrebatarle su bien ganada gloria! —contestó prácticamente sin pensar.

            La mirada de odio que Edelweiss le dirigió al oír tales palabras la hizo retroceder de forma inconsciente.

            —¡Comete un gran error al subestimar la capacidad de Lise si ya da su derrota por hecha! —respondió airadamente, claramente decepcionada.

            Katharina iba a responder, pero Edelweiss dio un paso adelante.

            —¡Además, es ella, y no usted ni su esposo, quien debe elegir a sus amigos! ¡Pero no me extraña viniendo de quienes sólo veían al prodigio y no a la niña que disfrutaba de las batallas antes de que ustedes le metieran en la cabeza toda esa mierda de que su valor dependía de convertirse en la campeona más joven de Gerdasch! —continuó al entornar sus ojos violeta.

            No le molestaba la ambición. De hecho, la consideraba indispensable para lograr cualquier cosa. Sin embargo, despreciaba a quienes osaban imponer la suya a otros en desmedro de sus propios deseos.

            —¡Cosa que ya le quitaste! ¿¡Qué le quedará si también te conviertes en campeona aquí!? —clamó al borde de la histeria, sin saber a qué más apelar.
            —Pensaba que tendría unos padres llenos de cariño que la apoyarían en lo que decidiera hacer con su vida —sentenció con tristeza, deseando de corazón que aquella obstinada mujer se diese cuenta del gran sufrimiento que había ocasionado a su apreciada Lise.

            Se hizo un silencio incómodo entre ambas. Katharina bajó la cabeza, quizá intentando encajar semejante bofetada verbal. Como Edelweiss estaba a punto de comprobar, aquello era la calma antes de la tempestad.

            —¡Cómo te atreves a juzgarnos después de todo lo que has hecho! ¡Lárgate de aquí, plaga de Gerdasch! ¡Espero que alguien acabe pronto con tu maldita ambición! —estalló finalmente, maldiciendo el día en que su retoño se había hecho amiga de aquella infeliz.

            Edelweiss no retrocedió, por más que sintiese quebrarse algo dentro de sí. Se marchó a paso ligero, lamentando que Katharina no lo hubiese entendido. Lorenz von Hellman, padre de Lise y el líder que había enfrentado previamente, tampoco lo había entendido en su momento.

            Careciendo de la entereza mental para soportar otro altercado, Edelweiss decidió acampar fuera de la ciudad, curando a sus Pokémon con pociones y permitiéndoles descansar fuera de sus Poké Balls aquella noche. Se recostó apoyada en el lomo de su Pyroar, aferrándose a su frondosa melena mientras observaba danzar las llamas de la fogata encendida por Pfeil, quien se había posado en un árbol cercano.

            Con la cabeza más fría, no pudo evitar cuestionarse si había hecho lo correcto al enfrentar así a Katharina. No sería capaz de perdonarse a sí misma si por eso Lise acababa sufriendo aún más, aunque considerase muy necesario que aquella familia arreglase sus problemas lo antes posible.

            —¿Qué estarán haciendo ahora mamá y papá? —se preguntó al dirigir la mirada al cielo, donde la luz lunar se asomaba tímidamente entre las nubes que cubrían buena parte de Edlin.

            Nunca había tenido quejas sobre sus padres, aunque a veces temía haber sido una hija complicada, sobre todo considerando su linaje. Por aquello agradeció profundamente que, a pesar de sus evidentes dudas respecto a lo que se había propuesto, no hubiesen intentado disuadirla de ello.

            Una lágrima recorrió su mejilla antes de que pudiese notarlo.

            Se corrigió a sí misma: habían sido unos padres excelentes, porque habían confiado en el criterio de quien habían criado con todo su esmero para que se valiese por sí misma en la vida.

            —Supongo que podría pasar unos días con ellos —murmuró al acaricar la melena del león, quien no tardó en corresponder el gesto.

            Todo aquello mejoró considerablemente su ánimo, aunque supiese que tendría que esperar a conseguir primero las medallas de Holswig. Aún tenía un largo camino por delante.

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              #7
              Capítulo 004 — Admiración


              Derdalle, segunda semana de febrero, Año 92 AW

              Aquel torneo regional estaba siendo un paseo, aunque nunca lo admitiría abiertamente. Ya suficiente inquina le tenían por estar participando ahí tras las nada halagüeñas declaraciones de Katharina en un medio local. Todo el país se había enterado de su intención de hacerse con los títulos de Sanhalt y Holswig, confirmada por su consecución de todas las medallas de ambas regiones.

              Y aunque tenía la habilidad suficiente para superar a sus oponentes en un formato al que no estaba acostumbrada (batallas dobles, la especialidad de Lise) y la fortaleza mental para soportar el abucheo del público, no estaba disfrutando de ello tanto como habría deseado.

              No podía evitar sentirse algo paranoica ante la posibilidad de que las autoridades dejasen de mostrarse neutrales, a pesar de que los árbitros y el personal de la liga habían sido todos profesionales en su trabajo, incluso al mostrarse recelosos de su linaje. También había temido posibles agresiones del público, aunque nadie se había atrevido siquiera a acercarse a pesar de su evidente hostilidad. Nunca supo si aquello se debía a la férrea disciplina aún presente en la conciencia colectiva tras siglos de dominio de los Dietrich o al temor a las represalias de quien parecían tener como el mismísimo demonio.

              A pesar de haber sabido desde el principio que lograr su meta sería difícil, comenzaba a sentir cómo el peso de todo aquello afectaba su cordura. Uno de los efectos más notables de eso, por más que odiase admitirlo, era el insomnio por la presión que ella misma se había impuesto. Durante todas esas noches, había tenido que reprimir el deseo de abandonar su empresa y volver con quienes sí la apreciaban. Aquellos que no deseaban que cayese y se quedase ahí.

              La víspera de la final tampoco fue diferente. Decidió salir de la villa deportiva y recorrer la ciudad, vestida de la forma menos llamativa posible.

              Si aún no había ido a visitar a Lise era para no llamar más atención indeseada sobre ella. No después de saber que había discutido con su madre tras los disparates que ésta había dicho por televisión. Sólo podía esperar que su amiga superase sus propias vicisitudes para tener una batalla en condiciones. Aquella promesa era lo que más fuerzas le daba para continuar.

              Necesitada de un alivio rápido y sencillo, ocupó una mesa de la primera terraza que halló y pidió un té helado junto a cada postre de la carta. Prefería que la gente pensase que era una golosa y no el demonio que estaba poniendo de cabeza a Gerdasch por culpa de su ambición. Una vez servido todo aquello, se dispuso a comer hasta quedar harta.

              —Oosugiru! —exclamó alguien en la mesa contigua cuando ella apenas se había llevado a la boca la primera cucharada de un bavarois de bayas Razz.

              Edelweiss se volvió de inmediato, encontrándose con un hombre alto y fornido de rasgos orientales, de vistoso cabello verde cortado a tazón. Su vestimenta era demasiado formal para alguien que sólo estuviese buscando algo de entretenimiento nocturno.

              —Mis más humildes disculpas, señorita. Debería haberme guardado mi comentario —dijo al acercarse e inclinar la cabeza ante ella. Aunque hablaba un alemán perfecto, su acento lo delataba como alguien de Nihon.

              Edelweiss sólo pudo reír para sus adentros por lo refrescante de la situación. Era la primera mirada amable que alguien le dirigía desde el inicio del torneo.

              —No se preocupe, lo entiendo. No me molestaría compartir todo esto si acaso le resultara agradable hacerme algo de compañía —ofreció con educación. Una conversación amigable le sentaría de maravilla, por más que se tratase de un completo extraño.

              El hombre pareció dudar un poco ante la oferta, quizá por lo directo de ésta. Sin embargo, relajó por apenas un instante sus rígidas facciones al notar las aviesas miradas que los otros comensales dirigieron a la muchacha.

              —Si de verdad es el caso, lo agradezco —contestó cordialmente al sentarse en la silla libre.

              Le tranquilizó notar que su decisión había disuadido a la gente a su alrededor de continuar escudriñándolos.

              —Maruo Kobayashi, a tu disposición —se presentó con una leve reverencia.
              —Puede llamarme Edelweiss —respondió al extenderle la mano, sintiéndose lo bastante cómoda para compartir su nombre al percatarse del efecto que aquel hombre había tenido en los demás comensales.

              Si aquel hombre la había reconocido, supo disimularlo muy bien. Su apretón fue cálido y firme, sin llegar a resultar invasivo.

              —Si te es más cómodo, puedes tutearme —ofreció, queriendo hacerla sentirse en igualdad de condiciones.

              Edelweiss asintió con una sonrisa, encantada por semejante consideración. Maruo empezó entonces a compartir detalles sobre sí mismo, como que era un directivo de la Federación de Batallas Pokémon de Nihon y que esas eran sus primeras vacaciones desde su ascenso.

              —¿Y qué te trajo a Gerdasch antes que a Galar o Paldea? —preguntó con curiosidad, justo después de que un camarero tomase la orden de Maruo.
              —Que el torneo regional de Sanhalt coincidiera con el inicio de mis vacaciones. Uno de mis pasatiempos favoritos es investigar las ligas más fuertes del mundo —contestó antes de probar uno de los postres que Edelweiss aún no había tocado.

              Edelweiss no pudo evitar preguntarse si Maruo era un adicto al trabajo incapaz de separar éste de sus propios intereses. Luego reconoció que no estaba en posición de reprocharle tal cosa.

              —Al menos, esa sería la respuesta oficial. Admito que en realidad existe un componente personal que me hizo elegir Sanhalt —continuó justo antes de que llegase su café con hielo.

              Aquello llamó poderosamente la atención de Edelweiss.

              —¿Es algo de lo que puedas hablar aquí? —preguntó al bajar un poco la voz, intrigada pero sin querer hurgar en algo que quizá no le incumbía.

              Maruo le dirigió una leve sonrisa, agradecido por el gesto, antes de asentir.

              —Quería ver con mis propios ojos el lugar donde la gran Hilda Hasegawa. No, la gran Hilda von Weiss había empezado su carrera como entrenadora —se corrigió, pues aquel primer apellido era el que Hilda había adoptado tras asentarse en Nihon.

              Edelweiss se contuvo a duras penas de golpear la mesa al escuchar aquello. Sospechaba que Maruo podía saber algo sobre su ídolo al venir del mismo país donde ésta había competido por última vez antes de retirarse. Nunca se habría imaginado que también le tenía en tan alta estima.

              A partir de ese instante, su conversación se animó en gran medida. Descubrir cosas que ignoraban completamente sobre Hilda les causó mucha más dicha que los postres que estaban compartiendo.

              —Es una pena que nos haya dejado tan joven. Daría prácticamente cualquier cosa con tal de poder combatir contra ella —admitió Edelweiss mientras se le humedecían los ojos. Entre su profunda admiración por Hilda y lo mal que lo estaba pasando en aquel torneo, sus emociones habían hallado por fin la forma de manifestarse.

              Maruo asintió y se abstuvo de responder para darle el tiempo que le hiciese falta. Era lo menos que podía hacer por ella, dado el trato que estaba recibiendo en aquel torneo.

              —Lo siento, me he dejado llevar —se disculpó Edelweiss al enjugarse las lágrimas.

              Maruo negó levemente con la cabeza antes de ofrecerle un pañuelo.

              —Aunque era una combatiente temible, Hilda siempre tuvo una constitución frágil, según tengo entendido —dijo finalmente Maruo, recordando vívidamente aquellos combates que tanto le habían marcado.
              —Mi madre siempre se preocupó por su salud, pero creo que eso hace aún más admirable su voluntad de viajar por el mundo y buscar nuevos horizontes —contestó con evidente respeto por Hilda.

              Maruo asintió, intrigado por esa conexión inesperada.

              —Aparentemente, eran amigas de la infancia y mantuvieron el contacto incluso cuando mi madre se mudó a Düsselbarr y conoció a mi padre —continuó al notar aquello.

              Edelweiss lamentaba haber sido demasiado pequeña para recordar su interacción directa con Hilda. Su admiración creció con las historias de su madre y las noticias que le iban llegando sobre las hazañas deportivas de su ídolo, incluyendo su breve período como campeona de Sinnoh.

              —Después de su retiro, no supe nada más de ella hasta la noticia de su muerte —concluyó, recordando claramente lo devastada que quedó su madre al saberlo.

              Maruo volvió a darle la pausa necesaria. Había algo importante que quería compartir con ella, pero aquello podía esperar.

              —Agradecería mucho si pudieras contarme más de ella —dijo Edelweiss tras un rato, algo más repuesta.

              Durante su niñez se había enfocado tanto en Hilda como entrenadora legendaria que nunca se planteó preguntar por otra cosa. Tras su muerte, sentía que hablar de ella se había vuelto un asunto delicado para su propia madre.

              Maruo sonrió como no había hecho en toda la noche.

              —Oficialmente, Hilda se retiró por problemas de salud, pero en realidad quería dedicarse completamente a la niña que estaba esperando —explicó Maruo, quien había conocido aquella verdad gracias a su mentor, el señor Tamaranze, presidente de la Federación de Nihon.

              Edelweiss finalmente entendió qué significaban las palabras que su madre había musitado tras enterarse de lo ocurrido.

              «Esos pobres niños.»

              Se le encogió el corazón al darse cuenta de que su dolor por la pérdida de Hilda no podía compararse a lo que sus hijos debían haber pasado. Tras lo mezquina que consideraba que había sido con ellos, sentía que una simple disculpa no sería suficiente resarcimiento.

              Maruo aguardó pacientemente. Había esperado una reacción parecida, sin imaginarse el tumulto interior que Edelweiss afrontaba en ese momento. Le tomó unos minutos comenzar a sobreponerse a sus propios juicios.

              —¿Sabes? Hilda y mi madre eran tan amigas que… —Edelweiss se detuvo al darse cuenta de que se había dejado llevar por la situación, pues estaba a punto de revelar algo muy íntimo.

              Maruo simplemente la observó, expectante pero sin ninguna exigencia. Aquello la impulsó a continuar.

              —Cuando Hilda supo de mí, propuso llamarme como a su más fiel compañera. Mi madre aceptó, pues ambas deseaban que creciera sana y fuerte como aquella imponente Glaceon —admitió finalmente, muy ruborizada.

              Maruo, como el caballero que era, supo contener cualquier reacción inapropiada. Además, tenía entendido que aquel nombre provenía de las flores conocidas por resistir las condiciones adversas de las montañas de Gerdasch.

              —Si me permites decirlo, haces honor a tu homónima. No parece que vayas a tener ningún problema para ganar mañana —comentó con total sinceridad, queriendo reconducir su charla hacia un asunto más cómodo para ella.
              —Quizá, pero esto es sólo un paso más para mi meta real —respondió con una sonrisa de plena confianza y algo de atrevimiento.

              «Ganar el Torneo Mundial», pudo leer en los labios de Maruo, por lo que asintió con total seguridad, a pesar de tener delante a un posible obstáculo para su objetivo.

              —Entonces tendré que asegurarme de que los representantes de Nihon estén a la altura —aseguró, solemne, sabiendo bien que lo que los entrenadores necesitaban para mejorar era enfrentarse a otros que apuntasen igual de alto.
              —No podrías brindarme nada mejor que eso, Maruo —respondió del mismo modo, pletórica por haber conocido a alguien más que la entendiese en lugar de juzgarla por su legado o por su meta.

              Para su sorpresa, Edelweiss empezó a sentirse soñolienta por primera vez en semanas.

              —Maruo, realmente he disfrutado mucho de nuestro tiempo juntos, pero debería ser una chica responsable y retirarme a descansar, que mañana tengo una final por ganar —se excusó al levantarse y dejar el dinero de su consumición sobre la mesa.
              —Por supuesto, Edelweiss. Espero con entusiasmo ver qué espectáculo nos ofrecerás —respondió antes de ofrecerle una leve reverencia.
              —¡La mejor de las suertes con tu selección! ¡Tengo muchas ganas de ver tus resultados! —se despidió al alejarse.

              Maruo sonrió levemente, aliviado al haberla notado mucho más relajada que al principio de su conversación. También disfrutó de la ironía de haber llegado a Sanhalt con la esperanza de descubrir el origen de la destreza de Hilda para aplicarlo en Nihon y haber hallado algo aún mejor.

              —Quizá unificar nuestras propias regiones sea una buena forma de hacernos más fuertes como equipo para el Campeonato Mundial —reflexionó mientras daba un buen sorbo a su café.

              Lo que Maruo ignoraba era todo lo que ese encuentro fortuito desencadenaría en el futuro.

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                #8
                Capítulo 005 — Bestia

                Derdalle, primera semanade abril, Año 92 AW

                Al fin había llegado el día que tanto esperaba. Dedicó una última mirada al Gran Anfiteatro de Derdalle, escenario de sus más aclamadas puestas en escena, para luego dirigirse hacia la Villa Deportiva de la ciudad. Ahí esperaba hallar por fin la inspiración necesaria para la primera obra que su compañía teatral le había permitido escribir, dirigir y protagonizar. Y con ella, su próximo gran rol.


                Aunque había deseado pasar la noche con Lise comiendo dulces y compartiendo cualquier tontería, sabía que tarde o temprano habrían acabado hablando del combate que tendrían ese día, tras la conclusión de la primera fase del Torneo de Campeones de Sanhalt.

                Para sorpresa de nadie, Edelweiss había acabado primera en su grupo, al igual que Lise en el suyo. Ambas y los cuatro miembros del alto mando vigente tomarían parte en la liguilla final para determinar al campeón y al alto mando de los siguientes dos años.

                «Vamos, Edelweiss. Recién ahora estás a punto de conseguir algo trascendental», dijo para sí misma delante de la puerta de la sala de espera destinada a los participantes.

                No había dado ni dos pasos dentro cuando Lise se lanzó a abrazarla, aferrándose a ella como si no hubiese mañana. Edelweiss tardó un poco en corresponder el gesto al percatarse de sus ojos enrojecidos. Seguramente había vuelto a discutir con su madre y había llorado hasta quedarse dormida.

                —No sabes lo mucho que extrañaba esto —confesó en voz baja, esperando que el abrazo fuese tan reconfortante para su amiga como lo estaba siendo para ella misma.

                Las miradas de reprobación no se hicieron esperar, pero Edelweiss prefirió ignorarlas. Al menos hasta que notó una que era más bien acuciosa, proveniente de un hombre alto, rubio y de ojos grises. Éste le dedicó una sonrisa misteriosa antes de devolver la atención al libro que estaba leyendo.

                —¿Ese es tu predecesor? —preguntó Edelweiss con curiosidad, al ser la primera vez que lo veía en persona. Sólo lo conocía de fotos tomadas justo antes de que Lise lo destronase.
                —Sí. Como ves, Julian es un alma muy libre —respondió, sabiendo bien que, a pesar de su carácter distendido, Julian era un oponente de cuidado.

                Edelweiss asintió, intrigada. Dado el orgullo de muchos de quienes ostentaban el título de campeón, era inusual no retirarse tras perderlo para evitar el suplicio de pasar años y años sintiéndose incapaces de derrocar a sus verdugos deportivos.

                Y en esos enigmáticos ojos grises no parecía haber resentimiento ni hambre de gloria, sino la curiosidad de un niño maravillado por seguir descubriendo el mundo que lo rodeaba. Por eso mismo no podía subestimarlo. Siendo alguien empeñado en aprender y seguir creciendo, era muy probable que Julian no hubiese alcanzado aún su cima como entrenador.

                Antes de poder decir algo más, el panel de anuncios de la sala mostró el itinerario del día. Como sospechaba, sus batallas contra Julian y Lise serían, respectivamente, la penúltima y la última, quizá en un último intento de la Federación de Sanhalt para dar a su campeona una mejor oportunidad de ganar.

                —Parece que tendremos que esperar hasta el final del día para enfrentarnos —comentó, sin molestarle en absoluto.
                —Será como esperar al postre tras una buena comida —bromeó Lise, en parte para tratar de conciliar su deseo de ayudarle a cumplir su meta con su orgullo como entrenadora.

                Y con esas palabras, Lise se dirigió hacia la arena para la batalla inaugural de la liguilla, junto a uno de los competidores que su amiga había derrotado el día anterior.

                Edelweiss fue a sentarse en el sofá más cercano al monitor para observar el combate mientras cavilaba sobre qué cambios de alineación podría hacer su primer rival del día, el otro participante al que ya se había enfrentado. O esa era su intención. No dudó en dirigir una mirada severa a quien se había sentado a su lado e interrumpido su rato de tranquilidad.

                —Si las miradas mataran… —comentó Julian con aire divertido.

                De ser el caso, Edelweiss ya lo habría acribillado al menos cien veces.

                —Realmente podrías pasar por la villana de cualquier historia —añadió, nada intimidado.
                —Es lo que la mayoría de gente piensa de mí, al parecer. ¿Qué opinas tú, Julian Arnault? —preguntó al relajar apenas su expresión, intentando discernir qué pensaba en realidad.

                Julian se tomó su tiempo para responder. No porque no supiese qué decir, sino porque había tenido un golpe de inspiración.

                —¡Mi nueva musa! —contestó con una sonrisa sincera, casi extasiado por la inspiración.

                Desde luego, no era la respuesta que Edelweiss se había esperado.

                —Tu mirada y tu porte me han inspirado. Visualiza esto: una princesa de tu edad, obligada a heredar prematuramente el trono de su padre y volver a unificar su país con tal de eliminar una amenaza que merodea en los rincones más oscuros del imperio. ¡Imagina el gran drama, los sacrificios personales y las duras elecciones que debe hacer para cumplir su cometido, aun cuando muy pocos son capaces de comprender su visión! —explicó, pletórico por el gran flujo de ideas que aquel encuentro le estaba proporcionando.

                Ante semejante discurso, Edelweiss sólo pudo taparse el rostro de la vergüenza. Aunque ya se había habituado al oprobio de demasiados adultos, aquello era algo totalmente nuevo para ella. No sabía si sentirse halagada o mortificada de que Julian la estuviese utilizando como modelo para alguno de sus personajes.

                —Me alegro por ti, pero espero que nada de esto te impida darme una gran batalla, como el campeón que fuiste alguna vez —dijo tras recomponerse. Aquello le importaba mucho más que cualquier otro motivo que Julian pudiese tener.
                —Es gracias a las confrontaciones que puedo conocer mejor a las personas —replicó con calma, demostrando que no iba a perder su compostura por una o dos provocaciones.

                Y sin decir más, se levantó, se despidió galantemente y se dirigió hacia otro rincón del salón para seguir leyendo.


                Habían pasado ya varias horas desde el inicio de la liguilla y el trajín de todas esas batallas consecutivas empezaba a notarse. Las dos favoritas aún se mantenían invictas tras la ajustada victoria de Lise contra Julian en la tercera ronda. Como Edelweiss había supuesto, el hecho de haber perdido su título no había mermado en absoluto sus habilidades.

                Tras la cuarta victoria consecutiva de Lise, llegó el momento de que ambos se enfrentasen.

                —Hora del espectáculo —dijo Julian con tono travieso al pasar a su lado, antes de dirigirse hacia el pasillo que conducía a la arena de combate.

                Edelweiss sólo se levantó cuando vio llegar a su amiga y no dudó en levantar su mano.

                —Llega invicta a mí —pidió Lise mientras chocaban los cinco.


                El clamor de la afición era ensordecedor, como comprobó al salir del túnel que conducía al campo de batalla. Normalmente habría mirado a las gradas para mostrarles que los abucheos no le afectaban, pero en ese momento toda su atención estaba en Julian, cuya espalda parecía más grande que nunca. Hasta ese momento, ninguno de sus oponentes se había comportado de manera tan serena o irreverente con ella justo antes de una batalla.

                —Espero que no te hayas contenido contra Lise —dijo al alcanzarlo, sospechando de la ausencia de su Pokémon más fuerte en ese combate.

                Éste le dedicó una sonrisa divertida, habiendo anticipado aquel cuestionamiento.

                —¡Para nada! Me venció limpiamente, y además ella y mi as tienen muy mala química —contestó con total tranquilidad—. Pero contra ti tendrá la oportunidad de brillar como la estrella que es —añadió, demostrando su temple.

                Edelweiss iba a replicar, pero Julian se giró completamente hacia ella.

                —Además, es de mala educación pedir a una estrella que repita la escena cumbre de su puesta en escena —advirtió con tono juguetón.

                Edelweiss tuvo que morderse la lengua. No podía discutir esa lógica.


                Ya situados en sus respectivas posiciones tras el saludo protocolario, Edelweiss pudo oír cómo la afición aclamaba unánimemente a Julian, no por inquina hacia ella, sino porque éste seguía siendo muy popular en Sanhalt. Aun así, no podía darse el lujo de perder ahí.

                Las primeras Poké Balls volaron hacia el campo de arcilla. Pfeil alzó el vuelo, receloso del enorme garrote óseo del Marowak escogido por Julian.

                —¡Tajo Aéreo! —ordenó Edelweiss, consciente de que ese era un contrincante al que no podrían derrotar de uno o dos golpes.

                Julian no dijo nada. No hacía falta. Aquel Marowak, su primer Pokémon, lo entendía mejor que nadie.

                Y lo demostró al golpear el suelo con su garrote mientras eludía las primeras cuchillas de viento; los peñascos generados por esa maniobra bloquearon las siguientes. Normalmente sólo las habría esquivado y buscado inmediatamente después una oportunidad para contraatacar, pero Pfeil las producía tan rápidamente que debía tomar medidas extras para protegerse.

                —¡Corpulencia! —ordenó Edelweiss, sospechando que su oponente estaba incitándola a un enfrentamiento físico en el que Marowak tendría una clara ventaja.
                —Huesomerang —pidió Julian, sonriendo misteriosamente.

                Marowak lanzó su garrote giratorio hacia Pfeil, quien, con un gorjeo, tensó sus músculos antes de esquivarlo con una pirueta ascendente. Desde aquella altura, se lanzó contra su rival mientras se rodeaba de un halo de viento, tan velozmente que Marowak pareció incapaz de reaccionar.

                —¡Elévate! —gritó una urgida Edelweiss.

                A pesar de no entender el motivo de esa nueva orden, Pfeil remontó de inmediato el vuelo, con lo que sólo sintió algo duro y pesado rozando las plumas de su cola: había evitado apenas el regreso del garrote de su rival, quien lo atrapó sin problemas. Edelweiss chasqueó la lengua, habiendo tenido la leve esperanza de que la inercia fuese demasiada incluso para su propio usuario.

                —¡Pájaro Osado! —ordenó Edelweiss, queriendo creer que Marowak no tendría el margen suficiente para repetir esa argucia.

                Pfeil volvió a lanzarse como un misil balístico contra su contendiente, quien no tardó en generar un bloque de roca entre ambos para interceptarlo. Rápido de reflejos, el halcón se impulsó sobre él con una certera patada, lo que obligó a Marowak a sujetar su garrote con ambas manos para frenar esa arremetida.

                —¡Fuego Fatuo! —ordenó de pronto Edelweiss, habiendo aguardado al momento adecuado para tomarlo por sorpresa.
                —¡Tumba de Roca! —respondió Julian, queriendo aprovechar también esa coyuntura.

                Con la energía eólica de su ataque previo disipándose, Pfeil agitó sus alas para generar un círculo de llamas espectrales que quemaron en el acto a Marowak, mas aquello no le impidió golpear el suelo con su garrote. Así, dos grandes peñascos atraparon al ave, y aunque no le hicieron tanto daño como habría sido usual, la habían dejado a merced del siguiente ataque.

                —Avalancha —pidió Julian, con lo que Marowak dio un par de pasos atrás para no recibir su propio ataque.
                —¡Ala de Acero! —ordenó Edelweiss en el acto, mientras llevaba la mano a su cinturón.

                Pfeil no tardó en endurecer sus alas y cortar las rocas que lo apresaban, justo cuando su oponente golpeaba el suelo con su garrote para conjurar una lluvia de peñascos. Para su buena fortuna, Edelweiss fue más rápida y pudo devolverlo a su Poké Ball antes de que las rocas llegasen a tocar el suelo. Julian tan sólo sonrió ante aquello.

                Edelweiss respondió con expresión desafiante, reconociendo la habilidad de su oponente. Era la primera vez en esa competencia que alguien la había obligado a gastar su único cambio reglamentario.

                —¡Es tu turno, Hagel!

                El enorme Abomasnow pisó con brío la arena justo antes de que una intensa borrasca la invadiese. Por su parte, con el dolor de sus quemaduras aumentando, Marowak se vio obligado a hincar una rodilla en el suelo mientras se apoyaba en su garrote.

                —¿Marowak? —lo llamó Julian para comprobar su estado y motivación.

                Su Pokémon se reincorporó a pesar del dolor, más que dispuesto a seguir luchando.

                —¡Tumba de Roca! —ordenó al alzar la voz por primera vez en el combate, queriendo transmitir así todo su apoyo a su compañero.
                —Gigadrenado —indicó una seria Edelweiss, nada dispuesta a darles más oportunidades de ponerlos en aprietos.

                Un golpe seco de Marowak bastó para que varias rocas surgiesen del suelo para apresar a su oponente hasta el torso, lastimándolo moderadamente, justo cuando éste alzaba los brazos. Al bajarlos de golpe, filamentos de energía verde surgieron de las puntas de sus gruesos dedos para alcanzar inmediatamente al Pokémon de tierra y empezar a drenar su vitalidad.

                Marowak intentó romperlos con furibundos garrotazos, pero eran más resistentes de lo que parecían. Lo peor era que, mientras más se esforzaba en liberarse, más vitalidad perdía. Sabía que el silencio de Julian significaba que confiaba totalmente en su criterio, sobre todo en medio de semejante borrasca, por lo que arremetió contra Hagel mientras su cráneo adquiría el color y consistencia del metal.

                Pero Marowak no era el único con la completa confianza de su humano. Hagel se anticipó a tal intentona al recibirlo con los brazos cruzados, con lo que acabaron forcejeando por algo más de medio minuto antes de que Marowak se desplomase, ya inconsciente.

                El estadio enmudeció cuando el réferi decretó la victoria del Abomasnow.

                —Excelente actuación, amigo mío —lo felicitó Julian al guardarlo, tanto por su desempeño como por permitirle conocer más de su musa—. ¡Hazte con el escenario, Tyranitar! —exclamó al liberar a su segundo Pokémon.

                Edelweiss estimó que aquella nueva bestia poseía incluso más potencia física que el as de Katharina, contra el que Hagel había perdido tras derrotar a sus otros dos Pokémon. Pero lo que más le llamó la atención fue que no hubiese anulado la borrasca presente al ser liberado, señal inequívoca de que poseía una habilidad problemática para quienes dependían de las bayas para mitigar el daño de determinados ataques. Como ella.

                Se hacía evidente que Julian llevaba tiempo estudiándola.

                —¡Gigadrenado! —ordenó cuando Hagel apartó las rocas que lo rodeaban. Debía mantener la distancia el mayor tiempo posible.
                —Tormenta de Arena —pidió Julian en el acto, con su tranquilidad habitual.

                La mole rocosa dejó ir un rugido antes de barrer el suelo con su cola, generando así una tempestad de arena justo cuando Hagel lanzaba sus filamentos absorbentes. En una evidente demostración de su poderío, Tyranitar los interceptó con el brazo izquierdo y tiró de ellos para hacer que su oponente acabase volando hacia él, sin importarle demasiado el daño recibido en el proceso.

                —¡Mazazo! —ordenó Edelweiss de inmediato, queriendo aprovechar semejante impulso.
                —Defensa Férrea —pidió tranquilamente Julian, en completo control del escenario.

                Tyranitar asumió una postura defensiva mientras su dura piel adquiría una tonalidad metálica, justo antes de recibir el primer azote de Hagel. Para desazón de Edelweiss, con cada golpe adicional, se hacía más evidente que era su propio Pokémon quien estaba saliendo peor parado de esa pugna.

                —¡Aléjate y Desarrollo! —ordenó a pesar de saber lo arriesgado que era en medio de ese temporal arenoso; aun así, necesitaban mucha más fuerza para quebrantar semejante solidez defensiva.
                —¡No lo dejes! ¡Plancha Corporal! —mandó Julian en el acto, teniéndolos justo donde quería.

                Hagel dio dos pasos atrás antes de intentar moverse hacia su derecha, pero su mermada velocidad permitió a la enorme bestia abalanzarse sobre él con todo su peso, aprisionándolo contra el suelo y causándole mucho daño. Intentó liberarse al asestarle furibundos Puños Hielo, pero Tyranitar no dio señales de cejar en su esfuerzo de restringir su movilidad y dejar que el vendaval de arena fuese debilitándolo.

                Edelweiss iba a ordenar algo, pero se detuvo en seco. Julian debía tener más que presente su predilección por el Frío Polar con sus Pokémon de hielo. ¿Acaso su Tyranitar tenía más nivel que Hagel y los demás? ¿O todo ello era una argucia para hacerla insistir en emplear ataques que poco efecto tenían contra sus notables incrementos de defensa? Nunca había usado dicho ataque con su Pokémon sometido así, por lo que ignoraba cómo le afectaría su reculada típica. De lo único que estaba segura era de que, a pesar de la tempestad entre ambos, la mirada de Julian estaba clavada en ella, esperando impacientemente su siguiente decisión.

                —¡Frío Polar! —ordenó finalmente Edelweiss, resignada a caer en su provocación.

                Hagel forcejeó para hallar una posición idónea para acatar semejante orden. Cuando tuvo el torso de Tyranitar delante de su boca, aspiró aire mientras sus ojos se llenaban de un fulgor helado y exhaló una onda gélida que atravesó fácilmente esa armadura pétrea que tantos problemas le había dado. Sin embargo, no salió indemne de ello: se llevó un durísimo golpe contra el suelo, tras lo cual su ya desmayado oponente le cayó encima con todo su peso, justo cuando la Tormenta de Arena amainaba.

                —¡Tyranitar es incapaz de continuar! —decretó el réferi al dirigir su banderín rojo hacia el área técnica de Edelweiss, nervioso por la posible reacción del público.

                El estadio había vuelto a enmudecer. Julian sencillamente retiró a su Pokémon y agradeció su esfuerzo, mientras un maltrecho Hagel se reincorporaba con dificultad. Al no poder retirarlo sin que quedase descalificado, Edelweiss decidió confiar en que al menos pudiese ayudarla a medir la fuerza del último Pokémon del antiguo campeón.

                —No te confíes, Edel. Ahora viene lo más difícil —musitó Lise al verlos en la pantalla de la sala común, mientras cerraba los puños con fuerza.

                De vuelta en la arena, para completa extrañeza de Edelweiss, su contrincante se acercó al réferi para pedir tiempo muerto.

                Pronto empezaron los murmullos entre el público, justo antes de que Julian se abriese la gabardina de par en par y dejase a la vista un elegante vestido negro que le llegaba hasta las rodillas, apenas por encima de sus botas.

                Julian había vuelto a dejarla sin palabras, pero de una forma muy distinta.

                Pero aquello no era el final, no. Julian sacó de los bolsillos de su gabardina una pequeña caja de maquillaje y una peluca negra, con lo que el público finalmente estalló en ovaciones. Confundida, miró hacia el réferi, quien sólo pudo encogerse de hombros. Aunque aquello no estaba contemplado en las reglas, no se trataba de una acción ilegal.

                Así, ante la desconcertada mirada de la campeona nacional, Julian pasó de ser un apuesto joven a una elegante mujer de rasgos muy siniestros gracias a la magia del maquillaje y los accesorios, mientras el público no dejaba de vitorearlo. Ya no eran cánticos en su contra, sino gritos eufóricos por lo que estaban a punto de presenciar.

                —Disculpa la demora, estimada Edelweiss —dijo Julian con un tono de voz marcadamente femenino, ya metido en el papel que quería representar—. Si no asumo esta apariencia, cierto divo no querrá luchar —explicó con aparente resignación, dejando caer la gabardina tras tomar una Ultra Ball y una Pokéflauta.

                Así, delante de Edelweiss apareció el Snorlax más grande que había visto en toda su vida, durmiendo apaciblemente. Julian no tardó en interpretar una melodía que lo sacó de inmediato de su sueño.

                La bestia soltó un sonoro bostezo al levantarse y desperezarse. Completamente despierto, se giró hacia su humano antes de emitir un gruñido de satisfacción, para luego volverse hacia quienes serían sus oponentes.

                —No te preocupes por la demora, porque no tardaré demasiado en vencerlo. ¡Frío Polar! —ordenó Edelweiss de inmediato, queriendo usar su enorme tamaño en su contra.
                —Maldición —indicó Julian con una risilla traviesa, totalmente sumergido en su personaje.

                A pesar del dolor, Hagel desplegó de nuevo su asolador ataque de hielo, pero éste rebotó en el abultado vientre de Snorlax. A continuación, éste profirió un feroz gruñido mientras los músculos bajo toda esa grasa se tensaban y su piel adquiría una consistencia incluso más dura que la coraza de su predecesor.

                —¡Desarrollo! —ordenó Edelweiss, habiendo confirmado su mayor sospecha. Si Hagel iba a caer, debía ser causando el mayor daño posible.
                —Amnesia —indicó Julian, que parecía siempre preparado para complicarle la existencia.

                Hagel forzó su cuerpo a crecer, con lo que sus músculos se abultaron y su concentración se agudizó. Por su parte, su oponente fijó la mirada en el vacío, dejando ir recuerdos mientras su resistencia energética aumentaba considerablemente.

                —¡Gigadrenado! —ordenó Edelweiss para alargar lo más posible la permanencia de Hagel en el combate.

                Para desgracia de Hagel, Snorlax repitió la maniobra de Tyranitar, pero más violentamente; aun así, no se amilanó y se preparó para propinarle al menos un Mazazo. Lo que nunca imaginó fue que Snorlax se lanzaría a su encuentro mientras se rodeaba de un hálito ígneo.

                Con semejante embate acabó la participación del Abomasnow en la batalla, para algarabía del público.

                —Realmente es una mala bestia —murmuró Edelweiss tras agradecer a Hagel su trabajo y guardarlo.

                Al menos ese breve enfrentamiento le había dado una estimación inicial del peligro al que se enfrentaban. Sin embargo, aún tenía dudas importantes que resolver antes de elegir a su tercer Pokémon.

                —¡Pfeil! —Edelweiss lo llamó de vuelta al combate. A pesar de lo difícil que estaba siendo, no pudo evitar sonreír ante el reto que tenía por delante.

                El halcón se elevó de inmediato mientras usaba su Corpulencia para intentar equiparar los aumentos físicos de su oponente. Éste tan sólo se sentó y se rascó perezosamente al ver que el ave mantenía su distancia.

                —¡Pájaro Osado! —ordenó Edelweiss cuando consideró que su Pokémon estaba preparado.

                Por su parte, Julian se contentó con observar, sabiendo que Snorlax también lo estaba. Además, no eran ellos quienes tenían la presión de ganar para seguir adelante con sus metas. Podían tomarse todo el tiempo del mundo.

                —Lariat Oscuro —pidió justo cuando el choque con Pfeil era inevitable.

                Snorlax reaccionó más rápido de lo que Edelweiss había previsto y empezó a girar sobre su eje vertical con los brazos extendidos mientras éstos se rodeaban de energía oscura. Pfeil salió despedido por el golpe, sufriendo también el daño por retroceso de su propio ataque. Aun así, no dudó en repetirlo.

                Julian alzó una ceja, pero no dijo nada al ver que Snorlax se disponía a repetir la maniobra.

                —¡Patéalo y Fuego Fatuo! —ordenó Edelweiss en el último momento posible.

                Como había hecho en su batalla contra Marowak, Pfeil dio una patada al rechoncho cuerpo de su oponente para ganar algo de altura y girarse. Un fuerte azote de sus alas bastó para liberar un sinnúmero de flamas espectrales que quemaron a Snorlax, aunque eso no le impidió responder con un violento manotazo que mandó al halcón volando a los pies de su humana.

                —¡Respiro! —lo apremió, impresionada por el daño recibido a pesar de la quemadura. Si bien era una combatiente formidable, Julian tenía más experiencia.
                —Pataleta —indicó él en el preciso momento en que Pfeil se posó en el suelo para cubrirse con sus alas.

                Edelweiss dio instintivamente un paso hacia atrás.

                —¡Vuela! —gritó enseguida, sabiendo que había cometido un craso error.

                En su estado, Pfeil sólo pudo alzar el vuelo tras recibir gran parte del daño de los trozos de tierra generados por los pisotones de Snorlax, con lo que quedó bastante más maltrecho que antes de emplear su técnica recuperativa. Edelweiss se mordió el labio mientras intentaba reorganizar sus pensamientos.

                —¡Tajo Aéreo! —ordenó finalmente, prefiriendo mantener la distancia y no mermar más la vitalidad de Pfeil. Además, le resultaba sospechoso que Julian pareciese tan poco preocupado por esas quemaduras.

                Un sinfín de cuchillas de aire volaron hacia Snorlax mientras Pfeil volaba a su alrededor con esfuerzo. Sin embargo, casi no le afectaron gracias al efecto de su Amnesia, todavía activo, si bien tuvo la precaución de bloquear con sus puños cubiertos de hielo aquellas dirigidas hacia su rostro.

                —¡Bien hecho, Snorlax! ¡Sigue aguantando así! —lo animó Julian.

                No sólo intentaba arengar a su compañero, sino también poner a prueba la paciencia de su oponente. No podía evitar deleitarse con que la supuestamente imbatible Edelweiss von Dietrich también pudiese cometer errores en un combate. Y todo aquello le estaba brindando información de inestimable valor sobre su psique, con lo que su obra magna iba tomando cada vez una forma más definida. Le resultaba imposible ocultar su satisfacción en ese momento.

                Edelweiss suspiró al notarlo a lo lejos. Sabía que Julian no les iba a dejar recuperarse así como así; tampoco iba a ordenar un Descanso hasta el último momento. Lo más probable era que primero quisiese acabar de romper la resistencia de Pfeil.

                —¡Ala de Acero! —ordenó con firmeza tras decidir cómo afrontar aquella situación.

                Julian no pasó por alto que toda la tensión del rostro de su rival parecía haberse esfumado de golpe. Era evidente que tramaba algo, pero no tenía conocimiento de ningún ataque de Pfeil que pudiese sacarle fácilmente de esa situación. Ver a Snorlax bloquear el ataque con un brazo pareció confirmar esto último.

                —¡Mofa! —ordenó intempestivamente Edelweiss.

                Julian no pudo evitar reír por dentro al darse cuenta de su error.

                —¡Descanso! —apremió a su Pokémon, deseando haber podido aplaudir la magnífica actuación de su musa.

                Pfeil escaló por el enorme brazo de su oponente para situarse delante de su cara y hacerle una serie de gestos provocativos mientras sus ojos brillaban de color negro. Sin embargo, los ojos rasgados de Snorlax le proporcionaron unos valiosos instantes adicionales para sumirse en un sueño reparador antes de caer en ese trance que le impediría hacer otra cosa que atacar.

                —¡Volantín! —ordenó Edelweiss, con la Poké Ball del halcón ya preparada.

                Sabiéndose a salvo, Pfeil no dudó en embestir a su oponente mientras dejaba una estela verde oscura, con lo que volvió inmediatamente a su esfera.

                Aunque Edelweiss habría preferido que Snorlax no se hubiese recuperado, había logrado sellar sus técnicas auxiliares por unos valiosos minutos que iba a aprovechar al máximo. Lanzó su Peso Ball al campo, dispuesta a acabar ya con ese combate.

                Los fervientes vítores que habían comenzado desde el cambio de apariencia de Julian se detuvieron cuando una bestia casi tan grande como Snorlax pisó la arena. Pero el silencio duró muy poco. Los espectadores volvieron a animar a su favorito con más brío que antes, como si de aquello dependiese la victoria de Snorlax.

                —¡Tambor! —ordenó de inmediato, justo cuando los efectos de Maldición y Amnesia se disipaban.

                Levi emitió un furioso rugido, una suerte de contundente respuesta al barullo del público, antes de golpear con fuerza su propio vientre, con lo que sus músculos se abultaron y tensaron visiblemente. Julian sólo atinó a admirarlo, maravillado.

                Ni siquiera se amilanó cuando el cetáceo empezó a girar como una peonza helada dirigida a Snorlax. No hacía falta. Los vítores se intensificaron todavía más cuando los presentes vieron cómo Snorlax aguantaba aquellos poderosos embates como todo un campeón. Aquello, a lo sumo, le había servido como un muy violento despertador.

                Edelweiss volvió a morderse el labio al confirmar su mayor temor: aquel Snorlax contaba con la habilidad Sebo, que, sumada a su gran resistencia natural, hacía menos efectivos los ataques más potentes del equipo de la campeona.

                Ajeno a tal revelación, Levi se dispuso a propinar otro placaje helado a su oponente, pero éste respondió con uno flamígero. El choque de ambas moles hizo retumbar el estadio. Aunque el gran peso del cetáceo redujo considerablemente el daño del Golpe Calor, no había salido indemne de tal encontronazo.

                —Maldición —indicó Julian, queriendo comprobar si el efecto de la Mofa ya había expirado.
                —¡Paisaje Nevado! —replicó Edelweiss, en caso de que la técnica de Snorlax tuviese éxito.

                Para mala fortuna de Snorlax, sólo pudo alzar los brazos y rezongar con el ceño fruncido, incapaz de cumplir esa indicación. Por su parte, Levi rugió estentóreamente mientras espesas nubes se congregaban sobre el estadio, con lo que comenzó una fuerte nevada que cubrió toda la arena de un manto blanco y frío.

                —Lariat Oscuro —indicó Julian, levemente resignado.
                —¡Hidroariete! —ordenó Edelweiss, sin dejarse impresionar.

                Snorlax se lanzó hacia su rival como una peonza oscura tras extender los brazos, pero se dio de lleno contra las tres enormes púas de agua que éste había generado en torno a las protuberancias de su rostro. Y por primera vez en la batalla, el as de Julian fue empujado hacia atrás; habría caído de espaldas de no haber sido por el excelente apoyo que le brindaban sus enormes pies.

                Enfurecido, Snorlax se giró por un momento hacia su humano, quien tan sólo asintió al comprender sus intenciones. Él pensaba en una táctica diferente, pero no podía negarse a que su estrella abatiese a sus oponentes con todo su poder.

                —¡Demuéstrales lo que realmente puedes hacer! —lo animó Julian con una sonrisa pérfida, metido completamente en su personaje. Iban a acabar esa actuación con broche de oro.

                Dejando ir un rugido propio de una fiera salvaje, Snorlax se plantó delante de sus rivales con aire amenazante. Hizo un esfuerzo titánico para sobreponerse finalmente a la restricción de la Mofa y empezó a golpear con fuerza su vientre algo reblandecido, como Levi había hecho previamente. Iba a ir por todas.

                —¡Levi, lo que practicamos! —ordenó Edelweiss. Estaba asumiendo un gran riesgo, pero necesitaba cada ventaja posible para la inminente confrontación final.

                El Cetitan corrió hacia su rival más velozmente de lo que había hecho hasta ese momento, pero, en lugar de atacarlo directamente, ejecutó una graciosa danza delante de él. Para gran sorpresa del público y su propia frustración, Snorlax no pudo evitar seguirle el ritmo, pero con movimientos más toscos debidos a su considerable incremento de fuerza física.

                —¿Qué es esto? ¿El carisma de una emperatriz? —exclamó Julian, extasiado por el flujo de inspiración que aquella estratagema le había brindado.

                Edelweiss no alcanzó a oír tales palabras, pero pudo adivinarlas a lo lejos por la expresión de su contrincante.

                —¡Pirueta Helada! —ordenó con apremio.
                —¡Golpe Calor! —respondió Julian, listo para dar un final espectacular al combate.

                Levi volvió a girar sobre su eje vertical mientras rasgaba el suelo y era envuelto por una gruesa capa de hielo, la cual tronó al chocar contra un Snorlax algo más veloz de lo habitual. Si su colisión previa había remecido el estadio, ésta habría podido echarlo abajo de no haber sido por todas las medidas de seguridad alrededor de la arena.

                Ambas bestias parecían igualadas en poder, pero los más avispados pudieron notar la leve ventaja de Snorlax gracias a su mayor masa muscular… hasta que recibió un golpe en el torso que sí lo tumbó, cortesía de la pérdida de Sebo y el efecto secundario del Hidroariete recibido previamente.

                Snorlax se reincorporó lentamente, lo que Levi aprovechó para recobrar el aliento. Aunque el incremento del Tambor era el más duradero de las técnicas de ese tipo, también ocasionaba mucha más fatiga muscular, por lo que no era idóneo para un combate prolongado. El siguiente intercambio de ataques iba a ser el último.

                —Mega Puño —indicó Julian, plenamente consciente de aquello.
                —¡Puño Hielo! —ordenó Edelweiss, sabiéndolo también.

                No eran sus ataques más poderosos o espectaculares, pero no podían pedirles más en esa situación. Ambos Pokémon se lanzaron al encuentro del otro con sus puños en alto, y aunque no hicieron temblar el estadio, sí que estremecieron al público al golpearse simultáneamente.

                A pesar de estar extenuados, ninguno cejó en su esfuerzo por imponerse mientras sus respectivos puños se hundían más en la piel del otro. Ambos hicieron un último esfuerzo, con lo que salieron despedidos en direcciones contrarias. Ninguno fue capaz de volver a levantarse.

                —¡Snorlax y Cetitan son incapaces de continuar! —anunció el réferi al extender sus dos banderines hacia ambos entrenadores.

                El silencio del público durante ese último intercambio dio paso a murmullos de duda sobre el resultado. Sólo quienes habían llevado un recuento minucioso del combate recordaron un detalle importante.

                —¡La participante Edelweiss gana el combate! —continuó el árbitro, apuntando el banderín rojo hacia ella.

                El público volvió a enmudecer al entender por fin que su ídolo había perdido, pero éste se limitó a sonreír, completamente satisfecho por la batalla que había tenido. Mientras tanto, el silencio sepulcral en la sala común fue roto por la solitaria pero vivaz celebración de Lise, quien ignoró olímpicamente las miradas de reproche de los miembros de su alto mando.

                Por su parte, Edelweiss tuvo que hacer un esfuerzo monumental para no caer de rodillas. Había sido un combate complicadísimo. Lo había disfrutado al máximo. Estaba hecha polvo. Aun así, se obligó a dar ese primer arduo paso mientras una sonrisa empezaba a asomar en su rostro.

                —Chicos, no podríamos haber ganado sin ninguno de ustedes —dijo al guardar a Levi en su Peso Ball, tras lo cual la acarició delicadamente junto a las Poké Balls de Hagel y Pfeil.
                —¿Quién lo diría? Nuestra gran emperatriz es también muy modesta —comentó Julian al acercarse sin que ella lo notase.

                Pero lo que más la sorprendió fueron su sonrisa sincera y su mano extendida.

                Edelweiss tuvo que forzarse a contener las lágrimas. Julian era el primer oponente que la trataba con deportividad desde que había iniciado su viaje por Sanhalt y Holswig. No tardó en darle un buen apretón y dirigirle una sonrisa como pocos allí habían visto, más que agradecida por esa calidez humana y la gran batalla que habían tenido.

                «Espero de corazón que tu historia pueda tener también un final satisfactorio, mi estimada Edelweiss», pensó Julian al haber hallado por fin el colofón que necesitaba para la suya.

                Por su parte, Lise apenas podía contener su emoción. El momento que llevaba esperando por meses estaba a punto de llegar y no pensaba dar a su amiga menos batalla de la que había tenido hasta entonces. Seguía apoyándola totalmente en su meta, pero no quería perder otra vez contra ella, no sin haber dado lo mejor de sí misma.

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